Mi tia la pechugona...

Para mi el saber que llegaría mi tía era cuestión de angustia y preocupación, la verdad es que buscaba esconderme a como diera lugar, no quería saludarla, pero invariablemente, aunque estuviera escondido, siempre mi mamá me llamaba para que bajara a saludarla.

Solamente el pensar en que mi tía me abrazaría era suficiente para que surgiera ese desagrado que como niño de 6 años puedes sentir, esa repulsión explicita y evidente por alguien que no te agrada, pero mi mamá y mi tía parecían no darse cuenta.

Era algo como un ritual extraño, verla llegar afablemente moviéndose gracilmente con ese sobrepeso que parecía más bien una condición normal y satisfactoria para ella, como si el estar obesa fuera parte de su personalidad.

Llegaba ruidosamente, con esa sonrisa amplia que mostraba sus blancos y grandes dientes, sus labios gruesos esbozando esa alegría que la caracterizaba. Me veía y abría esos brazos carnosos, fornidos, grandes y móviles de consistencia gelatinosa y vibrante. La blusa con manga corta que normalmente traía evidenciaba una axila mal rasurada unas veces, otras el sudor propio del esfuerzo por mover esa gran masa corporal.

Cuando llegaba a mi se agachaba y me abrazaba con todo su cuerpo, como estrujándome entre sus senos enormes, que apenas y se sostenían gracias a un gran brassiere que llegaba al límite de la resistencia al ser forzados al máximo por la gravedad y las protuberantes masas. Parecía que mi tía quería separar esos senos con mi cuerpo, me abrazaba fuertemente, casi hasta la asfixia, hasta el desmayo.

A veces quería ser bueno con ella, sabía que estaba sola, que nunca se había casado y no había tenido hijos, que esa alegría y cariño era producto de su soledad, esos abrazos eran como un obsequio para entregar todo el amor que se quedó guardado por no haber tenido un hijo y que quizás en mi encontraba ese resquicio o esa añoranza de algo perdido.

Otras veces me parecía muy desagradable, ahora lo pienso y no se si quizás, tal vez, a lo mejor tenía alguna connotación sexual, quizás su cuerpo marchito y solitario encontraba algo de placer al estrujar al único ser que podría controlar y estar desvalido frente a su dimensión y proporción.

Había llegado a tener un excelente pretendiente, pero mi tía abuela -que era muy controladora-la había convencido de que era un mal partido, así que, aunque fuera el amor de su vida decidió terminar con el. Ahí se acabó todo. Nunca pudo tener otro pretendiente pues a todos los comparaba con el amor perdido de esta manera nunca fueron lo suficientemente buenos para ella. Al final acabó quedándose sola.

Esa era la soledad que quería sacudirse cuando llegaba a mi casa, estruendosamente haciendo esa aparición para que todos supiéramos que estaba ahí con toda su masa corporal. Y luego el abrazo, ese abrazo prolongado, apretujado, asfixiante contra su pecho abatido, vencido por la gravedad y el tiempo, como si quisiera fundirse y robarme algo de mi infancia para que el tiempo volviera y pudiera comenzar de nuevo.

Luego del abrazo, las manos sobre mi cara y un beso prolongado en el rostro, ese beso obligado, apretujado, bebeado. Ese beso cargado de recuerdos, de historia y de una tristeza infinita, para ella era esa manifestación de cariño, para mi era el suplicio del beso babeado y la sensación de sentir su cutis graso, oloroso a crema Nivea, y lleno de maquillaje que con cualquier pretexto éste se desprendía de su rostro para manchar mi cara o alguna parte de mi ropa.

Ese beso lento, apretado que hacía que respirara su aliento fuerte, penetrante y mezclado con el aroma de su perfume, ese aroma dulzón que se mezclaba con los humores de su cuerpo, casi como despidiendo un vaho que me generaba mareos y gestos de franco desagrado.

Mi tía había optado por llenar esos vacíos emocionales a través de la comida, se había dedicado a la cocina para llenar los estómagos de los demás, quizás motivada por el dicho que dice que "al hombre hay que conquistarlo por el estómago" comenzó un negocio de comida corrida. Ese restaurant era estupendo, los sabores eran perdurables, profundos y típicos de mi tierra. Pero ella, después de estar tanto tiempo en la cocina y con su sobrepeso evidente, la mescolanza entre los aromas de la cocina y de su cuerpo acentuados por el sudor y el perfume dulzón hacían que tuviera nauseas.

Después de darme el beso apretaba su cachete contra el mio y sentía esa masa informe, flácida y acuosa que era su piel. A veces creía que por las noches ella llegaba a su casa y se quitaba una máscara producto de la crema y el excesivo maquillaje que usaba y luego se veía en el espejo para confrontarse con el inexorable paso del tiempo, encontrarse con el rostro marchito, derrumbado y acabado, ya sin esperanzas de que algún hombre pensara que era bello.

Después de este ritual, por fin me dejaba libre. Yo al principio con disimulo y luego de manera evidente hacía gestos de desagrado esperando que tanto mi mamá como mi tia entendieran que a mi no me gustaba que me saludaran así. pero mi tía reía y luego me decía que algún día la querría...

Ese día llegó cuando supe que había fallecido y me había heredado todo...

1 comentario:

Anónimo dijo...

eata bien pz si no te gusta ba q te diera bessos tedio lo q tenia no te quejes