La espera...


Valentina estaba angustiada, ansiosa, desesperada. Seguía encerrada en su cuarto desde hacía varios días esperando a que él llegara.


Se sentaba frente al espejo peinándose meticulosamente cada cabello, cada mechón debía estar en su lugar para cuando el llegara. Se había maquillado y revisaba continuamente que el maquillaje no se le hubiera corrido ni los labios hubieran perdido su brillo.


Tenía su mejor vestido; negro, de seda, con un hermoso pero discreto escote, la espalda descubierta, pero con un remate suave en la cintura. Sus zapatos negros también, que combinaban perfectamente con la caída del vestido.



Se sentía hermosa, se veía hermosa. A cualquier sonido de la calle, ella respondía inmediatamente prestando atención para ver si escuchaba los pasos firmes y seguros de el aproximándose a su habitación. Escucharlo tocar la puerta.



Sabía que si los llegaba a escuchar, ella abriría la puerta, se le arrojaría a los brazos y con un beso tierno, prolongado y suave le daría la bienvenida, para luego ella tomar su maleta, esa maleta que había hecho con tanto cuidado con todas sus cosas indispensables para ese viaje y se iría de ahí sin volver atrás, firme y decidida.



Ya se había despedido de su habitación, de las cosas que tendría que dejar por que no cabrían en su maleta, también de su cama que había sido su refugio en tantas horas de insomnio imaginando como sería ese momento del encuentro, de las 4 paredes que la habían albergado durante tanto tiempo y todo lo demás que dejaría por estar con el.



Ya no le importaba nada, estaba dispuesta a dejarlo todo, a abandonarlo todo con tal de partir con él en esa aventura sin igual. Se había preparado toda su vida para el momento en que huyera de ahí con él, con ese hombre soñado, el hombre de su vida.



Pero el aún no llegaba, y el tiempo pasaba lentamente. El reloj que tenía en el tocador marcaba rítmica y candenciosamente los segundos que se convertían en minutos y estos en horas. Valentina esperaba y seguía el lento devenir de cada uno de esos segundos como si supiera que al paso de cada uno de ellos, se acortaba la distancia y la espera para que el por fin llegara por ella.



Le angustiaba saber que el no llegaba, que siguiera retrasándose. Oía las voces de su madre que le hablaba detrás de la puerta, pero ella no quería ya hacerle caso, solamente quería escuchar la voz de él. Así que solamente guardaba silencio ante los suplicios de su madre hasta que éstos entre sollozos resignados, cesaban.



La noche anterior se había quedado dormida sobre el tocador, no había querido destender su cama para que él no la encontrara su recámara desordenada y pensara que era una floja. Pero el sueño la había vencido quedándose dormida así, sin cambiarse.



Esa mañana se había despertado con la luz del sol que entraba por la ventana, se había dado cuenta que se había quedado dormida, el maquillaje se había estropeado y el vestido arrugado. Él no debía encontrarla así, por lo que se dirigió rápidamente a la regadera, se dio un baño rápido quitándose el maquillaje lo mejor que pudo para que fuera más rápido el volverse a pintar.



Salió apresuradamente del baño, se secó el cuerpo y abrió el closet para sacar ese vestido negro de seda, el mejor que tenía, el último, todos los demás ya los había usado cada uno de las noches anteriores esperando a que él llegara. Hoy tenía que ser esa noche, la noche...



La paciencia se le agotaba, el tiempo también, el tiempo se le iba como un manantial de vida sin poderlo detener, pero él no llegaba, no se presentaba ni tampoco escuchaba a lo lejos sus pasos...



Seguía esperanzada a que el la encontrara, que el destino lo guiara hasta su prisión para liberarla, ella no lo conocía, no sabía quién era, ni tampoco sabía como llegaría a ella, pero eso no importaba, ella sabía que el llegaría de cualquier forma por que ese era su destino, por que le había rogado a dios todos los días para que así fuera. Seguia esperando a que ese desconocido llegara algún día y la hiciera feliz... por siempre feliz...

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