2 nanocuentos...(2)


Elogio al erotismo.

El mar acariciaba sus pies sutilmente con su espuma y ella sentada en la arena con la mirada perdida en el ocaso del sol. El mar insistía y se replegaba, jugueteaba suavemente entre los dedos de los pies y luego arrastrando la arena de regreso cosquilleaba grácilmente en los tobillos.

Seguía ensimismada viendo el ocaso con sus colores naranjas y ocres, el mar trataba de llamar su atención reflejando entre miríadas de destellos los brillos del sol deseando poderla sacar de su trance hipnótico pero ella no cedía. 

Arreció un poco el vaivén de las olas. La espuma se hizo más visible con sus perlas infinitas, diminutas y caducas. Pero ella seguía hipnotizada... 

De pronto se puso de pié, se desnudó y corrió lo más rápido que pudo hacia el mar que se abrió para recibirla entre las olas, con todo su candor y toda su frescura la envolvió con aromas de sal y de brisa húmeda hasta acogerla en el fondo silencioso y obscuro.

Tiempo después... ella lentamente salió hacia la playa, cansada, jadeante, ardiente, quitándose el cabello húmedo del rostro. El mar apacible la liberó y solo le quedó un remanso de murmullos marinos cuando la luna hizo su aparición en lo alto del cielo seguida por la estrella de Venus...




Prolegómeno a la sensualidad.


El día de hoy no he podido más que permanecer más tiempo del acostumbrado observándola. Delineando cada una de sus curvas en toda su silueta.  Mi corazón ha palpitado apresuradamente cuando mi vista se detuvo más de lo acostumbrado en su cintura. No pude más que admirar los contornos y el pequeño y sutil espacio de piel que asomaba de entre la blusa y la falda como una promesa de un edén eterno en el que quisiera estar y nunca escapar.

No me atrevo a acercarme a usted, prefiero verla andar con ese paso presuroso y nervioso, paseándose de una habitación a la otra apurada por llegar a no se qué lugar. 

Me gusta observar la etereidad de su andar candencioso, como si el piso no mereciera su andar por estos espacios. Su voz se me antoja dulce, suave y murmullante. Su mirar tranquilo y eterno. Como un viejo espíritu que ha regresado al mundo solamente para observar el discurrir del tiempo seguro de que hay un mundo más allá del que existe y ve.

Quisiera decirle que no me atrevo a hablarle, quizás al hacerlo esta imagen de usted se desvanecería, dejaría de ser esa mujer distante, etérea, incorpórea, inalcanzable y se convertiría pues en una simple mujer y yo entonces, no podría discurrir en sus pensamientos y recuerdos de amante olvidado...







 

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