Jardín Zen a las orillas del Iztaccihuatl


Tal vez estamos acostumbrados a la hiperrealidad, a que todo lo que vemos debe venir acompañado de las dosis exactas de interpretación lógica matemática con sus explicaciones racionales y secuenciales. Computables a través de logaritmos interminables de iteraciones en planos euclídicos y preceptuales.

 

A veces también buscamos escaparnos de la aparente hiperrealidad a través de la apertura de supuestas puertas hiperdimensionales que nos hagan reaccionar y estimular pues, nuestros sentidos.

 

Pero más que nada nos aferramos a estimulaciones de nuestras sensaciones y emociones a través de catalizadores que nos den la idea de que hemos hecho un salto cuántico en nuestra hiperrealidad, modificándola o moviéndola de posición cuando en realidad no hemos hecho mas que cambiar nuestro enfoque de hiperrealidad a aspectos propios de nuestra cosmovisión sin percatarnos que seguimos aferrados a un mismo punto de vista.

 

Los escapes a los que nos aferramos van desde la desconexión o apaciguamiento visual de la ventana al mundo como lo es la televisión, pasando por el sexo habitual y costumbrista que nos hace saltar el espíritu por lapsos de no más de 20 segundos, en el mejor de los casos, hasta experiencias extremas y modificatorias de la percepción como alucinógenos, adormecedores racionales, estimulantes o facilitadores de las interacciones sociales como lo es el alcohol.

 

Nos hemos olvidado de la simplicidad y la meditación, el no ser del ser como decía Heidegger, el estado inmanente y levitatorio del espíritu, el instante místico trascendental de la liviandad del espíritu. Hemos dejado a un lado la no existencia en un mundo material trastocando nuestra propia esencia por una carrera elitista y competitiva por la pertenencia a un mundo material al que aspiran todos como imagen ilusoria de pertenencia social, estatus biológico y poder psicológico.

 

Esa competencia hiperatomizada en aspectos simplistas y reduccionistas se crea por la necesidad de existir para el otro, por nuestra ansia de reconocimiento fugaz y light, existencia efímera por su inmediatez que luego es sustituido por otra imagen que compite y atomiza la percepción de los demás en un juego de destellos de aparente existencia y significado sin darnos cuenta que la existencia es en si misma un aspecto biológico y no perceptual, y que no dependemos del reconocimiento del otro para significar.

 

El jardín Zen es un espacio donde la nada reina, donde el silencio y el significado cobran fuerza, donde la existencia se detiene y existe por si misma, levita, gravita y vuelve a levitar a los ritmos del no tiempo. Es donde la fugacidad de la existencia del otro no importa por que no existe, puesto que pierde la dimensionalidad y masa.

 

Es un espacio hiperbólico, lejos de la lógica, con diferentes leyes, con diferentes principios, es el estado de contemplación pura, y de introyección donde el ser implota y se desvanece para fundirse con las formas y los sentidos hasta diluirse en un estado de no ser imbuido en el no tiempo y cargado de no existencia.

 

Este jardín, no se riega ni se mantiene, no se pertenece, ni se cambia, simplemente existe y se acude a él, se funde con él y se es, sin ser. Se contempla, se visita, se pasea y se habita.  Y cada paseo, cada instante de no tiempo, se aquilata, se reflexiona sin razón, y se siente sin sentidos, por que ahí no se existe, solamente se está y se levita, y se gravita y se desintegra para fundirse nuevamente en un ente que regresará al ser y a la existencia, al tiempo, pero que ansiará nuevamente y por más tiempo, regresar al jardín Zen una vez más… 

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