Penélope, o el miedo a la soledad...






Sub species aeternitatis, per aspera ad astra... 
(Desde la perspectiva de la eternidad, a través de las adversidades, hacia las estrellas)


Penélope discurria por la existencia. Deambulaba libre y sin ataduras, despreocupada por el mundo. Vivía el hoy, sin pensar en el mañana. Sabía que el momento preciso de la existencia era aquel que no necesitaba ser explicado, entendido, o siquiera mencionado.
 
Ella estaba dispuesta a bordar infinitamente sus sueños por las mañanas deshivanándolos por las noches con tal de esperar a que Odiseo, su Odiseo regresara triunfante del mar. 

Dispuesta a vivir sin que el tiempo y la distancia fueran un problema, y con los ojos puestos en el mar, esperaba todos los días pacientemente, escuchando el rítmo de las olas y suplicándole a los vientos soplados por los dioses, que regresaran el barco en el que un dia Odiseo partió.

Su paso lento, sutil marcaba el tiempo, y acariciaba con sus huellas la historia de Odiseo. Su mirada profunda, brillante, destellaba la pasión que desbordaba al sonreir, cuando el mundo se colapsaba y se detenía solamente para verla pasar.

Su aroma se antojaba exótico, extraño, surreal que evocaba misterios del pasado y descubría lentamente el futuro al que se abría una nueva realidad tan fuerte,  tan misteriosa que producía pánico, miedo de abrir la llave del alma y que ésta se desbordara sin control.

Sus manos pequeñas se movían suavemente cuando hablaba, parecía que la acompañaban a todos lados para que no estuviera sola, como si tuvieran vida propia. Discurrian en el espacio abarcando más allá de los sueños y de las caricias. Si te llegaba a tocar, te recorría un escalofrío por todo el cuerpo, la piel quemaba y se estremecía, el mundo trepidaba a tu alrededor, y eras inexpugnable...


Su cuerpo oscilaba elípticamente, concéntricamente. De esta forma, su ombligo se convertía en el centro de un péndulo del cual podía colgar la vida y los sueños. Ese punto central era el punto de la no existencia, de la ingravidad, pues de él se desprendía el universo y arrastraba todo a su paso como vórtice de sensaciones.

Pero el Odiseo de esta historia nunca regresó...

Odiseo se convirtió en una clepsidra, implotó en el tiempo, se aferró a un hito para no dejarse llevar por su fuerza, para no fluir con su energía y dejarse arrollar por su potencia.

Huyó de ella, se refugió en una cueva para no sentir su paso, para frenar su existencia, olvidar su esencia y negar su voluntad, Luchó contra los fantasmas de los cíclopes que le aconsejaban desistir de la idea de regresar a los brazos de Penélope y sentir otra vez esa paz.

Odiseo nunca luchó como Teseo contra el minotauro, prefirió quedarse ahí, sentado en esa isla escuchando el canto de las sirenas. Ansiaba regresar con Penélope, pero el oráculo le dijo que cuando él llegara allá, ella ya no estaría ahí, que ella preparaba otro viaje más lejano. Por lo que Odiseo se dio la vuelta y vio de frente a medusa para convertirse en piedra...

Ahora en el mar se puede ver una roca deslavada y deconstruida por el tiempo con forma de obelisco como recuerdo de Odiseo que nunca regresó por Penélope y sus sueños hilvanados...

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