Martha, el inicio...


Había estado viajando todo el día, y por fín había llegado a un hotel en tránsito en la ciudad de México. Cansado y con un aspecto poco amistoso, se dirigió a la banda de recepción del equipaje ansiando que su maleta saliera rápido por aquél túnel que escupía las pertenencias de manera indiferente, de todos los viajantes.

 Gabriel tomó la maleta por fin, jalándola hacia fuera, extendió el sistema tubular para arrastrar la maleta en conjunto con las rueditas debajo de la maleta y se dirigió a migración. El viaje a San Francisco de 8 horas se había hecho muy pesado después de la junta de trabajo que había tenido.

 En migración las filas eran interminables, había una revisión de los agentes debido a un reporte de tráfico de drogas y estaban revisando maleta por maleta. Así que, no pudo más que tomar un largo y resignado respiro para acumular toda la paciencia restante que le quedaba, -que no era mucha- y se preparó a esperar su turno. 

 Al cabo de 15 minutos y de una lentitud casí primeriza de los agentes por fin avanzó la fila, Gabriel desesperado contaba cuantos pasajeros le faltaban para llegar a la revisión, después, volteó a todos lados para distraerse y luego, tras haber platicado con un amigo que gusaba de temas varios y que le había recomendado que tuviera un “jardín Zen” en donde sus pensamientos descansaran, trató de entrecerrar sus ojos y de trasladarse mentalmente al jardín Zen que había “comenzado” a construir. Solamente ahí se percató de lo cansado que estaba, así que entredormido y agotado, no pudo controlar el pensamiento que se escapó y se pronunció como un mantra al mundo real: La vida está en otra parte…

 Martha estaba en la fila, se encontraba deprimida, muy deprimida, parecía que arrastraba la vida junto con la maleta al lado de ella, su sombra apenas y quería continuar con ella puesto que deseaba conocer y recorrer todos los espacios posibles en su existencia dependiente y dicotómica a causa de la luz. Su bella figura apenas y se vislumbraba a través de la ropa olgada y mal combinada que traía. El cabello corto, las uñas sin pintar, y los ojos vidriosos y perdidos. Un gesto de desaprobación y desagrado cortaba toda intención del otro por acercarse a pesar de ser una persona muy atractiva. Pensaba para sí: “¿Qué necesidad tengo de estar pasando esto? Quisiera huir de aquí, lejos muy lejos donde nada me importe y nadie me encuentre… quiero huir y no ser nada, no ser nadie… “. Estaba repitiendo esta última frase, cuando escuchó que Gabriel pronunciaba su mantra y volteó a verlo para entender quién había pronunciado tal frase, se encontró de frente con Gabriel, un hombre joven, con los ojos entrecerrados y con evidentes muestras de agotamiento que apenas y le dirigió una mirada y una sonrisa entrecortada a manera de disculpa e inmediatamente el rompimiento del contacto visual para no dar pié a conversación ni comentario alguno.

 Por fin Gabriel salió del aeropuerto, se dirigió a los taxis y adquirió un boleto del Shuttle que lo llevaría por fin al hotel, revisó su reloj, eran las 11:30 pm, había perdido una hora y media en migración, y eso que no estaba en la fila de extranjeros. Esperó nuevamente en la fila, pero esta vez, mucho más ágil y corta, hasta que al fin llegó el shuttle, el chofer se bajó y ayudó a los pasajeros a subir las maletas, una por una, Gabriel se acomodó primero en el asiento delantero para evitar a algún pasajero al lado que quisiera comenzar una conversación. Se sentía tan cansado que no quería ni hablar.

 Por fin llegó al hotel, por ser la hora que era pensó que el hotel estaría semivacio, cuál sería su sopresa cuando arribó al front desk del hotel, estaba lleno y había cierto malestar de varias personas que reclamaban. Eran parte de un grupo de turistas que habían llegado y no contaban con reservación, discutían si era problema del hotel o de la agencia de viajes.

 Gabriel sacó del portafolios la hoja que le había impreso su asistente con los datos de la reservación del hotel, y se dirigió a la persona del front desk.

 –Buenas noches- Mencionó con voz firme esperando que no hubiera ningún problema con su reservación, por que estaba dispuesto a liberar toda la frustación acumulada en el viaje en ese momento.

  –Buenas noches, bienvenido, en este momento reviso su reservación-

 En esa espera, volteó y se dio cuenta que Martha estaba con otro hostess del hotel discutiendo, no le habían respetado la reservación, y ella exigía que le dieran solución. De pronto llegó la otra hostess en frente de Gabriel y le entregó un papel para que firmara y antes de que le entregara la llave le preguntó:

 -Sólo tenemos una habitación doble, ¿le molesta quedarse en ella?-

 Gabriel solo quería dormir, así que no tuvo objeción en aceptar, firmó rápidamente el registro y esperó que le dieran la llave, pero no pudo evitar voltear al escuchar los argumentos de Martha y su evidente desesperación, no sabía quién era ni de donde venía, lo evidente era que tenía un problema que él no.

 Así que, sin pensar, sin poder callar a veces esa voz interna rebelde que cobra vida de manera interna, se dirigió de frente a Martha y le dijo:

 -    Yo tengo una habitación doble, y no tengo más intención que dormir hasta mañana, si no te molesta, puedo compartir la habitación contigo…

 Al momento Gabriel se percató qué había hecho, no midió ni pensó en las consecuencias, pensó en ayudar, y pensó que Martha lo iba a tomar como un ofrecimiento sexual o insinuación, y él lo único que quería era descansar… y no meterse en problemas…

 Martha estaba desesperada, la agencia le había hecho la reservación pero aparentemente había habido un problema con los sistemas y no había sido registrada por la computadora del hotel, al igual que varios turistas. Necesitaba de esa habitación, privada, íntima por que estaba dispuesta a huir, a dejarlo todo, a irse a un lugar donde nadie la conociera y fuera nada, y quería que nadie la reconociera cuando la hallaran ahí, tirada. Y esto venía a reforzar lo que sentía: las cosas nunca le salían bien, y el mundo estaba en contra de ella…

 Así que la invitación de un huesped reciente del hotel, en un tono que no tenía nada de insinuación ni de proposición, le hizo desistir por un instante de los pensamientos que invadían su mente, en ese momento se dio cuenta de lo cansada que estaba y de que necesitaba al menos dormir, así que sin mas ni mas, abandonándose a su suerte, observó de frente a Gabriel y encontró nuevamente a ese hombre que había pronunciado ese mantra en migración y que ahora se le materializaba, se dio cuenta que no era un hombre amenazante ni parecía ser peligroso, mas bien parecía un hombre que quería solamente irse a dormir.

 Martha lo vió directamente a los ojos y le respondió:

-          agradezco su oferta, si no le molesta, la acepto, ¿Cuánto es el costo de la habitación para darle mi parte proporcional?

 Gabriel  no pudo creer que aceptara la propuesta, incrédulo solamente acertó a decir:

 -          no importa, la habitación está pagada, es la 406…

 Así que los dos perfectos extraños, arrastrando cada uno sus pertenencias como si arrastraran en ellas su pasado y sus vidas, y que ahora simulaban una extraña pareja que por aras del destino se había conformado, llegaron a la puerta de la habitación 406.

 Gabriel abrió la puerta y le franqueó la entrada a Martha en un gesto de caballerosidad, Martha entró y se quedó parada en el centro de la habiación sin saber que hacer, hacía mucho tiempo que no estaba con un hombre y mucho menos con un extraño que no tenía intención de nada mas que de dormir.

 Gabriel entró y puso la maleta en el maletero de la habitación, cerró la puerta y se dirigió a la cama pegada a la ventana, ahí comenzó a vaciar sus bolsillos como marcando el territorio e indicándole a Martha de manera implícita que él dormiría ahí. Después añadió:

 -          Si no te molesta, me gusta dormir cerca de la ventana, por favor, siéntete cómoda.

 Y al decir esto, se dirigió a su maleta, la abrió y extrajo de ahí su pijama y el estuche de objetos personales. Encendió la luz del baño y se cambió, se lavó los dientes y se dirigió nuevamente a la cama con evidente muestra de irse a dormir.

 Martha seguía sin saber que hacer y se había aventurado a encender la televisión, cambiando los canales cada medio segundo en un afan por adormecer la razón, hacer más llevadera la situación y reducir la tensión.

 Le bajó al volúmen para no importunar a Gabriel, y se quedó viendo un programa de los “videos más graciosos del mundo”, en su estado anímico le parecían absurdos, le parecían lacónicos esas pequeñas filmaciones de cosas chuscas para que los otros se rieran, le molestaba cuando alguna persona se caía y los demás se reían, sentía que cada que alguien se reía del otro, se estaba riendo de ella. Así que suspiró y volteó a ver a Gabriel. Él roncaba denotando el estado de profundidad de su sueño.

 Martha decidió dirigirse al baño, se llevó su bolsa de artículos personales y su pijama. Dentro del baño, cerró la puerta con seguro y abrió la llave del agua caliente. Quería relajarse.

 Cuando la tina estuvo llena, se desnudó y se introdujo lentamente en el agua, sentía ese escalofrío cuando el agua caliente recorría su cuerpo que agradeció ese pequeño placer después de tanto tiempo viajando.

 Minutos después, Martha extrajo de su bolsa una pequeña navaja. La observó lentamente, tan pequeña y delgada, tan delicada y tan mortal. Y luego, lentamente la pasó por sus muñecas sin llegarse a lastimar, solamente simulaba un corte longitudinal a través de las venas y arterias de las muñecas. Ese día estaba dispuesta a morir y ahora se encontraba compartiendo una habitación con un extraño. No podía cortarse las venas en ese momento, pensó. Gabriel había sudo muy amable y le causaría grandes problemas si al otro día ella amanecía muerta en el mismo cuarto que él. Así que cerró los ojos, y se sumergió.

 De pronto, dejó de respirar, entró en un estado de iluminación, de trance, los sonidos se escuchaban lejanos, pero extramadamente claros, comenzó a ver sin ver, a ver colores y formas extrañas, a sentir punzadas en el estómago y el ano. Sentía que los pulmones le iban a estallar pero algo la retenía dentro del agua. Quería gritar pero el agua se había colado por la nariz y la garganta y la ahogaba. El cuerpo fibrilaba y se estremecía. Se retorcía.

Súbitamente, de golpe, sintió que regresó a su cuerpo, sintió un golpe de vida. Abrió los ojos y la boca, y se incorporó rápidamente. Se había quedado dormida dentro de la tina, y respiró furiosamente, con rabia. El corazón palpitaba fuertemente, los pulmones trabajaban al máximo para llevar la mayor cantidad de aire y satisfacer el ritmo del corazón. El cerebro parecía que había tenido un “restart” como las computadoras. Y ahora Martha sentía que había despertado de un largo sueño.

 Sentía de nuevo la vida en su cuerpo, con furia renovada con pasíon rabiante. Sintió que había renacido, que su espiritu nuevamente había regresado a su cuerpo.

 Salió de la tina. Se secó el cuerpo, sintió como su cuerpo volvía a despertar con la fricción de la toalla. Y así, desnuda, salió del baño y se dirigió a la cama donde dormía Gabriel y se introdujo seductoramente entre las cobijas hasta que él despertó.

 Después de hacer el amor, Martha se quedó recostada viendo hacia el techo, y Gabriel encendió un cigarrillo. Martha comenzó a platicar con Gabriel, las palabras se le agaloparon en la garganta y no pudo contenerse hasta contar la historia de su vida, la represión que había sentido toda su vida de parte de su madre al condicionarla a buscar un hombre que la hiciera feliz, pero que nunca había encontrado ni ella ni su madre. La presión social que sentía por que debía ser una profesionista eficiente pero olvidando su vida familiar que la había llevado al fracaso en un matrimonio basado en el interés mas que en el amor. Y sobre todo, el sentirse traicionada consigo misma y sus sueños.

 Gabriel escuchó pacientemente, sin responder ni apoyar nada a lo que escuchaba. Y cuando Martha terminó, Gabriel solamente respondió: “La vida está en otra parte, pero ya estás ahí, si ya encontraste la vida, ahora no te pierdas a ti misma,”.

 A partir de este momento, Martha Martínez decidió vivir su vida intensamente, sin miedos ni ataduras, había bajado hasta el mismo infierno y había resucitado. Y Gabriel había sido el que había cerrado la puerta con sus palabras para que ella comenzara a vivir.

 Esta historia me la contó Martha, es su historia, me la contó después de todas las historias que me platicó de los hombres que iba conociendo y que iba a ayudando a cerrar puertas de distintos infiernos. A veces las cerraba, otras no podía por que eran demasiado grandes, viejas o no existía la voluntad para hacerlo.

 Yo la conocí muchos años después de esta historia, ella tenía ese brillo especial en los ojos, y una mirada profunda y satisfecha. Era feliz e iba por el mundo salvando almas, todas estas historias ella me las contó, yo solamente las transcribí y estas son algunas de las historias que me ha contado de los hombres que ha conocido a lo largo de su vida…


1 comentario:

Anónimo dijo...

Sin palabras. Escribes mejor de lo que platicas lo que escribes ja.Saludos a ver cuando te dignas a comentar algo en mi blog. ja