La pipa de Berkelé...

"Pesada, con forma curva y una cánula extraña, tal vez su forma fue diseñada para acomodarse en la palma de la mano, de forma convexa. Extraña en si misma al igual que Berkelé.

Fumaba tabaco de virginia, suave y aromático, complejo en cada exhalación de humo que se escapaba por su boca. Fumaba lentamente como saboreando a bocanadas el pasado. El tabaco quemado había formado una costra de hollín en toda la cazoleta como apelmazando el tiempo.
La pipa de Berkelé sería igual que cualquier otra pipa de no ser por la historia que la marcó para siempre. Berkelé estaba condenado a muerte, y fumando su pipa se despidió del mundo para luego morir ahorcado pidiendo que le permitieran sostener la pipa mientras exhalaba su último aliento.

Berkelé había sido un hombre justo, sabio y humano, pero había sido condenado a muerte debido a la defensa de sus convicciones y respeto a sus ideales. Había muerto por defender en lo que creía. Y exhalando su último halo de vida mezclado con el humo, éste se impregnó en la pipa y se aferró a ella como si de la vida se tratara. Ahora, la pipa se ha cargado de ese misterio que conecta el mundo de los vivos y de los muertos para encontrar el sendero de la verdad..."

...

Esta historia me la contó un viejo anticuario cuando le pregunté sobre si tenía pipas viejas de colección. Me reí para mis adentros. No creía en las leyendas ni las historias. Pero con el paso de los días comencé con la obsesión de la búsqueda de la Pipa de Berkelé. Investigué en Internet pero no había rastro de ella. Quizás el anticuario me pudiera dar una pista. Cuando volví solo alcanzó a decirme que buscara en la tabaquería de enfrente y preguntara por Waldir. El me podría dar más información.

Llegué a la tabaquería preguntando por Waldir, me recibió un anciano octogenario, con el rostro hirsuto y dientes amarillentos de tanto fumar, la voz ronca me dejaba entrever su amor por el tabaco y su obsesión por fumar puro.

Me quedó viendo cuando le pregunté sobre la pipa... me observó largo rato. Luego me preguntó:
-¿Qué tan dispuesto estás a aceptar que hay cosas que no se pueden explicar?-



Guardé silencio y después de un largo instante se acercó a un viejo armario, giró una pequeña perilla y quitó una trabilla. Y de adentro extrajo un viejo trapo manchado por el tiempo. Luego lo colocó encima del mostrador esperando a que yo abriera el paquete.

Lo abrí lentamente y encontré la pipa. Añeja, lisa, extraña en su forma. Pero ahí estaba, La pipa de Berkelé.

Cuando salí de ahí el viejo alcanzó a decir unas palabras que me sonaron a sentencia: "¿estas seguro que quieres abrir la puerta para encontrarte a ti mismo...?"

...

Llegué a mi casa ansioso. tenía un gran tesoro cargado de historia que solo yo conocía. Ansiaba saber más de ella. Acaricié sus contornos, analicé sus formas, revisé que la cañoleta estuviera libre y pudiera ser fumada, la cazoleta estaba llena de hollin. Y la superficie de la madera aún conservaba marcas de las manos de Berkelé...

Busqué ansiosamente mi bolsa de tabaco, encontré mi favorito: Bourley Vainilla. Aculaté la pipa, luego lentamente la encendí y con el retacador comencé a apizonar las virutas para que encendiera el tabaco. Aspiré lentamente el humo... El sabor del Virginia rancio se mezclaba con el aromático Bourley...

De pronto la puerta se abrió, entré yo mismo, me vi, me analicé, me recibí, me saludé y me quité el ego. Me di cuenta que había vivido construyendo una imagen de tristeza y soledad, de miedo a ser querido, a ser aceptado. Me ví a mi mismo con esa máscara de sufrimiento y melancolía. De ansia por ser aceptado, de no ser olvidado. Me vi a mi mismo como se ve al otro, sin verlo.


Me sumergí en mi pasado, lento pasado ya olvidado. Me vi inocente, sufrido y lacerado, aún construyendo sueños que aún hoy no había cumplido. Sin futuro, sin nada construido, sino todo deformado... Me ví ahí derrotado sin haber luchado, vencido sin haber intentado, y muerto sin haber vivido. Me ví desde adentro... Me vi y me lloré como se llora a un muerto, como se llora de desesperanza, de soledad, me lloré con el corazón, con el alma y los huesos. Me lloré con los dedos, con las manos y los sueños. Lloré hasta que las lágrimas se secaron tendidas al sol...


De pronto regresé, se había acabado el tabaco, se había extinguido la última brizna de la cazoleta. y yo regresaba de nuevo a mi realidad. Aunque, no se si ahora podría llamarla mi realidad pues de alguna manera me había visto a mi mismo y descubierto lo que no quería mirar...




1 comentario:

MUNDORTIZ dijo...

Me gusta tu nueva imagen... siempre es necesario renovarla y no quedarse, por comodidad, con lo que uno tiene.
Saludos