Mi sexo y yo, crónica de una muerte prematura...(3a parte).

...Ahora entendía por que el sexo era prohibido, sucio, por que la gente jadeaba, se retorcía y enloquecía. Se mostraba como animal jadeante y sudoroso, su placer dependiente del otro, y su apertura clara hacia la desnudez, la invasión del espacio íntimo, la trasgresión física y psicológica, las implicaciones morales y el dios que no dejaba de producirme un morbo y un cuestionamiento filosófico ante la negación de su propia humanidad.
¿Será que por eso dios no quiso que su madre tuviera contacto físico?, ¿tenía el mismo complejo de Edipo al pensar que su madre no podía ser mancillada con tales aberraciones? ¿qué su madre no podía ser capaz de sentir?, o más bien, ¿no debía sentir ese ardor entre las piernas por el llamado del sexo que le podía producir placer?, ¿no tenía derecho a sentir placer y provocar placer? ¿producir deseo y satisfacción?, ¿sería entonces la negación propia del placer personal, individual y humano?.

Así, entre el deseo y la culpa provocado por las tribulaciones de la fe, comencé viendo películas hasta que los ojos empañados de tanto ver actos sexuales me ardieron y aparecieron los créditos con nombres como Holly Brittaney , Adonnis y Samantha Fire. (Ahora Brittany Spears, Dammy More y otros).

Con esta representación de la sexualidad en mi mente, sonriente por la nueva madurez adquirida y mi conocimiento del tema sexual, me entregué de lleno a mi pubertad.

Las mujeres cobraron una nueva dimensión, comencé a experimentar un ardor entre las piernas, un deseo que quemaba, las fantasías recorrían mi mente, la maestra de biología, la transparencia de las faldas de mis compañeras de la secundaria, los posters de mujeres abundantes, frondosas y sugerentes invadieron mi cuarto.
Sin embargo, no veía cambio en las mujeres a mi alrededor y su deseo, solamente veía como cambiaba su cuerpo, como me interesaba cada vez mas sus formas redondas y curvilíneas, pero su deseo parecía apagado, oculto, y a veces aburrido. Pensé que era cuestión de tiempo. Sin embargo, seguía esperando a que de pronto, de la nada, apareciera una mujer, con ojos de lujuria, segura y sexosa, que me sedujera, me desvistiera y que gozara conmigo media hora después de hacer los malabares que había visto en las películas.

Los ojos se llenaban de lujuria, y de deseo ante mis compañeras y amigas de la escuela, Pero ellas aparecían inmutables, firmes, asexuadas, sin muestras del más mínimo interés en nada relacionado al sexo. Parecían alejadas, abstraídas, indolentes a los males de la pubertad que yo al igual que mis compañeros, adolecíamos.

Como esto no pasaba, comencé a ser presa de la inseguridad masculina. ¿podré aguantar la media hora que vi en la película?, ¿seré el macho incesante y resistente que se espera que sea? ¿podré cargar a la mujer como vi en la película y hacerlo en esa posición?, y así tantas y tantas preguntas comenzaron a invadir mi mente.
¡Por fin! La salvación, alguien conocía cierto lugar, definido mejor como tugurio o prostíbulo, en donde, por cierta cantidad de dinero, era factible que las mujeres accedieran a tener relaciones sexuales con cualquiera. ¡Bendita prostitución! ¡Existía pues una alternativa a la falta de erotismo de mi entorno!.

Así, uno de mis compañeros, un buen día, se armó de valor y se dirigió a ese tugurio dispuesto a perder su virginidad. Poco después, se convirtió en el centro de atención de todos y las mujeres por fin demostraron interés en el tema, pero dejaban entrever su repudio y rechazo, querían saber detalles, pero referentes a como era la prostituta, nada referente al acto.
Se reían, se horrorizaban, querían preguntar que sintió y como se comportaba, que le decía, como era, como si quisieran verse a través de los ojos de mi compañero vestidas de prostitutas para no sentir culpa, para no sentir la represión y la pasividad a la que habían sido sujetas desde pequeñas.

Querían emular a esa mujer que expresaba abiertamente y sin tapujos su sexualidad, sin culpa, sin complejos y disfrutar su sexo. Pero no era así, su represión era mas fuerte, tal que buscaban ocultar sus senos a través de fajas, y ropa grande, para no mostrar su figura, sus curvas y despertar deseos que de por si, existían por la represión y asexualidad del ambiente.


Con estas historias, ambiente asexuado, represivo, con tribulaciones de fe y misteriosas sensaciones, mi cuerpo me pedía, no, me exigía conocer y experimentar, pero mi mente, me hablaba de otras cosas tejiéndose cada vez más telarañas en esta red de idealismos, esperanzas, sensaciones y misterios...


Continuará...

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