La niña de Guatemala...

Había por fin terminado la secundaria, no con muchos méritos pero lo más importante es que había aprobado el examen de admisión en una preparatoria de renombre. Así, comenzaba pues todo el largo peregrinar que -no me imaginaba- me llevaría muy lejos de mi tierra. Aún así, me encontraba muy contento y animado en compañía de mis amigos.

La algarabía estaba presente, ese ánimo de haber vencido otra vez y que el mundo se abría un poco más para ser conquistado. Así que, terminando las clases se comenzaron a hacer reuniones para reafianzar los lazos de amistad.

Uno de esos días de vacaciones se nos ocurrió ir al cine, alguna película interesante o al menos lo suficientemente buena para pasar el rato, -no importaba-, lo importante era estar juntos y aprovechar el tiempo antes de partir cada uno por su rumbo, cada uno a recorrer su propio camino.

Terminando la película veníamos saliendo del cine, unos empujándonos, otros riendo o pensando a donde nos dirigiríamos en ese momento. De pronto, en el pasillo, junto a una amiga de años atrás que había estudiado en otra escuela, estaba ella, ahí, tímida y sonriente, con ese brillo en los ojos que solo la inocencia y la alegría que uno tiene a los 14 años.

Me vió y me sonrió. Hacía ya 2 años y medio que no la veía. la última vez que la ví ella tenía 11 años y yo 12. Aún la recordaba de shorts y una camiseta como de toalla, con unos walkmans en la cintura y una coquetería que a mis 12 me daba miedo. no sabía como reaccionar.

Ahora a los 14 parecía más seria, mas inocente, pero había cambiado, se comenzaba a convertir en mujer. Ese lento despertar de una crisálida que aspira a ser mariposa, que comienza a mudar, a transformarse en algo más.

Mi amiga me llamó. Me acerqué con ese aire de suficiencia y de seguridad que a los 14 años uno quisiera tener pero que solo disimula la inseguridad propia de la edad. La saludé. Sonrió tímidamente. Le pregunté que cuando había llegado. Tenía apenas dos días, se quedaría 15 más. Sonreí. Ella no dejaba de verme a los ojos. Brillaban extrañamente.

Decidimos ir a tomar un café. Las invité. Aceptaron ir con nosotros. Íbamos en grupo, eramos como 18 caminando en la calle buscando extrañamente un café que pudiera albergarnos a todos y tuvieran la paciencia suficiente para tolerar los desmanes y el limitado consumo de un café por cada uno, pues dinero no teníamos.

Platicamos largo rato. Me gustó su voz cantarina, esa sonrisa abierta. -Tienes un lunar en el dedo- le dije, Sonrió. -Siempre lo he tenido- Me respondió. Fué un excelente truco para poderla tomar de la mano y ver sus dedos, sentir su piel que pronto se puso húmeda ante el contacto con mis manos. Se sonrojó.

Por la noche se fué. Me volvió a gustar otra vez -como cuando tenía 12 años-. Quería verla de nuevo y platicar con ella. Mis amigos nos habían visto y sonreían maliciosamente. Decían que algo había entre los dos. Hasta ese momento... nada.

Nos vimos varios días más, era hermosa, la piel morena, cabello negro, sus ojos café obscuro que brillaban con esa intensidad que necesitaban que los párpados dirigieran la mirada hacia abajo para disimular ese resplandor que parecía inundar todo.

Cierto día hubo reunión en la casa de uno de mis amigos. Sabía que ella iría por que eran vecinos. Me moría de ganas de llegar y verla. Conté los minutos para que diera la hora y poder llegar. Cuando llegué no había llegado. Me decepcioné un poco.

A la media hora ella llegó junto con dos amigas. Una de ellas era la amiga en común que teníamos: Lorena. Ella me tomó del brazo y me llevó a la parte de atrás. Quería hablar conmigo. Me dijo que le gustaba a su amiga, pero que era muy penosa. Me sentí muy orgulloso, hasta cierto punto en control, ella quería conmigo, pero yo quería darme importancia. Le dije que las cosas se darían y que con paciencia saldrían, que no me presionaran.

Me sentí extraño, Jamás me había sentido así, tenía apenas 14 años y era la primera vez que me enteraba que le gustaba a alguien. De todas maneras había que aparentar otra cosa. La tarde discurrió sin incidentes, yo procuraba estar cerca de ella, aunque cada vez que estaba cerca se quedaba callada y evitaba verme de frente.

Sabía que se tenía que ir pronto, decidí no perder oportunidad. Le pedí que me acompañara arriba, quería que estuviéramos solos. Nadie subió o misteriosamente alguien prevenía a los de abajo y los disuadía para que no subieran. nos quedamos solos. Sus ojos brillaban con mayor intensidad a pesar de tener la cabeza baja. veía hacia arriba en un gesto que parece ser la contradicción entre decisión y timidez.

En el momento en que pareció distraerse me acerqué lentamente, pareció no notarlo. Me aproximé un poco más y ella me vió a los ojos tímidamente, entendí la señal, me acerqué y la besé suavemente. Ella apenas y pudo reaccionar.

Era nuestro primer beso.

Sentí sus labios gruesos y suaves, el aroma de su respiración, el sudor de sus manos que se mezclaba con el de las mías. entreabrí los ojos en secreto y pude ver sus ojos cerrados, casi podía ver a través de sus párpados el brillo y lo que pasaba por su mente.

Ese era el primer beso, y el comienzo de una historia atribulada y tormentosa.

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