Una historia de arrabal: la Santa Esperanza.

No podría vivir en el arrabal.
Ver como con esa parsimonía y dejadez pueden vivir su vida, sin ambición, sin ilusión.
Ahí, dentro de esos tejabanes habitaban familias enteras, reducidos a espacios mínimos y apenas habitables. Las paredes con espacios donde se cuelan los vientos, y por que no, los aromas producidos por las cocinas de otras casas.

Ahí vivía Darío. Un pequeño que había llegado al mundo gracias a la partera de la comunidad. una señora de carnes abundantes, aroma penetrante y sonrisa afable que había estudiado un semestre de enfermería en la escuela pública y que había desertado por falta de recursos para seguir estudiando debido a la muerte de su padre, por lo que tuvo que encargarse de su familia y sustento.

El padre de Margarita, la partera, había llegado de una comunidad lejana buscando una mejor oportunidad de vida cerca de la ciudad. Había llegado a la Santa esperanza años atrás siguiendo a los demás migrantes de zonas rurales a zonas urbanas en pos del sueño de progreso y bienestar que la revolución había prometido.
Nada de eso había pasado.
La realidad era otra, escaseaba el trabajo, los sueldos eran bajos y las jornadas extenuantes. Pero no se quería regresar a su pueblo. Pensaba que sería regresar como un fracasado, como si la misma realidad lo hubiera confrontado y regresado de un  golpe a refundirlo a ese pueblo del que un día había salido. A pesar de las condiciones en las que se encontraba, prefería malvivir en "La Santa esperanza" que regresar al pueblo de campesinos del que había salido. Ahora era un citadino.

Don Prisciliano no había sido un hombre muy fiel, como lo eran en su pueblo, había tenido varios deslices entre las mujeres de "La Santa Esperanza", pero según él, nada de que preocuparse. Hasta ese día que se enteró que Cinthya, una de las mujeres con las que había estado, había quedado embarazada.

Cinthya era una mujer mayor en su pueblo natal: Zacatipécuaro. Ya tenía 15 años y no se había casado. El pueblo ya la veía como una mujer que se quedaría para vestir santos. Era muy devota y religiosa. Todos los días acudía a la iglesia para pedirle a dios que le enviara un marido.

La pobre imagen de San Antonio debió haber estado mareado y víctima de vómitos a causa de estar tanto tiempo de cabeza y sin cumplir el milagrito de conseguirle un marido. Cinthya un día dejó de rezar. dios y San Antonio se habían olvdado de ella. Un día llegó una señora en un auto preguntando si alguna mujer del pueblo quisiera irse con ella para ser sirvienta en su casa. Cinthya no lo pensó ni un minuto. Era su oportunidad. Se subió a ese auto y no volteó para ver lo que dejaba atrás: familia, amistades y el  San Antonio que no le cumplió el milagro.

Cinthya pasó 27 años trabajando en la casa de la señora que la había sacado del pueblo para llevarla a la gran ciudad. Trabajó con esmero y dedicación hasta el día en que la señora murió de una embolia fulminante. Después del sepelio le dieron la noticia: ya no tendría trabajo. Debía buscarse un lugar para vivir.

Miguel, el chofer, estaba en la misma situación. Pero Miguel vivía en La Santa Esperanza, la invitó a irse con él. Ella aceptó. no sabía que Miguel era soltero. Era fuerte y atractivo, ya pasado en años. No comprendió por que aquél hombre vivia solo hasta que viviendo con él descubrió su secreto.

Miguel era un citadino de nacimiento, sus padres habían vivido ahí desde muchos años atrás y provenía de una familia de clase media. Conocía la ciudad y sus recovecos, había aprendido a manejar desde muy pequeño.

A los 14 años, cuando sus compañeros estaban inquietos con el despertar de la pubertad y observaban a sus compañeras, Miguel en secreto, se estremecía con sus compañeros. No entendía por que no sentía lo mismo que sus compañeros y las jovencitas, él se sentía diferente y atraído por los hombres.

Miguel guardó su secreto celosamente, trataba de acceder a las presiones de sus padres para que saliera con chicas de su edad y consiguiera novia. Nunca pudo. Aunque muchas pretendientes desfilaron por su casa.

Cierto día su padre lo descubrió besándose con un amigo de la cuadra. El horror y la furia que se desencadenó después de ese suceso fue un verdadero infierno. Maltrecho y lastimado, herido en el orgullo y en el alma, decidió huir de la casa. Vagar sin rumbo en la gran ciudad, ser autosuficiente, convertirse en hombre aunque sus deseos carnales fueran otros.

Así llegó a la Santa Esperanza. Golpeado, maltrecho y hambriento. Don Prisciliano lo ayudó y le dio cobijo, lo curó y alimentó. Jamás le preguntó por que llegó así, ni de donde venía. Nunca cuestionó su origen. Él solamente lo adoptó. Algunos de La Santa Esperanza decían que había algo extraño entre ellos, no se veían como padre e hijo, o padrino y ahijado. Pero en La Santa Esperanza nadie preguntaba nada. nadie veía nada pues todos tenían sus propias historias.

Así que cuando Miguel llegó a la casa de Don Prisciliano con Cinthya no hubieron preguntas. Simple y sencillamente las cosas siguieron su curso. Cinthya comenzó a acostumbrarse a su nueva vida. Limpió y arregló la casa con esmero y dedicación. Se apoderó de su nuevo hogar y decidió ser feliz.

Con el tiempo, Don Prisciliano comenzó a ver ese cuerpo de mujer madura y maltrecha, sus movimientos sutiles, sus ritmos y cadencias. Cada día se inquietaba más y buscaba momentos para observarla a hurtadillas, de reojo, intencionadamente.

Cinthya al principio no se percató de las miradas y de los roces. Pero con el tiempo comenzó a acostumbrarse a ellas y buscaba provocarlas, las disfrutaba. Nunca antes un hombre se había fijado en ella y la deseaba con tanta intensidad.

Cinthya decidió irse el día que supo el secreto que existía entre Don Prisciliano y Miguel. Se sintió ofendida, confundida, extrañada. Decidió irse sin más. Don Prisciliano entendió y se sintió aludido. La Santa Esperanza por primera vez rumoró. Veían a Don Prisciliano y a Miguel con ojos extraños, distantes y escrutadores.

Don Prisciliano entonces comenzó a distanciarse de Miguel, en la calle de manera evidente volteaba a ver a las mujeres que pasaban. Quería que lo vieran como el hombre que era. Flor, una mujer ya pasada en años y en carnes comenzó a sentirse aludida con esas miradas, comenzó a desfilar frente a Don Prisciliano, éste reaccionó, y después de varias escaramuzas, escarceos y coqueteos, el matrimonio se llevó a cabo entre rumores y beneplácitos de los presentes y ausentes.

Don Prisciliano y Flor tuvieron una hija: Margarita. Rolliza y sonriente. Con el tiempo y la rutina la monotonía comenzó a hacer estragos en el matrimonio.

Miguel un día amaneció muerto en una barranca. Estaba desnudo y sangrando. Dicen que los de la pandilla del rojo lo mataron por acostarse con Lucinda, su novia. Dudaban de que así fuera. El crimen nunca se esclareció.

Cinthya fué a buscar a Don Prisciliano para aivsarle de la muerte de Miguel. Lloraba desconsoladamente. Don Prisciliano trató de consolar el llanto de Cinthya. Sus cuerpos reaccionaron inmediatamente. Una semana después Cinthya descubría el ardor y la pasión en manos de Don Prisciliano que reavivaba su pasión largamente aletargada por la indiferencia de Flor.

Cinthya se frecuentó con don Prisciliano, pero un buen día desapareció. Nunca supo por que dejó de ir a sus citas románticas, desnfrenadas hasta años después en que se presentó un joven llamado Rafael. Tenía su mismo porte y su mirada. Cinthya había quedado embarazada y había huido por eso. Ahora este joven se presentaba con una carta que decía que era su hijo y que Cinthya en lecho de muerte se lo encargaba. La impresión fue lo suficientemente fuerte para matarlo de un infarto. Flor, Margarita y Rafael lo velaron durante tres dias.

Darío jugaba con una fotografía que tenía de su abuelo en donde aparecía recargado en un auto junto con otra joven. Apenas y se podía percibir un leve roce en esa imagen que develaba su relación intima. En la foto aparecía Miguel con Lucinda, la novia del rojo.

Lucinda quedó embarazada de Miguel, pero le dijo al Rojo que era suyo. El Rojo así lo aceptó y luego se casó con Lucinda hasta que nació Darío. El rojo fué abatido en un tiroteo con una pandilla rival dias después.

Así, Darío crecía en La Santa Esperanza, esperando un día salir de ahí y tener una vida distinta a la que veía en esa foto de sus padres...

¿Quién es ella?

-Quién es ella?- Preguntó Marinthia.

Él se quedó pensativo por un instante, parecía que escogía las palabras. Daba la impresión que iba a los expedientes de la memoria y tomaba esos documentos para conformar un reporte en base a su experiencia y su historia.

Cerró los ojos y comenzó a hablar.

-Ella es esa mujer que alguien desconoce. Ella, es la madre que la novia no tolera. Ella, es la mujer que desconoce a la esposa y de pronto se entera de su existencia.

Ella, es la esposa que se acaba de enterar de que su marido tiene una amante. Ella es la amiga incómoda, la desconocida. Ella es la novia que la madre no conoce pero que provoca esa punzada de celos maternos cuando descubre ese brillo de amor en un hijo y se da cuenta que lo ha perdido para siempre.

Ella es una desconocida que pronto se devela, se descubre, se conoce.

Ella es la palabra incómoda, el secreto, el silencio. Es el ente mistico que provoca algo en el otro, en la otra. Es ese sentimiento despectivo ante una desconocida que aparece súbitamente en la vida de alguien.

Es la inombrable, la que rompió el corazón, la que se evoca en los sueños secretos, la que se ha ido. La que provoca la embriaguez del alma. La que produce la embriaguez del cuerpo y despierta el deseo por el canto dolido en canciones de olvido, desesperación y tristeza.

Ella es la que logra arrancar suspiros, evocaciones, silencios y misterios. Ella es la que logró arrasar con la voluntad, con las memorias, la que supo despertar sensaciones que nadie más puede. Ella es una tirana, ella es una traidora, un ente maligno.

Ella es la que desafía, la que compite, la que arrebata. Ella es la que produce envidia, coraje, desprecio.

Ella es inpalpable, inalcanzable.

Ella es lo que la otra pudo ser, lo que hubiera querido que fuera. Ella es lo que él quiere, lo que hubiera querido que se fuera. Ella es lo que no se tiene, lo que se carece, lo que se envidia.

Ella existe en el otro, en la otra. Es parte de la otredad. La visión difusa de alguien latente, vibrante que forma parte del mundo suprarreal pues no se conoce pero se sabe que estuvo o que está ahí.

Ella es la sensación, es el vestigio en la piel, el murmullo y los recovecos. Ella es la emoción, el coraje, la representación de la herida, la manifestación del desprecio y el coraje

Ella... es simplemente ella.-

Marinthia se quedó pensativa. Nunca había pensado en tantas descripciones de "ella". Ella no estaba involucrada en una relación sentimental en aquel momento pero sabía que "ella" siempre estaba presente. Ahí, frente a ella.

El escritor le había abierto una puerta al definirle lo que significa "ella". Ahora estaba en ella convertir a esa "ella" en alguien.

Encendió su computadora y comenzó entonces a escribir...

Se aproximó como si de Lilith se tratara.
La veía como ese súcubo
que había seducido a aquel hombre,
su hombre.
Quería saber como se llamaba,
Quien era y de qué magias disponía,
embrujaba, hipnotizaba y distraía.
Quería destruirla.
Robarle el brillo de los ojos,
Los secretos de alcoba y deseos,
dejarla seca, sin ningún rastro de él.
De su piel y sus incendios.
Beberse hasta la útima gota del sudor,
y la saliva de los besos.
Arrancarle con las uñas los resquicios
de piel y los susurros.

Pero no se detuvo y siguió de largo.
Solo alcanzó a decir:
Por fin la conozco, Ahí está ella.

No me gusta el café hervido...


No me gusta el café hervido. Parece orín de venado. Aunque siempre me han dicho eso nunca he sabido a que sabe el orín de venado. Probablemente alguien lo probó y de ahí surgió el mito.  Solo me gusta el café recién hecho. Es como si la tierra se esmerara en colocar todo su sabor, su aroma y profundidad en esa agua negra y humeante que chismea con el aroma los placeres a disfrutar.

Antes no me gustaba el café, prefería el refresco. Esos litros y litros de coca cola que tomaba. Parecía que quería mitigar algún sentimiento a base de burbujas y hielos. como si los congelara, como si los ocultara. Al fin y al cabo solo sustituí el café por la coca cola, ambos son bebidas negras, obscuras como la noche. Extraña polarización. Ambas negras una se disfruta fría la otra se disfruta caliente.

Las mañanas son lo mejor. Ese amanecer frío de Guanajuato. La mañana escampando. La niebla disimulando los contornos de las siluetas de las casas haciéndolas brumosas. Ese delicioso aroma a tierra mojada por el rocío de la mañana. Que delicioso es el café recién hecho.

Doña Carmela es la que lo prepara. Hierve el agua, luego en un colador de tela blanca de algodón pone el café recién molido y hace pasar el agua hirviendo por ese colador que -con forma de calcetín- filtra y separa el café elaborado del grano molido extrayendo el alma y el espíritu de la semilla. Yo solo me sirvo una taza y dejo que como sahumerio el humo del café me inunde el rostro para santificarme, purificarme, relajarme.

Me gusta sentarme en la mesa de la cocina. Esa cocina con tantas y tantas historias por contarse, con trastos viejos y cochambrosos en los cuales se han elaborado una infinidad de platillos para una gran cantidad de comensales. La silla es de madera maciza, esa madera de la que parece que ya no hay o no se consigue. Ahora todo es de aserrín comprimido. La silla ya es vieja, con ese diseño de antes que acentúa su antigüedad. me gusta sentarme en esa silla, de frente a la mesa. Me queda el fogón de Doña Carmela de lado izquierdo y desde ahí puedo ver las maravillas que hace con los platillos que prepara.

Que rico es el café recién hecho. Ese sabor terroso, amargo-dulzón.

Me gustan las tazas de peltre. Podría escoger las de porcelana, pero me gusta el peltre. Su color azuloso. el ruido que hacen al golpear. Me gusta saborear el café en esa taza. Quizás por que acentúa el sentido de tradición que envuelve el lugar.


Me gusta despertar con mi café. Ver por la ventana la imagen típica del campo mexicano. Las montañas, los magueyes. Esa ventana al mundo, esa ventana que hace que se me pierda la mirada por horas en lo que voy saboreando mi café con tragos cortos y pequeños. Así poco a poco voy despertando a la vida.  Creo que los bebés deberían ser recibidos a la vida con un sorbo de café para que se vuelvan despiertos, inquietos y que abracen desde pequeños a la vida y no esperen a ser mayores para descubrir que el café es algo que los hará reaccionar todos los días.

No me gusta el café hervido, parece orín de venado.

Doña Carmela ha muerto hoy. No hay quién me prepare un café. Ya nadie lo hará como ella. Tengo que resignarme pues a un café hervido, hecho en una máquina sin ningún cariño ni afecto, sin ningún sentido que me llene ni me evoque ningún sentimiento.

Vayan pues 15 pesos por un vaso de poliestireno de 455 mililitros de café Aldatti hervido, amargo y agrio que solo me hacen darme cuenta que extrañaré demasiado a Doña Carmela.

Que descanse en paz, yo lo haré también cuando vuelva a encontrar a alguien que sepa hacer un buen café.

El tatuaje...

Jimena había acudido al salón Dragón azul. Quería hacerse un tatuaje sin saber a ciencia cierta por qué.

Vio cuidadosamente los dibujos de tatuajes que se habían colocado en la pared del salón. Habían distintas figuras de animales, símbolos, púas, flores, imágenes de personajes. No encontraba aquello que buscaba.

Quería que ese símbolo representara su totalidad, su individualidad. No quería tomar esa marca a la ligera. Sabía que sería permanente y que no podría eliminarlo jamás.

Difícil de decidir sobre una figura ya preestablecida. ¿debería diseñar una para que el tatuador se la realizara? ¿que parte del cuerpo debería tener ese símbolo?. Decidió mejor salirse de ahí, no estaba convencida de que en realidad pudiera elegir algo acertado y definitivo. Buscó entonces por Internet algo que le atrajera.

Después de varias semanas obsesionada por ese símbolo que la definiera, quedó hastiada y harta de tanto buscar. Desistió de la idea del tatuaje.

...

Jimena despertó de improviso. Estaba sudando. Del rostro le escurrían gruesas gotas de sudor. Estaba hiperventilando y con los ojos desorbitados. Había tenido una pesadilla. No sabía como interpretar lo que había soñado. Seguía muy alterada.

Más calmada bajó a la cocina y tomó un vaso con agua. Comenzó a recordar el sueño.

Caminaba en el parque donde había jugado de niña, se había visto como de 8 años. Un personaje misterioso la seguía. El parque estaba solo y en un estado lúgubre, diáfano. Pensó en su padre, quería que estuviera ahí. Percibía la presencia de ese personaje misterioso muy próxima. Era indescriptible esa angustia que sentía, trataba de correr pero parecía que lo hacía en el mismo sitio. Desesperada quería gritar pero las palabras parecía que se enredaban en su lengua y no podía articular ninguna.

El ser se le aproximaba sigilosamente. No podía verlo, no podía decir de que lado vendría solo sabía que estaba cerca... Sintió entonces su respiración atrás de la oreja y experimentó el mayor miedo que hubiera sentido en la vida, el vello detrás de la nuca se le erizó. Fue cuando se despertó de pronto.

Trató de olvidar ese sueño.

Días después soñó nuevamente lo mismo y despertó de la misma forma. No entendía por que volvía a soñar lo mismo, porque su mente trataba de martirizarla de esa manera. ¿por que volvía a soñar lo mismo?. No pudo ver al ser nuevamente, pero se despertó en el mismo instante en que éste volvía a estar detrás de su oreja, pero ahora escuchó algo como un susurro. No pudo saber que le dijo por que en ese momento se despertó.

Varias veces volvió a soñar lo mismo. Era un sueño recurrente y obsesivo que su mente parecía jugarle. Poco a poco comenzó a acostumbrarse a esa pesadilla, aunque siempre se despertaba en el mismo instante.

Un día decidió entonces resistir, ver que era lo que el ser le quería decir, decidió confrontarlo, encararlo.

Soñó nuevamente que estaba en ese parque jugando, cuando sintió nuevamente la presencia. Por un instante quiso huir pero se repuso, volteó para esperar lo que venía. Tragó saliva, contuvo el grito. Pero el ser se aproximó por la espalda y ella sintió cuando nuevamente respiraba en su cuello. Ahogó la ansiedad que tenía por salir corriendo. Volteó lentamente.

Ahí estaba ese ser informe, negro y translúcido que parecía flotar en el aire. La tomó del brazo. Ella se resistió. Él la tomó con mayor fuerza, Ella sabía que no se soltaría tan fácilmente. Trató de liberarse. El ser la detuvo por la fuerza y luego de su extraño brazo emanó un resplandor que comenzó a quemarle el brazo. Jimena se retorció de dolor, sentía como su carne se chamuscaba, como cedía ante el calor del ser. Ella no pudo más y gritó... todo sucedió en un instante. En el momento en que ella gritaba y se despertaba, en ese momento el ser se introducía completamente a través de la herida del brazo.

El grito estremeció a los vecinos que no supieron quien había gritado ni por qué, solo sabían que era un grito de terror. Jimena quedó exhausta y se volvió a dormir profundamente.

Cuando despertó se sintió feliz y liberada. El sueño solo había sido un sueño y había vencido al ser. Recordó que antes de despertarse había visto el tatuaje que le había hecho el ser en el brazo. Descubrió que era lo que estaba buscando desesperadamente. Era su símbolo y el ser se lo había dado.

Por la tarde acudió al Dragón azul para tatuarse.

El tatuador se sorprendió. Nunca había visto un tatuaje así, decidió hacerlo con esmero tal como se lo había pedido Jimena.

Salió entonces satisfecha de que al fin tenía el tatuaje que quería y formaba parte de ella.

...

Jimena sintió un extraño escozor en el brazo, precisamente donde se encontraba el tatuaje. Rascó la zona para aliviar la sensación. Y todo sucedió como un remolino.