La canícula.

El radio había dejado de sonar, solamente se escuchaba la estática constante como ese sonido borroso y arrastrado de forma monótona.

El calor era insoportable. Parecía que todo se derretiría ante la intensidad del sol. No había ninguna brizna de aire. Nada se movía. Estaba todo envuelto en un sentimiento de inmovilidad y perpetuidad.

Marina apenas y podía moverse. Sudaba copiosamente por todos y cada uno de los poros de su piel. Parecía que la sangre se le diluiría y dejaría de ser espesa para evaporarse por los poros. Era la canícula. Esa época del año en que las temperaturas alcanzan las cotas más altas y cualquiera puede cocer un huevo en la banqueta.

El verano estaba por terminar. A lo lejos se escuchaba el zumbido de un ventilador que se esforzaba por arrojar algo de aire en esa asfixiante atmósfera. Nada pasaba. Nada se movía. Parecía que el ventilador arrojaba más calor que aire.

En la calle no había ningún alma que se atreviera a caminar. Ningún auto a pesar de todos tener vidrios polarizados y aire acondicionado. Pero eso no era suficiente. El sol sobrecalentaba la lámina, forzaba los compresores hasta hacerlos reventar y se apoderaba de todo aquello que pudiera dar un respiro ante su implacabilidad y furia.

¿por que el sol se ensañaba tanto con esa región?. Los viajeros que se atrevían a llegar a la población huían despavoridos ante la agobiante sequedad y rabia del sol, -"Es el caldero del diablo"- decían. Marina comenzaba a creerlo.

Atrás de la casa se podían encontrar iguanas muertas, deshidratadas, cocidas por dentro debido al calor. Bueno, así no tenían que cocinarlas sino solamente sazonarlas para poder comerlas. A veces, cuando se podía, le ponían limón y sal. Cambiaba el sabor monótono de la carne al carbón. Ese sabor que ya tenía harto a medio pueblo, sin embargo se resignaban a comer todos los días de la semana por que no había nada más. Los refrigeradores no servían de mucho, la comida se echaba a perder rápidamente, más bien, casi inmediatamente, por lo que no había mucho que se pudiera preservar más que la carne diaria del rastro municipal. Alguna vaca que había fallecido días anteriores debido al calor.

Marina quiso tomar algo. Se sirvió un vaso con agua pero estaba caliente. Buscó entonces en la hielera una cerveza, el hielo se había desbaratado y el agua evaporado. No quedaba más que una cerveza caliente, amarga y desabrida. Se resignó.

De pronto le llegó a la cabeza esa canción que días antes había escuchado en el radio:

Rayando el sol, desesperación
Es más fácil llegar al sol que a tu corazón.
Rayando el sol...

¿Rayando el sol? ¿rayando el sol? ¡Que pendejos!, los voy a invitar a este pinche pueblo para ver si pueden hacerle una maldita rayita a este sol... rayando el sol... rayando a su pinche madre...

No hay comentarios: