Andrómeda y los hombres iguana...


Andrómeda era una mujer extraña. Vivía aislada en el desierto y se dedicaba a cuidar a sus animales. los hombres-iguana.

Todos los días se dedicaba esmeradamente en su granja,  alimentaba y sacaba al sol a sus hombres-iguana  hasta que estos se quedaban inmóviles por el calor, alzaban un brazo y una pierna, mientras el otro brazo y la otra pierna sostenían todo el cuerpo, pasado un rato, cambiaban de posición. Pero siempre inmóviles.

Andrómeda había recibido ese nombre de parte de sus padres. Intuía que le habían puesto así por el mito de Andrómeda la cual se casó con Perseo después de ser liberada del monstruo marino enviado por Neptuno. Le gustaba esa idea, haber sido liberada del monstruo marino...

Sin embargo, ella estaba atada a esos hombres-iguana. tenía que cuidarlos. Su padre estaba muy anciano, apenas y podía tener a raya a los hombres-iguana. Su madre presa de la locura había abandonado el hogar y se había internado en el desierto, ahora vivía en una cueva alimentada solamente por los trozos de carne que le llevaba Andrómeda una vez a la semana.

Odiaba a los hombres-iguana, le enfurecía verlos tomar el sol ahí inmóviles, solamente sacando la lengua cada vez que ella pasaba, el ver esa lengua que se pasaban por los ojos para lubricarlos a causa de la resequedad del sol. Esa lengua pegajosa, húmeda y larga, esa lengua que de igual manera servía para lubricar los ojos, humedecer los labios o lamerse los testículos.

La granja había crecido mucho, ahora ya tenían 12 hombres-iguana, no sabía por qué se habían convertido en iguanas, pero ya se había acostumbrado a verlos así. 

Ese viernes Mariana llegó a la granja preguntando por la adivina de la cueva. Se había regado el rumor que la madre de Andrómeda poseía poderes gracias a que había hecho un pacto con los fantasmas del desierto, esos que se levantan al cobijo de la arena, por las noches, y se arrastran lastimosamente entre las dunas para darles la apariencia de montañas a causa del esfuerzo titánico por moverse. 

La madre de andrómeda les había aligerado el trabajo de moverse, gracias a un ventilador espiritual que había diseñado por medio de un movimiento oscilatorio de sus brazos acompañado de silbidos y parpadeo de ojos que potenciaban el impulso eólico-espiritual que los fantasmas aprovechaban para moverse rápidamente de un lugar a otro y poderse desentumir.

Andrómeda se asustó cuando vio a Mariana, no la esperaba, pero se tranquilizó cuando escuchó que quería saber la dirección para llegar a la cueva de la adivina.

Con un movimiento suave y seguro Andrómeda se dirigió a Mariana, le dijo que había llegado al lugar perfecto, pero que primero necesitaba formar parte de un ritual para saber si la adivina la recibiría como peregrina digna. Le pidió que se lavara los pies en la pila de la granja, se tallara todo el cuerpo y se quedara desnuda hasta la noche. Mariana accedió.

Al despuntar la luna llena, Mariana titiritaba de frío, su voluntad era indomable. Andrómeda se acercó, le indicó que había pasado la primera prueba, y que ahora formaría parte del rito iniciático de la adivina del desierto. Mariana se entusiasmó...

Andrómeda le pidió que ingresara al corral de los hombres-iguana que permanecían inmóviles, que solamente rompían su inmovilidad para lamerse los ojos vidriosos y resecos de tanto tiempo estar abiertos.

Le indicó que imitara la posición de los hombres-iguana y que permaneciera el mayor tiempo posible así sin moverse. Ella obedeció sin miramientos, los hombres-iguana no se movían.

Andrómeda al ver que Mariana se arrodillaba, se dirigió lentamente a la puerta del corral, salió y cerró la puerta con seguro... Mariana permanecía inmóvil... apenas pudo ver entre las sombras el movimiento de los 12 hombres-iguana que se le abalanzaron hambrientos de carne, y de sexo.

Andrómeda corrió, corrió lo más rápido que pudo hacia el desierto, desesperada, ansiosa, liberada, corrió con alma, con espíritu, con el cuerpo desfallecido y lacerado. 

Apenas escuchó el grito débil de su padre moribundo cuando éste, que había lidereado siempre la jauría de hombres-iguana se percató que esa hembra no era Andrómeda, sino otra hembra distinta y al tratar de poseerla antes que los otros hombres-iguana luchó a muerte contra los otros machos saliendo gravemente herido por tantas mordidas, arañazos y colazos.

Llegó jadeando a las dunas, le pidió a su madre ayuda de parte de los fantasmas, ella accedió, empezó a girar los brazos en forma circular, a parpadear repetidamente, y a silbar, los fantasmas se presentaron y lentamente elevaron por los aires a Andrómeda hasta desintegrarla en pequeños trozos de luz que pegaron en el firmamento como una constelación en forma de espiral para que así, ningún hombre-iguana la pudiera volver a alcanzar.

Molon labe" (Vengan por ellas) Leónidas I, Rey de Esparta.

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