¿Qué te pasó Jazmincito?...



Jazmín era una mujer de edad madura, reconocida por su habilidad en la cocina y la delicadeza en la preparación de platillos gastronómicos. De cuerpo grande y rollizo era el claro ejemplo del buen vivir y su misma imagen inspiraba confianza y gusto por la comida, con ojos grandes y curiosos, una boca carnosa que muy seguramente de joven desató mas que un suspiro y ansiedad por ser besada. De manos grandes y francas y una figura alegre y divertida de las que inspiran amistad y gusto por una larga y buena charla de café.

 

Siempre despertaba temprano, una costumbre que había adquirido al nacer su primer hijo y que hasta hoy perduraba en sus hábitos. Se levantaba perezosamente y luego de los tradicionales cinco minutos de modorra, se levantaba pesadamente y se dirigía al baño. Abría la llave del agua caliente y sin pensarlo dos veces se introducía en la regadera. ¡que gran placer sentir como el cuerpo se comenzaba a despertar y a reaccionar con el agua caliente que le golpeaba la piel!.

 

Una vez mas tenía tiempo para ella, sola consigo misma, desnuda y vulnerable, esos quince minutos de baño eran el gran placer pues le alejaba del mundo y podía entrar en un estado de reflexión que disfrutaba cada vez que podía.

 

Para tal efecto y para acentuar mas la sensación de introspección, había mandado a poner un espejo pequeño en el baño justo a la altura de su rostro, argumentando que era para que Arturo, su marido, pudiera rasurarse en la regadera, pero la verdad era otra, mas bien era el espejo de Jazmin, su confrontación consigo misma. El vínculo con su espíritu.

 

Se veía fijamente a los ojos para observar tras ese velo de curiosidad su verdadera esencia, recorría lentamente cada contorno y cada rasgo que le definía como persona, imaginaba que podía ver cada uno de los gestos y cada una de las personalidades o personajes que representaba día con día.

 

La rutina y las prisas habían hecho que fuera perdiendo esta introspección. Hacía tanto tiempo que no se veía en el espejo que ya había olvidado ese secreto que disfrutaba tanto y que permitía ese dialogo consigo misma. 

 

Hoy se dio cuenta que disponía de tiempo suficiente para disfrutar su baño, los niños no estaban y Arturo se había ido al club. Se introdujo en la regadera y lentamente sintió como su cuerpo se desperezaba. De pronto, se vio de frente a sí misma en el espejo y se topó con una imagen distorsionada, ya con canas y con arrugas que aparentemente no estaban ayer. Comenzó a verse detenidamente el rostro, los ojos cansados, los sueños desgastados y los labios aburridos. De pronto  se preguntó: ¿qué te pasó Jazmincito...?

 

Comenzó a observarse nuevamente y a buscar esos rostros que la conformaban y que se habían ocultado del tiempo tras su rostro hermético y estudiado… se dio cuenta que usaba una máscara que la definía y que permitía solo determinados gestos para convivir y sobrevivir con la gente que le rodeaba y que definían su vida, pero que se había adueñado tanto de su rostro que diluían su verdadera esencia en gestos preestablecidos y comúnmente aceptados.  No supo en que momento se ocultó tras la máscara y ésta se le fijó al rostro evitando su verdadera identidad. Tampoco entendía en que momento había decidido usarla y permitido que se adueñara de su identidad. ¿Por qué había sacrificado su identidad para usar una máscara?

 

De pronto, entre los múltiples rostros estudiados y aceptados, pudo dilucidar uno olvidado mucho tiempo atrás, un rostro juvenil y sonriente, franco y honesto, un rostro feliz y desinhibido.

Parecería que apenas fue ayer cuando se encontraba en la universidad participando en los debates estudiantiles sintiendo como la sangre le llenaba la garganta cuando expresaba y defendía sus ideas con una retórica férrea. Le gustaba sentir que la fuerza le venía del estómago, le hormigueaba las manos y le cambiaba la mirada de ser dulce a una agresiva y desafiante. ¿En donde quedó esa pasión, ese fuego que le consumía y le quemaba el alma?

 

 Le gustaba verse en el espejo y recordar cada una de sus palabras, cómo las enfatizaba y volvía a sentir como le hervía la piel, se veía a sí misma  gesticulando, alzando el puño como consigna y como señal de rebeldía. Le gustaba ver como los demás la escuchaban, y de manera mimética transfería sus gestos hacia los rostros de los demás encendiendo los ánimos.

 

Por un instante volvió a ver ese rostro detrás de las mil máscaras que se había construido, veía ese rostro de juventud, de idealismo, rebeldía, libertad y despreocupación. Quiso verlo por mas tiempo, pero se comenzó a diluir con el vapor que empañaba el espejo. Al volver a ver su rostro estudiado y frío, una pregunta rondó por su mente:

 

¿Qué te pasó Jazmincito?

 

Quedó un poco aturdida. Hacía mucho tiempo que no se confrontaba a sí misma y se observaba. Desempañó el espejo y volvió a la carga. Observarse en el espejo dispuesta a volver a ver el rostro detrás de la máscara.

 

Poco a poco y entre los vapores del agua caliente comenzó a vislumbrar un rostro olvidado, primitivo y salvaje. Un rostro que no tenía nada de humano, mas bien era de carácter animal. No podía vislumbrar claramente que animal era, pues estaba ensimismada con la imagen que veía y no quería ni parpadear para no perder esa conexión consigo misma. Poco a poco la imagen comenzó a definirse y descubrió la entremezcla de su rostro que semejaba a la de un lobo... le gustaba esa imagen, le recordaba la historia del Lobo Estepario de Hesse.

 

Cierta vez tomó un pincel, estaba sola y acababa de adquirir un CD que estaba basado en música africana. Los tambores eran el instrumento musical principal y algunas veces había oído que algunas culturas africanas entraban en éxtasis al escuchar los tambores retumbar. Decidió que era una manera interesante de inspirarse para pintar un cuadro. Así que introdujo el CD y le subió lo mas que pudo al sonido.

 

Por un instante se sobresaltó por la estruendosidad de los tam tams. Poco a poco dejó que la música inundara su cuerpo y dirigiera sus movimientos, sentía en el cuerpo las vibraciones fuertes y monótonas de los tam tams; intensos, poderosos, estruendosos que impregnaban el ambiente de instintos salvajes. Sentía que poco a poco se transformaba en un animal que deseaba y buscaba su libertad.

 

Al ritmo de los tambores dejó libre ese animal que llevaba adentro  dando rienda suelta a su instinto a través del pincel. Fué poseída por la animalidad del espíritu, entró en éxtasis. Furiosamente trazaba figuras y líneas violentas en el lienzo con colores brillantes y fuertes, brincaba alrededor del cuadro como si estuviera vivo listo para ser devorado. Brutalmente fribilaba para trazar cada uno de los motivos que conformaban el cuadro y que nada tenían que ver con su idea inicial.

 

            Cuando terminó la música se terminó el cuadro.  Agotada y jadeante, se tiró al piso y dejó que el sueño la venciera...  Dentro de su sueño se vio a sí misma como un lobo que corría por la estepa, libre y salvaje, internándose en el bosque…

 

Al despertar tomó consciencia de lo que había pasado. Se había dejado llevar y había podido entrar en contacto consigo misma,  con su instinto, con el infinito que le había concebido y hecho natural. Por un instante se dio cuenta de lo que había sucedido, había trascendido su propia humanidad para fluir con la naturaleza. Y a partir de ese momento comenzó a creer que su propósito era diferente al propósito de los demás y debía encontrarlo.

 

En esa época conoció a Arturo, automáticamente se identificaron. Él poseía una animalidad y profundidad similar a la de ella, una fuerza interior avasalladora. Su mirada parecía la de un jaguar, firme, penetrante, fuerte. Era tal la sensación le provocaba que la estremecía cada vez que la veía a los ojos… y que decir de como incendiaba su piel cuando la acariciaba, ella transpiraba sensualidad, erotismo y pasión a cada roce de piel. Cada vez que lo veía no solo veía al hombre, veía también al animal que deseaba que la poseyera de manera violenta y brutal dominándola.

 

De pronto el agua fría la regresó a la realidad. ¿Cuánto tiempo había estado observándose en el espejo que el agua ya se había tornado fría? Abrió mas la llave de agua caliente para que nuevamente su cuerpo se reconfortara con el calor. Se humedeció nuevamente el cabello, se lo echó para atrás, y levantó el rostro… el agua seguía corriendo…

 

            No sabia que había pasado consigo misma. Se vio nuevamente en el espejo, y de pronto se vio sola... al lado de un fantasma, vestigios de aquel hombre que alguna vez fué el hombre de su vida... perdida en el tiempo y los recuerdos... ansiando hurgar en esos recuerdos que se esconden detrás de las historias, queriendo encender un fuego marchito desde hace mucho tiempo atrás.

 

El encontrarse con el animal después de años y encontrarlo aterido, entumido, moribundo, medio ciego y enfermo de tanto olvido le aterrorizó. Se daba cuenta que el lobo estaba muy viejo para invocarse nuevamente... Tampoco sabia donde se había quedado su idealismo, su fuerza interna, esa sangre que subía desde el estómago hasta la garganta y que se apelmazaba con las palabras dándole un énfasis y fuerza descomunal...

 

Se sentó en la regadera lentamente y abrumada, comenzó a hablar despacio, bajo, como deteniendo el tiempo en cada palabra. Se había quedado ahí sentada, cansada, hastiada, agotada de tanta vida y de tan poca vida.  Se trataba de convencer a sí misma por qué había cambiado, tratando de justificarse y justificar sus acciones en sus hijos, su familia, las circunstancias, la vida, lo que debe de ser, lo que tenía que ser… ¿por qué tenia que ser así? ¿Quién la obligó o convenció?  ¿En qué momento dejó de ser ella misma? Había hecho mucho pero parecía tan poco ¿y su sentido? ¿Sus ideales? ¿El mundo que cambiaría? ¿Dónde había quedado?…

 

 Comenzó a llorar y sus lágrimas se mezclaban con el agua que le recorría el cuerpo, sentía que sus lágrimas no eran solamente las que salían de sus ojos sino que al entrar en contracto el agua con su cuerpo ésta se convertía en lágrimas y de ésta manera lloraba con todo el cuerpo. Temblaba y se  contraía, se abrazaba a sí misma en un intento por perdonarse y controlar su temblor que cada vez se acentuaba más.

 

Una vez mas acudió a su mente la misma pregunta recalcitrante y ahora de manera clara... ¿qué te pasó Jazmincito?....

 

Y ella respondió en voz alta: ...Me perdí…

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