Ítaca, o la búsqueda del puerto definitivo...



¿Dónde queda Ítaca? preguntaban los marineros. El viejo, desdentado y misterioso marino cerraba los ojos, como invocando a la memoria para que le trajera esos recuerdos de la tierra lejana... 

Fumaba lentamente una bocanada de humo de su pipa, y luego expulsaba ese aroma de vanillla que recordaba los campos de África.

Suspiraba profundamente como si quisera volver a llenarse los pulmones de ese aroma que podría inhundar el ambiente de Ítaca, entreabría los ojos y comenzaba a hablar lentamente...

Ítaca es la tierra de los sueños, los campos siempre están verdes, los hombres trabajan el campo sin prisas y sin miedos por que todo lo que se siembra ahí, crece y se da. Las mujeres sonrien eternamente, como si presientieran que todo aquel que llega está en búsqueda de la felicidad.

El tiempo se detiene, las olas son lo que rigen los tiempos en la playa que se deja seducir por el agua. Puedes caminar por la arena y dejarte acariciar por la espuma. El sol es brillante, el aroma a sal inhunda tu respiración y hace ver los cuerpos de los otros, como tostados, bronceados y con brillo.

Los árboles son abundantes, cargados de frutas, y cuando muerdes una, el jugo es tan abundante que es casi inevitable que se te escurra por la quijada haciéndote sentir que el mundo abre todas sus delicias para agradarte.

Las casas son espaciosas, todos tienen un lugar para vivir de manera decorosa, no hay rivalidades por que en Ítaca todos son importantes y siempre tienen algo que decir... Por las tardes, los hombres se reunen en el bar del pueblo, beben y conversan animadamente sobre el devenir del mar...

Las mujeres por el contrario, acuden a la playa y corretean las olas que les devuelve presuroso miriadas de destellos junto con el sol y las divierte otorgándoles conchas que guardan agradecidas para después hacer collares.

Otros hombres pescan en pequeñas barcazas, lo indispensable para comer ese día, no necesitan guardar nada para mañana por que saben que la tierra o el mar de Ítaca es tan bondadoso que mañana tendrán que pescar...

De pronto se corre el cerrojo, los marinos se estremecen, saben que vienen por ellos, unos hombres vestidos con uniforme militar de color negro, los arrastran hasta colocarlos junto con cientos de hombres más, desnudos en un pequeño y reducido cuarto con regaderas...

Saben cual es su destino, saben que por esas regaderas no saldrá agua sino gas letal... Los militares cierran las puertas con dificultad por tantos cuerpos apretujados, y de pronto el silencio mortal que es roto por el silbido del gas que se libera...

Uno de los marinos busca angustiosamente al viejo de la pipa, por fin lo encuentra y grita: 

¡Hey anciano!, ¡no te preocupes, nos vemos en Ítaca!... 

No hay comentarios: