No me gusta el café hervido...


No me gusta el café hervido. Parece orín de venado. Aunque siempre me han dicho eso nunca he sabido a que sabe el orín de venado. Probablemente alguien lo probó y de ahí surgió el mito.  Solo me gusta el café recién hecho. Es como si la tierra se esmerara en colocar todo su sabor, su aroma y profundidad en esa agua negra y humeante que chismea con el aroma los placeres a disfrutar.

Antes no me gustaba el café, prefería el refresco. Esos litros y litros de coca cola que tomaba. Parecía que quería mitigar algún sentimiento a base de burbujas y hielos. como si los congelara, como si los ocultara. Al fin y al cabo solo sustituí el café por la coca cola, ambos son bebidas negras, obscuras como la noche. Extraña polarización. Ambas negras una se disfruta fría la otra se disfruta caliente.

Las mañanas son lo mejor. Ese amanecer frío de Guanajuato. La mañana escampando. La niebla disimulando los contornos de las siluetas de las casas haciéndolas brumosas. Ese delicioso aroma a tierra mojada por el rocío de la mañana. Que delicioso es el café recién hecho.

Doña Carmela es la que lo prepara. Hierve el agua, luego en un colador de tela blanca de algodón pone el café recién molido y hace pasar el agua hirviendo por ese colador que -con forma de calcetín- filtra y separa el café elaborado del grano molido extrayendo el alma y el espíritu de la semilla. Yo solo me sirvo una taza y dejo que como sahumerio el humo del café me inunde el rostro para santificarme, purificarme, relajarme.

Me gusta sentarme en la mesa de la cocina. Esa cocina con tantas y tantas historias por contarse, con trastos viejos y cochambrosos en los cuales se han elaborado una infinidad de platillos para una gran cantidad de comensales. La silla es de madera maciza, esa madera de la que parece que ya no hay o no se consigue. Ahora todo es de aserrín comprimido. La silla ya es vieja, con ese diseño de antes que acentúa su antigüedad. me gusta sentarme en esa silla, de frente a la mesa. Me queda el fogón de Doña Carmela de lado izquierdo y desde ahí puedo ver las maravillas que hace con los platillos que prepara.

Que rico es el café recién hecho. Ese sabor terroso, amargo-dulzón.

Me gustan las tazas de peltre. Podría escoger las de porcelana, pero me gusta el peltre. Su color azuloso. el ruido que hacen al golpear. Me gusta saborear el café en esa taza. Quizás por que acentúa el sentido de tradición que envuelve el lugar.


Me gusta despertar con mi café. Ver por la ventana la imagen típica del campo mexicano. Las montañas, los magueyes. Esa ventana al mundo, esa ventana que hace que se me pierda la mirada por horas en lo que voy saboreando mi café con tragos cortos y pequeños. Así poco a poco voy despertando a la vida.  Creo que los bebés deberían ser recibidos a la vida con un sorbo de café para que se vuelvan despiertos, inquietos y que abracen desde pequeños a la vida y no esperen a ser mayores para descubrir que el café es algo que los hará reaccionar todos los días.

No me gusta el café hervido, parece orín de venado.

Doña Carmela ha muerto hoy. No hay quién me prepare un café. Ya nadie lo hará como ella. Tengo que resignarme pues a un café hervido, hecho en una máquina sin ningún cariño ni afecto, sin ningún sentido que me llene ni me evoque ningún sentimiento.

Vayan pues 15 pesos por un vaso de poliestireno de 455 mililitros de café Aldatti hervido, amargo y agrio que solo me hacen darme cuenta que extrañaré demasiado a Doña Carmela.

Que descanse en paz, yo lo haré también cuando vuelva a encontrar a alguien que sepa hacer un buen café.

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