Buba y Nancy

Buba salió de la agencia montado en la moto nueva... ronroneaba con ese rugido monótono que da un motor de 4 tiempos.

Los que lo vieron salir se morían de envidia al verlo montado en ella, la limpieza de las líneas de diseño, el rugido del motor, el cromo y por supuesto, la chamarra de cuero y los lentes negros.

Buba decidió no comprar el casco, no importaba. No le importaba nada. Ni las miradas de envidia ni la extraña sensación que causaba un hombre de 58 años montado en esa poderosa motocicleta. -"vejez viruela dirían en mi pueblo"-

Aceleró, la moto respondió inmediatamente con un rugido estruendoso, la vibración era mínima, la velocidad se incrementó rápidamente y él solamente alcanzó a esbozar una ligera sonrisa de satisfacción al sentir el poder de la máquina sobre la que viajaba.

Llegó por Nancy media hora después. Era su esposa desde hácía más de 28 años y habían compartido todas las penas y alegrías que la vida les había interpuesto.

Nancy escuchó a Buba llegar, -se estremeció al escuchar el bramido de la moto- no sabía bien por qué había confiado y aceptado la propuesta de Buba pero siempre había confiado en él ciegamente, así que no podía dudar de la decisión que habían tomado.

Salió de la casa, cerró con llave, una ironía o una costumbre -pensó-, ya nada importaba. Sabía que cuando cruzara esa puerta las cosas cambiarían para siempre, y no habría marcha atrás.

Se detuvo por un momento. Buba se veía realmente atractivo en la moto, la chamarra de piel, los lentes obscuros, el rugido de la máquina y el cromo, el aroma de la gasolina quemada. Aún así no pudo evitar ese estremecimiento que le subió desde la cadera hasta la nuca como una punzada que la paralizó por un instante.

Se acercó. Observó largamente el rostro de Buba, le parecía ridículo el sobrenombre de "Buba" ¿de donde lo habrá sacado?¿cómo se le ocurrió tal idea?, pero después de verlo, entendió por que había decidido ese sobrenombre. Era una ironía, era la forma en la que se despersonalizaba y decía adios a su pasado, a su historia anterior. Ella en ese momento quiso haber entendido antes a Buba y dejar su nombre atrás igual que él. Ya no quería ser Nancy. Nancy la ama de casa, Nancy la madre, Nancy la convencional y social, la agradable, la dulce y caritativa. Quería dejar de ser esa mujer y ahora convertirse en alguien más. En otra persona totalmente distinta a la que había dejado esa casa, ese hogar.

Sus hijos se preocuparían, preguntarían, pero ellos estaban conscientes de que habían formado a personas que ya se valían por si mismos y habían cumplido su misión como padres, ahora ellos emprenderían un nuevo camino, lejos y extraño.

Buba la sacó de sus cavilaciones cuando le dijo: -sube- Casi como una autómata reaccionó y se subió detrás de él. Se acomodó suavemente, sus piernas abrazaban las caderas de Buba. -Como quisiera tener 18 años- se imaginó. -Quizás esto no lo hubiera hecho-.

Buba no volteó a ver la casa que dejaba atrás, su pasado ni su historia, ya tenía todo lo necesario arriba de la moto, y lo necesario solamente era Nancy, así que aceleró lentamente, soltó el freno y comenzó a tomar velocidad.

Se encaminó hacia la carretera vieja, habían decidido no ir por la autopista. Demasiadas huellas, -dijeron-.

Al salir de la ciudad Buba aceleró a fondo. Nancy se estremeció y se aferró a su cintura, protegía su cara con la espalda de Buba y trataba de entreabrir los ojos que le lloraban por la velocidad. La potencia de la máquina se sentía entre las piernas, la vibración de la máquina y la inclinación generada por la velocidad en las curvas hacía que la velocidad se sintiera más. El aire golpeaba, pero la máquina parecía no inmutarse ante la demanda del acelerador y la exigencia de Buba.

Nancy se aferraba a Buba. Se aferraba con todas sus fuerzas, habían dejado todo atrás y solamente se tenían uno al otro. Se dejó llevar, se abandonó a su destino, solamente se aferró a Buba, a ese "Buba" que lo había acompañado durante una gran parte de su vida. La piel de la chamarra se le hizo demasiada distancia entre ella y su piel. Así que como pudo se alzó y le besó la cabeza.

Buba iba llorando.

El virus...

-Maldito Virus- murmuró Rafael. Se había borrado todo en la computadora.

¿Quién carajos había tenido la retorcida idea de diseñar un virus que atacara selectivamente los archivos fotográficos de las personas? Lo increíblemente grave del asunto era que el virus por demás fue altamente "infeccioso", se había replicado a través de las redes sociales, y de ahí, a los discos duros, solo hubo un paso. Se destruyó todo el acervo histórico de las personas. Sus memorias, sus momentos y recuerdos.

¿Y ahora que sucederá?, es imposible recuperar todo ese pasado destruido, todos esos recuerdos, alegrías, significados y simbolismos a través de las imágenes capturadas por la cámara. Todo se había perdido irremediablemente.

Ahora la gente ya no quería conectarse a las redes sociales, el apocalipsis había sucedido, había llegado a través de la tecnología, de la fe ciega en las computadoras y la facilidad para comunicarse e interactuar. Ahora ya no queda nada.

La gente comenzó a entrar en shock, no comprendía como había perdido su identidad en cuestión de días que fue lo que tardó el virus en infectar toda la "aldea global", su pasado se había perdido. y ahora, ¿que hacer?

Todos confiaban ciegamente en esa memoria digital, se habían olvidado de cómo almacenar de forma "física" sus recuerdos y sus memorias, sus sensaciones y reacciones. Todo estaba digitalizado, todo estaba a través de las pantallas brillantes de las computadoras. Pero ¿qué hacer ahora con todo lo perdido?, los cuerpos se encontraban entumecidos, olvidados de las sensaciones y memorias.

Algunos desesperados trataron de recuperar su historia, su pasado a través de complejos programas cibernéticos. Nada funcionó. No pudo ser rescatado nada. El pasado se había ido para siempre. No quedaba nada. Algunos trataban de recordar las imágenes que tenían en la computadora pero la cantidad era tal que era prácticamente imposible recordar siquiera una décima parte. Todos almacenaban al menos 5,000 imágenes en sus discos duros, toda una historia para ser contada.

Comenzaron pues las preguntas, ¿cómo le hacían los antepasados antes del surgimiento de la fotografía?, nada, no hacían nada más que guardar en su memoria sensorial los momentos especiales, el rostro de la amada, el contorno de las manos, la sensación del deseo, el gesto y la palabra. En conclusión, usaban la memoria prodigiosamente, la memoria individual y colectiva y no una memoria digital, ni digitalizada.

¿Realmente podrían vivir sin sus imágenes? ¿sin sus memorias y recuerdos digitales? ¿podrían reconstruir sus historias personales a través de sus recuerdos y sensaciones sin esa gran ayuda que eran las imágenes?

Nada quedaba más que un gran camino por recorrer, la primer decisión: no volver a tomar una cámara fotográfica para nuevamente entrar en contacto con la memoria kinestésica y sensorial y así poder recordar todo lo importante a través del cuerpo y no de la imagen, la memoria pues se volvió a interiorizar hacia el individuo y comenzó el arduo camino del recuerdo de lo esencial e importante...

La pichulosis...

Había despertado después de una siesta por la tarde. A veces todo el trajín de la mañana lo dejaba agotado, entre carreras, brincos, saltos y desencantos.

Ese letargo que da la siesta por la tarde cuando aún los rayos del sol entran tenuamente por las ventanas y se descuelgan por las paredes lentamente.

Abrió los ojos pesadamente, la mirada comenzaba a ajustarse después de ese sueño reparador. Lentamente comenzó a estirarse, a sentir como el cuerpo despertaba junto con su conciencia. -Se incorporó-

Al dirigirse pesadamente hacia la cocina pasó frente al espejo de la recámara y accidentalmente se vió.

Pensó que seguía dormido, o como si estuviera aún en un sueño. Se talló los ojos sin creer lo que estos veían. Tenía el rostro lleno un extraño salpullido azuloso. Extraño de por si. No entendía lo que le había pasado cuando estaba dormido.

Quiso acercarse a su hermano mayor para que éste le explicara, pero al verlo, huyó... Solamente alcanzó a decir: "es la pichulosis, es la pichulosis".

Varios familiares estaban en su hogar, primas primordialmente. Quiso acercarse a ellas, encontrar respuestas, encontrar explicaciones, pero ellas al principio desconcertadas solamente alcanzaban a verlo de forma extraña, distante, mezclando el mito con la realidad. Solo alcanzaban a decir "tienes la pichulosis, tienes la pichulosis".

Se sentía como Gregorio Samsa de Metamorfosis, se había despertado de ese sueño pero en vez de ser ese escarabajo tenía una rara enfermedad al que todos le huían, todos corrían tratando de alejarse de su condición.

Él trataba de encontrar consuelo, una persona que lo tranquilizara, que lo calmara, pero nada, todos huían, corrían ante su presencia y solo repetían "es la pichulosis". Una de sus primas quiso acercarse a él, decirle que no temiera, pero su hermana la jaló, le dijo: -no te acerques que te puede contagiar la pichulosis, te pueden salir los puntos azules", -dudó- y luego emprendió la huida.

Comenzó a llorar desconsolado, desamparado, nadie quería acercarse a él, nadie quería estar cerca de él, todos corrían y se alejaban como si fuera un leproso.

De pronto llegó su mamá meneando la cabeza, lo tomó de la mano y lo llevó al baño, tomó un algodón y le limpió el rostro con alcohol para retirar las manchas de plumón azul que le habían pintado mientras dormía...

Lloraba desconsoladamente diciendo: "mamá, te voy a contagiar la pichulosis, no te acerques", al fin y al cabo, a mis 4 años quería proteger a mi mamá de mi virulenta condición de la pichulosis...

Ella disimuladamente rió, y luego me explicó que mi hermano y mis primas me habían jugado una mala broma que aún recuerdo cuando nos reunimos en familia y sale a colación la historia de la Pichulosis...

Dedicado a mi prima Claudia Lara la autora material e intelectual de La pichulosis