Manola

Manola llegó sola. La fiesta ya había comenzado. Con su vestido rojo de cuadros vestida para la ocasión. Junto a ella se replegaba la soledad como escondiéndose de los presentes.

Todos la voltearon a ver, trataron de adivinar lo que ella diría al llegar. Pero no dijo nada. Se mantuvo en silencio y se sentó en un sillón sin importarle las miradas furtivas de los demás.

Sus ojos tristes y solitarios apenas podían esconder el vacío que la rodeaba. Su cabello lacio y rubio le caía grácilmente por ambos lados enmarcando su rostro que albergaba una historia milenaria, silenciosa y llena de abandono.

Los demás trataron de acercarse a ella, tal vez por lástima quizás por la genuina intención de poder integrarla al grupo para que no se sintiera sola, o por lo menos que sintiera algo de cariño. Silenciosa se integró. Su rostro como máscara no emitió ningún gesto, parecía programada para no mostrar ninguna emoción, ninguna reacción ante las sonrisas y los gestos de los demás.

Su imagen se asemejaba a un cuadro de autismo, absorta, inmersa en ese mundo íntimo al que nadie puede acceder pues se ha cerrado tanto en si misma que ya nadie puede penetrar ahí. Tal vez se convirtió en esa ostra que se ha cerrado para siempre para proteger su más preciado tesoro, su propia identidad y sus emociones, y que a fuerza de maltrato, indiferencia y silencios, han terminado con los resquicios humanos que le quedaban.

Manola arrastra su soledad, como si se tratara de su sombra. A veces integrada en el grupo más por condescendencia que por interés, prefiere alejarse de los demás. Deambular por ahí, observar desde lejos, ajena a su alegría y su diversión. Está ahí levitando, abstraida de la realidad que la contiene, absorta en un mundo feliz al que quisiera huir, en el que quisiera estar, lejos, muy lejos de esa realidad.

En ese mundo ella sería el centro de todo, y ella lo constituiría para poder controlarlo, dirigirlo y al final como una crisálida que ha soportado el paso del tiempo y la metamorfosis, salir de ese capullo libre y segura...


Manola tiene 4 años y una madre estulta e indiferente.

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