La brújula...



-¿Hacia donde marca la brújula?-, Preguntó el capitán…
-Hacia el norte- respondió el timonel

-¿En donde queda el norte?- Volvió a preguntar
-Hacia arriba capitán-, Respondió sin titubear.

¿En donde es hacia arriba? Interrogó por tercera vez al marinero…
-El punto que le sirve de referencia para saber a donde va-

¿Y hacia adonde vamos timonel?
-No lo se capitán, no lo se, yo solo sigo navegando hacia donde el viento y las corrientes me lleven, allá en donde, como puerto seguro quiera al fin descansar… ¿y usted capitán, que me dirá?,¿hacia donde vamos?
12 grados noroeste, marinero, esperemos que ahí esté el puerto que me acaba de platicar…



Con la bata puesta, el suero colgando de una mano, y un camillero empujando la camilla de camino al quirófano, sin saber a ciencia cierta que me esperaba pues entraba con el diagnóstico de un quiste branquial, -nada de que preocuparse-, una voz, casi como susurro que emanaba de mi estómago me repetía constantemente algo que comenzó a tranquilizarme en el quirófano.

Había entrado al baño antes de irme en la camilla, pero tenía la sensación de que debería ir al baño nuevamente. Cuando estoy nervioso tiendo a ir varias veces al baño pues la vejiga es caprichosa. De esta manera manifestaba mi angustia y mi miedo a estar ahí entre personas con trajes verdes, aparatos, instrumentos, luces brillantes. Y esa vocecita seguía repitiéndome lo mismo constantemente: “abandónate”, “abandónate”.

Ahora vuelvo a escucharla, a pensarla, a sentirla que viene desde lo más profundo de mi conciencia. Siempre he pensado que en la vida uno debería tener una brújula para marcar la dirección y el sentido.

Tengo 2 brújulas, una marina que posee un mecanismo para compensar el norte magnético y visión de horizonte para calibrarse y ajustarse a través de un mecanismo de niveles, y otra distinta, una brújula solar. Además de marcar el norte, en los días soleados marca la hora.

Estas dos brújulas son mi orgullo, han servido como símbolo de mi vida dirigida y planeada, mis metas cumplidas y mi destino controlado… Y esta maldita vocecita que me habla cada vez más fuerte y me dice “abandónate”, pues ¿Cómo se atreve a hablarme y decirme esto?, ¿la anestesia me volvió esquizofrénico?

Sin embargo, poco a poco me doy cuenta que la dirección es una utopía, pues la dirección es solo una referencia para dar sentido. No importa si uno va hacia el norte, o el sur, el este o el oeste, son simple y sencillamente eso, referencias pero carentes de sentido.

Quizás uno necesite de esos hitos históricos o referencias para saber que la vida tiene sentido para algo, para alguien, para uno. Quizás es para saber que ya llegamos, que lo logramos, que si estamos ahí. Quizás esas metas no son nada, y son ficticias, son abstracciones de nuestra mente para no sentir que vivimos en un mundo de incertidumbre y de absurdos.

No importa hacia adonde nos dirijamos, ni las metas que elijamos, al fin de cuentas la vida no se mide en función de metas logradas, sino en términos de momentos vividos. ¿Qué recuerdo más?, ¿El logro de la meta de terminar una carrera o por el contrario, el momento en que me entregaron el título?, yo, al menos, recuerdo con más intensidad el instante en que recibí ese documento. La meta la conseguí, pero el momento es el que aquilato.

Siempre he tenido el miedo de que mis nietos lleguen algún día y me digan “Abuelo, ¿y que hiciste con tu vida? Platícanos como era tu época… y yo solamente pueda responder: ¿cómo que qué hice con mi vida?, ¡Que no ven que tengo una gran casa, varios autos del año afuera, y fui el empleado del año muchas veces!

¿Que qué hice con mi vida? Pues vivir bien, y tener toda esta hiperacumulación, digo esta colección de cosas valiosas. ¿Qué quieren que les diga?... Abuelo, queremos que nos digas si tu vida valió la pena ser vivida y la volverías a vivir exactamente igual. (¡Chamacos mañosos, están leyendo a Nietszche y están buscando hacer enojar al abuelo! Murmulla la abuela ante tal muestra de irreverencia)…

¿Qué hice con mi vida?... maldita pregunta que me ha cuestionado y dirigido gran parte de mi vida. ¿Qué hice con mi vida?... Por eso, siempre había buscado una dirección… hasta ahora que apareció esa mugrosa vocecita diciéndome: “abandónate”.

Abandónate a la vida, vívela furiosamente, ansiosamente, con el alma, los huesos, con el vientre. El sentido es precisamente ese, el vivir la vida intensamente sin importar lo que se viva, al fin y al cabo, la vida es así: impredecible, efímera y misteriosa. A veces dura, otras veces hermosa.

Camino al quirófano perdí mi brújula de los sueños, del camino a seguir, del futuro a construir. La había buscado durante años, tratando de encontrar esa dirección que me guiara por el mundo, ahora me doy cuenta que esa brújula no existe, solo existe el camino sin importar la dirección que se tome.

El abandono es eso, romper con la importancia personal y perseguir momentos en vez de metas que alcanzar. Abandono hacia lo que es y lo que puede ser para cada uno el sentido de la vida y del futuro, para saber cuando hemos llegado al puerto en el que al fin queramos descansar.

Un cuento tibetano...

Maestro, he venido desde lejos para conocerle, para aprender de usted después de varios golpes en la vida, creo estar preparado para cualquier cosa y ahora me presento aquí. He estado leyendo, aprendiendo, preparándome con cuanta cosa pueda para poder acceder a ser digno aprendiz de usted y que me acepte. He destruido el ego, me he despojado de mi identidad, de mis pasiones y ahora estoy aquí, sin nada sin nadie, sin apegos, sin historias...



El maestro siguió haciendo el té sin hacer ningún movimiento ni ninguna muestra de que estaba escuchado, parecía estar sordo y ciego. La precisión de sus movimientos delataba la fuerza de la costumbre y el hábito, pero sobre todo la perfección de la conciencia de cada movimiento. El cuarto estaba en penumbras pero parecía iluminado por el resplandor que emanaba de ese viejo monje tibetano. Un verdadero lama dirían por ahí.



Maestro, -agregó-, he dejado todo atrás, y he dedicado gran parte de mi vida a meditar, a conocerme, a descubrirme y sobre todo a romper con mi razón para evitar el diálogo interno, ahora ya soy libre y estoy preparado...



El maestro continuó con su rutina, y con su indiferencia. El discípulo consciente de que ya se había presentado guardó silencio y espero... y esperó... y esperó...



Al tercer día de estar ahí esperando la respuesta del maestro, éste por fin habló:



- Lo qué fue, fué-



El discípulo se quedó turbado, se dio cuenta que venía ante el gran maestro con su pasado, con sus historias y su ego escondido, había sido pillado por el maestro que le había desenmascarado. No necesitaba explicación pero él seguía con muchas ataduras y anclas que lo fijaban a las historias... Se retiró de ahí y se quedó afuera de la choza bajo un árbol, ayunando, meditando, en estado de contemplación y purificación.



Después de 2 meses, se levantó y entró de nuevo con el maestro en completo silencio, tomó la escoba y comenzó a barrer. Después limpió la letrina. Terminando subió al valle y comenzó a meditar junto al maestro. Luego de 2 años el maestro por fin habló nuevamente:



- Lo que es, es-



El alumno se sintió turbado, había recibido el más grande regalo, el maestro le había aceptado para aprender de sus enseñanzas. Un leve atisbo de satisfacción se coló por su alma, y su intención comenzó a trabajar en un siguiente nivel, trataba de absorber todo lo que el maestro pudiera enseñarle, pero todo era rutina, la misma rutina.



Comenzó entonces a romper esa rutina de meditación y silencio entonando un mantra. El maestro ni se inmutó. Siguió día tras día entonando su mantra y el maestro día a día permaneció en silencio.



Cierto día el aprendiz se levantó de la piedra en donde se apreciaba todo el valle y dijo:



-Maestro, parto de aquí, he aprendido todo lo necesario... Me voy-



El maestro entonces habló por tercera vez:



-Lo que será, será-



Entonces el aprendiz en ese momento se iluminó y entendió la verdadera enseñanza del maestro.