Vinyl

Claudia comenzó a sentir las pulsaciones que le producía escuchar la música. Era como un pequeño ronroneo en la espalda y en las piernas. Un hormigueo que la obligaba a moverse.

Cerró los ojos.

Comenzó a sentir el ritmo, ese beat que retumbaba de manera constante y monótona. Que cambiaba cada 20 segundos de tono. Su cuerpo lentamente respondía al estímulo cada vez más creciente de la batería que abría la canción que escuchaba.

La voz del cantante comenzó con la melodía.

Claudia se transportó, comenzó a sentir cada vez más la necesidad de moverse, de dejarse llevar por el sonido que escuchaba y la inundaba completamente.

Recordó que llevaba puestas sus botas de vinyl. Negras. Altas. con un enorme tacón. Se entretejían con agujetas desde el empeine hasta casi por debajo de las rodillas.

Esas botas solamente se las ponía en ocasiones especiales. Se sentía sexy. Las botas hablaban con simplemente mirarlas. su textura lustrosa, brillante, negra, hablaba de su tendencia sado de forma velada o explicita para el observador perspicaz.

Comenzó a mover lentamente la cadera. De manera cadenciosa, sutil y sensual. Su cuerpo se movía suavemente con el ritmo del beat que escuchaba. El sonido se incrementaba.

El vinyl sugería una ropa interior negra debajo del abrigo que llevaba y que disimulaba su movimiento oscilante como péndulo con un vaivén latente.

Su corazón se agitaba y se aceleraba. Su respiración parecía que entonaba la melodía que escuchaba tan absorta.

Sus labios pintados de negro lentamente se abrieron y comenzaron a susurrar la melodía como si de un mantra se tratara.

El vinyl.

Se aferraba a su piel como una segunda piel, como si fuera evidente lo que hay atrás de esa piel que se antoja y sugiere. Que excita y devela.

Su cuerpo se encendía, parecía que iba a levantarse, levitar, fundirse con el mundo de sonidos que entraban por sus oídos y lavaban su alma, purificando sus sentimientos. Los movimientos eran cada vez más claros, definidos. Ya no le importaba nada. Solo sentir ese sonido que la inundaba, dominaba y sojuzgaba.

Sus manos hablaban.

Querían decir algo, no las podía detener, parecían cobrar vida propia con sus movimientos, por un momento parecía que querían seguir el beat, pero luego al parecer seguían la melodía. sus manos hablaban por si solas, sus uñas largas, cuidadas, pintadas de color negro, pero aún así, expresivas.

Sus ojos seguían cerrados como queriendo negar la realidad en la que estaba inmersa, abstraída del mundo y de su entorno.

Seguía moviéndose al ritmo de su IPod cuando me bajé del autobús. nunca me vió ni vió a los pasajeros que la veían hipnotizados por su sensualidad y exuberancia deseosos de seguir viédola bailar por siempre.

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