Una muerte eterna...



El auto surcaba velozmente por la carretera, la velocidad no se percibía debido a la estabilidad del auto. La carretera se veía libre y despejada, el motor rugía con un sonido constante y monótono denotando la bestia que impulsaba el auto y que se encontraba bajo el cofre. Las curvas apenas se sentían y el radio sonaba a todo volumen con una tonada pegajosa y alegre.

 

A lo lejos se divisaba una curva un poco cerrada, pero debido a la estabilidad del auto eso no era inconveniente, esa curva la había tomado tantas veces que no era problema tomarla una vez más. Rápidamente se aproximó, pisó el freno suavemente para reducir la velocidad e hizo el cambio a una velocidad inferior para revolucionar el motor y salir mas rápidamente, trazó mentalmente el recorrido, cortó la curva al principio y maniobró el auto para poder tocar el interior de la curva a la mitad de ésta para salir con la mayor inercia posible acelerando al máximo.

 

            Solo alcanzó a ver la parte trasera del camión que se encontraba detenido a media curva,  segundos antes de la colisión presionó inútilmente el freno para tratar de evitar la confrontación.

 

 

            El tiempo se detuvo. Poco a poco veía como el tiempo se detenía, veía la compresión del metal lentamente hasta llegar a un punto de inmovilidad, los vidrios que se desprendieron del parabrisas se detuvieron a escasos milímetros de su rostro, los ruidos cesaron, y todo se quedó en un estado de inmovilidad y de pasmosidad.

 

No lo podía creer, ahí estaba él, sentado al frente de su auto a punto de estrellarse, de enfrentarse a la inevitable muerte y de pronto el tiempo se detenía. Podía ver aún la cara de horror del chofer del camión congelada en una mueca de espanto e incredulidad. Un pájaro sostenido en el aire abatiendo las alas denotaba que estaba a una milésima de segundo de que terminara todo pero el tiempo se había detenido.

 

            De pronto volteó a su lado y descubrió a una pasajera que no venía con él en el auto. Era una bella mujer que le miraba profundamente y que guardaba silencio ante la pasmosidad de él. Al fin después de unos momentos de asombro, él volteó y observó detenidamente a esta mujer. Era bella, misteriosa, extraña mezcla de anacronía y profundidad, cargada de espiritualidad y eternidad. No sabía que hacía ahí pero le miraba fijamente como esperando una pregunta. La cual por fin surgió: -¿Qué pasó?…

 

            Ella respondió: Te encuentras en un estado de suspensión, a una milésima de segundo de lo inevitable: Tu muerte. No quiero que hagas el ridículo haciendo un recuento de tu vida. Esas son payasadas, lo hecho, hecho está, nada puedes cambiar, nada puedes hacer, esta es tu realidad. A una milésima de segundo de que te arrebate de este mundo, que dejes de existir, que retornes al mundo que te ha dado vida. No ha sido un dios, ha sido la naturaleza que te ha alimentado y ha permitido que llegues hasta este punto.

 

Ella no ha decidido tu vida, no ha permitido que pase esto, simple y sencillamente es la probabilidad, es el azar. Alguna vez escuchaste que dios juega a los dados, así es, es cuestión de azar, no de determinismo ni de destino. Tu vida fué como fué no precisamente por que tuvieras un destino, sino por que fué lo que hiciste a través de tu voluntad. No sé si hayas ejercido tu libertad, o hayas permitido que la sociedad lo haya hecho por ti, pero desde que naciste eres libre, nadie te ha atado, nadie te ha coartado, solo tu y tus creencias. Solo la supuesta sociedad en donde vives.

 

Así pues, sabrás que lo hecho hecho está, no hay perdón ni castigo, no hay pena ni gloria, solo un retorno a la realidad, un retorno al mundo que te ha dado vida y que ahora te reclama. No hay otros mundos, paraíso ni infierno, nirvana, reencarnación, ni estados alterados de conciencia, esto lo dicen los hombres para adormecer los espíritus y doblegar la voluntad. Pero a final de cuentas la única certeza que existe y que es verdad es la mía, la única verdad soy yo: la muerte.

 

            Al oír esto, el se estremeció, se erizaron los vellos de su cuello, y un escalofrío le recorrió por todo el cuerpo. Por un momento quedó paralizado ante la dolorosa verdad que se le presentaba en ese momento, la realidad detenida en el espacio y la muerte a su lado rompiendo todos los esquemas preestablecidos de una vida eterna.

 

            Él apenas pudo susurrar un inaudible: ¿por qué?… Ella respondió: ¿Por qué? Muy simple, el hombre necesita algo en que creer, es tan inseguro y se siente tan solitario que necesita encontrar un elemento elevado y noble que le indique el camino y le marque su procedencia, trata de explicar que es especial, diferente, distinto, superior, “hijo de dios” por que es tan inseguro que no se da cuenta de su realidad, prefiere platicar una historia distinta, que su misión es mas elevada, mas espiritual.

 

Pero no se da cuenta que la única realidad es la que le golpea todos los días, que le indica que me acerco cada día más, que no perdono ni al rico ni al pobre, al noble ni al plebeyo, al santo ni al pecador. Yo soy la única verdad, nadie escapa a mí, nada escapa a mi tiempo y a mi espacio, todos deben retornar, todos deben esperar y nadie puede negociar.

 

Pero es mejor para ustedes creer que van a seguir viviendo por siempre, que tendrán vida eterna, que retornarán por que no pueden concebir que su vida es tan insignificante y tan absurda para la gran rueda del tiempo que creen que su vida trascenderá y valdrá por siempre… No importa que crean en lo que quieran, de todas maneras yo seguiré con mi trabajo: arrebatarles sus miserables vidas…

 

            Él preguntó asombrado: ¿ y por qué me dices esto? ¿Por qué no me dejaste morir igual que todos? ¿Qué quieres de mí?…

 

            ¿Que qué quiero de ti? Muy sencillo, quiero que mueras consciente de tu realidad, yo solo me limito a recoger a todos aquellos que ya no están, a los que se fueron, yo solo reciclo, renuevo y permito la nueva vida. Si te permito este instante es debido a que siempre quisiste saber la verdad, siempre cuestionaste, indagaste, pensaste. Por eso mismo te doy esta oportunidad de que me conozcas. De que sepas que aquí termina todo. No hay más, no importa en lo que hayas creído, ahora, este momento, es el momento de la verdad y aquí la tienes frente a tus ojos, no hay mas…

 

¿Decepcionado? ¿Abrumado? Te entiendo… eso pasa cuando los mortales se encuentran con la verdad de frente, algunos no pueden soportarla, no pueden manejarla y prefieren engañarse con cuentitos rosas de mundos mejores y evoluciones espirituales. ¿Pero por que deberían ser importantes para un universo tan inmenso que la raza humana solo representa un átomo en un grano de arena para la inmensidad del mar? ¡¡Qué gran vanidad!! ¡¡¡ Que arrogancia!!!

 

Seres imperfectos que poseen un dejo de inteligencia y memoria, que ni siquiera pueden convivir armoniosamente, que destruyen la vida sin respetarla, que se manejan por el ego y la ambición por su vulgar necesidad imperante de reproducirse, y así se promulgan hijos de dios. ¿Qué dios? ¿Uno tan humano y vulgar igual que ustedes? ¿Uno que nunca han visto, que no se ha hecho presente, que no ha dado muestras de su existencia ni de su interés por una especie tan depredadora como la humana?…

 

Muy bien, sigan creyendo en lo quieran, a mi no me importa, yo ateos o cristianos, musulmanes o judíos, taoístas o santeros me los llevo  por igual y no hago distinciones ni preferencias. Todos sienten lo mismo, trepo por sus piernas, les jalo el estómago, les quito el aire, les abro los ojos, les embarro las imágenes de su vida en el cerebro abrumado, les seco la boca y les paro el corazón. La angustia les oprime el pecho, los músculos se convulsionan como queriendo hacer algo, y al final… la obscuridad, las tinieblas y la disgregación de la energía que mantenía cohesionado cada uno de los átomos que conformaban a ese ser que dejó de configurarse como tal.

 

No dejan de existir, solo se transforman, retornan a su origen, a su principio, a su estado original, no retornan al reino de un torturado que se promulgaba  hijo de un dios que no existe. Tampoco a un nirvana prometido ni a un cielo eterno, tampoco son juzgados ni premiados. La vida la vives una vez, la disfrutas y estas consciente o no lo estás y vives tu propio infierno o tu anhelado paraíso, pero nadie tiene nada que ver, todo es cuestión de probabilidad. Todo es cuestión del azar.

 

            Por lo menos no sollozas cobardemente al saber la verdad y verme de frente, al menos aceptas tu destino inmutable. Eso es bueno, no viviste con la esperanza en el futuro de que todo iba a mejorar, viviste cada día consciente de mí y de que esto tarde o temprano iba a pasar, que vendría, que cumpliría con la cita del azar, y aquí estás, a una milésima de segundo de estar conmigo, de que retornes al mundo. No esperes llegar a ningún lado ni que nadie te reciba, aquí acaba todo…

 

¿Que qué busco? Solo busco que la gente esté despierta, que camine descalza, que sé de cuenta que nada importa cuando me los llevo, el dinero, las joyas, la importancia, el ego, el poder, nada de eso importa, solo la satisfacción de haber disfrutado algo que yo no tengo.

 

Por eso me da tanta rabia llevarme a la gente que ha vivido y disfrutado y disfruto llevarme a la gente que nunca pensó en disfrutar nada, aquella que vivió apostándole a un futuro que no tenía asegurado. Disfruto llevarme al que se agobia por el trabajo, las deudas y la monotonía, disfruto llevarme a la abnegada, a la moralista, la persignada por que no disfrutó la corta estancia en el mundo.

 

Por eso disfruto mi trabajo por que son muchos los que sobreviven en vez de vivir, sobreviven ahogados, frustrados y acomplejados por que no pueden satisfacer su pequeño ego que les evita disfrutar de las cosas simples… y sin embargo el tiempo pasa y yo me aparezco un día detrás de la frustración y me los llevo, aunque odio a los que se quieren adelantar, a los que definitivamente se aburrieron y corren a mi encuentro, los odio por que no hicieron nada por encontrar algo que buscaban, por que no lucharon ni encontraron lo mas sencillo de la vida para disfrutar. 

 

Odio a los estereotipados que viven su vida sin decisión, esperan que las tendencias dicten su destino, odio a los que no arriesgan, los que buscan la seguridad, la estabilidad, por que nunca tienen nada, siempre esperan y esperan y mientras tanto no saben que esperan hasta que llego y se lamentan, se contraen, se frustran y gritan, se espantan…

 

El espanto no es por que me ven, el espanto es al darse cuenta que su vida fué una basura por que no se arriesgaron ni tomaron grandes decisiones. Su corazón nunca ardió, nunca se consumió… quedó intacto esperando el momento, esperando al gran amor, esperando la oportunidad… Y así, con un corazón intacto, lo devoro y me alimento de su fuego… ¡¡¡Que desperdicio!!!

 

            Por eso algunos mueren en vida, otros mueren lentamente, algunos nunca nacieron y los mas apenas empiezan a vivir cuando me los llevo. A todos los devoro, disuelvo, mezclo  y los aviento de nuevo al mundo esperando que en una nueva combinación de elementos, surja un nuevo ser dispuesto a vivir su momento, tiempo y  espacio…

 

            Así pues, después de que conoces la verdad, ya no hay mas que decir, solo puedo decirte que se acabó tu vida, tu tiempo y tu espacio, espero que hayas cumplido tu propósito, solo me queda volver a hacer girar la rueda del tiempo para que termine tu agonía y tu sufrimiento…

 

            Y de pronto todo sucedió en un instante, él comenzó a sentir una gran paz, un gran poder reconfortante, lentamente sintió como cada uno de sus átomos se desintegraba y regresaba a su estado original. Su fuerza vital se mezclaba una vez mas con la del mundo que conspiró para conformarlo como ser y ahora reclamaba su esencia, su ultimo sentimiento fué de felicidad al desaparecer y fundirse a un mundo que le dio una oportunidad para existir…

         

¿Qué te pasó Jazmincito?...



Jazmín era una mujer de edad madura, reconocida por su habilidad en la cocina y la delicadeza en la preparación de platillos gastronómicos. De cuerpo grande y rollizo era el claro ejemplo del buen vivir y su misma imagen inspiraba confianza y gusto por la comida, con ojos grandes y curiosos, una boca carnosa que muy seguramente de joven desató mas que un suspiro y ansiedad por ser besada. De manos grandes y francas y una figura alegre y divertida de las que inspiran amistad y gusto por una larga y buena charla de café.

 

Siempre despertaba temprano, una costumbre que había adquirido al nacer su primer hijo y que hasta hoy perduraba en sus hábitos. Se levantaba perezosamente y luego de los tradicionales cinco minutos de modorra, se levantaba pesadamente y se dirigía al baño. Abría la llave del agua caliente y sin pensarlo dos veces se introducía en la regadera. ¡que gran placer sentir como el cuerpo se comenzaba a despertar y a reaccionar con el agua caliente que le golpeaba la piel!.

 

Una vez mas tenía tiempo para ella, sola consigo misma, desnuda y vulnerable, esos quince minutos de baño eran el gran placer pues le alejaba del mundo y podía entrar en un estado de reflexión que disfrutaba cada vez que podía.

 

Para tal efecto y para acentuar mas la sensación de introspección, había mandado a poner un espejo pequeño en el baño justo a la altura de su rostro, argumentando que era para que Arturo, su marido, pudiera rasurarse en la regadera, pero la verdad era otra, mas bien era el espejo de Jazmin, su confrontación consigo misma. El vínculo con su espíritu.

 

Se veía fijamente a los ojos para observar tras ese velo de curiosidad su verdadera esencia, recorría lentamente cada contorno y cada rasgo que le definía como persona, imaginaba que podía ver cada uno de los gestos y cada una de las personalidades o personajes que representaba día con día.

 

La rutina y las prisas habían hecho que fuera perdiendo esta introspección. Hacía tanto tiempo que no se veía en el espejo que ya había olvidado ese secreto que disfrutaba tanto y que permitía ese dialogo consigo misma. 

 

Hoy se dio cuenta que disponía de tiempo suficiente para disfrutar su baño, los niños no estaban y Arturo se había ido al club. Se introdujo en la regadera y lentamente sintió como su cuerpo se desperezaba. De pronto, se vio de frente a sí misma en el espejo y se topó con una imagen distorsionada, ya con canas y con arrugas que aparentemente no estaban ayer. Comenzó a verse detenidamente el rostro, los ojos cansados, los sueños desgastados y los labios aburridos. De pronto  se preguntó: ¿qué te pasó Jazmincito...?

 

Comenzó a observarse nuevamente y a buscar esos rostros que la conformaban y que se habían ocultado del tiempo tras su rostro hermético y estudiado… se dio cuenta que usaba una máscara que la definía y que permitía solo determinados gestos para convivir y sobrevivir con la gente que le rodeaba y que definían su vida, pero que se había adueñado tanto de su rostro que diluían su verdadera esencia en gestos preestablecidos y comúnmente aceptados.  No supo en que momento se ocultó tras la máscara y ésta se le fijó al rostro evitando su verdadera identidad. Tampoco entendía en que momento había decidido usarla y permitido que se adueñara de su identidad. ¿Por qué había sacrificado su identidad para usar una máscara?

 

De pronto, entre los múltiples rostros estudiados y aceptados, pudo dilucidar uno olvidado mucho tiempo atrás, un rostro juvenil y sonriente, franco y honesto, un rostro feliz y desinhibido.

Parecería que apenas fue ayer cuando se encontraba en la universidad participando en los debates estudiantiles sintiendo como la sangre le llenaba la garganta cuando expresaba y defendía sus ideas con una retórica férrea. Le gustaba sentir que la fuerza le venía del estómago, le hormigueaba las manos y le cambiaba la mirada de ser dulce a una agresiva y desafiante. ¿En donde quedó esa pasión, ese fuego que le consumía y le quemaba el alma?

 

 Le gustaba verse en el espejo y recordar cada una de sus palabras, cómo las enfatizaba y volvía a sentir como le hervía la piel, se veía a sí misma  gesticulando, alzando el puño como consigna y como señal de rebeldía. Le gustaba ver como los demás la escuchaban, y de manera mimética transfería sus gestos hacia los rostros de los demás encendiendo los ánimos.

 

Por un instante volvió a ver ese rostro detrás de las mil máscaras que se había construido, veía ese rostro de juventud, de idealismo, rebeldía, libertad y despreocupación. Quiso verlo por mas tiempo, pero se comenzó a diluir con el vapor que empañaba el espejo. Al volver a ver su rostro estudiado y frío, una pregunta rondó por su mente:

 

¿Qué te pasó Jazmincito?

 

Quedó un poco aturdida. Hacía mucho tiempo que no se confrontaba a sí misma y se observaba. Desempañó el espejo y volvió a la carga. Observarse en el espejo dispuesta a volver a ver el rostro detrás de la máscara.

 

Poco a poco y entre los vapores del agua caliente comenzó a vislumbrar un rostro olvidado, primitivo y salvaje. Un rostro que no tenía nada de humano, mas bien era de carácter animal. No podía vislumbrar claramente que animal era, pues estaba ensimismada con la imagen que veía y no quería ni parpadear para no perder esa conexión consigo misma. Poco a poco la imagen comenzó a definirse y descubrió la entremezcla de su rostro que semejaba a la de un lobo... le gustaba esa imagen, le recordaba la historia del Lobo Estepario de Hesse.

 

Cierta vez tomó un pincel, estaba sola y acababa de adquirir un CD que estaba basado en música africana. Los tambores eran el instrumento musical principal y algunas veces había oído que algunas culturas africanas entraban en éxtasis al escuchar los tambores retumbar. Decidió que era una manera interesante de inspirarse para pintar un cuadro. Así que introdujo el CD y le subió lo mas que pudo al sonido.

 

Por un instante se sobresaltó por la estruendosidad de los tam tams. Poco a poco dejó que la música inundara su cuerpo y dirigiera sus movimientos, sentía en el cuerpo las vibraciones fuertes y monótonas de los tam tams; intensos, poderosos, estruendosos que impregnaban el ambiente de instintos salvajes. Sentía que poco a poco se transformaba en un animal que deseaba y buscaba su libertad.

 

Al ritmo de los tambores dejó libre ese animal que llevaba adentro  dando rienda suelta a su instinto a través del pincel. Fué poseída por la animalidad del espíritu, entró en éxtasis. Furiosamente trazaba figuras y líneas violentas en el lienzo con colores brillantes y fuertes, brincaba alrededor del cuadro como si estuviera vivo listo para ser devorado. Brutalmente fribilaba para trazar cada uno de los motivos que conformaban el cuadro y que nada tenían que ver con su idea inicial.

 

            Cuando terminó la música se terminó el cuadro.  Agotada y jadeante, se tiró al piso y dejó que el sueño la venciera...  Dentro de su sueño se vio a sí misma como un lobo que corría por la estepa, libre y salvaje, internándose en el bosque…

 

Al despertar tomó consciencia de lo que había pasado. Se había dejado llevar y había podido entrar en contacto consigo misma,  con su instinto, con el infinito que le había concebido y hecho natural. Por un instante se dio cuenta de lo que había sucedido, había trascendido su propia humanidad para fluir con la naturaleza. Y a partir de ese momento comenzó a creer que su propósito era diferente al propósito de los demás y debía encontrarlo.

 

En esa época conoció a Arturo, automáticamente se identificaron. Él poseía una animalidad y profundidad similar a la de ella, una fuerza interior avasalladora. Su mirada parecía la de un jaguar, firme, penetrante, fuerte. Era tal la sensación le provocaba que la estremecía cada vez que la veía a los ojos… y que decir de como incendiaba su piel cuando la acariciaba, ella transpiraba sensualidad, erotismo y pasión a cada roce de piel. Cada vez que lo veía no solo veía al hombre, veía también al animal que deseaba que la poseyera de manera violenta y brutal dominándola.

 

De pronto el agua fría la regresó a la realidad. ¿Cuánto tiempo había estado observándose en el espejo que el agua ya se había tornado fría? Abrió mas la llave de agua caliente para que nuevamente su cuerpo se reconfortara con el calor. Se humedeció nuevamente el cabello, se lo echó para atrás, y levantó el rostro… el agua seguía corriendo…

 

            No sabia que había pasado consigo misma. Se vio nuevamente en el espejo, y de pronto se vio sola... al lado de un fantasma, vestigios de aquel hombre que alguna vez fué el hombre de su vida... perdida en el tiempo y los recuerdos... ansiando hurgar en esos recuerdos que se esconden detrás de las historias, queriendo encender un fuego marchito desde hace mucho tiempo atrás.

 

El encontrarse con el animal después de años y encontrarlo aterido, entumido, moribundo, medio ciego y enfermo de tanto olvido le aterrorizó. Se daba cuenta que el lobo estaba muy viejo para invocarse nuevamente... Tampoco sabia donde se había quedado su idealismo, su fuerza interna, esa sangre que subía desde el estómago hasta la garganta y que se apelmazaba con las palabras dándole un énfasis y fuerza descomunal...

 

Se sentó en la regadera lentamente y abrumada, comenzó a hablar despacio, bajo, como deteniendo el tiempo en cada palabra. Se había quedado ahí sentada, cansada, hastiada, agotada de tanta vida y de tan poca vida.  Se trataba de convencer a sí misma por qué había cambiado, tratando de justificarse y justificar sus acciones en sus hijos, su familia, las circunstancias, la vida, lo que debe de ser, lo que tenía que ser… ¿por qué tenia que ser así? ¿Quién la obligó o convenció?  ¿En qué momento dejó de ser ella misma? Había hecho mucho pero parecía tan poco ¿y su sentido? ¿Sus ideales? ¿El mundo que cambiaría? ¿Dónde había quedado?…

 

 Comenzó a llorar y sus lágrimas se mezclaban con el agua que le recorría el cuerpo, sentía que sus lágrimas no eran solamente las que salían de sus ojos sino que al entrar en contracto el agua con su cuerpo ésta se convertía en lágrimas y de ésta manera lloraba con todo el cuerpo. Temblaba y se  contraía, se abrazaba a sí misma en un intento por perdonarse y controlar su temblor que cada vez se acentuaba más.

 

Una vez mas acudió a su mente la misma pregunta recalcitrante y ahora de manera clara... ¿qué te pasó Jazmincito?....

 

Y ella respondió en voz alta: ...Me perdí…

¿Te Acuerdas Justina?

¿Te acuerdas Justina? …Aquel día que te vi paseando por primera vez en el parque junto al Marcelo, caminabas tan presumida e indiferente que todos envidiaban al Marcelo por que estaba con la mujer más bonita del pueblo, yo acababa de llegar del  campo, lejos, venía cansado y quería ir a mi jacal, pero tu estabas ahí tan presumida que no pude hacer otra cosa que verte pasar. No mirabas a nadie, pero cuando pasaste junto a mí, no pudiste hacer otra cosa mas que verme, se me hace que era por la manera en que yo te miraba. Me miraste tan rápido que el Marcelo ni cuenta se dio, pero entendí tu mirada, sabia que te gustaba, en ese momento hasta me olvidé del cansancio.

 

 Pasaron dos días sin verte, hasta que una tarde te vi caminando sola y me acerqué a ti. Me miraste altiva cuando llegué y cada que te preguntaba respondías a medias, pero no dejabas de mirarme, veía como temblabas y tus ojos me miraban de arriba para abajo,  la voz te temblaba, no dejabas de jugarte el pelo. Te acompañé a la casa de tu madrina, todos me miraron feo cuando llegamos, sabían como era de mujeriego.

 

  No me dejaron pasar, por eso no pude decirte que quería mirarte al otro día, lo mas seguro es que te previnieron de mí, que era malo y borracho, mujeriego y vividor, pero por dios que está en los cielos que cuando te vi por primera vez  sabía que ya no vería a las mujeres como lo hacía antes, ahora veía en todas tu cara y tu manera de menearte al caminar, me robaste el espíritu como un chamuco, me embrujaste sin quererlo.

 

Varios días no te vi, te escondías, hasta que me paré fuera de tu casa y esperé a que salieras, después de un ratote parado en el sol y el calor, por fin saliste. Te hablé, veía como te brillaban los labios y tu como veías los míos, quería agarrarte de la cintura y besarte, robarte lejos para que solo yo pudiera verte.

 

 Caminamos hasta el parque y me preguntaste que por que te esperaba afuera de tu casa, yo te dije que por que me gustabas mucho y quería hacerte mi mujer, te reíste pero  te pusiste colorada, supe que querías lo mismo que yo, querías ser mi mujer, ahora lo sé bien.

 

Quedamos de vernos en la noche, atrás de tu jacal, en el maizal, ahí te esperaba ansioso, las manos me sudaban. Por fin llegaste, te veías tan bonita con la luz de luna y tu vestido tallado a la cintura, veía tu pelo negro y brilloso, tu mirada honda y tus labios ansiosos. Me agarraste las manos, sentiste mi sudor que se juntó con el tuyo, ya no sabía quién era el que sudaba mas. Me dolía la panza, no podía tragar bien, sé que tu también sentías lo mismo, por eso solo pudimos sentarnos a ver las estrellas, hasta que por fin te dije que escogieras una, tu escogiste la mas grande y yo te dije que te la traería para que cuando no me vieras no tuvieras frío. Te puse mi Zarape,  tú lo oliste poco a poco como si olieras las flores, y te llenaste por primera vez de mí, te abracé y pusiste tu cabeza en mi pecho, decías que mi corazón latía como caballo desbocado, te acurrucaste mas y sentí como tu cuerpo se arrejuntaba al mío, así pasó un largo rato que sentí como un suspiro, hasta que tu padre te comenzó a gritar y saliste corriendo por el campo diciéndome: “mañana en la noche, aqui mismo, espérame que vendré otra vez”. Y yo vi como te ibas feliz desapareciendo entre las sombras…

 

            ¿Te acuerdas Justina?,  Ese día era el hombre más feliz del pueblo, tu vestida de blanco, sonriente, no me importaron las amenazas del Marcelo, tenías que ser mi mujer, tampoco me importó que tu familia me despreciara, tenía un poquito de dinero y un jacalito, ahí viviríamos y tendríamos varios chilpayates, me harías de comer y yo, sería el hombre mas feliz al regresar del campo y verte ahí, en mi jacal, esperándome. Caminamos por las calles hasta la iglesia, nos esperaba el padre Juan. Entramos; ante dios y la virgen juramos querernos siempre. Salimos juntos y felices, quería salir del pueblo y hacerte mi mujer, nada me importaba, solo quería mirar tus ojos, respirar tus olores, besar tu boca, trincarte a mi cuerpo y sentir tu temblor al sentir el mío, hacerte mujer y saber que eras mía…

 

            Dios se desquitó conmigo por mis blasfemias; solo oí el disparo y  tu vestido lleno de sangre cuando caías sin fuerzas, encima de mí. Solo pudiste verme un instante antes de que tus ojos se cerraran y dejaras de existir. Vi el humo de la pistola del Marcelo que estaba parado frente a mí, lo demás no lo recuerdo, no quiero recordarlo, solo sé que la justicia me espera por la muerte del Marcelo y ahora, que estas ahí acostada, como durmiendo, con tus manos cruzadas sobre el pecho y ese olor en el aire a velas y flores de Zempazuchitl, los murmullos y los rezos, los lloriqueos y los gritos, solo quiero estar aquí junto a ti.

 

            ¿Te acuerdas Justina? … Todos nuestros planes y nuestros sueños, nuestras promesas y nuestros toques de piel ansiosa quemando como fuego.

 

… Y ahora dime Justina, desde donde estés… ¿qué hago con tantos recuerdos? … 

Jardín Zen a las orillas del Iztaccihuatl


Tal vez estamos acostumbrados a la hiperrealidad, a que todo lo que vemos debe venir acompañado de las dosis exactas de interpretación lógica matemática con sus explicaciones racionales y secuenciales. Computables a través de logaritmos interminables de iteraciones en planos euclídicos y preceptuales.

 

A veces también buscamos escaparnos de la aparente hiperrealidad a través de la apertura de supuestas puertas hiperdimensionales que nos hagan reaccionar y estimular pues, nuestros sentidos.

 

Pero más que nada nos aferramos a estimulaciones de nuestras sensaciones y emociones a través de catalizadores que nos den la idea de que hemos hecho un salto cuántico en nuestra hiperrealidad, modificándola o moviéndola de posición cuando en realidad no hemos hecho mas que cambiar nuestro enfoque de hiperrealidad a aspectos propios de nuestra cosmovisión sin percatarnos que seguimos aferrados a un mismo punto de vista.

 

Los escapes a los que nos aferramos van desde la desconexión o apaciguamiento visual de la ventana al mundo como lo es la televisión, pasando por el sexo habitual y costumbrista que nos hace saltar el espíritu por lapsos de no más de 20 segundos, en el mejor de los casos, hasta experiencias extremas y modificatorias de la percepción como alucinógenos, adormecedores racionales, estimulantes o facilitadores de las interacciones sociales como lo es el alcohol.

 

Nos hemos olvidado de la simplicidad y la meditación, el no ser del ser como decía Heidegger, el estado inmanente y levitatorio del espíritu, el instante místico trascendental de la liviandad del espíritu. Hemos dejado a un lado la no existencia en un mundo material trastocando nuestra propia esencia por una carrera elitista y competitiva por la pertenencia a un mundo material al que aspiran todos como imagen ilusoria de pertenencia social, estatus biológico y poder psicológico.

 

Esa competencia hiperatomizada en aspectos simplistas y reduccionistas se crea por la necesidad de existir para el otro, por nuestra ansia de reconocimiento fugaz y light, existencia efímera por su inmediatez que luego es sustituido por otra imagen que compite y atomiza la percepción de los demás en un juego de destellos de aparente existencia y significado sin darnos cuenta que la existencia es en si misma un aspecto biológico y no perceptual, y que no dependemos del reconocimiento del otro para significar.

 

El jardín Zen es un espacio donde la nada reina, donde el silencio y el significado cobran fuerza, donde la existencia se detiene y existe por si misma, levita, gravita y vuelve a levitar a los ritmos del no tiempo. Es donde la fugacidad de la existencia del otro no importa por que no existe, puesto que pierde la dimensionalidad y masa.

 

Es un espacio hiperbólico, lejos de la lógica, con diferentes leyes, con diferentes principios, es el estado de contemplación pura, y de introyección donde el ser implota y se desvanece para fundirse con las formas y los sentidos hasta diluirse en un estado de no ser imbuido en el no tiempo y cargado de no existencia.

 

Este jardín, no se riega ni se mantiene, no se pertenece, ni se cambia, simplemente existe y se acude a él, se funde con él y se es, sin ser. Se contempla, se visita, se pasea y se habita.  Y cada paseo, cada instante de no tiempo, se aquilata, se reflexiona sin razón, y se siente sin sentidos, por que ahí no se existe, solamente se está y se levita, y se gravita y se desintegra para fundirse nuevamente en un ente que regresará al ser y a la existencia, al tiempo, pero que ansiará nuevamente y por más tiempo, regresar al jardín Zen una vez más… 

San Juan sin lluvia...


El tiempo ha pasado inclemente por San Juan sin Lluvia. Lo ha agotado y ha agotado su tierra, se ha ido su gente y su progreso. Ya no queda mas que los vestigios de su época de esplendor. ¿Qué ha sido de ese pueblo pujante que se antojaba como Ciudad importante? Nadie sabe… Probablemente fue debido a que comenzaron tarde los festejos de la fiesta de San Juan y debido a esto comenzó su decline. Como una maldición que cayó sobre el pueblo, en éste dejó de llover. Fue cuando se le adicionó al nombre San Juan, el mote de sin lluvia.

 

Todo sucedió un día en que los habitantes empezaron tarde sus festejos el 24 de junio como es acostumbrado. Se le adjudicó la culpabilidad al mayordomo de la iglesia dedicada a San Juan Bautista; Martín Méndez. Ya que un día antes se había puesto borracho y no tocó las campanas de la iglesia para despertar a todos y comenzaran los maitines. Los maitines debían empezar exactamente a las cuatro de la mañana ya que era un gran pecado del pueblo que había que expiar cumpliendo con todos los requerimientos de San Juan en su día. Todos los habitantes del pueblo debían participar y pedirle perdón y misericordia a san Juan que había sido víctima de una gran ofensa.

 

Martín había sido elegido como el mayordomo de la iglesia seis meses antes para sustituir a Javier Trinidad que había dejado el cargo debido a su alcoholismo incontrolable. Era tan incontrolable que había sido descubierto tratando de convencer a la imagen de la virgen de Dolores que tuvieran relaciones sexuales para que de esta manera la virgen dejara de sufrir y fuera más feliz. (una causa noble, por cierto) sin embargo se le olvidó a Javier Trinidad el sentido de "virgen", los votos de castidad y la religiosidad.

 

Javier Trinidad había bebido toda la tarde aguardiente debido a los festejos de San Juan. Por la noche se dirigió hacia la iglesia. Como era mayordomo, su cuarto estaba a un costado de atrio por cualquier cosa que se le  ofreciera al sacerdote. Entró tambaleándose por la puerta lateral de la iglesia, deteniéndose con la columna que sostenía la imagen de San Pedro para no caer de bruces. Su vista nublada, los movimientos imprecisos y torpes, los pasos pesados y tambaleantes adormecían su razón.

 

Una vez más vio como la luz mortecina de las velas iluminaba el rostro de la Virgen de Dolores. Con los contrastes generados por la luz dura y los movimientos de las velas, aunado a su borrachera hacían que la imagen de la virgen tomara vida. Se movía, suplicaba, rogaba y aceptaba estoicamente el dolor que le había sido encargado encarnar. Javier Trinidad no entendía por que había aceptado sufrir tanto. No entendía por que siempre tenía el rostro transfigurado por una mueca de dolor perpetuo y permanente. Tal vez era por que le recordaba el rostro de su mujer antes de morir  a causa de la tuberculosis. La sangre que emanaba del corazón de la virgen le recordaba la sangre que salía de las fosas nasales de su esposa a causa de las expectoraciones y el aroma a flores le recordaba su entierro.

 

Si, eso era, de manera silenciosa le recordaba el rostro adolorido, angustiado y acongojado del de su esposa antes de morir, ese rostro que tienen las personas que saben que la muerte está cerca y que se aferran a la vida, que respiran por cada poro cualquier soplo de vida. Viviendo cada instante, sintiendo en la piel cada pequeña vibración del mundo.

 

Después del entierro de su esposa al lado de sus dos hijos que habían muerto ahogados el año pasado debido a la crecida del río, se sentó en el borde de las tumbas y se sintió apesadumbrado. Se había quedado solo, su familia ya no estaba, sus padres habían muerto desde hacia tiempo por la edad. ¿Por qué no había muerto también?… Que ironía… probablemente era por que dios le tenía una misión mas en la vida antes de partir. Así que amargamente se resignó y aceptó su destino. Solo faltaba la señal de los cielos para saber que tenia que hacer.

 

Comenzaron a pasar los días. Acudía a misa diario esperando a que se presentara alguien, que se iluminara algo y le indicara su destino.  Él fervientemente rezaba con mas intensidad y empeño para poder recibir la señal de dios que le indicara la misión que debería cumplir antes de partir. Sin embargo no había ninguna señal.

 

A veces se apaciguaba en su casa con un trago de aguardiente. Al principio sentía como le quemaba el alma a cada trago, se le entumecía la boca, se le adormecían los recuerdos y enjuagaban las tristezas.  Pero poco a poco comenzó a sentirse mejor, sentía que se le apaciguaban los días y se adormecía en las noches. Necesitaba calmar sus tristezas y su soledad.

 

Se había acostumbrado a su soledad. Se iba solo a la siembra y regresaba por las noches a tumbarse agotado a la cama y tomar un vaso de aguardiente antes de caer rendido en un estupor parecido al sueño. De pronto creyó entender cual era el problema: probablemente no estaba lo suficientemente cerca de dios para escuchar su mensaje. Hacía ya mas de dos años que su esposa había muerto y no había ningún indicio. Así que decidió que iría a ver a cura y solicitarle ser el mayordomo de la iglesia. Hacía ya mucho tiempo que no había uno. Así que decidió estar lo mas cerca posible de dios para escuchar su mensaje.

 

Al día siguiente acudió a la iglesia y e hizo la propuesta de ser  mayordomo. El sacerdote se extrañó de tal petición pero accedió gustoso de saber que habría alguien tan dispuesto y comprometido a  ayudarle con las labores de salvación.

 

Javier Trinidad llevaba una vida rutinaria, se levantaba a las cuatro de la mañana, tocaba las campanas de la iglesia para indicar que era el primer llamado de la misa, se aseaba, ingería un atole y un tamal y a las cinco de la mañana asistía al sacerdote en la eucaristía.  Terminando ésta, se dirigía al campo y trabajaba la tierra. Lentamente la araba, procuraba y la alimentaba. Caminaba descalzo sobre ella, impregnándose de su inmovilidad y su terrosidad. Se imaginaba que su esposa y sus hijos tenían la misma forma, la misma substancia. Eran el mismo polvo que el pisaba día con día, y él también algún día se convertiría en polvo… Esa tierra que trabajaba con ahínco ¿contendría el polvo de los cuerpos de sus antepasados? De ser así esa tierra era sagrada por que contenía a su gente, a sus padres y abuelos, y en determinado momento le contendría a él.

 

Por la tarde regresaba al pueblo, caminaba lentamente hasta llegar al cuarto que le había asignado el sacerdote dentro de la iglesia. Había decidido abandonar su jacal para poder estar mas cerca de dios y dejar encerrados sus recuerdos. Sin embargo su nuevo amigo el aguardiente había escapado del olvido y ahora le acompañaba en su nueva morada.

 

A través del tiempo Javier Trinidad dejó de acudir a la siembra. Continuaba firme en su creencia de que no estaba escuchando el mensaje de dios, la misión que le tenía encomendada. Por eso pasaba cada vez mas tiempo en la iglesia. A escondidas dialogaba con los santos. Al principio lo hacía con reverencia y les dirigía una plegaria, pero con el tiempo eso fué cambiando y empezó a tener una amistad más cercana con los santos, había comenzado a entablar platicas con las diferentes imágenes religiosas que adornaban la iglesia.

 

Al principio las pláticas eran, aspectos cotidianos referentes a la limpieza y los adornos, preguntaba a los santos si estaban contentos. A veces se atrevía a preguntar si no le tenían algún mensaje de dios, alguna señal… pero los santos seguían silenciosos, cada vez que el preguntaba veía que los santos no le respondían  y se quedaban con la mirada perdida y dirigida al infinito. No le querían responder…

 

Con el santo que más había entablado amistad era con San Pedro, era un poco miedoso y hasta cierto punto cobarde pero creía que por haber conocido a dios en vida pues era el mejor intermediario para solicitar la señal que necesitaba para cumplir su misión. Por las tardes platicaba con él pero no se atrevía a hacerle ninguna pregunta, mas bien todo se limitaba a aspectos triviales de cada día y algunos chismes del pueblo.

 

Un día se enojó con la imagen de San Pedro. Había permitido que le quitaran un milagro y eso no era posible. Había sido un milagro de una familia adinerada en una ranchería vecina que había pedido que se curara un hijo enfermo. El niño se curó y los padres en agradecimiento habían dejado el milagro como prueba fiel de que San Pedro les había hecho el milagro. Pero éste había desaparecido. Javier Trinidad se enojó y regañó a San Pedro, le dijo descuidado, distraído, y le recordó que por esa distracción y esa falta de valor nuestro señor Jesucristo había sido crucificado… era su culpa…

 

Después se dio cuenta que había dicho, y se arrodilló frente a la imagen pidiendo perdón por sus palabras…

 

A raíz  de esto, su amistad se distanció… solo se saludaban. San Pedro digno apenas dirigía la mirada dignamente cuando Javier Trinidad lo saludaba. Ante esta indiferencia de San Pedro, Javier Trinidad tuvo que abrir su círculo de amigos, así que empezó a entablar amistad con San Diego,  la virgen de Dolores,  San Juan,  El espíritu santo y las almas del purgatorio mismas que no le caían muy bien por que eran muy escandalosas.

 

San Juan era muy agradable pero no perdía la compostura pues era el patrono del pueblo, además era el dueño de la iglesia pues estaba consagrada a él.  Así que no perdía la compostura ni la imagen formal de acuerdo a la investidura que representaba. El espíritu santo era muy serio y solo quería platicar de difundir la palabra de dios, así que el mejor amigo que pudo conseguir era San Diego.

 

San Diego era buen consejero, amigo y compañía, sobre todo por que estaba muy cerca de la puerta de su cuarto y le avisaba cuando el sacerdote se acercaba,  así Javier Trinidad podía esconder la botella de aguardiente y fingir estar dormido para cuando el sacerdote llegaba.

Era su cómplice en las travesuras que hacía. A veces por las noches se subía a su pedestal y le humedecía los labios de aguardiente, hecho que San Diego agradecía de sobremanera pues después de un día muy ajetreado bien caía un poco de aguardiente. Claro, no tomaba como Javier Trinidad, pero permitía que éste tomara lo que quisiera. Al fin y al cabo eran amigos.

 

Un día soleado y veraniego, cuando despertó y salió de su cuarto vio a la virgen de Dolores iluminada por la luz del sol y lo cautivó. Se quedó pasmado ante su belleza, misticismo y dolor abnegado que definía su rostro. Le enternecía que una mujer tan bella tuviera esa imagen de dolor tortuoso. Las siete dagas clavadas en su corazón, las lágrimas que caían de su rostro, la mirada al cielo le intrigaron.  Y desde ese día se propuso hacerle mas llevadera la vida. Comenzó por acercarse a ella y silbar tonadas alegres, le llevaba flores cortadas en la madrugada para que fueran lo mas frescas posibles y no sufriera tanto alegrándose un poco con las atenciones de Javier Trinidad.

 

Cierto día por fin se decidió a hablarle a la Virgen de Dolores. Se acercó tímidamente y le preguntó el por qué de tanto sufrimiento. Ella contestó que su sufrimiento era para poder liberar a los demás del sufrimiento.

 

Con estas palabras, Javier Trinidad se estremeció… probablemente esa era su misión… liberar a la Virgen de Dolores del sufrimiento para que el sufrimiento de él fuera liberado junto con el de todos los demás. Así que se empeñó en cuidarla más. Procuraba que su manto estuviera reluciente de limpio, que siempre hubiera flores recién cortadas y que nunca faltara una veladora que le iluminara el camino.

 

A pesar de esto, seguía preguntando a todos los demás santitos, inclusive a San Pedro, si Dios les había dado algún mensaje para él, pero siempre existía la misma respuesta negativa. De todas maneras, seguiría procurando a la Virgen de Dolores, a ver si eliminando el sufrimiento dela Virgen recibía el mensaje que esperaba, lo haría como una manda para dios, para demostrarle que se había olvidado de él y recordarle que seguía esperando su mensaje.

 

Habían pasado ya varios años de estar dedicado casi por completo en la contemplación y el cuidado de la Virgen de Dolores  y como consecuencia de esto, la virgen  ya platicaba mas con Javier Trinidad. Eran grandes amigos y había una cercanía distinta para con los demás santos. San Diego se había conformado y aceptaba un resignado el olvido y el descuido de Javier Trinidad, se conformaba con el poco tiempo que le dedicaba a su amistad.

 

El 24 de junio, día de san Juan, Javier Trinidad Se despertó muy temprano y tocó las campanas para que comenzaran los maitines en honor de San Juan, la fiesta se prolongó hasta medio día. El ambiente era muy festivo, tenía que ser así por que era el cumpleaños del patrono del pueblo. Por lo tanto, hubo grandes cantidades de mole, arroz, y sobre todo aguardiente en grandes cantidades. Gran oportunidad que aprovechó Javier Trinidad para festejar con todos brindando alegremente. Hasta que ya no pudo tomar más…

 

 Así, con la borrachera que traía ese día, Javier Trinidad llegó hasta el nicho donde estaba la virgen de Dolores a duras penas. Ella al verlo se entristeció y le preguntó que  por qué venia así. Él respondió que llevaba mucho tiempo esperando la señal, el mensaje de dios y no había tenido respuesta, se hacía viejo, el tiempo pasaba  y él seguía sin entender su misión. No entendía por que dios lo retenía en el mundo sin clarificarle su propósito.

 

La virgen de dolores se compadeció de él, sabía lo que era sufrir. Le dijo que se acercara para que pudiera enjuagarle las lágrimas, Javier Trinidad poco a poco se acercó y lloró, lloró como nunca lo había hecho, lloró como no pudo llorar el día que tuvo que enterrar a su esposa víctima de la tuberculosis  teniendo que echar toda esa tierra sobre su cuerpo hermoso e inerte. Lloró por que seguía perdido sin un propósito. Lloró por todos los que sufrían, por los que ya no estaban o los que se habían ido…

 

Después de haber llorado, alzó la mirada y se encontró con el rostro de la Virgen de Dolores, tierno y dulce, que le recordaba el rostro de su esposa, pero éste rostro no tenía el aliento fétido ni le escurría sangre por la nariz.

 

Poco a poco se acercó y vio que la virgen no se movía, lentamente se acercó mas hasta que sus labios toparon con los labios de la Virgen de Dolores que aceptó el beso sin moverse. Javier Trinidad sentía como se le incendiaba la sangre, como le bombeaba el corazón, hacía tanto que no sentía esa pasión ni respondía como hombre que comenzó a susurrarle a la Virgende dolores palabras hermosas llenas de deseo,  decirle que ella también era mujer, que Él podía hacerle olvidar por un instante su sufrimiento y que después de eso, sufrirían juntos por que compartirían como un ser unido  las penas del mundo.

 

Le decía que sus ojos eran los más hermosos que había visto, deseaba borrar en su rostro  la imagen de sufrimiento que había visto en su esposa antes de morir, quería ayudarla y liberarla de ese peso tan grande. Quería elevarla y santificarla, glorificarla a través de la unificación del hombre con el espíritu. Ella no decía nada, pero con su silencio animaba mas a Javier Trinidad a seguir con sus propósitos, sentía que ella accedía y que su silencio era sólo un aspecto de pudor y timidez, un aspecto virginal.

 

El sacerdote entró y vio a Javier Trinidad arriba de un nicho acariciando la imagen de la Virgen de Dolores, misma que estaba semidesnuda mostrando su figura esbelta de yeso, asexuada, fría e inerte.  Se le nubló la vista de horror, de coraje y de asombro ante tal sacrilegio e imagen dantesca… después de instantes de estupor e incredulidad por fin pudo articular palabra y desde el fondo de su alma surgió un grito aterrador que sonó por toda la iglesia retumbando como maldición: ¡¡¡Hereje!!!…

 

El sacerdote salió aullando por las calles, despertando a todo el pueblo gritando que había habido un sacrilegio en la iglesia, que Javier Trinidad era un hereje y que estaba violando a la Virgen de Dolores.

 

Javier Trinidad como pudo bajó del nicho y se perdió por el campo acogido por la obscuridad, llevaba entre sus brazos la imagen de la Virgen de Dolores, huía con ella, huía por ella, quería liberarla de ese sufrimiento lejos de la prisión que había sido durante tanto tiempo su morada, esa iglesia que le recordaba también su vida atada a un mensaje que no había llegado y que nunca llegaría por que había huido de ahí.

 

 

Días mas tarde encontraron el cuerpo sin vida de Javier Trinidad en una barranca abrazando férreamente la imagen de la Virgen de Dolores. Algunos dicen que se arrojó cuando se le bajó la borrachera y se dio cuenta que había robado la imagen de la Virgen. Otros dicen que fué San Juan que lo castigó por el sacrilegio que se había cometido en su casa. Unos mas dicen que la Virgen de Dolores se había sentido culpable por haber huido con él y lo había conducido hacia esa barranca para terminar con el sufrimiento de ambos.

 

La verdad nunca se supo. Pero Javier Trinidad no tuvo una santa sepultura junto a su familia. Al menos había podido descansar al fin, pero sin haber conocido nunca cual era su misión en el mundo que lo retenía con vida, pues la señal nunca llegó…