Don Martin y el cine Variedades

Don Martín siempre había deseado ser piloto aviador. Aunque en esas fechas era muy difícil pues los estudios eran por demás impagables, más para un niño de un pueblo pequeño que tendría que viajar hasta la capital para poder estudiar aviación.

Su papá era dueño del Cine "Variedades". Lo habìa comprado con arduo trabajo y tezón con la idea de sacar adelante a su familia. Los costos operativos eran mayúsculos, sobre todo debido a que el cine contaba con solamente una sala. Pagar pues los derechos de las películas y proyectarlas durante 2 semanas era muy riesgoso ya que si ésta no era buena, la gente del pueblo que acudía a la función de estreno no la recomendaba por lo que se pasaban 2 semanas arduas esperando a que llegara gente o llegaran las películas nuevas para recuperarse.

A veces Don Martín se tenía que hacer cargo de la dulcería. Le gustaba hacer palomitas y ponerlas en esos vasos altos para que la gente se divirtiera durante la función. Agregar el aceite y la sal junto con el maíz en la cacerola que ardía con el calor de la estufa de gas y disfrutar de ese seductor aroma de las palomitas recubiertas de mantequilla.

Odiaba cuando le tocaba limpiar los sanitarios entre función y función o después de los intermedios. No entendía por que la gente podía ser tan sucia en tan poco tiempo.

La suciedad del cine aumentaba con las películas de terror, -es el ansia que provocan este tipo de películas- decía su padre. La gente compraba más palomitas, dulces o refrescos y era cuando más sucio quedaba el lugar.

Con el tiempo, la gente comenzó a dejar de ir al cine. -Quizás sea bueno comenzar a proyectar películas pornográficas- le habían sugerido a su padre, éste se negó rotundamente. Seguiremos proyectando películas de calidad. Ahora, por el precio de un boleto se podrían ver dos películas. Surgió entonces la "permanencia voluntaria".

Las primeras funciones estaban repletas de niños y adolescentes. Por las noches, las parejas se acurrucaban y escondían de los presentes en la platea para que nadie los viera. En esa época las sillas eran de madera por lo que se podía fumar durante la película. La parte de arriba era de fumadores y parejas ansiosas, la de abajo, de gente seria y decente (aunque siempre envidiara en el fondo a los de arriba).

Don Martín recordaba con cariño esa época de esplendor del cine "Variedades" en el pueblo. Él seguía con el sueño de ser aviador. Aún a pesar de que su padre ya había fallecido hacía 5 años y ahora él se hacía cargo del cine. 

Nuevamente la gente estaba ´dejando de acudir al cine, -son los videocentros- decía la gente. Don Martín se sentía cansado ya por tanto recorrer las calles entregando los programas del cine casa por casa. Los entregaba en mano, o por debajo de las puertas, sabía bien quién iba al cine, conocía a todos o casi todos. Los había visto llegar solos o acompañados, conocía sus secretos, sus susurros, los silencios. 

Todo aquello que no se podía decir o ver, el lo conocía, se había acostumbrado a la penumbra, a la distracción que provocaba la imagen proyectada en la pantalla para enfocarse en la gente que acudía y se liberaba ahí, ya sea identificándose con el protagonista, o entregándose al de al lado. 

De pronto se le ocurrió algo, llegó como una inspiración divina. El cine ya no sería lo mismo. La publicidad haría su aparición. ¿cómo entregar más programas del cine en el menor tiempo? ¿con perifoneo?, ¿contratando a más personas que hicieran el reparto?

Se acordó de su pasión por ser piloto, comenzó a doblar lentamente el programa de ese día que incluía la película "Tiburón" a las 3:40 y 8:25 y "Roller boogie" 5:20 y 10:40 hasta hacer un pequeño avión de papel. Luego hizo otro y otro más. Cuando se dió cuenta había doblado todos los programas con forma de avión.

Se subió a su Dart modelo 65 y comenzó a recorrer las calles de la ciudad. Había encendido el perifoneo anunciando las películas para ese día y cada vez que veía una puerta abierta, una tienda o un hotel, sacaba uno de esos avioncitos, afinaba la puntería y los arrojaba por la ventana sin dejar de ver hacia el frente. Algunas veces era más certero que otras. A veces arrojaba esos avioncitos de papel a los transeuntes que caminaban por las calles. 

La gente pronto se acostumbró a encontrar esos avioncitos en las puertas de sus casas y negocios, en la calle o en las esquinas. Ya no habían programas doblados, solamente avioncitos anunciando las funciones del dia de hoy y el de mañana.

Cuando murió Don Martín, ya nadie hizo los avioncitos. Ahora casi nadie se acuerda de aquél hombre que quería ser piloto aviador y logró serlo por medio de todos esos avioncitos arrojados durante años por toda la ciudad de San Cristóbal de las Casas y sus rincones para anunciar las películas del cine "Variedades".

Este es un pequeño tributo a su memoria y el recuerdo de esos extraños sucesos que eran cotidianos en la ciudad.    

1 comentario:

Carlos V. dijo...

¡Qué buen tributo! Hoy en día hay poca gente que lucha hasta el final.
Saludos.