Verano del 93

Existen momentos en la vida que se convierten en un hito de tu vida, a veces son instantes, otras son historias, algunas veces más es una persona que converge en tu vida y acaba siendo esa coyuntura que define tu futuro.

Todo esto me ocurrió en el verano del 93, un ambiente grunge lleno de: Savage Garden, The cranberries, Collective souls, Blind Melon, La Ley, Silvio Rodriguez, Pablo Milanés, y por supuesto Caifanes.

Lo más extraño es que ese verano comenzó en abril con la Semana Santa. Había perdido el avión y había llegado a mi pueblo un día después. Por la tarde acudí a saludar a mi mejor amigo a su casa. Llegué como tantas veces; sin avisar, sin decir agua va. Tampoco le había llamado para decirle que iba para allá. Así que llegué de pronto. Mi amigo estaba ahí junto con su hermana y 4 amigas que habían llegado junto con las vacaciones a mi pequeño mundo.

Gran sorpresa, alguien instantáneamente me había llamado la atención. Pero, ante mis historias fallidas y mi corazón de condominio decidí hacer caso omiso de esa sensación y proponerme una semana santa tranquila y sin sobresaltos. Algo que no podría cumplir en los días subsiguientes.

A los 3 dias los flirteos eran más que evidentes, me gustaba estar coqueteando y flirteando aunque pensaba que nada sucedería, era algo así como un reto. Al 4 dia todo comenzó. Las miradas, los silencios, los roces accidentales, las amplias sonrisas desembocaron en un beso largo y prolongado, silencioso y prometedor. Aguanté la tentación de seguir, había aprendido a que todo debía ser con paciencia y con mesura. Ese día regresé a mi casa sintiéndome culpable por no haber seguido adelante pero me consolaba que de algo serviría al otro día... y así fue.

Esa semana santa fue el comienzo de todo.

Cuando ambos tuvimos que regresar a nuestros mundos no faltaron las promesas y los sueños, los susurros y las lágrimas. ¿cómo era posible que todo lo que había ocurrido en una semana fuera tan significativo? ¿amor o simple deseo?. Sólo decidimos seguir en comunicación sin prometernos nada dejando que las cosas tomaran su rumbo. Yo regresaba a Monterrey con mi novia y ella al Distrito Federal con su novio. Bueno, eso al menos pensábamos. A ambos las cosas se nos complicaron. La historia debía cambiar, nosotros habíamos cambiado. Teníamos que seguir juntos. Las cartas comenzaron a fluir, los sueños y las fantasías, las promesas, los susurros, las palabras románticas, los suspiros y las ganas de no colgar.

Y de pronto llegó el verano, la oportunidad de volver a estar juntos. Todos los sueños y las fantasías se convertían en realidad, convergían en ese tiempo y en ese momento. El mundo giraba sin control. Decidí adueñarme a como diera lugar del DF. Explorarlo, conocerlo, descubrirlo a través de ella, con ella, por ella.

Yo venía de una pequeña ciudad, de una familia tradicional, lleno de prejuicios, ideas y sueños fincados en ese mundo que se me hacía enorme. Y de pronto ella me invitó a conocer su mundo. Un hermano enólogo fanático de la literatura, otro hermano idealista con pinta del Ché Guevara con todo y pipa y sueños de revolución, una hermana que comenzaba su vida familiar cargada de sueños y de ilusiones, un hermano que comenzaba su vida empresarial y una hermana que rompía todos los esquemas por ocurrente e ingeniosa. Vaya pues familia numerosa. Su mamá, una señora de otro mundo, con una sonrisa y un cariño hacia mí descomunal, y una extraña combinación de realidad y sueños que pocas veces he visto. Este es el mundo que me recibió. Lleno de novedades, de extrañamientos y de sensaciones. Un mundo que trastocaba y confrontaba el mio. Y que por supuesto: me sedujo por su carácter distinto al cotidiano, alternativo y por supuesto: Grunge.

Un verano cálido, con lluvias por la tarde, esas lluvias melancólicas que se disfrutan en esa apacible soledad de pareja, con las largas miradas y los susurros. Con los labios y la piel, el aroma a humedad y la extraña sensación de levedad y liviandad en ese preciso instante en que la lluvia deja de caer y parece que detiene el tiempo y el espacio se compacta de tal manera que solo importan ella y tu en ese instante.

Las largas sobremesas familiares alrededor de una botella de vino o un buen café no se hicieron esperar. La risa, la broma, las caricias por debajo de la mesa, sonrisas, promesas, susurros, sueños y deseos. Los amigos "alternativos": varios cubanos exiliados, un misionero en África, una amiga con raíces españolas, y varios familiares atípicos.

El Distrito Federal fue nuestro al ritmo de la música de trova de Silvio y Pablo; las excursiones a Teotihuacan, Xochimilco, El Ajusco, Coyoacán, Tlaltelolco acompañados por "Tinisima" de Elena Poniatowska, una cámara fotográfica, un Corsar, y todas las ilusiones y los sueños que uno puede tener a los 22 años.

Un extraño viaje a Puerto Escondido, Oaxaca fue la cúspide de todo, sentíamos que eramos imparables, que eramos fuertes e invencibles, que trascendíamos y envidiábamos por la fortaleza y seguridad que ambos demostrábamos en nuestro pequeño mundo que poco a poco crecía más.

El tiempo nos alcanzó, tuve que regresar a mi realidad, a mi mundo teniendo que dejarla a ella a la deriva. Lejos, triste y desgarrado tuve que emprender mi camino de regreso a la universidad. Con ese letargo y ese vacío que solo el que ha estado enamorado conoce. Las llamadas, las promesas, los susurros y las ansias eran cotidianas en cada llamada, las cartas no se hacían esperar, seguían fluyendo.

En octubre el verano terminó. Solamente recibí una llamada fría, distante y seca. Había conocido a alguien. La explicación: "me gustó más".

La vorágine comenzó: apnea, depresión, ansiedad, insomnio, furia, decepción, deseos de venganza, rabia, silencio, silencio y más silencio.

Nunca más volví a escuchar su voz. El verano había terminado...


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