El retorno a la inocencia...


Hoy volví a encontrarme con la muerte, la hallé tendida en el pavimento, sonriente ante un cuerpo inerte, vacío, apenas sangrante y desnudo. Ella se regocijaba ante todos los espectadores que azorados observaban el espectáculo. Se divertía arrancando la inocencia o el olvido de su existencia latente en cada uno de nosotros. 

Ahí estaba sentada en el borde del camino. Lamiéndose los labios, saboreando el alma que acababa de consumir. Ahí estaba junto a ese anciano que mostraba su impotente desnudez provocada por el impacto del auto, segundos atrás. Por allá un zapato tirado como muestra del incontenible tumulto de azar en el que vivimos esperando, aguardando nuestro destino.  

Ese cuerpo inerte del anciano que caminaba hacia no sé dónde pero que nunca llegó, no sé si alguien lo esperaba o simplemente saltó para olvidarse de lo poco que tenía o de lo mucho que había vivido. Eso no importa, la muerte ahí estaba plácidamente observando al anciano que acababa de morir. 

 

Solo puedo decir que ahí estaba tumbado en el pavimento, desnudo, con la mirada perdida y vidriosa dirigida al cielo como pensando que ahí se dirigiría. Como señalando que nada importaba mas que ver el cielo y tocar las nubes, como aferrándose al sueño eterno en el que lo terrenal no importa mas que el viaje al infinito. Sus manos tocaban el pavimento como si quisiera aferrarse a la tierra, sentir su textura, y guardar su recuerdo antes de partir.

 

Sus genitales al aire, señalando su retorno a la inocencia, la liberación de su pudor y sus complejos, como siendo el último acto de rebeldía ante unos enmudecidos espectadores que pasaban por ahí accidentalmente. El aire acariciaba su cuerpo, delineaba los contornos de su piel blanca y arrugada, delgada hasta los huesos como un preludio de que pronto esa carne desaparecería y quedarían sus huesos. Como si el esqueleto quisiera ser liberado después de soportar tantos y tantos días de maltrato. Ahora esos huesos querían salir y liberarse de la prisión de la piel para limpiarse y quedarse inmóviles, blancos y putrefactos. Sentir el aíre que nunca sintieron, sentir por si mismos sin intervención de la piel, los nervios, ni los sentidos. Ahí estaban felices sabiendo que pronto saldrían al mundo exterior.

 

Ahí estaba ese anciano, tirado como un preludio de nuestro fatal destino, desnudo y vacío, sin recuerdos ni memoria, sin alma y sin espíritu, solo un saco de huesos, piel y vello. Sin movimiento, sin esperanza ni futuro. Solo esperando una pudorosa sabana blanca que apartara su desnudez de la mirada de los curiosos y los morbosos, solo esperaba ser llevado a su nueva y última morada lejos de la vida, allá donde todos vamos a descansar tarde o temprano, a la tierra de las cruces, las flores y los epitafios. 

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