Viaje a Huimilpan...

Mi padre era un hombre extraño, hasta cierto punto huraño. Eso lo se por que soy similar a él. A veces no entendía su forma de pensar o las elecciones que hacía.
Cuando viajábamos en auto de San Cristóbal de las Casas a Tuxtla Gutiérrez no pasaba de 60 kms por hora. Era exasperante ver a los demás autos viajar a velocidades más altas. Algunos autos hasta nos tocaban el claxon para que nos moviéramos a un lado y cediéramos el paso. A veces me escondía detrás de la puerta cuando observaba que se aproximaba un auto conocido. En esa época en San Cristóbal no habían muchos autos y menos que viajaran a la ciudad de Tuxtla Gutiérrez.

Le preguntaba a mi padre por que no iba más rápido, él contestaba que para qué, que era más seguro viajar a esa velocidad. A veces creía que no era verdad pues más de una ocasión me tocó que tuviéramos un trailer atrás del auto y éste se empecinara en rebasarnos ante nuestra lentitud.

Quizás en la zona de curvas llegara a disculparlo, -Es que no ve bien- decía cuando mis amigos me decían que nos habían visto en nuestro auto. Era un Caribe azul eléctrico "tunneado" de acuerdo a la moda de esa época, ni como decir que no eramos nosotros.

Era irónico ver a aquel auto "tuneado": spoiler delantero, spoiler trasero, espejos deportivos, faros de niebla, bazooka, todo lo hacía parecer un auto veloz para la época... salvo el piloto que conducía a no más de 60 kms cuando iba rápido.

En las rectas no aceleraba. La carretera libre, vacía, que invitaba a correr y desbocarse aunque solo fuera en un pequeño tramo o un instante. Pero nada... Seguía a 60 kms. Ya mayor, mi hermano y yo nos burlábamos de él y le decíamos que íbamos en carroza fúnebre, que más bien si llegaba a pasar una seguramente nos rebasaría... y él no decía nada, solo seguía mirando el camino. Quizás en ese auto jamás llegó a ser usada la 4a velocidad.

Ahora me gustan los autos potentes, sentir la potencia y la aceleración, el bramido del motor, la estabilidad, me gusta acelerar y sentir el vértigo de la velocidad. Esa sensación de poder en el pedal, el deseo de sentir la velocidad, la furia e ímpetu de un auto me emociona. Disfruto cuando puedo rebasar haciendo alarde de la potencia y estabilidad del auto que tengo. Sobre todo en carreteras de dos vías... hasta hoy que decidimos ir a Huimilpan.

Una pequeña población a media hora de Querétaro. Sencilla y pintoresca. Con ese silencio y vacío de las ciudades olvidadas. Quizás su único orgullo sea la habilidad y destreza de los talladores de cantera que son unos verdaderos escultores, pero la población muestra los indicios de la aculturación producto de la migración al norte. La música norteña se entremezcla con los sonidos de los autos que gritan su origen rapero y country.

Regresando de Huimilpan algo sucedió. No quise acelerar, no quise ir a una velocidad "aceptable" por el contrario, decidí poner el "speed cruiser" en 60 kms y disfrutar del camino como lo hubiera hecho mi padre...

De pronto un nuevo mundo se me abrió a los ojos: descubrí La lentitud.

Esa lentitud de las cosas, de la vida y del fluir de las sensaciones. El dejar de correr, el dejar de tener esa necesidad de llegar, de ser más rápido, más potente y más fuerte. Y por primera vez disfruté el camino, el fluir de los ritmos de las cercas que se repetían incansablemente, las vacas a la distancia, los tractores, esos rostros de las personas que transitan lentamente al lado de la carretera. Las formaciones de los árboles, el tiempo detenido y sin tener que ser acelerado por el auto en el que viajaba. Esa lentitud que hacía ya mil años que no veía.

Y ahora entiendo lo que mi padre buscaba: esa lentitud, esa paz, ese momento de poder controlar la velocidad de lo que sucedía, de poder rebelarse ante la presión externa, luchaba para no dejarse consumir por el exterior (aunque finalmente sucumbió), buscaba apreciar cada cosa que pasaba frente a sus ojos, frente a su vida. Quizás nunca lo supo conscientemente, quizás si, nunca lo sabré, lo único de lo que me doy cuenta ahora es que esa era una forma de poder conectarse con la lentitud y dejar de correr en un mundo que cada día se hace más veloz.

Esa extraña lentitud, palabra que ahora se nos hace aborrecible por se sinónimo de deficiente, aburrido, incapaz. La lentitud. Ese tiempo que se toman los árboles en crecer, la paz de la lluvia y su lentitud para levantarse evaporándose poco a poco, esa lentitud de las nubes, de la tierra que se toma medio día en disfrutar el sol y medio día para abrigarse con la luna. Esa lentitud de poder ver la vida pasar, las piedras rodar, el pasto crecer. Esa lentitud que nos abandona, que nos olvida y nos traiciona. Esa lentitud que me extraña y me hace falta.

La lentitud...

1 comentario:

Liliana Nava dijo...

Me has hecho regresar a ese mundo y a los recuerdos de ese caribe azul. Que agradable nostalgia...