El caballero de la noche...

Despuntando al alba, después de pasar la noche en vela, ha llegado el momento de partir, despierto con voz firme a mi escudero, responde con un gruñido y luego de un rápido despertar soñoliento se levanta para calentar agua y poderme asear antes de vestirme, el sol comienza a acariciar las montañas con sus rayos, la brisa despeina y juguetea con mis cabellos, el rocío humedece mis barbas y hace que reluzcan con un brillo especial y casi mágico. 

Las flores despiden su aroma, la niebla que cubría el campo ahora poco a poco desaparece con los primeros rayos del amanecer. Antes no me percataba de estos detalles,  odiaba las flores y los amaneceres. Estaba tan ensimismado con los placeres mundanos que no me percataba de los detalles, pero ahora, puede ser que por mi inexorable destino me dé cuenta de este amanecer tan extraño, misterioso y cotidiano. No sé a que se deba, será algún presagio, alguna despedida.

En lo alto vuela un águila, sonrío al creer que es un buen augurio pues es el símbolo que llevo en mi escudo y el rostro que se esculpe en mí al ponerme el yelmo, es mi estandarte, y quiero creer que esta águila me indica que no debo temer, que debo luchar confiando en mi fuerza.

El escudero me interrumpe en mis cavilaciones, el agua está lista, debo asearme, el hambre me recuerda el ayuno, pero no debo ingerir nada hasta después de la lucha, es el ofrecimiento hacia los dioses para pedir misericordia y fuerza durante la lucha.

  Me desvisto, tomo un trapo que me brinda el escudero y lo humedezco en el agua tibia, lo restriego por todo mi cuerpo, y éste me lo agradece después de una noche en vela hincado junto a mi espada, siento como el viento me arrebata el poco calor que me da el agua tibia y hace que el cuerpo se estremezca, no se si por el simple frío o por el destino que tengo que cumplir.

 Después de asearme, me visto con la ropa de guerra, flexible, suave, pero resistente, de brillante color que se adhiere a mi cuerpo como una segunda piel, que extraño, mi cuerpo reacciona como si fuera la primera vez que siente, me percato de tantas sensaciones que se habían olvidado por convertirse en costumbre, y ahora regresan pero con una fuerza avasalladora que hacen que disfrute cada instante, cada milésima  de segundo, cada  fibra de piel que se estremece, será por mi destino del día de hoy.

   

Poco a poco voy cubriendo mi cuerpo con la armadura, primero las piernas, en que cada parte se adhiere y se fija a mi cuerpo ensamblada de forma perfecta, protegiendo mi cuerpo pero a la vez permitiendo la movilidad. Después, el pectoral y la espalda, que se fijan fuertemente para evitar el movimiento o el desprendimiento ante una embestida, o algún hueco que me convierta en vulnerable ante mi oponente. 

Veo los ojos de mi escudero, se muestra perturbado, con una mirada distante, pero sus movimientos firmes y precisos como autómata me dicen que su psique bloquea el instante en el que está viviendo, solo hace lo que tiene que hacer, nada más. Me doy cuenta de lo solo que estoy en el mundo. Solo con mi destino, el inmutable destino que no está escrito o que quiero creer que yo lo escribo. No lo sé, y mi escudero que no me ayuda  con el misterio del destino, está muy ocupado con el suyo...

 Al fin termina la ceremonia de la investidura de caballero, la espada afilada está en su funda a mi costado, toda la noche le he sacado brillo para esta lucha. Me hinco y rezo hacia los cuatro vientos, y el cenit, queriendo creer que dios existe y me escucha, sé que he sido un gran blasfemo y que siempre he negado su existencia, pero hoy, precisamente hoy, quiero creer en él, quiero creer que existe un mundo mejor, mas allá de las estrellas, en donde me puedo refugiar. 

No quiero partir a la batalla pensando en que mi vida es muy absurda y que a mi muerte mi existencia se desvanezca como el polvo sin dejar huella, solo estelas de partículas que ocupan el todo y no son nada. Quiero creer en ese dios para que en este momento mi vida tenga un sentido ante la horrorosa y fatídica realidad.

     El escudero me regresa a la realidad, mi fiel corcel negro está listo, inquieto relincha y muerde la brida ansioso, patea y rasca la tierra como indicando que está listo para el viaje hacia lo ignoto, me acerco y le acaricio la frente, mi fiel compañero de luchas y batallas que tantas veces me salvó la vida. Me observa con sus grandes ojos obscuros presintiendo el destino.

  Me acerco a un costado, pongo el pie en el estribo, me impulso y  quedo sentado sobre el lomo de mi corcel negro. El escudero levanta la mano y me ofrece mi yelmo, lo tomo con la diestra y me  lo pongo lentamente hasta comenzar a ver el mundo a través de dos agujeros que asemejan los ojos de un águila. La adrenalina corre por mi cuerpo y me estremezco, mi corcel lo percibe y relincha inquietamente, tomo la brida, volteo a ver a mi escudero que se ha quedado perplejo ante tal escena de un majestuoso caballero montado en su corcel dispuesto a enfrentar la muerte. 

Lo veo por ultima vez, me despido de él como si saludara al mas alto mando del ejercito al que pertenezco, lo hago como un tributo a los años de servicio que recibí de él. Lo hago pues no sé si regresaré. Él se quedará aquí en el campamento, esperando a que vuelva. En éste viaje no me acompañará por que en éste viaje se regresa o no se regresa, el quedar herido es morir. Por eso no puede acompañarme, no puede curarme ni salvarme. Sabe que si no regreso en 3 días es que he muerto y podrá regresar a su casa  no como esclavo, sino como hombre libre, le he dado un salvoconducto en donde le otorgo la libertad. No sé si regresaré, solo sé que enfrentaré mi destino.

 Clavo las espuelas a los costados de mi corcel y éste emprende la cabalgata por el sendero, mi escudero apenas levanta la mano para despedirse de mí, y veo como se queda petrificado cuando desaparezco por el bosque cabalgando hasta mi destino...

    Paso veloz por entre el bosque y los arboles. Solo retumban los cascos de mi corcel al golpear las piedras. El agua del arroyo que acabo de pasar refrescó un poco mi piel y me recordó que sigo vivo unos instantes más. El movimiento de mi corcel hacia adelante y hacia atrás me impulsa ante mi destino. 

Siento el poder del corcel mezclado con el mío, los puños apretados, aferrados a la brida, el viento golpeando mi rostro, recordándome el sabor de la libertad, sintiendo que las patas de mi corcel no tocan el piso. La velocidad me recuerda lo efímero de la vida y lo absurdo de las normas que me impone el destino y que he creído que deben regir mi existencia, el absurdo significado de la vida y cómo la sociedad se encargó de decidir por mí sin darme cuenta de lo que yo quería. Pero ahora es tarde, mi compromiso es más fuerte y cumpliré con mi destino aunque mi vida esté de por medio...

1 comentario:

gcamachos dijo...

Solo tengo un comentario en este momento en el que mis palabras se han ido... Wow...
Sigue escribiendo...
Un saludo...
atte

G. Camacho S.