El retorno a los recuerdos...




 En dos semanas tengo planeado ir a mi pueblo, aquél que me vió nacer y crecer. El que me vió partir un día y que sigue esperando mi retorno.

Esa sensación de extrañeza al llegar por la autopista, ver entre las montañas como el valle se va dibujando a la distancia y poco a poco al acercarme se comenzarán a vislumbrar las tejas de las casas y las torres de las iglesias  sintiendo la llegada a mi pasado al llegar a la entrada de la ciudad. 

Recorrer esas calles empedradas, y respirar ese aroma de antaño mezclado con el aire frío que me llegará al rostro como una brisa sutil, como si mi pasado me reconociera y me diera la bienvenida nuevamente.

Ver la fachada de mi casa y tener esa sensación de que en cualquier momento saldrá mi padre y mi madre a recibirme como tantos años atrás. 

El entrar a mi vieja casa, ver los muebles mudos, queriendo aglutinarme de recuerdos olvidados, el aroma de la cocina y los colores deslavados por el tiempo estremecerán mi alma. 

La cocina seguirá siendo la misma, con la mesa del comedor colmada de suspiros, largas platicas, historias románticas, novelas vividas, añorando a mi familia unida cenando tranquilamente frente a la televisión. 

Las cenas llenas de recuerdos y de pasados olvidados. El cuadro seguirá colgado en la pared con la imagen de un bosque anacrónico, como una ventana a otra dimensión a la que quise huir tantas veces siguiendo ese riachuelo que serpenteaba indiferente por ese bosque eterno y contrafactual a mi antigua realidad.

Tal vez lo más impactante será el entrar a mi antigua habitación, como tratando de encontrar ahí a mi hermano que me esperaba para que le contara como me fué, o tal vez mi hermana que me decía que quería que nos tomáramos un café. Un nudo se me hará en la garganta como apelmazando todo ese sentimiento que me golpea de frente cual reproche a mi lejanía y mi indiferencia durante tanto tiempo.


Veré a mi madre que está ahí, como si nunca se hubiera ido, como si la vida se hubiera interrumpido en algún momento y a mi regreso, ésta continuara como si nada hubiera pasado en una conversación interminable y en un discurrir anacrónico.

Las fotografías de mis antepasados me recordarán mi historia, y a los que ya no están. Quizás iré a la sala para ver si puedo ver entre recuerdos y añoranzas aquellas comidas de los domingos y llegarán a mi las risas y las miradas, los aromas y los sentimientos de aquellos que ya partieron de aquí. 

Encenderé las luces para ver si entre la bruma de los recuerdos veo a mi padre y mi madre, a mis hermanos y mis abuelos platicar y discurrir alegremente en esa mesa que ya no se volvió a usar desde que ellos se fueron.

La ventana de mi habitación tendrá esa visión extraña, remota de un "afuera" desde adentro, por el cual se ven las tejas del techo exterior y los grandes árboles del parque de enfrente. "Tengo de vecino a Dios" diré, al tener una iglesia que está al otro lado de la calle con su repicar de campanas como murmullo de los ritos pasados que harán estremecerme...

Los sonidos escondidos reaparecerán, se entremezclarán en los recovecos de la memoria para acentuar la sensación de olvido, de suspiros y melancolía. Mi búsqueda eterna de ese ser que se quedó allí, esa parte de mi que algún día fué y que no volverá.

Un día partí de ahí como un niño que se enfrentaría al mundo cargado únicamente con su voluntad y sus sueños, y ahora regresará un hombre extraño cómo absurda imagen de aquél niño que un día partió y no volverá. Aquel niño ya no está en ese lugar, habitando ese sitio, y  en su lugar se encontrará un hombre extraño y ajeno a esa realidad. 

Como mudo recuerdo de ese pasado encontraré un perrito de peluche en la cabecera de mi cama, el cual nunca se ha ido de ahí a pesar de los años. Como un recuerdo. Como un ser inmutable y estoico que espera que regrese algún día ese niño al que pertenecía. Espera que lo abrace nuevamente para poder dormir otra vez en esa cama en la cual ha estado vigilante durante lustros esperando el ansiado retorno...

Ya no se si queda algo de aquél que se fué, o ahora el que llega puede encontrar algo de lo que fue... Solo se que esa emoción de llegar nuevamente a mi origen me estremece la memoria y los recuerdos...


2 comentarios:

TMC dijo...

No importa si queda algo del que algún día salió de su casa y su pueblo para enfrentar la vida y conocer el mundo... lo importante es que el que regresa, lleve sobre sí mismo un cargamento de experiencia, madurez y, sobretodo, felicidad.... entonces, habrá valido la pena el viaje.

Erika dijo...

Esto me pasa cuando voy a mi pueblo... Me gustó mucho!