Los 5 minutos...

Me ha despertado nuevamente la zozobra. La angustiante angustia, y veo que estás durmiendo plácidamente. Lentamente me incorporo. Apenas se escuchan los pájaros revoloteando anunciando el alba. La luz comienza a aparecer y de descolgarse de las paredes.

 Me siento en la cama, me quito la cobija que ha sido mi refugio esta noche, pero que no me ha quitado este frío ancestral en el alma que he tenido tanto tiempo y que ya no se si es mío o si es el cúmulo de sufrimiento de todas las generaciones que me anteceden, recuerdo tus palabras: “somos víctimas de víctimas”, dijiste una vez tratando de disculpar tu historia y tus complejos. Esas palabras ahora retumban en mi mente. Soy una víctima de mi pasado y de mi historia.

 Busco torpemente con los pies las pantuflas que me calzarán, no se para que las quiero, o tal vez las uso para que la tierra no sienta mis pasos, ni me detenga hacia mi destino. Acaricio las sábanas, pero no quiero volverme a verte. Quiero mantener tu imagen sonriente y tus ojos brillantes y abiertos en mi cuerpo y en mi mente. El verte ahora dormida plácidamente me hará dudar y quererme acurrucar junto a ti para que me abraces y me detengas. El tocarte me hará estremecerme y quedarme enredado en tu piel eternamente y sin significado.

 Abro los ojos y busco los lentes, no se para qué, de todas maneras no puedo ver nada debido a la oscuridad. Lentamente y con cuidado me agacho y busco tanteando bajo la cama, y de pronto un frío gélido y metálico me recibe en el índice como indicativo de mi destino.

 Me detengo por un momento y dudo, te has movido. Has cambiado de posición y ahora quedaste boca arriba. Solamente veo tu silueta desde el vientre hasta los pies, pero veo tú respirar tranquilo y tú sueño sin sobresaltos. Se ha roto el vínculo que nos unía, has dejado la posición fetal en la cual, como cuna podrías albergarme y acurrucarme junto a ti. Ahora que ves de frente me doy cuenta de que es la señal que esperaba para tomar valor, ves hacia otro lado, hacia el techo, firme, inmutable, y tranquila. Me tengo que apresurar, no tardas en despertar.

 Nuevamente busco bajo la cama y el mismo frío me recibe, ahora tomo aquel instrumento frío y duro, y lo empuño. Me levanto lentamente de la cama, y me dirijo hacia la puerta, toco la chapa y la giro hasta que con un ligero crujido, ésta se abre dejándome indefenso hacia mi destino. Dudo un poco el abrir mas la puerta, te podrías dar cuenta que empuño la pistola en mi mano derecha.

 Por fin la apertura de la puerta es lo suficiente para que pueda salir, no sin antes dirigirte una última mirada, no pude evitarlo, quería llevarme tu imagen de la noche anterior, pero en este último momento tenía que decirte adiós con la mirada, te veo recostada, etérea, tranquila, sobrenatural por la luz diáfana que entra por la cortina, y no puedo evitar susurrar: “adiós amor, te veo en el mañana...”

 Lentamente y con pasos apesumbrados camino sigilosamente hacia la puerta del jardín, la abro sin hacer ruido, el haberla dejado abierta anoche fue buena idea, nadie es testigo de mi paso ni de mi momento. Cierro la puerta sin dejar rastro de mi paso, y luego me dirijo por el pasillo abierto hacia la covacha.

 El frío de la mañana estremece mis músculos, mi cuerpo en un intento por sentirse vivo por ultima vez se ve estremecido por un escalofrío que va desde las pantorrillas hasta el cuello. Mis pasos cada vez pesan más como si el mundo quisiera detener el tiempo y mi destino. El frío de la pistola se acentúa y parece enterrárseme en la piel de la mano como si quisiera fundirse conmigo, como si quisiera ser parte de mí.

Una leve brisa acaricia mi rostro, me hace suspirar, estremecerme, hasta convulsionarme en un acceso de llanto y de tristeza que arranca una lágrima amarga que comienza en mi ojo derecho y que termina en la comisura de mi boca distorsionada por una mueca de desazón. Mi amargura es más fuerte que la amargura de la lágrima, pero aún así, la saboreo, la absorbo como si fueran todas las lágrimas del mundo, como si mi sacrificio fuera para darle vida a la humanidad.

 Pienso en mis hijos, en su camino y su futuro, en lo que será este día para ellos y para el resto de sus días, pero a final de cuentas, mi vida no ha significado nada para ellos, espero que mi muerte cobre vida y les dé significado.

 Sigo mi camino y llego a la covacha. Se encuentra abierta, entro, me dirijo al baño, y enciendo la luz, quiero ver que es lo que tengo que hacer, no se que sea mas cómodo, si permanecer parado o sentado, si estoy parado, cuando caiga al piso me puede doler, una estupidez, pero es un acto reflejo de supervivencia, así que decido sentarme en el piso.

 Me acomodo y me relajo, estiro por un momento las piernas, y luego abrazo mis pantorrillas, me pregunto ¿Qué estoy haciendo?, sin embargo, la voz interna me dice que ya no hay vuelta atrás, que no hay retorno en el camino a la eternidad. Veo la pistola en mi mano. Tan fría, tan inmutable, tan determinística. Sin posibilidad de falla. Si al menos pudiera ser igual que ella, podría haber sobrevivido mas tiempo en este mundo, sin embargo, ya no puedo hacer más.

 Poco a poco mi mano derecha acerca el cañón a mi sien, siento su fría boca entre los cabellos hasta que toca mi piel, me estremezco ante el temor de sentir dolor, un miedo angustiante me invade,  una duda, un grito desesperado de mi corazón que late furioso por seguir viviendo o por la tensión que siento ante tal momento.

 Mi dedo índice comienza a ejercer presión sobre el gatillo que lentamente cede ante la fuerza ejercida, escucho el martillo cediendo y moviéndose para tomar distancia y golpear el casquillo para detonar la pólvora que impulsará el proyectil y me llevará a la eternidad con su velocidad y su sonido.

 Apenas y escuché la detonación, la velocidad del proyectil fue tal que no le dio tiempo a mis sentidos de reaccionar y disparar la alarma del dolor, de controlar mi movimiento convulsivo y el sangrar profuso de mi cráneo. El olor de la pólvora inundó por un instante mi nariz pero fue tan fugaz que no alcancé a aferrarme a su recuerdo.

 Poco a poco mi cuerpo fue relajándose, mi mano lánguida, arrojada lejos de mi cuerpo por la fuerza de la detonación aún empuñaba el arma que me condujo a la eternidad. Mis ojos que se habían cerrado en acto reflejo por la detonación ahora permanecían abiertos y poco a poco se desconectaban del cerebro y dejaban de transmitir imágenes, mi corazón dejaba de latir y su furia se calmó hasta detenerse. Mis pulmones exhalaron su último aliento y mi sangre se disgregó por un instante por el orificio de entrada.

 Lentamente mi rostro se relajó hasta enmarcar una sonrisa, mi liberación había llegado, mi paz estaba en paz, mi mente y mi cuerpo por fin descansarían en la eternidad...

2 comentarios:

azulblue dijo...

Yo creo que todos somos a la vez víctimas y cómplices...no se... tú ¿Que opinas?...me dejaste helada...

Apenas le estoy agarrando la onda a esta cosa, porque entre mis ochomil mails personales, de trabajo, hi5 y facebook...bueno...me falta tiempo.
Mándame un mail porfis a alelemon@yahoo.com para tener tu dirección y poder platicarte del proyecto aunque sea por ahí.

¿Sabías que todos lo que escribimos tiene algo de auto biográfico? la levedad es insoportable como diría Milán Kundera... ó ¿Será que el mundo entero está a punto del suicidio?

Saludos...Ale.

Anónimo dijo...

Citando a Nietszche: " El que no ha volado sobre abismos no conoce el espanto del espíritu".
Tienes razón, somos víctimas y complices de víctimas.
Mejor romper con el círculo o el eterno retorno para poder ser libres. A veces las palabras sirven para expiar los recuerdos exhumando sus restos.