Qué no me gusta de las nuevas tecnologías de comunicación...


Amor de lejos es de Pen...sarse...

Bueno, antes si, ahora ya no. 

Con eso de que puede uno estar en contacto con el susodicho/susodicha a través de las nuevas tecnologías. Por ejemplo, puedes estar en contacto instantáneo con el Nextel, que a parte de radio, es celular. 

Bueno, también puedes mandarle un mensaje MSN si no puedes hablar en ese momento. Y que decir si estás inspirado, pues le puedes mandar un email platicándole tus sentimientos o de perdis, puedes "chatear" en tiempo real.

Si no es suficiente, puedes utilizar la videoconferencia y verla/verlo en tiempo real a través del internet, y si no basta, puedes hablar por teléfono a través del Skype. Ya solo falta que puedas estar de forma presencial a través de un holograma virtual...

Pero, para mi gusto, a pesar de todas estas maneras de estar presente sin estarlo, se ha perdido la ausencia real y el extrañar al otro.

En la época prehistórica en la que no existían los celulares ni las computadoras, y solo existía el correo "normal", (para aquellos que no conocieron el correo normal, antes se escribían las cartas en papel y se depositaban en unos receptáculos llamados buzones, se les colocaban unas calcamonias llamadas timbres que se activaban por medio de la saliva y se pegaban en la esquina superior izquierda de los sobres que contenían tanto el escrito como la dirección del destinatario).

Estas "cartas" tardaban entre una y dos semanas en llegar a su destino y por supuesto, era un regocijo el recibirla. Esa sensación, que yo creo que muchos ya no vivieron,  de llegar a casa, revisar el buzón o preguntar si ya había llegado el cartero, y ver si te había llegado algo.

Ese nudo en el estómago de ver que había una carta con tu nombre, igual y pudiera venir perfumada, con ese perfume que dos semanas antes había puesto el susodicho/ la susodicha en ese sobre con la intención de que te llegara a la mente su aroma y su añoranza.

El tomar el sobre en tus manos, leer varias veces tu nombre y tratar de adivinar lo que estaba pensando la otroreidad al momento de escribirlo...

Esa ansiedad y cuidado por abrir el sobre. Tratando de controlarte y no romper el contenido, luchando contra el ímpetu y el deseo de leer la carta.

Y luego, desdoblar en la soledad el papel, tratando de localizar el encabezado que marcaba el comienzo, el cual podía decir mucho del tono de la carta. Ese encabezado que podía comenzar con: "Mi amor", "no sabes como te extraño", o "mi vida"...

Poco a poco al ir leyendo las líneas, éstas se iban enredando en tus sueños, acariciaban tu alma.  Las letras se aplemazaban en tus ojos para poder ser bebidas más rápido, para dejarte llevar por el sentido de las palabras del otro. Probablemente podrías sentir el nudo en el corazón, los ojos llorosos, las  manos sudorosas...

Cuando terminabas de leer la carta, y leías la despedida, sentías ese vacio en el alma, esa soledad tan lacerante, esa incompletitud que hacía que sintieras la falta del otro. 

Para mitigar ese vacio volvías a leer la carta, esta vez con más detenimiento, saboreando cada palabra, tratando de entender la intención en cada trazo, la emoción en las formas de las letras. 

Después, doblabas lentamente el papel, suspirabas profundamente viendo el techo, tratando de enviarle a la otroreidad un mensaje a través de la intención para decirle que te había llegado el mensaje, que te había hecho feliz por un instante a través de sus letras.

Y luego, el esperar la llamada telefónica, o esperar a que llegara la hora acordada de llamar, para marcar ansiosamente. El sentir que el tiempo se elongaba a medida en que se acercaba la hora de marcar. 

Ese sudor en las manos, ese temblor casi imperceptible cuando se descolgaba el teléfono y se escuchaba el tono de línea disponible. Luego marcar los números lentamente para no equivocarse a consecuencia del nerviosismo. 

Esa pausa interminable hasta escuchar el tono intermitente de llamada... ese instante infinito que producía vértigo y detenía la respiración. y de pronto escuchar que se descolgaba el teléfono, y el tiempo volvía a girar...

Escuchar detrás de la línea esa voz que te llenaba de melancolía y de alegría al mismo tiempo, esa voz milenaria que parecía que emergía desde el universo y que toda la energía se concentraba en ese punto cuando escuchabas el "Hola amor" y que implotaba en tu oido para conmocionar todo tu ser de manera febril y trepidatoria...

Después, la resistencia a colgar, a dejar de hablar, a otra vez sentirte solo, vacio, olvidado. Tenía que llegar ese momento maldito, ese instante del adiós, el instante de las promesas, de los acuerdos, los besos y suspiros, del "cuelga tu primero", para que instantes después, de forma pesada, agobiante, colgaras el auricular y suspiraras nuevamente, acompañado del vacío, de la soledad, el silencio. 

Luego encontrabas consuelo al tomar entre tus manos las cartas, las fotos, los suspiros y los sueños y acariciarlos hasta que nuevamente te llegara esa carta o volvieras a llamar otra vez para escuchar nuevamente su voz y el mundo volviera a girar para ti...


1 comentario:

Eduardo dijo...

Me hiciste recordar una muy bella etapa de mi vida. Volver a sentir esas emociones, alegrías y tristezas, risas y llantos, e inclusive el no entender una palabra e ir al diccionario a consultarla; el sabor del sobre y del timbre.
No cabe duda que se ha facilitado enormemente la comunicación, la cantidad de medios y formas era impensable hace apenas algunos años; pero también es cierto que, al menos para los que conocimos el correo tradicional, no causa la misma emoción abrir el "Inbox" que abrir el buzón, el escuchar el silbato del cartero o el deseo de grandeza de haber recibido "correo certificado"