La sirena varada...

Octavio como tantos días deambulaba por la playa, era un pescador que no conocía más allá de las costas en las que habitaba. Paseaba lentamente como todas las tardes dejando que la espuma del mar se le escapara entre los dedos de los pies, andando lentamente, sintiendo como ese aire frío y húmedo le acariciaba la piel dibujándole sensaciones en cada poro.

La playa tenía ese ambiente melancólico y solitario, la tormenta de anoche había sido fuerte, atronadora, silenciosamente atronadora. El viento había soplado con furia, las olas habían descargado su rabia contra la tierra entre barlovento y sotavento de manera continua y cadenciosa, y ahora reinaba esa melancólica calma, esa tristeza que se percibía en el ambiente inmutable, estático y diáfano.

Octavio escuchó un sutil lamento que se confundía con el sonido del viento, parecía un murmullo, un pequeño canto mántrico. Siguió sus instintos y de pronto vislumbró un pequeño montículo que sobresalía de la arena... Al acercarse descubrió a una pequeña sirena que había sido traída por la furia del mar, como si hubiera sido expulsada de las profundidades por haber desobedecido a Neptuno.

Ahí yacía inherte, lastimosamente herida, con esa mirada melancólica y triste, silenciosa. En sus ojos se podía ver la profundidad y misterio del mar. Octavio se sorprendió de su belleza, y se conmovió del estado en que se encontraba, semiviva, varada entre dos mundos.

Se acercó para ver si aún respiraba, y simplemente por instinto actuó... Acercó el oído a su pecho para escuchar algún latido... El corazón de la sirena apenas latía, pero al sentir el contacto de él, automáticamente incrementó de ritmo...

Octavio se apresuró a ayudarla, la cargó y la llevó a su cabaña para poder reconfortarla, le abrió su casa al mismo tiempo que le abrió su corazón.

Ya cerca del fuego, y con las heridas curadas, ella comenzó a recuperarse lentamente, poco a poco comenzaba a hablar de si misma, de su vida y de sus heridas, de cada una de las cicatrices que tenía en la piel, el a cada palabra, a cada instante sentía que la conocía más y que el mar se la había entregado como una señal, como el comienzo de una historia.

-Ruth- dijo un día, -ese es mi nombre-. Él se quedó ensimismado, ella nunca había mencionado su nombre y para él fué una muestra de proximidad. Poco a poco Octavio descubría a Ruth observándolo, desmenuzándolo, tratando de penetrar en sus sueños y sus recuerdos. Hasta que un día Octavio la confrontó y se quedaron viéndose a los ojos por un largo rato.

Ella escudriñó cada rincón del rostro de Octavio, deslizó suavemente sus dedos por todos los contornos de ese rostro endurecido por el mar y el tiempo, se detuvo en las arrugas que se generaban en su ceño y suavemente las comenzó a tocar, como queríendolas alisar, como si con las yemas de los dedos pudiera quitar todas las emociones que generaron ese ceño fruncido... y poco a poco el rostro de Octavio comenzó a transformarse, quizás por las caricias en su rostro, quizás por lo que él veía en los ojos de Ruth.

Los ojos de Ruth irradiaban pasión, una misteriosa mezcla de entrega milenaria y de deseo, una mirada amorosa con ese brillo intenso que demuestra la profundidad de un sentimiento genuino... Octavio casi podía tocar su alma. casi podía adueñarse de ese espíritu etéreo, milenario y apasionado, había sido tocado por este brillo que se había mezclado con su alma y que la marcaría por siempre...

Los días transcurrían lentamente, casi como un sueño, como ese ideal de vida colmado de sensaciones y de instantes, de momentos instantáneos y fugaces, a veces soñaban con el futuro, reían del presente y olvidaban el pasado.

Un día al llegar a casa Octavio se percató de la soledad que invadía el espacio. Ruth no estaba, corrió al mar esperando verla, pero ella había desaparecido... Gritó su nombre en el mar, en el acantilado, en cada una de las rocas, buscó sus huellas en el mar, y levantó la vista hacia el cielo, pero ella simplemente había desaparecido. La negrura de la noche lo invadió junto con la desaparición del sol, la luna no salió esa noche ni las demás. Ella simplemente había desaparecido...

...

Varios años después cuando las cicatrices aparentemente habían cerrado en el alma de Octavio o al menos se había hecho la idea, paseando por el mar se topó con una botella que contenía un mensaje adentro, le llamó la atención pues la botella estaba cubierta con coral y conchas, como si hubiera estado enterrada durante muchos años en el fondo del mar. Abrió la botella y extrajo una especie de papel hecho con algas, estaba escrita con tinta de calamar, y espinas de pez, las letras llenas de adornos y de garigoles... era de Ruth.

Leyó:

Octavio, he decidido partir, dejarte ahí en tu mundo sin decirte adiós, es demasiado para mi, eres demasiado para mi, no soy el sueño que quisiste construir, ni el cielo bajo el cual te quisiste cobijar, soy de otro mundo, de otra realidad más allá de tu mundo.

Nuestro sueño era demasiado hermoso, demasiado bello para decidirme a vivirlo, arriesgarlo todo y dejar lo que soy para embarcarme en una aventura sin igual. Tal vez soñé demasiado, tal vez me hiciste cambiar tanto sin que supieras, soy otra, soy tuya, siempre lo seré, pero nuestro sueño era eso, un sueño que tuve miedo de vivir.

Tu paso por mi vida ha dejado una huella indeleble, tu furia indomable, tu pasión desbordante, tu mirada apasionada me siguen siempre, tus manos ardientes, sensuales se quedaron en mi piel que ansía estar nuevamente junto a ti y dejarse acariciar otra vez. Mis ojos lloran tu mirada y tu sonrisa y mi brillo se ha perdido por no verte más, pero debo seguir en ese mundo al que pertenezco.

No puedo verte, no quiero verte por que de hacerlo volvería a desear ser tuya y nunca me iría, para mi serás siempre el hombre que no pudo ser.

Octavio entendió todo, o tal vez no entendió nada, rechazaba esa negación de la felicidad o al menos de la decisión de no intentarlo, de no arriesgarse como lo había hecho él en su momento.

Así que llorando alzó las manos al cielo, el rostro escurriendo de lágrimas que corrían llevadas por el viento y gritó:

Sirena pues, vuelve al mar...







1 comentario:

azulblue dijo...

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