Un cuento tibetano...

Maestro, he venido desde lejos para conocerle, para aprender de usted después de varios golpes en la vida, creo estar preparado para cualquier cosa y ahora me presento aquí. He estado leyendo, aprendiendo, preparándome con cuanta cosa pueda para poder acceder a ser digno aprendiz de usted y que me acepte. He destruido el ego, me he despojado de mi identidad, de mis pasiones y ahora estoy aquí, sin nada sin nadie, sin apegos, sin historias...



El maestro siguió haciendo el té sin hacer ningún movimiento ni ninguna muestra de que estaba escuchado, parecía estar sordo y ciego. La precisión de sus movimientos delataba la fuerza de la costumbre y el hábito, pero sobre todo la perfección de la conciencia de cada movimiento. El cuarto estaba en penumbras pero parecía iluminado por el resplandor que emanaba de ese viejo monje tibetano. Un verdadero lama dirían por ahí.



Maestro, -agregó-, he dejado todo atrás, y he dedicado gran parte de mi vida a meditar, a conocerme, a descubrirme y sobre todo a romper con mi razón para evitar el diálogo interno, ahora ya soy libre y estoy preparado...



El maestro continuó con su rutina, y con su indiferencia. El discípulo consciente de que ya se había presentado guardó silencio y espero... y esperó... y esperó...



Al tercer día de estar ahí esperando la respuesta del maestro, éste por fin habló:



- Lo qué fue, fué-



El discípulo se quedó turbado, se dio cuenta que venía ante el gran maestro con su pasado, con sus historias y su ego escondido, había sido pillado por el maestro que le había desenmascarado. No necesitaba explicación pero él seguía con muchas ataduras y anclas que lo fijaban a las historias... Se retiró de ahí y se quedó afuera de la choza bajo un árbol, ayunando, meditando, en estado de contemplación y purificación.



Después de 2 meses, se levantó y entró de nuevo con el maestro en completo silencio, tomó la escoba y comenzó a barrer. Después limpió la letrina. Terminando subió al valle y comenzó a meditar junto al maestro. Luego de 2 años el maestro por fin habló nuevamente:



- Lo que es, es-



El alumno se sintió turbado, había recibido el más grande regalo, el maestro le había aceptado para aprender de sus enseñanzas. Un leve atisbo de satisfacción se coló por su alma, y su intención comenzó a trabajar en un siguiente nivel, trataba de absorber todo lo que el maestro pudiera enseñarle, pero todo era rutina, la misma rutina.



Comenzó entonces a romper esa rutina de meditación y silencio entonando un mantra. El maestro ni se inmutó. Siguió día tras día entonando su mantra y el maestro día a día permaneció en silencio.



Cierto día el aprendiz se levantó de la piedra en donde se apreciaba todo el valle y dijo:



-Maestro, parto de aquí, he aprendido todo lo necesario... Me voy-



El maestro entonces habló por tercera vez:



-Lo que será, será-



Entonces el aprendiz en ese momento se iluminó y entendió la verdadera enseñanza del maestro.

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