Mi sexo y yo, crónica de una muerte prematura...(4a parte).

La protomujer...


Lo más difícil de la adolescencia es confrontarte con aquella primer mujer. Aquella que marca por siempre tu inicio al sexo, la entrada a ese mundo mágico de sensaciones y de placer. Lleno de inseguridades, miedos y ardores, por fin llegar a la culminación de tal acto.


Las mujeres son educadas con respecto a que la primera vez debe ser maravillosa, con un hombre que amen, llenas de fantasías y de príncipes azules, esperando ver el arcoiris y escuchar la música de las musas... Para nosotros los hombres no es así, es necesario demostrar poder, experiencia y sobre todo, dominio... algo que por supuesto no posees a esa edad.



La idea que tenía de esa experiencia estaba centrada en ella, en que gozara como Brittany Spears y pidiera más, en que fuera para ella una experiencia inolvidable, que la máquina que debería ser, de acuerdo al estereotipo forjado gracias a las películas porno, lo más eficiente posible. Esa era la idea, una máquina eficiente. Sin sueños, ni fanfarrias, ni siquiera pensar en que era un acto de amor, era un acto mecanicista y racional...



Ella no era Brittany Spears, no recuerdo su nombre, algo así como Rubí o Zulema o quizás "Cómo quieres que me llame". Lástima, hubiera querido al menos recordar su nombre, el nombre de esa protomujer conformadora de una actitud sexual.



Recuerdo algo irónico, una imagen de la Virgen de Guadalupe en un nicho de la pared... Ahí, con las manos juntas, su rostro inclinado hacia un lado, viendo hacia abajo con mirada misericordiosa y esa entresonrisa que no sabía si denotaba risa, envidia o se burlaba de mi. Tenía la sensación de que esa imagen estaba disculpándome, sintiendo una pena infinita por ese comienzo muerto, por esa mutilación del sueño y del origen, de un principio abortado, sin gloria, sin recuerdo, y sobre todo, sin sentido.



Aún recuerdo las preguntas de mis amigos, querían saber cuanto había durado, que si ella había gozado, que si había logrado que ella tuviera un orgasmo... Pero nadie preguntó cómo me sentía, nadie preguntó si por lo menos había escuchado el susurro de las musas, o al menos si ya me sentía hombre. Solo importó, a final de cuentas, la eficiencia y mi desempeño.



El vacío no tardó en llegar, como un golpe seco en el rostro, con su manto obscuro me llenó de una infinita tristeza, pero no pudo arrancarme una lágrima, esa lágrima negra, espesa que se escurría lentamente por mi piel. El cuerpo ensuciado, lacerado, como mutilado. Lleno de complejos y de culpas, con memorias sensoriales que se arrastraban a cada paso. Como si mi sombra de pronto se hubiera hecho espesa y pesara más.



Ya era hombre, ya había estado con una mujer. Pero en el fondo sabía que eso no me había hecho hombre, no me sentía hombre, al contrario, me había denigrado, había idealizado todo en pos de ser eficiente pero nunca me había imaginado que sufriría de ese vacío humano.



FIN


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