El motel


Javier había amanecido solo en aquel Motel. No entendía por que había decidido pasar la noche ahí solo. Quizás quería recordar los momentos que había pasado ahí años atrás con Karina.

Había pedido el mismo cuarto.

La alfombra había cambiado así como la pintura de las paredes. No así el acomodo de los muebles y el gran espejo en el techo. Ese espejo en el que se había visto reflejado y había visto a plenitud a Karina. Había gozado y se había entregado sin temor y sin piedad. Ahora ya nada quedaba.

Había buscado a Karina en el Facebook. Ahí estaba. Todo su perfil bloqueado. Solo alcanzaba a ver dos fotos que la mostraban en una silueta misteriosa y etérea.

Karina siempre había sido un gran misterio. Esas mujeres que aparecen y desaparecen de la vida de cualquiera con esa facilidad con la que se pueden cambiar de ambiente y de imagen. Ahora se veía de cabello corto y una silueta estilizada que estimulaba su libido. ¿Qué será ahora de su vida? esa pregunta giraba en su mente y comenzaba a obsesionarle al punto de llevarlo de vuelta a ese Motel.

Javier se arremolinó en el cuarto. En la recepción se habían sorprendido del hombre solo que llegó sin nadie. Aunque no hicieron preguntas intuían que alguien venía escondido en el asiento. Una práctica común en ese tipo de lugares.

Quiso encender la TV. Recordó que los canales solamente tienen películas porno. Desistió. se puso boca arriba y comenzó a evocar la figura de Karina. Sus contornos, la tersura de su piel. El brillo de sus ojos y esa profundidad en la cual cualquiera se podría perder. Cuando él la miraba fijamente ella esbozaba una ligera sonrisa y le decía: -No te claves, disfruta el momento por que nunca seré tuya-. Javier se estremecía. No entendía la liviandad de Karina ni sus misterios. Sabía que era imposible asir a alguien que es libre. Y Karina lo era. Era una mujer libre.

Cerró los ojos por un momento. Evocó el aroma de su respiración. El sabor de su saliva. El roce de sus dedos, los suspiros entrecortados y los gemidos sutiles al principio, estruendosos al final. Ella se entregaba como ninguna pero engañaba como todas. -Pensó-.

Un buen día Karina desapareció. Nunca dijo adiós. Parecía como si la hubieran secuestrado, como si la hubieran desaparecido uno de esos grupos de narcos y no habían pedido rescate por ella. Pensó que había sido así en un principio hasta que conoció a Alejandro.

En su desesperación por no encontrarla fué a la escuela de Karina para ver si alguien sabía algo, pero era normal que en una escuela de idiomas los alumnos fueran una población flotante. Nadie reparó en su desaparición. Alejandro se le acercó y le preguntó que por que tanto interés en encontrarla. Javier no supo que decir. Se quedó pensando en sus palabras. Esto le dió pié a Alejandro a hablar con alguien que a final de cuentas había padecido de lo mismo que Javier. Ambos habían sido abandonados por Karina.

Javier por un instante se enfureció. Karina lo estaba engañando con Alejandro. -Es una perra-, murmuró con toda la rabia que le encendía el cuerpo. Alejandro también se dio cuenta que ella le engañaba con Javier. Ambos compartían el deseo y el odio a la vez.

Como hombres ante la desgracia terminaron, después de media botella de tequila, como grandes cuates hablando de sus experiencias y sus odios ante esa mujer que los había engañado.

Pero...

Nunca le había prometido nada a Javier, nunca había aceptado ser su novia, entonces técnicamente no lo había engañado, ¿entonces lo había usado?, bueno, él también había disfrutado. Entonces no había nada que reclamar en estricta teoría.

Volvió a abrir los ojos. ¿quién sería entonces Karina en realidad si es que así se llamaba? nunca supo nada en realidad de ella. Más bien ella aparecía, él nunca tuvo necesidad de buscarla. Ella estuvo el tiempo necesario. Recordó una película en donde una nana decía: -Mientras más me odies más me quedaré, pero cuando no me necesites me iré-.

Retumbó en su cerebro esa frase. El necesitaba a Karina demasiado, la ansiaba, la deseaba. Entonces ¿Por que se había ido?.

El tiempo pasó. Las sombras se arrastraron lentamente desde el borde de la pared hasta el piso que el acariciaba boca abajo acostado en la cama y colgando los brazos. Tocaba el piso con los dedos como queriendo encontrar las huellas de ella.

De pronto sucedió.

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