La recamarera...

Lilian era recamarera, ya llevaba 34 años trabajando desde que llegó de indocumentada a Los Ángeles. -Antes era más sencillo cruzar la frontera- les comentaba a sus sobrinos cuando le llamaban para pedirle que los recibiera cuando intentaran cruzar a Estados Unidos.

Estaba agotada de llevar esa rutina durante tanto tiempo, limpiando esas habitaciones de los viajeros. Tantos que ya no sabía si habían existido o no pues siempre parecía entrar a una dimensión desconocida. La cama desarreglada, el baño usado, las toallas tiradas, las maletas de los viajeros, pero casi nunca sabía los rostros de las personas detrás de ese apropiamiento efímero del espacio que ella con tanto esmero limpiaba.

Se había embarcado en esa aventura a sus 28 años. Originaria de Uruetaro Michoacán. En el pueblo se habían agotado los hombres casaderos, todos habían emigrado al norte para tener una mejor vida. Ella decidió no quedarse ahí a esperar un hombre decente para ella, o simple y sencillamente encontrar un hombre. Dejó todo lo que tenía: hermanos, padres, amigas y toda la vida que llevaba en ese tiempo, sacrificó todo para poder llegar hasta allá en pos de un sueño que perseguían más bien los hombres. Se embarcó sola en esta aventura, sin marido, sin hombre al lado, sola con su voluntad y deseo de encontrar una mejor vida. En secreto, sabía que más bien se había ido al norte para huir de la vergüenza que tenía de ser ya mayor y no estar casada. Era su gran vergüenza.

Tuvo la fortuna de encontrarse uno de los pocos "polleros" decentes que quedaban en esa época. La ayudó a cruzar junto con 7 hombres más. La veían extraña, ¿una mujer de migrante?, parecía un chiste, parecía encerrada en ese contenedor de trailer con 7 hombres una "Blancanieves" fortuita, huyendo no de una madrastra sino de un destino predeterminado que podía significarle la muerte en vida, la muerte de sus sueños y una historia como la de tantas mujeres en Uruetaro. Solas, mendigando algo de amor y de pasión con los pocos hombres que quedaban.

Rafaela se llamaba, pero cuando llegó a Los Ángeles se cambió el nombre por el de Lilián, -así no parecería mexicana- pensó. Al cabo de varios días conoció a Amanda, que se convirtió en su amiga desde ese entonces. Ella la presentó en el hotel como su "conocida" y le enseñó a limpiar cuartos, a ser cuidadosa, a no inmiscuirse ni interactuar con los huéspedes. A no dejarse llevar por las tentaciones del dinero o pertenencias de los huéspedes. Lilián y Amanda habían visto pasar a muchas recamareras en ese hotel, muchas acababan interactuando con los huéspedes que llegaban cansados y ansiosos de un poco de libertinaje fuera de casa, otras veían como dinero fácil el sustraer las pertenencias de los huéspedes, hasta que eran descubiertas. Lilián prefería ser "pobre pero honrada".

Lilián entró como tantas veces a esa habitación, estaba vacía. El huésped acababa de irse. Comenzó a quitar la ropa de cama y la cambió, limpió el baño, cambió las toallas, substituyó el shampoo y los jabones, lavó la cafetera y puso nuevamente los sobres de café. Luego barrió esmeradamente. Cuando terminó volteó a ver la habitación, había quedado impecable como tantas veces.

Se sintió agotada, sola, agobiada por tantos y tantos años de hacer lo mismo. Nunca encontró a un hombre decente. Todos los que había conocido estaban casados en México y a causa de su soledad terminaban por casarse nuevamente en Estados Unidos. Ella no quería eso, no quería compartir a su hombre con ninguna mujer en México, no quería mitigar la soledad, por eso había huido de Uruetaro. -Sola, sola- escuchaba esa voz interna que le decía cada vez más fuerte.

¿Para qué se había ido pues al norte?, ahora sin familia, trabajando sin descanso, sin ilusiones y sin sueños. Éstos se habían quedado del otro lado de la frontera. Por primera vez vió esa mullida cama que estaba en esa habitación, esa cama como tantas otras que había arreglado para alguien más. La vió vacía, la vió usada por tantas personas y sin ser de nadie. Así se sintió. Como esa cama vacía, perfectamente arreglada, esperando a que alguien llegara para consolar sus sueños, sus cansancios, pero en la cual nadie se quedaba por siempre.

Sintió un enorme cansancio. Se acostó. Quiso sentir por un instante lo que sentían esos viajeros, ella misma se sentía esa viajera por el tiempo, pero se había quedado atrapada en un instante del viaje. Ahora tenía 62 años y no tenía nada.

Se estiró. Acarició la sobrecama. Le pareció agradable la textura en los dedos, como si quisiera sentir a todos los viajeros que se habían quedado ahí, como si pudiera percibir su alma, sus deseos, su esencia. Quería absorber de golpe todos los recuerdos de esos 32 años ahí, limpiando esas habitaciones y haciendo la cama para una infinidad de desconocidos...

Cerró los ojos. Dejó que una lágrima recorriera su mejilla. Esa lágrima contenía la infinita tristeza que sentía por ella misma, se compadecía de su realidad, de ese sueño que en algún lugar perdió. En algún instante de su travesía. ¿qué había pasado?. Lloró. Lloró amargamente, largamente, con ese dolor en el pecho que le traspasaba, lloró su vida, su historia, su soledad. Lloró ese tiempo perdido.

De pronto llegó la calma, la claridad, la fortaleza y la voluntad. Se sintió agotada físicamente pero llena espiritualmente, su alma se había templado al fin.

. . .

Por la tarde, al ver que Lilián no aparecía la buscaron por todas partes hasta llegar a la habitación. Estaba ahí tendida en la cama, el cuarto arreglado perfectamente y ella descansaba plácidamente en la cama. Descansaba en paz.

Días después su madre en Uruetaro recibiría su cuerpo junto con una carta del gerente del Hotel diciendo que Lilián había sido una excelente empleada y que lamentaba profundamente su pérdida.

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