Martha y la mujer dormida...


Ayer recibí una llamada de Martha. Hacía mucho que no sabía nada de ella. Me estremeció la emoción que tenía por verme, por platicarme. Así que me dirigí al café "Puerto de Santos" en dónde quedamos de vernos para platicar. Se veía diferente. Extraña, con un halo misterioso.

Pedimos un café, saqué mi pequeña libreta y le pregunté: "que me tienes que platicar ahora"... 

Me vio de soslayo, bebió un sorbo de café e hizo una prolongada pausa que comenzó a inquietarme. Su mirada de pronto se tornó misteriosa y yo solamente me quedé en silencio esperando sus palabras, su silencio me hacía pensar que ella estaba dudando si me platicaba esta historia o tal vez medía mi capacidad de entenderla y entender esta nueva aventura. Tras una larga pausa decidió por fin confiar en mí y comenzó a hablar:

Hace unas semanas estuve en la capital por que tenía que arreglar unos papeles, como iba al centro era más fácil irme en el metro subterráneo que llevar mi auto. Así que me dirigí a la estación Copilco. Ahí me subí al vagón. No habían lugares disponibles, por lo que tuve que permanecer parada. 

Busqué un lugar lo más alejado de la puerta y en el que no hubieran muchos hombres para evitar los acostumbrados "manoseos" o robos. Me acerqué a un lugar en donde estaba una mujer madura pero joven, como de 42 años. Estaba bien vestida y esmerada en su arreglo. Me dió confianza, me acerqué y sonreí con complicidad, ella me devolvió la sonrisa y yo me giré para mantener el equilibrio al momento en que el metro avanzó...

En la siguiente estación, subió una multitud. Toda esa masa se replegó y me empujó hacia atrás. Sentí los cuerpos apretujados y los aromas, las distintas pieles y las ropas, las incomodidades y los roces. 

De pronto sentí que un cuerpo giró hacia el mio, sentí un cuerpo que se ajustó a mis espaldas y que estaba perfectamente colocado atrás de mi. Esperé sentir una erección que intentaría apretujarse en mis nalgas. Pero esto no sucedió, solamente sentí el aroma dulzón de un perfume femenino. 

No pude moverme, no se por qué, si por miedo o por asombro. De pronto comencé a sentir un suave vaivén de una pelvis que se arrullaba entre mis nalgas y el cuerpo suave y sutil pegado al mio, disimulado entre la multitud de movimientos y de acomodos, de desconocidos ausentes y silencios indiferentes. No sabía que hacer, si voltearme y ver quién me estaba haciendo el amor de esa manera, o dejarme llevar en ese momento...

De pronto el vagón se abrió en la siguiente estación, pude haberme bajado pero no lo hice, no pude moverme, talvez por miedo, tal vez por creer que había imaginado todo eso y que el vaivén no era más que el movimiento natural del vagón... Pero el vagón se volvió a cerrar ahora con otras personas, pero el cuerpo seguía pegado a mi y renovó su vaivén atrás de mi...

En la siguiente bajada solamente sentí que me tomaron de la mano y me susurraron al oído con voz de mujer... "Ven, te invito un café"...

...


Con los cabellos despeinados y con ese agradable letargo que se siente después de haber hecho varias veces el amor, Martha se sentía confundida, no sabía que había pasado o porqué se había dejado llevar así. Volteó a ver a Lucía que descansaba mansamente la cabeza en la almohada con una leve sonrisa de complicidad, y observándola detuvo la mirada en sus manos, algo le llamó la atención, Lucía portaba un anillo de matrimonio...

Martha fue invadida por la curiosidad, algo de indignación y de rabia, talvez algo de celos. De pronto, sin más ni más, preguntó:

-¿Eres casada?-

- Sip- Respondió Lucía.

- ¿Tu marido sabe?-

- Déjame y te platico mi historia, yo era la esposa tradicional con una vida "normal", los problemas económicos típicos de un matrimonio estable. Me dedicaba a mis hijos y a mi marido, mi casa y mis amigas. Vivía bien, toleraba todo por que sabía que así era la vida, que de eso se componía mi existencia. 

Tenía lo que siempre había soñado, un "castillo", un "príncipe azul" y mis hijos perfectos, que aquí entre nos, no era un castillo, ni un príncipe, ni los niños perfectos, pero a final de cuentas era feliz...

Con mi esposo llevábamos una buena relación, había comunicación y colaboración, y yo creía que ya habíamos madurado como pareja.  Habíamos dejado la etapa de los amantes intensos, desenfrenados, apasionados, y ahora era un matrimonio mas que nada como de buenos amigos, y teníamos sexo como el ermitaño... una vez al año...

- Jajajajaja... - rieron ambas...

Pero lo que no pude tolerar un día es que me enterara que se acostaba con una de la oficina. Yo la conocía, estaba fea, gorda, de apariencia corriente, hablaba mal y era muy vulgar.  No entendía cómo mi marido se había podido acostar con alguien así... ¿Qué pudo haber hecho ella con él para convencerlo?, ¿cómo pudo él ser tan pueril y acostarse solamente por satisfacción sexual?, ¿por qué ya no lo hacía conmigo pero esta vieja vulgar había podido encender sus ganas?, ¿qué me había hecho falta? 

Lloré, me deprimí, me enojé, y pasé por todos los estados acostumbrados o esperados... Hasta que un día decidí vengarme...

Me topé con un tipo más bien feo, un poco sucio, rebelde sin causa o con causa, no lo sé. Decidí acostarme con él. Tal vez como una forma de "mancillar" el templo de pureza que mi esposo consideraba como suyo, tal vez para entender por qué lo había hecho y descubrir algo que en mi educación tradicional me había escondido o prohibido, o quizás por que me sentía culpable de que él se hubiera ido con otra y de esta manera me martirizaba o me victimizaba...

Este tipo fué un animal, sin ningún tipo de delicadeza, me besó toda, me babeó toda, me poseyó con dureza, con furia, con una necesidad puramente sexual, fue horrible, hice cosas inimaginables, bizarras,  y yo me sentí sucia, usada, poseída, invadida, pero en el fondo... me sentí redimida, salvada por un salvaje, por una bestia y sobre todo, vengada por un instante...

Salí de ahí asqueada de los hombres, de su facilidad para acostarse y luego sacudirse e irse sin mirar atrás, sin llamarte después o al menos preguntarte si te sentiste bien o la pasaste bien, al fin y al cabo ellos consiguieron lo que querían, lo demás no importa.

Después de eso, me di cuenta que hay muchas mujeres igual que yo, vacías, solitarias, incompletas, mutiladas que buscan un momento de verdad, un instante de libertad sexual, pero que ésta no se da por su realidad, por la bajeza de los hombres, de su necesidad de ver a las mujeres como trofeos, como posesiones o como objetos de placer.

Con el tiempo comencé a toparme con mujeres que les gusta explorar, descubrir, jugar, erotizar y ser sensuales pero que su entorno las limita, reprime y sodomiza a los placeres de un hombre y lo aceptan por que creen que así es, o por lo menos que así debe ser... 

Ahora veo a los hombres como si fueran en un crucero, de esos que van por el Caribe y en los cuales visitas 12 países en 8 días. 

En esos cruceros apenas y tienes tiempo para conocer algo del país en donde llegaste, apenas y ves algo y ya estás partiendo al siguiente puerto, no viste nada, no aprendiste nada pero tienes que seguir al siguiente  por que sino el crucero te puede dejar varado ahí... Así creo que es el instinto de los hombres, como un barco de crucero, que deben fornicar la mayor cantidad de veces, en la mayor cantidad de puertos, en el menor tiempo posible...

Las mujeres no somos así. Nos gusta disfrutar el momento, dejarnos invadir por el ambiente y las sensaciones, descubrir los momentos y el erotismo del detalle, descubrir poco a poco el instante perfecto. 

El hombre solo quiere fornicar, la mujer quiere explorar, por eso comencé a tener relaciones con mujeres, por que estamos en la misma sintonía de deseo y de pasión, los hombres son bestiales. Quieren gritar "gol" cuando alcanzan el orgasmo y nosotras solamente queremos escuchar el "te amo"...

Si mi marido lo sabe o no, no lo sé, quizás sea algo que platique con su amante...

Martha en este momento dejó de platicar... se veía confundida, abrumada y en el fondo, no sabía si comenzar a odiar a los hombres, o por el contrario, tener aún fe en que en algún lugar, existe un hombre que es distinto a los demás y que podrá entonces, cumplir sus sueños de mujer...

1 comentario:

Anónimo dijo...

No inventes Enrique cada vez me impactas más...definitivamente las apariencias engañan y las cosas no son lo que parecen...esto esta es mi reflexión después de leer esto último que escribiste...uno no sabe lo que hay detrás de las personas y no sabe cuanta pasión puede haber detrás de cada rostro, de cada momento y esto lo digo por ti y por la protagonista del cuento...en fin. Hay que darle forma a esto que te platico pero ya!!! besos a toda la familia!