1988 Diciembre 13

Quizás lo más atípico de ese día había sido que, como 12 de diciembre, todos en la casa habían salido menos yo. Me había quedado en casa después de un altercado con mi papá. La pared del pasillo que conduce a la cocina tenía una mancha por el paso y el tiempo. Mi papá había sacado una brocha y había pintado sobre esa mancha tratándola de disimular, pero ésta había quedado peor. Le reclamé.

- Si no te gusta, entonces píntala tú- Me espetó luego de decirle que se notaba el resane.

Le tomé la palabra. Agarré el bote de pintura, una brocha y me puse a pintar todo el pasillo. Por la tarde me había dado cuenta que había terminado y seguía con ese impulso por seguir pintando. Me seguí literalmente hasta la cocina. Mis padres habían salido a una comida y mis hermanos estaban en algún lugar. Mi hermano prodigio había exentado todos sus exámenes por lo cual había regresado días antes de que terminaran las clases y estaba con sus amigos divirtiéndose.

Por la noche, al llegar mis padres a casa, se sorprendieron al ver todo pintado. No me percaté del estremecimiento extraño de mi papá al entrar en ese pasillo y ver todo pintado por mi. Yo tenía 16 años.

Eran las nueve de la noche. Había terminado por ese día y me disponía a cenar. Curiosamente mi papá quiso acompañarme. Estuvo conmigo en lo que me preparé unos “huevos al albañil“. mis favoritos en esa época. Pacientemente estuvo en el comedor en lo que yo terminaba de cocinar y me acompañó a cenar. Poco recuerdo de esa conversación. Quizás rondó sobre la pintura y mis malas calificaciones. Yo no era tan prodigio como mi hermano mayor, el primogénito... el favorito.

Al terminar, nos fuimos a acostar. En el umbral de las escaleras me despedí de él. El me miró extraño, como distante, absorto en un mundo alterno. El brillo en sus ojos era opaco, quizás apesumbrado. Luego me besó y me dijo casi como un suspiro, casi como un suplicio:

- Gracias Paquito, Gracias hijo. Que dios te bendiga-

Sonreí. Lo abracé y le di un beso. Dos días antes había estado en mi cuarto hablando conmigo sobre mis dos materias reprobadas, después de haber hablado conmigo, bajó diciendo casi las mismas palabras:

- Gracias hijo, gracias por estas calificaciones-

Pero ahora el tono era distinto, lejano, displaciente, reconfortante en sí. Para mí era como una brisa fresca después de la tormenta de mis calificaciones y desempeño fallido en la preparatoria.

Me subí a dormir. Mi hermano ya estaba casi dormido. Mi hermana había subido enojada con mi papá. Aún no recuerdo porqué.

......

7:19 am Diciembre 13, 1988

Mi hermana entra a mi habitación. Misteriosamente la percibo antes de despertar. Siento como llega con paso vacilante, bloqueada, ausente. Se para en el umbral de mi cuarto, abre la puerta y dice casi como una sentencia abyecta:

-Mi papá se murió-

Mi cuerpo reacciona antes que yo, brinco de la cama aún dormido. El tiempo se expande, veo el salto de mi hermano al mismo tiempo que el mío, veo como danza y arroja la cobija al suelo aún con la cara de extrañamiento igual que la mía. Solo alcanzamos a decir:

-¿Dónde está?

Señala hacia las escaleras. Los dos nos precipitamos. Procuraba ir más lento que mi hermano, no quería llegar o más bien quería que él llegara primero. El pasillo se me hizo eterno, infranqueable. Corrí lo más rápido que pude detrás de mi hermano sin darnos cuenta que dejábamos atrás a una niña de catorce años  estupefacta y en estado catatónico.

En esos segundos que tardamos en llegar comencé a escuchar el llanto de mi madre. Pero, en sí,  no era llanto, era una especie de aullido profundo, desgarrador, aterrador. No entendía que pasaba, quería despertar de esa espantosa pesadilla.

Mi hermano fué el primero en llegar. Cuando mi madre escuchó que llegábamos le gritó que fuera por un doctor, que corriera. Mi hermano se dió la vuelta y salió disparado por las llaves para llevarse el auto. Mi hermana había salido por la puerta principal armada con su mochila y su gran pesar convencida de que debía ir a la escuela a como diera lugar. se había ido caminando como autómata, desconectada de la realidad que estaba viviendo.

En un instante me dí cuenta que estaba solo con mi mamá. Tenía que confrontarme. Saber que había pasado.

Encontré a mi madre llorando desconsolada, deshecha. Mi padre al lado sentado junto a ella. Veía a mi madre sosteniendo a mi padre, trataba con su bata verde de enjugarle el rostro como si de Cristo bajado de la cruz se tratara después de la pasión. Lo más impactante fué ver el rostro de mi padre y sus ojos aún abiertos. Su mirada fija en mí emanaba un destello extraño, sus pupilas parecían brillar misteriosamente. Su rostro emanaba paz y su boca esbozaba una misteriosa sonrisa que me recuerda a la enigmática sonrisa de la Gioconda de Miguel Ángel. Todo su rostro parecía decirme: “No pasa nada, todo está bien, todo estará bien“. Por un momento pensé que mi madre exageraba. Que mi papá estaba bien y que nada había pasado. Hasta que tomé conciencia de la situación y los hechos. Todo había pasado. Nada había que hacer.

Tocaban la puerta insistentemente. Eran dos empleados que debían entrar a las siete de la mañana. Eran siete treinta y no les habían abierto la puerta. Salí corriendo. Abrí la puerta. Eran el chofer y el ayudante de una de las rutas de distribución. Les dije secamente:

-Mi papá está muerto ayúdenme por favor-. Su rostro se transformó, se pusieron lívidos. Entraron conmigo para llevar a mi papá a su recámara. Lo cargaron, yo le sostuve la cabeza todo el trayecto para que no se lastimara. Lo acostaron en su cuarto, en su cama. Ahí en donde había dormido por la noche y aún permanecía el calor de su cuerpo.

A los pocos minutos llegó mi hermano con un médico, luego, no se de donde, llegó otro. Revisaron signos vitales, analizaron la situación. El doctor solamente dijo:

- Lo siento mucho, no hay nada que hacer-

El mundo se derrumbó. No sabía que pensar, que sentir o decidir. Me acordé de mi hermana. Salí de la casa y me fuí a la escuela por ella. Toqué la puerta principal. Cuando me abrieron y me vieron con ese rostro desencajado y abatido no me detuvieron ni preguntaron nada. Entré directamente a su salón y le dije secamente sin importarme que estuviera a media clase:

- Agarra tus cosas, nos vamos a la casa.- Nadie me impidió que me la llevara, nadie supo que decir. Aún siento ese silencio sepulcral y la tensión en ese salón durante esos instantes en los que mi hermana recogió sus cosas y salimos de ahí. No supe si le hablé o le expliqué algo o nada en el camino de regreso a ese hogar golpeado. Son imágenes brumosas.

Al llegar a casa ya habían llegado los de la funeraria. Habían llevado un cajón de metal color gris Oxford. Nos indicaron que debían llevarse ya a mi papá, tenían que prepararlo para el funeral. Nos dijeron que nos despidiéramos. Mi hermana lo besó en la frente, le acarició el rostro llorando inconsolablemente, luego mi hermano lo besó en la mejilla, mi mamá me dijo que me despidiera. Yo dije que no, que él se había despedido de mí la noche anterior, Ya no necesitaba hacerlo. Mi madre lo besó como nunca había visto hacerlo, con una ternura desmedida, como esa alma que se desgarra y mutila para siempre y que ahora debía enfrentar ese destino de andar sola por el mundo. Ella tenía solo 42 años.

Llegaron amigos, compadres, familiares. Mi mamá sacó el traje de gala de mi papá. Decidió que ella lo cambiaría. Sola, ahí, con su tristeza y su soledad, a puerta cerrada con piedra y lodo, arrastrando su alma mutilada, cambió a mi papá para que se viera presentable. Era su último acto de esposa entregada, leal y amorosa. Cuando la puerta se abrió el rostro de mi madre se había convertido en piedra. Les pidió a esos hombres extraños que ya entraran por él. Ya nos habíamos despedido. ya no había nada más que hacer. Vi como lo colocaban en el féretro. Como su cuerpo complaciente se acomodaba en su nueva morada forrada de tela blanca que acentuaba la blancura de su camisa y contrastaba con el mórbido y sepulcral negro del traje que portaría por toda la eternidad.

Y luego, el torbellino de sensaciones, desesperanzas, abrazos, pésames, tristezas, dolor y amargura. La funeraria lúgubre, sobria y anodina que se vestía con cada funeral para darle cierta identidad absurda y vacía. La gente iba y venía. Abrazos, café, pan, incomprensión, dudas y rumores.

La noche cayó de golpe arrastrando las estrellas como un manto disculpante. La gente poco a poco comenzó a irse. Poco quedaba. Esa sería la última noche que pasaría con mi papá. Yo durmiendo en una silla a su lado, él, descansando ya en la eternidad de ese féretro coronado con un crucifijo de un Jesús doliente.

Al otro día, la misa y el funeral. Sus compadres y amigos se turnaban para cargar el féretro. Caminamos por toda la avenida en una procesión silenciosa e incomprensible para muchos. Incomprensible quizás para casi todos hasta el panteón.

Llegamos a la fosa. Ahí el último adiós. Tocar el féretro como si con esto hubiera podido tocarlo a él y decirle con mi esencia que estaba ahí, que no se fuera. Quería acomodarme en ese féretro junto con él,  para sentirme protegido y valioso. Solo pude aventar un poco de tierra encima y luego ver como desaparecía detrás de paladas de tierra para no volverlo a ver jamás.


Así es como sucede la última noche de mi infancia, así es como comienza el primer día de mi vida adulta.

El limbo...

Sangraba lentamente. Esa herida era aparentemente inofensiva pero la sangre seguía fluyendo sin control. El pequeño riachuelo de color rojo brillante destellaba con la luz diáfana que incidía por un costado de la habitación.

Regina se había acostumbrado a ese lento fluir de su sangre. Parecía que ese era su estigma. Sangrar permanentemente por esa herida. Los doctores nada habían podido hacer. Curaciones, vendajes, compresas. De nada había servido. Un médico más radical había probado detener el sangrado con un método poco convencional tratando de cerrar la herida a través de una quemadura. Pero ni así había dejado de sangrar.

Los médicos no se explicaban porqué esa herida no cerraba y seguía fluyendo. Comenzaba a inquietar a los médicos investigadores y los médicos de la medicina alternativa. Aunque a estos últimos, las explicaciones de las heridas del alma parecían más convincentes. 

Un sanador llamado Don Román decía que esa sangre provenía del alma, quizás del corazón sangrante. Hasta que no curara su corazón, esa herida no dejaría de fluir. Se había acercado a Regina para tratar de curar esa herida desde el alma. Sus manos parecían energetizadas, magnetizadas por la energía que fluía por esas palmas que surcaban en el aire como si de mandalas reconstruidos y expresados en el aire se trataran.

Ese día Regina estaba agotada. Don Román se había ido hacía pocas horas y el alivio que había sentido con su presencia ahora se desvanecía en el aire. Se sentía devastada. Trataba de repetir el mantra que le había enseñado para sanar: “Om mani padme hum“. Lo repetía incansablemente para reconstituir su cuerpo y su herida, pero de nada servía. Buscaba desesperadamente librarse de esa maldición estigmática pero parecía que nada funcionaba. Estaba consciente del daño que le hacía pero no hacía nada por salir de ahí. Estaba atorada. 

Quizás el tiempo curaría la herida, solo era cuestión de que secara y se formara la costra. Pero ésta seguía sangrando y supurando lentamente. Parecía que esa herida se agrandaba en vez de secar, se iba haciendo más y más grande y Regina apenas y se percataba del problema que implicaba que esa herida creciera. Hasta que descubrió que la gasa que utilizaba para cubrir su herida ya no era lo suficientemente grande. En ese momento se sintió deseseperanzada, abatida por que esa herida en vez de secar crecía. 

-¿Cuando dejará de sangrar?- preguntaba a Don Román. 

-Cuando tú así lo decidas.- le respondía. -esa herida no es del cuerpo, es del alma.- y Regina se resignaba a seguir sangrando. 

Cierto día, Regina despertó a causa de la luz que le pegaba en el rostro proveniente de la ventana. Quería seguir durmiendo pero ese destello le impedía mantener los ojos cerrados. Era como si el mundo le incitara a despertar y le conminaba a arriesgarse y luchar. 

Había decidido ese día dejar de sangrar. Estaba convencida que así sería. Nada lo impediría. Estaba harta de sufrir y de los vendajes, de las costumbres y las resignaciones. 

Abrió lentamente los ojos, el ambiente estaba muy diáfano e irreal. Parecía esa imagen sacada de los trazos de la niebla matutina aderezados con sueños irreales y surrealistas. Quiso moverse pero parecía que todo el espacio había cambiado. Sentía que flotaba en esa atmósfera amorfa y reticente. Decidió entonces incorporarse. 

Sorpresivamente ahí estaba Don Román sentado en uno de los baúles de la habitación. Regina se estremeció. ¿Cómo pudo entrar si ella no había abierto la puerta?

Don Román sonrió, Sabía lo que cruzaba por la mente de Regina. 

-Ya se que te parece bastante extraño que esté aquí, pero es  necesario que me presente en este lugar. Bienvenida al limbo.-

Regina, al escuchar estas palabras tomó conciencia del lugar en el que estaba. En realidad no estaba en su habitación, sino en un lugar extraño pero a la vez misteriosamente conocido. Habían cosas muy familiares y conocidas y no sabía porqué.

- Este lugar se te hace conocido debido a que tu lo has construido con tus sueños olvidados. Con todos aquellos elementos que te han conformado y de uno u otra manera has olvidado. Aquí estás tu realmente, la que tu eres. Lejos de todos los paradigmas y las creencias. Aquí estás tu misma con tu ser. -

- Pero ¿Cómo llegué aquí?-

- Pronto lo sabrás, lo importante es que te des cuenta de quién eres y de lo que estás hecha. Sangras porque así lo quieres, sangras porque así lo eliges. Tu sabes que es lo que te duele y lo que te molesta, lo que te inquieta y lastima. Pero debes verlo, debes confrontarlo con tu realidad. Manifestarlo en este lugar aquí y ahora si es que estás dispuesta a liberarte de tu sufrimiento. Tu eliges. Nadie más, no eres víctima más que de ti misma. Nadie te hace nada, tu te haces todo y lo has hecho siempre con las decisiones que has tomado y las elecciones que has hecho. -

- Don Román, ya no quiero sufrir, quiero seguir adelante. -

- Perfecto. Te presento entonces a tu sufrimiento. Aquí está. Lo puedes ver de frente.-

En el aire comenzó a materializarse una figura que poco a poco dejó su condición diáfana para definir sus contornos e identidad. Regina al verse de frente con esa persona se estremeció hasta el tuétano. Su cuerpo se contrajo de golpe. Su estómago formó un vacío inconmensurable, la boca se le secó, las palabras se detuvieron en conjunto con su corazón. Se petrificó.

Don Román habló entonces:

- ¿Qué harás ahora?, ¿Qué harás? ¿volverás a huir como siempre?, ¿Te esconderás y lamerás tus heridas sintiéndote víctima y sintiendo compasión de tu destino? ¡Aquí está frente a ti! ¡Qué vas a hacer!-

Regina temblaba incontrolablemente. Los ojos abiertos y desorbitados. Las manos retorcidas en un gesto de súplica y desesperación. Escuchaba a lo lejos la voz de don Román gritándole cada vez más fuerte. Ella se estremecía. Lloraba, sollozaba, trataba de gritar pero la garganta estaba cerrada.

Don Román tomaba del brazo a la figura que la veía amenazante, desafiante, cada vez más crecida ante su empequeñecimiento y parálisis. Seguía gritando y azuzando a esa figura frente a ella.

Regína quería gritarle que desapareciera, que porqué le hacía eso, que tuviera piedad. La figura crecía cada vez más. Estaba desesperada, abatida, sentía que la sangre que tenía en la herida fluía cada vez más rápido, cada vez más fuerte. Su vida se iba en ese fluir de su sangre. No sabía si el alma se le iría por tantas lágrimas o tanta sangre. Ya nada tenía que perder, su vida se iría ahí de pronto. Se abandonó, se dejó llevar. Respiró hondamente.

Volvió a escuchar ese grito atronador que surcaba el aire y taladraba sus oídos:

- ¿Qué vas a hacer ahora?-

Regina se incorporó, sus músculos se tensaron, su fuego interno comenzó a incendiarla, a recorrer toda su piel hasta llegar a sus ojos que se iluminaron y brillaron con una luz destellante. Sus puños se cerraron. Desde el estómago surgió una voz poderosa y profunda, clara y firme que simplemente dijo:

- ¡Luchar!-

En ese instante. La figura se atemorizó. Se diluyó. Jamás pensó que ella se confrontaría. nunca imaginó que encontraría esa  furia y valor para enfrentarle. Y de pronto se esfumó...

Regina seguía plantada. Resollando aún, cuando Don Román se acercó y la tocó suavemente. Apenas sintió esa mano amistosa se desarticuló. Comenzó a llorar profusamente. Había vencido. Lo había logrado... y luego cerró los ojos para caer en un estado volátil e inconsciente.

Cuando despertó se dió cuenta que la herida, por primera vez en muchos años, había dejado de sangrar. Ahora era momento de comenzar a sanar y volver a vivir...

Entonces. ¿por qué te casaste?

- Entonces... ¿por qué te casaste? -

- La verdad, por que tenía un pene muy grande. -

En 22 años de terapeuta había deducido que muchas mujeres se casaban por una razón así, pero esta vez lo había confirmado con la honestidad de Silvia. Era inaudito que las mujeres no se dieran cuenta de que se casaban muchas veces por el placer prohibido de la adolescencia y la juventud. Pero luego, al confundir placer con amor, creían que si existía sexo era por que había amor.

-¿Y cómo te sientes al respecto?, ¿qué piensas de eso?-

- La verdad hablé sin pensar, quizás algo dentro de mi se expresó. Pero ahora que lo veo creo que así es. Todo comenzó cuando era una niña que jugaba a ser mujer. Mis padres me inculcaron que la mujer es pasiva y que el sexo es malo, o algo prohibido. Quizás algo sucio. Me llamó tanto la atención sus prohibiciones que en la primera oportunidad que tuve los espié. Querìa saber porqué era oculto y secreto. Vi a mi madre desnuda y transformada en un animal erótico cabalgando en la cintura de mi padre. La veía despeinada en un vaivén frenético, arqueada. Mi padre acostado, sosténiéndola y jadeando de placer. De pronto, esa explosión inmensa. Y luego. El cansancio y la paz.

No podía comprender porqué me prohibian a mi ese placer, esa levedad. Mis padres lo hacían y se expresaban, pero a mi me lo prohibian. El día que le pregunté a mi madre sobre el sexo y el placer se horrorizó. Luego, le confesé que los había visto. Se quedó en silencio apabullada. En un estado catatónico, incapaz de articular palabra.

A los quince días estaba ingresando a la escuela de monjas. Pensaron que ahí encontraría todo el sosiego que necesitaba, o quizás ellos encontrarían toda la intimidad que requerían para undirse en sus juegos de placer.

Contrario a lo que todos imaginan, la escuela de monjas no era un lugar en donde las estudiantes se comportan correctamente. Ahí aprendí a tocarme, a descubrir que mi cuerpo reacciona ante las caricias, ante los deseos. Imaginé que arder en el infierno bien podía ser el arder de placer frotándome como animal en celo entre las piernas. Pero aún así, sabiendo que era sacrilegio, sabiendo que tambien las monjas lo hacían a escondidas a pesar de ser prohibido, me entregué una y otra vez al placer de autodescubrirme. Pensé que no necesitaba más... hasta que lo conocí.-

Silvia hizo una prolongada pausa. Suspiró profundamente. Parecía que buscaba asimilar las palabras que acababa de proferir de manera subconsciente y que al hacerlas manifiestas éstas tomaban forma y se materializaban en su realidad. 

-¿Y eso cómo te cambió?-

- Lo conocí un mes de septiembre. Era guapo y atractivo. Tenía una energía extraña, animálica, magnética. Por más que buscaba evadirla o resistirme, él me atrapaba y me atraía. Fué cuestión de días. Sucumbí una noche en la parte trasera de su auto. Al principio me sentí invadida, molesta, incómoda. Algo cedió, se desgarró. Y después comencé a sentir un placer indescriptible, inmenso. Por primera vez en mi vida exploté como nunca antes lo había hecho. Acudió a mi mente la imagen de mi madre cabalgando en mi padre y supe entonces el porqué de esa transformación. Descubrí el placer prohibido, supe porqué habían expulsado a Eva junto con Adán del paraíso. Me enamoré perdidamente de él. Me aferré apasionadamente, me entregué en cuerpo y alma. Dos años después nos casamos pensando que este placer infinito de amor, pasión y entrega sería por siempre... pero me equivoqué.

-¿Por qué dices que te equivocaste?

Silvia se revolvió nerviosamente en el diván. Sentía molestia evidente por lo incisiva de la pregunta. Buscó las palabras ahora que su corazón estaba tan abierto.

- Porque pensé que Ulises era solo para mi. Qué esa energía y magnetismo era por lo que yo era. Con el tiempo me di cuenta que no era así. Era un hombre que disfrutaba estar con las mujeres. Era un macho semental. Las mujeres lo buscaban,  acosaban, se le frotaban deseosas de que él las poseyera.

Al principio quise negar que eso sucedía, luego,  quise ser indiferente. Pero entre más indiferente era ante sus conquistas, Ulises era más atrevido y estaba con más mujeres. Yo no podía hacer nada, hasta que un buen día le lancé un ultimatum: o me era fiel o me iría de ahí... él se rió, pero comenzó a ser más discreto por un tiempo. Hasta que volvió a ser un descarado. Poco podía hacer: o me resignaba o me iba. -

- ¿y qué decidiste?-

- Decidí abandonarlo. Decirle que no podía seguir con mi vida así, tomé una maleta vieja, coloqué mis cosas y me fuí...-

-¿y qué pasó entonces?-

- Me dí cuenta que no lo amaba, que en realidad, solo estaba ahí con él por su forma de hacer el amor, de hacerme sentir mujer, pero nada más. Descubrí que solamente estaba enamorada de su pene.

Ahora vivo con Javier. Él es un gran hombre. Como el que siempre soñé: tierno, cariñoso, amable, entregado. Pero no tiene el pene de Ulises. Así, que, de vez en cuando me dejo llevar, busco a Ulises, me entrego y disfruto de su pene. Me hace sentir completa y satisfecha al satisfacer mi parte sexual -

-¿Y eso como te hace sentir?-

- No lo sé, nunca lo he pensado... no lo sé. Quizás culpable por enamorarme de una parte de alguien más que no es la del hombre que amo, pero, ¿eso se puede? ¿No es una codependencia? ¿está mal sentir placer?

- No lo sé, mejor dímelo tú-

- Ahora que lo pienso...-

La loca de la casa...

Ahí está. Paseándose libremente por el espacio. sus manos angustiadas se retuercen tratando de aferrarse a algo, a alguien. Sus labios hablan inconmensurablemente en un torbellino monológico de razones y explicaciones construidas con redes semánticas y lógicas infinitas.

Sus pasos erráticos, dubitativos, impredecibles aparentan una dirección preestablecida y no una cuestión predeterminada. Aparenta tener una dirección hacia ninguna parte. Su voz resuena por todo el espacio saturando todo aquello que pueda ser escuchado de otra fuente.

Sus palabras cacofónicas, multidimensionales, pueden prestarse a una infinidad de interpretaciones. Pero es tan insistente en todo su discurso que apenas y se tiene tiempo para detenerse y reflexionar ante lo pensado o dicho. A veces está furiosa, enojada con ella misma, se culpa, se castiga y minimiza, se deplora. Y luego aparenta perdonarse. Simula el estar tranquila y equilibrada, aunque en el fondo es adicta a su dolor y su desesperanza.

Está desquiciada. Paranoica en sí. Autocentrada y autoreferenciante. El centro del universo que gira en su cabeza toma como eje sus discursos intrincados, rítmicos y escleróticos en su discurrir pulsante y estridente. 

Solo cuando está dormida puede calmarse, descansa de todo ese monólogo interminable de argumentos y justificaciones. De razones y refrendos de su importancia y la construcción de su imagen desde el deber ser, más que el querer hacer. Astuta y siempre alerta. Reverberante en sus palabras, determinante en sus silogismos trepidantes. 

Esgrime la lógica como espada, entreteje razones y motivos, olvida las emociones y los instintos. Ha sabido escurrirse de su identidad para vivir la vida que ha construido a través de sus constructos y aberrantes cosmovisiones. Deconstruye el espíritu, desarticula el sentimiento, desactiva los sentidos. De esta manera se yergue como la gran señora que todo lo sabe y todo lo ve, la que todo lo puede y todo lo alcanza. Se convierte en el Yo único, elemento totalizador y determinante. Único y apabullante. Es su dios mismo, su propio totem sagrado.  

Nada es suficiente para alimentar su locura, su fluir de ideas desquiciantes. Esa lucha infinita de las ideas por sobrevivir en un mundo de selección natural, se sabotean, se contraponen y luchan, son ideas egoístas que buscan a toda costa competir y sobrevivir en el mundo limitado de la loca que las alberga. 

Los ojos son el arma principal de la loca. Buscan, escudriñan, taladran. Tratan de penetrar corazas, de explicar el mundo, buscar correlaciones, entender funcionamientos, construir significados, reconstruir sentidos, derivar sueños, integrar ideas, desacralizar espacios, desnudar razones, reconstruir intenciones. Nada es suficiente, nada es determinante. Se alimenta de datos y de palabras, de números e imágenes, es omnipotente y omnipresente, tiene el don de la ubicuidad. Puede explicarlo todo. 

Reprime con diatribas y justificaciones, tabús construidos a través del tiempo y el espacio. Construye murallas de explicaciones y evidencias irrefutables. Pone y fija los pies en la tierra, los aferra con piedra y fuego. Limita y audita los sueños, determina lo posible y lo imposible, lo probable y lo admisible. Lo real y lo imaginario. 

Construye fantasmas, elabora mitos, reconstruye leyendas, recrea imagenes, realiza planes, futuros y presentes, altera pasados, desviste pasiones, revisa intenciones. Digitaliza sensaciones. se convierte en ese gran juez que todo lo juzga y todo lo sopesa, que tiene el poder de evaluar y destruir. 

Esta loca de la casa no es cualquier loca. Es la loca que todos llevamos dentro y se llama razón... 

El Darmhala...

Roberto había incubado la idea de que quería llegar a Iurancha. El verdadero origen de la humanidad. Había leído algunos libros al respecto, unos prohibidos otros de tipo comercial pero todos abordando desde diferentes ópticas la misma idea.


Las teorías que ahí se presentaban sonaban hasta cierto punto, irreales. Pero parecían articuladas de forma coherente. En ellas se hablaba de que cierta estructura celestial de ángeles y semidioses habían comenzado un proyecto de tipo biológico en diferentes mundos para evaluar la capacidad de evolución de estos seres. Todo este proyecto era orquestado por un gran maestro de la evolución que podía ser llamado Dios.

Después de la creación planetaria, de combinatorias con distintos materiales, explosiones estelares, compresiones de agujeros negros con gravedades infinitas y expansiones de espacios y galaxias como si de un globo se tratara, Dios conformaba diversos universos en los cuales su séquito de ángeles genetistas, biólogos, fisiólogos y demás, conformaban diferentes tipos de especies para poder entender las formas en las que podían evolucionar y desarrollarse.

No se trataba de simples experimentos, sino altos desarrollos que requerían esfuerzos inimaginables para poder poner en sincronía y armonía tantas y tantas variables que más de una vez resultaba en autodestrucción o especies inestables. Los ángeles, arcángeles y querubines, en una estructura perfectamente diseñada, trabajaban conjuntamente y en equipo para rediseñar y construir estos experimentos para poder crear vida que pudiera evolucionar constante y ascendentemente.

Según esta teoría, los esfuerzos habían estado dando resultados significativos al dotar a algunos seres de un nuevo compuesto plástico, plásmico y etéreo que era producto de un científico estelar llamado simplemente Budha. El nuevo experimento estaba dando resultados sorprendentes aunque inesperados en un mundo en específico que era uno de los primeros en los que se usaba. Este lugar se llamaba simplemente Iurancha.

A veces a Roberto esto le parecía extraño y hasta un poco estúpido y no le había prestado mucha atención hasta que un buen día sintió que lo seguían. No sabía quién podría ser, quizás era solo su imaginación. Pero con el tiempo comenzó a ver sombras, figuras que se desvanecían en el aire, voces que murmuraban sobre el sentido de Iurancha y sus direcciones. –Estoy enloqueciendo- Pensó. Pero poco a poco comenzaron a materializarse frente a él. Lo saludaban, lo seguían, corrían a hablarle. Pero él pensaba que era víctima de alucinaciones… hasta el día en que observó en la TV que se daba una noticia escalofriante y brutal.

Acababa de establecerse contacto con una inteligencia exterior a través del sistema IRES, que era el sistema de rastreo y comunicación conectado 50 años antes con la intención de captar señales del espacio exterior para establecer comunicación con alguna raza alienígena. Todo esto había conmocionado a las mentes más brillantes de la ciencia. Roberto quería platicar con la gente al respecto, pero la mayoría se negaba a hablar de eso.

Un día paseando por el parque, uno de los seres evanescentes se le presentó y él permitió que le hablaran. Era un señor mayor, irradiaba una luz mortecina y titilante que parecía emanar del centro de su plexo solar.

Roberto guardó silencio y aparentó no verlo. Sin embargo él ser etéreo se le acercó y comenzó a hablar:

Existe un lugar dentro de Iurancha donde se encuentran todas las respuestas. Ese lugar es sagrado y prohibido para la mayoría de los seres que aquí habitan. Es un lugar brillante y libre, donde todos los seres son iguales. Ahí podrás descansar, liberarte de todo el sufrimiento y el dolor, de toda la tristeza y la pesadez de este mundo. Quizás te preguntes por qué estás aquí. ¿y si te digo que solamente eres un experimento genético para validar la capacidad de evolución de tu especie? ¿Harías algo al respecto?. ¿Y si te digo que podrías salir de aquí y convertirte en un ser de luz para poder viajar entre diferentes mundos supervisando y apoyando el desarrollo de estos experimentos para que en algunos eones de siglos puedas ascender a otro puesto a través de la evolución? ¿Estarías dispuesto?

Se estremeció con las palabras del ente evanescente. Nunca había pensado de esta manera. Que en realidad dios era un simple genetista jugando a los experimentos evolutivos y que él en particular era uno de ellos. Quizás no tan perfecto ni tan evolucionado, pero al fin y al cabo materializado y con consciencia parcial de la realidad.

No hay razón para temer nada. Dios me ha pedido que te invite a formar parte de la nueva generación que evolucionará hacia el siguiente nivel, los sentidos se expandirán, la conciencia se volverá estelar, y tendrás un cuerpo más resistente, ligero y dinámico, digamos que estarás conformado de bosones capaces de moverse a espacios y tiempos infinitos con solo el poder de la intención. ¿Qué dices? ¿Estás dispuesto?

El panorama cambiaba drásticamente. Sus padres siempre le habían dicho que era una persona especial y diferente, a veces recordaba que su madre le decía que haría grandes cosas… pero en realidad hasta ese momento no había hecho grandes avances. Se sentía perdido, confundido, abandonado y desesperanzado…

Quizás lo que estás experimentando en este momento es parte de la inestabilidad del experimento del maestro Budha. Aún tiene que perfeccionar toda esa variabilidad de estados sensoriales que se producen. Tu angustia es porque te sientes desligado del mundo, de la realidad que te contiene. Es para ti incomprensible el porqué existes puesto que tu liga con el universo se rompió en el momento en que naciste. Es un problema que tenemos que atender desde el origen. ¿Recuerdas la historia de Eva? Bueno, ella es la madre primigenia. Fue el primer experimento en tener éxito al fusionar materia y energía consciente. Pero la fusión no fue perfecta, disgregando la energía consciente de su fuente origen y su relación. Es normal que sientas ese vacío extraño de no-pertenencia. Cuando pases a estado Bosónico podrás entonces restablecer esa conexión con el universo. Aún la vida en este planeta es inestable, efímera y dependiente de la oxidación del oxígeno. Esperemos que pronto pueda ser resuelto el problema.

Roberto sintió que todo daba vueltas. Tenía náuseas. Era una carga excesiva de realidad para él que siempre había creído que Dios era un ser etéreo enfocado a la religión pero jamás había pensado que era un científico genetista cuántico y que él, en vez de tener una misión sagrada al formar parte del pueblo elegido por dios, era parte de un experimento que podía fallar en cualquier momento. De pronto el mundo se convirtió en una gigantesca caja de Petri y él era una de esas bacterias que servían para demostrar la existencia de bichos que podían reproducirse y pensar. Se sintió asqueado y por un instante quiso morir.

Respira hondo necesitas oxígeno, tu estructura celular lo requiere para mantener a tu consciencia funcionando. Cuando estés en estado Bosónico no necesitarás oxígeno, podrás ser el oxígeno mismo, pero no te degradarás ni te extinguirás, o ¿Cómo dicen ustedes?... Envejecer. ¡Eso es!

¿Quisieras entonces pasar de estado celular a un estado Bosónico? No creas que debes arrojarte al precipicio ni bajo las ruedas del tren para lograr esto, simple y sencillamente deberás llegar a Darmhala. ¿conoces las historias del Paraíso, el Shangri-la o el Nirvana? Todos estos lugares son uno mismo: el Darmhala. Ahí es donde están los secretos de Iurancha y es donde podrás transformarte al estado Bosónico. No necesitas llevar nada, solo debes desearlo y caminar hasta allá.

Roberto se inquietó. Volteó a ver hacia alrededor para ver si había alguien que le estuviera engañando y fuera filmado con una cámara escondida para burlarse de él, pero la vida parecía transcurrir sin ninguna alteración. La gente parecía no ver a ese ser iridiscente que estaba a su lado hablándole sobre los grandes misterios de la vida y la historia.

Cerró los ojos y evocó el aroma de la bata de su madre por las mañanas cuando le hacía de desayunar, trató de respirar el aroma de la colonia de limón que usaba su padre y se sentaba a la mesa con el periódico para leer las noticias en lo que estaba listo el desayuno. ¿podría dejar ese mundo alterno y aleatorio, difícil y a veces salvaje para convertirse en un ser estelar? ¿podría confiar en ese ser luminiscente que rutilaba a su lado sin que nadie se diera cuenta? ¿Porqué él era un elegido si no había hecho nada relevante en su vida?

No sientas que eres especial, solo eres diferente. Eres de los pocos tipos que no se han creído las distorsiones de la religión llevando hasta la parafernalia y el fanatismo el amor por un ser que no es más que un científico jugando a la ciencia. Puedes estar tranquilo, no te engañaré. Pero esta es la única vez que te lo voy a ofrecer. No habrá otra oferta y debes decidir en este instante. Deberás dejar todo atrás; familia, amigos, historias, pasado, hogar, recuerdos, sensaciones. Allá a dónde iremos, no podrás llevar nada de esto, pero a cambio, tendrás un nuevo cuerpo listo para llenarse de experiencias y emociones jamás sentidas ni experimentadas.

Roberto meditó su respuesta. Parecía deliberar intensamente entre su deseo de mantenerse humano y el desafío de convertirse en un ser galáctico e intelestelar. Respiró hondo. Cerró los ojos como una última forma de interiorizarse y auto convencerse de que la respuesta a la que había llegado era la mejor.

Abrió los ojos, trató de llenarse lo más posible del mundo, de sus sensaciones y deseos, de su conciencia que se aferraba desesperadamente a su forma celular ante la amenaza de volver a ser disgregada, para reconformarse y reconfigurarse en una nueva forma totalmente desconocida para él. Tomó valor para enunciar con esas palabras y seguridad que parece emerger de la voluntad de generaciones que se expresan hasta el último eslabón como manifestación de su linaje dijo simplemente: SI

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Segundos después Roberto ingresaba a un lugar con paredes blancas, todos usaban la misma ropa, hablaban extrañamente, sus miradas gélidas y movimientos seguros hicieron que su cuerpo se estremeciera. Aún seguro y temeroso de su decisión solo alcanzaba a repetir incesantemente como un mantra eterno: ¿Aquí es Darmhala?...

En esta casa no hay fantasmas...

¿Quién te dijo que aquí habían fantasmas?. Eso solo te lo dijeron para asustarte. Si saben bien que eres re miedoso. ¿te acuerdas la vez que te espantaron saliendo del tapanco?. Era el méndigo de Ramiro que te estaba esperando atrás de la puerta con esa chamarra vieja y roída de tu abuelo que usaba cuando iba de cacería. Estaba manchada de sangre de todos los animales que cargaba para la casa luego de haberlos matado. Me enojaba tanto que lo hiciera. Pobres animalitos, que culpa tenían de cruzarse en su camino, indefensos ante esa escopeta que tenía tu abuelo. Los agujereaba toditos. Y luego yo tenía que quitarles todas las postas para limpiarlos y prepararle unos bistecs agujereados y cargados de esquirlas de plomo. Algunos dicen que se envenenó con eso. Yo creo que no. Más bien la sangre se le hizo pesada por comer tantas almendras, ya sabes que le encantaban. Él creía que no sabía la razón de su afición. Pero le recordaba el sabor de la piel de la sirvienta que tuvimos por muchos años. Ella usaba crema almendrada cuando se veía con tu abuelo. Luego de que los descubrí y la corrí de la casa comenzó esa afición. Las saboreaba una a una. Más de una vez lo descubrí cerrando los ojos y viendo hacia la ventana para ver si la veía regresar. Nunca entendí esa relación, así que decidí que era mejor que no existiera.


¿Sigues con miedo? Si serás… En mis tiempos si había porque tener miedo. Mi abuelo me contaba de un personaje que se llamaba El sombrerudo. Andaba a caballo por los bosques y los parajes entre la niebla y las penumbras.

Cuando uno andaba caminando ya tarde y la niebla aparecía bajando por las montañas como si estuviera acariciando las ramas para que no vieras más y te sintieras perdido, corrías el riesgo de que se apareciera. Te quedabas sentado esperando a que pasara la noche rogándole a dios que no te hallara. Pero si te encontraba hacía que te mearas del miedo.

Dicen que era un fulano de la época de las revoluciones. Siempre andaba armado con su pistola al cinto, espuelas relucientes y un enorme sombrero negro. La cadencia de la cabalgadura de su caballo era muy peculiar, similar al golpeteo de los tambores a la distancia. Infundía miedo por su porte y velocidad para disparar de manera certera entre las cejas de todos los que se le ponían enfrente. Un día se robó a una chamaca en un rancho. Dicen que era muy bella, de cabellos negros y rizados, pies ligeros, vientre de paloma, ojos fieros y carácter fuerte. Quizás esto fue lo que le hizo desearla. El prometido organizó una búsqueda infructuosa. Meses después ella misma regresó por su pie a casa solo para informarles a sus padres y a su abatido prometido que se casaría con el fulano que la había raptado. Fue tanta la decepción del novio al saber que ella lo había dejado de amar que la asesinó en ese momento y luego fue en búsqueda de aquél fugitivo. Semanas después le dio alcance en esa cañada y lo acribilló junto con siete de sus hombres. Dicen que quedó aún con los ojos abiertos y en la muñeca llevaba anudado el pañuelo bordado con el nombre de ella. Ahora es un alma en pena que vaga por el bosque durante las noches obscuras en las que ni la luna se quiere asomar. Lo regresaron del infierno para que se pudiera vengar, pero el novio que lo asesinó, una vez que había cumplido su cometido se ahorcó, así que como ya se había regresado pues no le quedó más remedio que andar de aquí para allá a ver en qué momento le volvían a abrir las puertas del infierno para colarse y desaparecer de esta tierra.

Una vez que veníamos de la sierra con tu abuelo nos cayó la noche. Las velas se apagaron y yo temblaba de miedo. Me apretujaba al cuerpo de tu abuelo que temblaba igual que el mío pero él me decía que me hiciera para el otro lado. Que tenía miedo porque era vieja y andaba haciéndole caso a los chismes de lavanderas sobre ese aparecido. Sin embargo apresuró el paso. Azuzó a los caballos que jalaban la carreta para que llegáramos lo más pronto posible. La niebla comenzó a descender. Los caballos se inquietaron y ya no querían avanzar. Presentían que algo se acercaba. Se alebrestaron. Tu abuelo empuñó y desenfundó su pistola. En mi columna sentí un jalón espantoso y un millón de hormigas que trepaban por mi espalda para jalarme del cuello y pararme los pelos de punta. Quise gritar pero al saber si los caballos se espantaban más con mis gritos y tu abuelo me bajaba de la carreta por miedosa.

De pronto escuchamos unas herraduras golpeteando el camino, eran como si llegaran con el viento el sonido de tambores que iban y venían desde muy lejos. De la niebla emergió una sombra con forma de jinete. No se veía bien por lo negro de la noche, pero su negrura era mayor. Se movía como un alma en pena que arrastra la obscuridad. Tu abuelo peló los ojos y preguntó que quién vivía pero nadie respondió. Yo podía ver la figura del caballo fuerte y con los ojos rojos de fuego del infierno, el jinete altivo y gallardo, y un enorme sombrero que le cubría el rostro y lo hacía verse más terrorífico. Sentí que algo caliente me escurría por las piernas y que salía de mi cintura. Era puritito miedo el que sentía y que se me salía como meada. Tu abuelo no aguantó más el miedo y comenzó a disparar a la sombra. Pero el sombrerudo ni se movía. Nos seguía observando sin inmutarse. Las balas del revolver se acabaron, pero tu abuelo seguía jalando del gatillo desesperadamente.

Los caballos por puro miedo o por alguna orden dicha entre todo el ruido y los gritos de pavor que salían de mi garganta comenzaron la loca carrera por el camino pedregoso. Yo brincaba al pasar por tantas piedras y tu abuelo controlaba a los caballos como podía ante tantos brincos que daba la carreta. Llegamos en un santiamén al rancho pero a mí se me hizo eterno el camino para llegar a la casa. Brincamos de la carreta a la puerta y nos encerramos, corrimos la tranca. Los caballos se quedaron amarrados hasta el otro día. Tu abuelo aferrado a su pistola sin balas y yo con el crucifijo encajado entre las manos, sangrando y rezando hasta el cansancio.

Al otro día tu abuelo se levantó como si nada. Salió a desensillar a los caballos y a hacer el día normal. Jamás hablamos sobre lo ocurrido esa noche. Quizás porque fue ese único momento en que conocí el miedo y tu abuelo no había podido protegerme porque se había quedado paralizado del pavor que sintió esa noche.

Eso si eran historias de miedo de las de antes. Pero en esta casa no hay nada. Jamás vi nada en todo este tiempo. Ni aparecidos ni espantos, es más, ni siquiera el alma de ninguno de los animalitos que mató tu abuelo para comer.

¿ya estás más tranquilo mijo?... ¿ya?... Mira, yo a veces lo veo así. Lo peor que me pudiera pasar es que se me apareciera tu abuelo. Si se me aparece es por que descubrió que Juanita, la muchacha de la que estaba enamorado, esa la del aroma de almendras, no regresó por que se murió un buen día y no porque la corrí de la casa.

Lo que tu abuelo nunca supo es que al día siguiente fui a buscar a Juanita al mercado. Ahí la encontré y le dije que nos viéramos una hora más tarde en el río, lejos de la gente para que no murmuraran. Nos vimos más delante de la presa. Ahí me dijo que tu abuelo la amaba y que no sabía cómo decirme que me dejaría. Que ya tenían todo listo para irse del rancho esa noche y que me dejaría para siempre. Yo le pregunté que porque creía ella que tu abuelo me quería dejar y ella me respondió que porque no sabía ser mujer como ella. Eso me enfureció de sobremanera. No sé porqué pero tomé una piedra del piso y le rajé la cabeza. Ella se agarraba como queriendo detener la sangre que salía a borbotones, pero volví a golpearla y luego la arrojé a las piedras esperando que todo mundo dijera que se había caído. Pero al día siguiente nadie dijo nada ni a las semanas siguientes. Se la había tragado la tierra… o los coyotes que rondaban por ahí cerca. No lo sé. Lo que si se es que tu abuelo pensó siempre que ella lo había abandonado y que se había ido por miedo a que el no quisiera irse. A veces lo veía viendo hacia la ventana esperando a ver su silueta a lo lejos diciéndole que corriera hasta ella.

Tu abuelo, ya muy entrado en años, en uno de esos días, me dijo que veía a lo lejos la silueta de Juanita llamándolo. Ya no podía caminar, pero me pedía que lo llevara en su silla de ruedas. Yo solo veía el viejo fresno que se movía con el viento suavemente. Pero él me decía que la veía ahí llamándolo. No le creí. Le dije que estaba ya chocheando. A la media hora, cuando le llevé su atole, estaba con los ojos abiertos viendo a la distancia. Pero ya no estaba. Ya se había muerto. Ahora no se si hubiera sido bueno que lo llevara hasta allá. Quizás fue el miedo de que cuando llegara allá Juanita le dijera por qué no había llegado esa tarde para irse con él.

¡Hay hijo! Yo ya contándote historias de fantasmas y yo diciéndote que no hay en esta casa. Es en serio. Desde que he vivido aquí no ha habido ninguno, nadie vendrá a molestarte. Estos fantasmas que te platico son mis fantasmas nada más… esos me los llevaré a la tumba ahora que me regrese a dormir antes de que amanezca. No vaya ser que se den cuenta que me escapo por las noches desde el día en que … desde el día en que… ¿morí?...

No hijo no hay fantasmas ¡en serio! Te lo prometo…

La promesa eterna...



Estaba ansioso.

Las manos le sudaban. Se paseaba nervioso pero discretamente por el pasillo. Su mirada fija en esa puerta eléctrica que se abría y cerraba a intervalos irregulares. Las puertas de vidrio tenían una cubierta translucida que evitaba ver al interior de la sala.

Observaba a todas las personas que pasaban por el umbral de ese par de puertas que lo separaban de ella.

Hacía más de 40 años que no se habían visto, pero se habían hecho una promesa eterna. Esas de las que jamás se pueden olvidar ni incumplir. Algún día se encontrarían nuevamente y por fin permanecerían juntos por siempre.

Sus manos se aferraban a ese ramo de flores. Eran exactamente las mismas flores que muchos lustros atrás en un callejón le había entregado junto con un pequeño cuadernillo de poemas de amor.

Él ya cumplía 78 en octubre. Le llevaba 4 años, pero a esa edad ya no importaba. El tiempo se había detenido y en su estómago sentía esas mariposas extrañas e inquietas que sintió alguna vez a los 16 cuando la vió por primera vez en la ventana de su casa al pasar repartiendo los periódicos del domingo.  No es que necesitara repartirlos pero le gustaba llevarle noticias a las personas. Historias verdaderas aunque fueran crudas.

Sus piernas temblaban imperceptiblemente. Se sentía incómodo en ese traje. Se había esmerado de sobremanera en verse bien, recortado los pocos cabellos a los lados. Se había puesto un poco de perfume del que sabía que a ella le enloquecía. Le había costado mucho trabajo encontrarlo pues ya no se fabricaba. De todas maneras había acudido a una vieja tienda de perfumes de fórmula y había conseguido que le replicaran ese aroma de más 60 años atrás cuando ella había fijado por primera vez sus ojos en él.

-Qué bien hueles- fue lo que le dijo por primera vez y a él esas palabras le parecieron una sinfonía angelical. Su tono, extraño y con ritmo diferente le había parecido una eufonía sin igual. No sabía bien si se había enamorado primero de sus ojos o de su voz. Ese brillo en sus ojos tan extraño y místico. Tan profundo y sin igual.

Su corazón latía aceleradamente.

-Esperemos que no sea que al marcapasos se le haya acabado la pila- pensó.

Hacía tantos años que no latía así ese corazón marchito, enjuto, albergado en ese tórax decrépito que en algún momento fué un portento de fortaleza y el espacio en donde ella lloró inconsolablemente tantas veces cuando partía.

Las manos artríticas, el cabello ralo y escaso. La dentadura postiza, la mirada cansina y difuminada por los años,  el andar errático, las operaciones y cicatrices, los sueños perdidos, la ropa olorosa a naftalina, antigua y fuera de moda, las arrugas y los años, los recuerdos y los olvidos, las sensaciones entumidas y los sentimientos olvidados. Nada de esto importaba ya. Ahí estaba. ansioso, nervioso como en su adolescencia, esperando a que ella por fin apareciera por esa puerta.

La puerta se volvió a abrir, pero ella no apareció.

Sin querer se humedeció los labios. Quizás buscando un resquicio de la sensación de los labios de ella, de su tersura y su candidez. De esa pasión que ella dejó impresa en sus labios para sellarlos por siempre. Sus brazos temblaron con esa inquietud por sentir nuevamente la fortaleza, de que aún podía sostenerla, cargarla hasta la habitación nupcial perdida para hacerle el amor por siempre.  Sus brazos, esos brazos que estuvieron siempre dispuestos a luchar por ella, a defenderla y protegerla, ahora temblaban, se estremecían en su decrepitud en un intento por mostrar algo de la fortaleza perdida en el tiempo.

Su sexo se arremolinó entre sus piernas. Se sorprendió. Era esa emoción por volverla a ver. Su cuerpo reaccionaba, lo volvía joven nuevamente, lo llenaba de vigor y de ilusión, de esperanza, ilusión perpetua.

Nuevamente vió el reloj. Debió haber llegado desde hacía ya 15 minutos pero no aparecía. Su ansiedad se acentuaba, su necesidad de verla nuevamente y abrazarla se le hacía eterna. Quería tomarla de las manos para no soltarla jamás. Estaba dispuesto a no dejarla ir nunca más. Ahora permanecería a su lado por siempre. Así lo había decidido. Sería por siempre.

La puerta se abrió.

Ahí estaba ella al fin.

El féretro estaba siendo cargado por cuatro de sus hijos a los cuales se les hizo por demás extraño aquel anciano con ojos de miel que sonrió con brillos de luna cuando puso las flores en la parte superior. No supieron que decir cuando acarició la superficie con una delicadeza sin igual. Y después de un instante siguieron su camino hacia la iglesia y luego hacia el panteón.

No quisieron detenerse al escuchar las palabras de ese viejo decrépito cuando pasaron junto a él. Prefirieron ignorar sus murmullos y sus emociones argumentando senilidad y locura.

Aún el anciano seguía repitiendo como un mantra eterno:

-Amor, aquí estoy. Aquí estoy al fin vuelvo a verte otra vez...-

solo fue...

El silencio que pasa
se atrasa
me acaricia
sin la soledad que late
con las alas
del tiempo
sin manos
sin labios
tan lejos
tan cerca

mis dedos
llenos de plata
de lunas
y sueños
en el mar
con pianos
y hadas de estrellas
que vuelan
en picada
hasta la arena

nostalgia
llena de pasado
melancolía
en el presente
deseo del futuro
girando en
deconstrucciones
posestructuras
metáforas
anáforas

Nada es
nada fue
esto es
Solo fue

Un encuentro con el olvido...

Reinaldo había regresado otra vez a ese pueblo del cual salió 23 años antes. Había tomado la decisión de regresar a sus orígenes y redescubrir su sentido. Más bien, regresó para la reunión con sus excompañeros que tan insistentemente lo habían localizado e invitado a ese reencuentro escolar.

Llegó por la noche. Apenas y reconoció el rumbo por el que accedió. La entrada al pueblo habìa sido transformada y ahora se entraba por un boulevar bien iluminado y con semàforos. Recordaba que 23 años antes la carretera se diluía en la avenida principal franqueado por puestos donde se ofrecìan diferentes productos. Ahora ya nada de eso existía.

Las calles parecían una dimensión alterna a la que había habitado años atrás. La gente era distinta, se movía distinto. El ronroneo de las voces algunas veces alteradas, otras suavizadas le parecían un lenguaje extraño que poco se parecía a ese dialécto que había hablado antes. La dimensíón desconocida. Pensaba. Mezclando el pasado con el presente.

Recorrió la avenída principal con pasos llenos de recuerdos abultados, obesos de la falta de movimiento en el tiempo. Los aromas se filtraban por las rendijas de la memoria haciendole evocar personas y momentos. Era una lluvia de historias que se aglutinaban en la piel, en los ojos y los labios. Una cascada de memorias y quebrantos, de secretos y pasados.

Llegó al centro de la ciudad. Reconoció ese kiosko donde acostumbraba por las tardes escuchar la música del grupo local que amenizaba el ambiente para darle ese carácter ambivalente: pueblerino pero emotivo. Ahora solo encontró la música proveniente de un amplificador de jóvenes con música estridente y cacofónica. Aún sentía que, a pesar de todo ese ruido podía escuchar los sonidos del grupo "Majestic".

Caminó dos cuadras más. Se estremeció. Se había topado con su peor temor. Confrontarse con su pasado. Ahí estaba. Frente a esa puerta de madera café. Hacía tanto tiempo que había cerrado esa puerta y no había regresado que ahora que la tenía enfrente veía que no había cambiado en nada. Seguía inmutable, atemporal, estoica.

Se estremeció. Por un instante dudó en tocar. Sabía que le esperaban. Pero aún así se resistía a entrar en esa dimensión fincada en el pasado. Era una miríada de recuerdos y emociones que se aglutinaban para emerger en cualquier momento.

Se armó de valor. Ya había pasado tanto tiempo que debería poder confrontar ese miedo. Tocó la puerta. Un eterno instante disparó su ansiedad. Esa angustia por ese retorno al pasado resurgió. Las manos le sudaron. La boca se le secó. Sus piernas acentuaron su temblor manifestando su incomodidad ante la situación.

La puerta se abrió lentamente. Ahí estaba su madre esperándolo. La vió de golpe. Se dió cuenta que el tiempo había hecho estragos en esa figura tan próxima y suya. Ya no era esa mujer fuerte y autoritaria, ahora estaba cansina y marchita. Aún así, la chispa en sus ojos la vistió iluminando su rostro que enmarcaba una sonrisa infinita, llena de orgullo y emoción. Las lágrimas no pudieron reprimirse ni controlarse. Ella solo alcanzó a decir: -hijo mio, bienvenido a casa-.

Reinaldo se conmocionó. Todos los sentimientos reprimidos y olvidados de pronto surgieron inundandolo de corrientes emocionales que oscilotrepidaban en su corazón. Se acercó a su madre y la abrazó como siempre, como nunca.

Entró después de los abrazos y las lágrimas, de las sonrisas llenas de esperanza. Su madre le tenía preparada la comida que tanto le gustaba. Llegó su padre, la emotividad fue evidente. Habìa entrado en contacto con esa vida olvidada, tan lejana que le parecía haber vivido dos vidas. Una de ellas diluida en el pasado que ahora se manifestaba de manera evidente.

Después de comer decidió ir a su habitación. Las emociones seguían fluyendo, agobiándolo. Abrió la puerta y se entró.

La habitación comenzó a girar. Parecía que las paredes, al descubrirlo, reptaban por retenerlo para reprocharle su olvido. Ese olvido cargado de soledad y añoranza. Estaba todo intacto. Parecía que el tiempo se había detenido el día en que había partido. La recámara estaba impecable, aún albergaba parte de su historia y recuerdos.

Comenzó a abrir sus cajones. descubríó viejos tesoros llenos de significados, emociones aletargadas, sensaciones perdidas, misterios sin develar.

Entre sus papeles encontró una pequeña nota. Se estremeció hasta el alma. La hoja se veía ya amarillenta por el tiempo transcurrido. pero aún así se leían claramente las palabras escritas. Esas palabras que había leído tantas veces y que se habían convertido en un mantra en su vida.

Era una carta de ella. Había querido olvidar todo, pero ahora que decubría nuevamente ese papel su cuerpo tembló, la carne trémula de tantos recovecos y solitudes.

Acarició las letras como intentando volver a conectarse con ella y sus recuerdos. Buscó en su escondite secreto la foto que tenía. La encontró. ahi había permanecido durante años esperando a que él volviera nuevamente a sacarla de ese  lugar de olvido.

Observó el retrato desgastado por todas sus miradas en el tiempo y que luego cayeron en el olvido. ahí estaba ella viéndolo fijamente, de frente como tantas veces. Lo veía en la distancia, en el tiempo, con esa intensidad tan llena de sensaciones y secretos. Pasó sus dedos -como tantas veces- sobre sus labios para evocar en los suyos esos besos olvidados. Sus manos percibieron la textura de su piel, ansiosa, nerviosa.

El aire comenzó a enrarecerse, parecía más denso y diáfano. Los sonidos apagados, lejanos, distantes. una lágrima recorrió su mejilla. luego otra. Comenzó a temblar incontrolablemente. Acabó sentado en la cama sollozando como tantas noches lo había hecho cuando ella se había ido.

Los recuerdos se arrastraban lastimosamente hasta llegar a él. Querían reclamarle el olvido y los quebrantos, buscaban volver a insertarse en él como esas heridas supurantes de nunca cierran. Replicarse, mutar en otras historias que se multiplicaran hasta el infinito plagadas de repeticiones y memorias. Querían insertarse en su piel, en sus labios y sus memorias. volver a ser ese peso y ese significado de existencia.

De pronto se dió cuenta que había muerto, ya no era él el que estaba ahí. Era otro que había llegado a recoger los vestigios de lo que había sido 23 años antes. había ido a expiar su pasado y sus recuerdos, removiéndolos y despidiéndose de ellos para decirles que tenía que seguir, caminar ligero y ya sin historias olvidadas.

Dejó pues que esos recuerdos treparan a su cuerpo para darse cuenta que ya no tenían cabida ahí. Se despidió de ellos y salió de ahí para siempre...

Siempre...

Hace tanto tiempo que no tenía tu cabeza en mi regazo. Poder juguetear con tu cabello libremente. O bueno, lo poco que ha quedado de él. El tiempo es implacable. Nos acaba, nos extingue y transforma. Pero tú siempre has permanecido aquí.

Has caminado a mi lado durante tanto tiempo que mis pies ya se han olvidado desde cuando siguen tus pasos acompasados que aderezan a los mios.

Tus manos. Esos remansos de paz y tranquilidad que durante años fueron tormenta de deseo ardiente y búsqueda infinita. ahora las tomo. Siento tu calor. Repaso nuevamente como tantas veces la superficie de tus palmas. Tus callos siguen ahí como evidencia de tu esfuerzo y trabajo de años y años de entrega y dedicación, de paciencia y constancia. ¡Qué fortaleza la tuya!. Siempre me has sostenido cuando he caído. Siempre tu brazo solícito, tu fuerza y tu hombro para llorar.

Tu rostro tan bello. Ya lleno de arrugas y resquicios de las luchas que has librado ante la vida y la muerte. Esas comisuras en tus labios que acentuan tu adorable sonrisa llena de misterio y secretos. Veo tus ojos cerrados. Tus pestañas antes tupidas, ahora casí irsutas y solitarias ocultan ese mirar tan sereno, profundo, tan silencioso y eterno. Siempre ocultando esa chispa de vida y de furica existencia.

Quisiera que me abrazaras. Sentir otra vez tus brazos fuertes y afables. Aquellos que me cargaron desde esa noche de bodas hasta ahora. Sentir esa cadena hecha con tus brazos que acepté feliz por ser tuya  para siempre. Esos brazos que han sido mi refugio y que siempre permitieron adormecerme en tu pecho desde el cual emana ese calor y esa entrega que es solo para mi.

Tu pecho. ¿te dije alguna vez que es la parte que más me gusta de ti?. Bueno. tus manos y tus ojos. eso lo sabes. Pero tu pecho es algo especial. Siempre pensé que había una llave para poder acceder a él. Por eso siempre te acariciaba con la intención de ver si encontraba una cerradura por la cual pudiera yo colarme para que ya jamás me sacaras de ahí. No necesité esa cerradura. Tu corazón siempre ha estado abierto para mi y ha sido solo mio.

¿Que más podía pedir en esta vida? un hombre como tú: excelente padre, gran trabajador, responsable, honesto, entregado, respetuoso. "Hombres como él ya no hay" decía mi madre. Ahora que lo veo tuvo mucha razón. Hombres como tu ya no hay. Espero que nuerstras hijas encuentren a alguien parecido a ti pues has sido un gran ejemplo para ellas. ¿qué más podía esperar?

Inevitable perderme en tus labios.  Siempre han sido adictivos para mi. Sentir su humedad, su ternura y solitud. esa calidez de años, ese sabor embriagante y seductor que me estremece aún a pesar del paso de los años. Mis dedos otra vez tocan tus labios en un afán por evitar que digas algo. Basta con un silencio.

Aquí estás y siempre has sido mio... Siempre.

Ya vienen por tí. Te ves bien de traje. Siempre te lo dije. Ahora yaces aquí en mi regazo descansando en paz. Me acabas de abandonar y emprendes tu último viaje. Te me adelantaste. Te has ido sin mi. "Me voy para allanar el camino para que, dado el momento,  llegues fácilmente hasta mí" dirías ahora si pudieras hablarme. Pero ya no estás. Comienzas a perder tu calor y tu candor.

Ya vienen por tí. Ahora te levantan y te colocan en ese féretro que será tu última morada. Me acerco a tí. Mi cuerpo grita y ansía llorar. No lo hago. No es lo que hubieras querido. Te beso en la frente. y al oido solamente te susurro aquella palabra que selló nuestra promesa eterna: SIEMPRE...


Miénteme...



Miénteme.

Dime que aún me amas, que aún sientes esa emoción de tenerme en tus brazos. Que mis labios aún te estremecen y tus sueños siguen atados a los míos.

Hazme sentir que aún te estremeces cuando estoy cerca.  Piensas en mí y en mi voz. En ese devenir de mis manos sobre tu piel y tus recuerdos. Que aprecias mi compañía y mis pasos al bajar por las escaleras para abrirte la puerta cada día que llegas a casa cansado después de luchar por la vida.

Dime que me amas y que has permanecido conmigo durante tantos años por mi y no por nuestros hijos que he criado con tanto esmero como si fuera lo más sagrado de nuestro hogar.

Miénteme.

Susúrrame palabras de amor al oído como ese río fresco que alguna vez me ilusionó hasta el cansancio y humedeció mi piel en las noches llenas de sutilezas y deseos, de furias y balanceos.  Deja que te vea de frente, que dibuje en tu piel arrugada una sonrisa llena de alegría y plenitud.

Tómame de la mano y condúceme por ese pasadizo hacia la luz que nos ilumina en cada instante que pasa y se detiene, juguetea y se llena de sombras y contrastes. Esa luz que nos ha acompañado por esta travesía llamada destino y vida.

Dime que soy tu vida, que no puedes vivir sin mí ni mis labios, que ansías mis manos y mi cuerpo a pesar de estar ya cansina y marchita, silenciosa y meditabunda. Recuérdame el porqué decidí vivir a tu lado a cada instante dejando todo atrás sin importar nada más que el estar juntos por siempre. Forjar un destino y cambiar el mundo.

Miénteme.

Confiésame que te gusta como te preparo la comida todos y cada uno de los días de tu vida. Que sonríes feliz de saber que sigo a tu lado y llena de detalles que me hacen recordar lo especial que soy para tí. Que Dios nos puso en el mismo camino para que lo anduviéramos juntos y compartiéramos las penas y las alegrías, el hambre y la abundancia, lo próspero y lo adverso, la salud y la enfermedad, el agua y el vino, la sangre y el sudor, los días y sus noches, las estrellas y las mareas de luna llena.

En secreto, al oído, platícame de los secretos del mar y tus deseos de perderte en las olas  junto a mi cobijados por la espuma plañidera y seductora. Llenos de arena y deseo,  de sol y palmeras, silencios y quebrantos, lleno de tí y de mí, llenos de todo. Hazme saber con una mirada que todos estos años han sido maravillosos a mi lado y que ya no imaginas otra vida que no fuera el estar a mi lado por siempre.

Espero que tus palabras suenen sinceras como si fueran las letras tejidas de tantos libros olvidados llenos de ilusiones y propuestas, cargados de poesía y prosa literata con noches de vino tinto y faroles diáfanos iluminando los callejones románticos y silenciosos donde ansiábamos entregarnos a cada instante hasta alcanzar la eternidad.

Miénteme hasta el cansancio, pero miénteme.

Y si me mientes, prometo olvidar tus golpes y desaires, tus indiferencias y tus amarguras. Tu alcohol en las venas y tus gritos, tus vejaciones e infidelidades. Prometo olvidar todos esos momentos abrumadores y silenciar mis agobiantes vacíos.

Miénteme. Por lo que más quieras, miénteme...


Un encuentro inesperado...



Tomas tu bolsa y te levantas de la mesa. La música sigue sonando y te diriges hacia la novia. Es tu amiga la que se acaba de casar. La abrazas y te despides, le deseas lo mejor para esa nueva etapa en su vida. Sabes que es el comienzo de una larga travesía. Luego, te diriges hacia la puerta. te disculpas por que te tienes que retirar. -Los niños - dices. Luego de un abrazo, te tomas de la mano de tu esposo y te diriges hacia la puerta de salida. Estás contenta. Hacía tanto que no salías a una boda. -Es como si uno se volviera a casar viendo a los novios- te había dicho él cuando llegaron a la iglesia. Sientes esas ganas de quedarte. Hace tanto tiempo que no tienen tiempo para ustedes que quisieras quedarte un rato más. Pero los niños reclaman tu presencia. Piensas que todo el esfuerzo en arreglarte y vestirte fue demasiado para tan poco tiempo en la boda. Él lo compensa antes de llegar al estacionamiento diciéndote que te ves radiante. -Es tan lindo- piensas.

Te quedas esperando en la recepción. Él te dice que irá por el auto para que no camines hasta donde lo dejó. Te paseas impaciente. Tomas el celular en un intento por llamar a casa y preguntar cómo están los niños. Te contienes, es mejor llamar del auto, ya que estés cerca.

De pronto sientes en la espalda una mirada. No la ves pero la sientes. Comienza jugueteando en tu cabello y luego se desliza por tu espalda hasta detenerse en tu cintura, te acaricia. Es extraña pero misteriosamente te gusta, no te ofende. La mirada prosigue su camino, se regocija en tu cintura sutilmente, luego se pasea por tus glúteos y se desparrama por tus muslos, tus pantorrillas y termina en tus tobillos. Ha sido tan rápido que apenas has tenido tiempo de pensar. Escuchas una sutil risa femenina que rompe con el encanto de la mirada persistente y provocativa.

Volteas a ver disimuladamente quién viene. La risa es el pretexto perfecto para voltear a ver y saber quién te ha visto así.

Cuando te has dado vuelta, ves una pareja que está muy cerca. Reconoces inmediatamente al que te vio así.

Es él. Tu corazón se detiene. Tu respiración se entrecorta. El estómago se convierte en un nudo imposible. Las piernas que durante tanto tiempo han sido tu orgullo y vanidad por su constitución y su silueta gracias a tantos años de ballet ahora parecen un manojo de varas de nardo a punto de hacerte caer.  Han tomado el control tus nervios. El labio superior te tiembla imperceptiblemente y tus manos de pronto comienzan a sudar copiosamente.

Tu logras esbozar una sonrisa patética y forzada. Quieres aparentar indiferencia y sorpresa pero es tan impredecible el encuentro que no puedes articular palabra. Ahora descubres porqué te vio así y su mirada -secretamente- en vez de ofenderte te halagó.

Ella viene con unas copas de más. No se percata de tu nombre ni aparenta hacer ninguna conexión con él cuando te la presenta. Es su esposa. Tratas de serenarte. De tomar el control de la situación. Sonríes y le diriges un frívolo pero disimulado -gusto en conocerte-. La vuelves a ver bien. A pesar de ser una mujer guapa y atractiva se te hace horripilante, una arpía que no lo merece. Se te hace muy poca cosa para él. -Es lo mejor que pudo conseguir después de mí-. Te consuelas. Han pasado casi 18 años desde que le llamaste un día, escudada en un teléfono, para decirle que ya no querías seguir con él. Después de tanto tiempo sigues preguntándote por que decidiste eso.

Te habías olvidado de él, pero en ese momento teniéndolo enfrente tu cuerpo te traicionó. Quieres recuperar el control pero es una vorágine de sensaciones la que recorre tu cuerpo. Sonríes nerviosamente, empiezas a hablar sin sentido. Le preguntas si es amigo del novio o de la novia. Él responde que del novio y luego te pregunta a tí de regreso. Respondes que eres amiga de la novia. Sonríe. Entiendes esa sonrisa que no veías desde tanto tiempo. Sabes lo que significa. Es su risa de complicidad. Piensas que con eso te dice que es una ironía de la vida, su mejor amigo con tu mejor amiga si lograron hacer una vida. Este pensamiento viaja como rayo en tu mente. Ansías que algo te saque ya de esa situación. No puedes resistir más.

Ella ríe, se sorprende de la familiaridad, quizás intuya algo. Maliciosamente te pregunta si vienes sola. -Estoy esperando a mi esposo que fue por el auto- Mencionas, -ya nos vamos por que los niños aún no se duermen-. Dices esto sin convicción pero con el afán de que él sepa que estás casada ya y con hijos. -Que bien- dice ella. -Nosotros seguimos disfrutando de nuestra vida de pareja- y voltea a verlo a él con una mirada que se te antoja forzada y provocativa a la vez. -Quizás falsa- piensas. Cuando lo ves a él alcanzas a ver un destello de nerviosismo, de duda. No sabes lo que piensa. Es un instante. sonríe nerviosamente. Se hace un silencio incómodo.

Escuchas que al fin llega tu esposo en el auto. Agradeces a los cielos que por fin aparezca y termine ya esta situación. Él baja del auto. Lo último que esperas. Baja a saludar. Quizás baja por que te ha visto platicando con una pareja, quizás es por que intuye con quién platicas. Se acerca y no te queda más remedio que presentarlo. Parece no percatarse a quién le presentas. Tiende la mano franca y esboza su sonrisa de vendedor que utiliza en la oficina. No detectas que esté tenso. Él responde afablemente. Tal vez de más. Ella sonríe coquetamente. Se acerca a saludarlo de beso. Te incomoda su atrevimientoconversación hace que te saque del trance en que te encuentras. -Vámonos por que ya es tarde-.  Es una frase que te sabe a gloria. A huida con pies polvorosos. A retirada con honores. Sin confrontación.

Te despides de ella primero en lo que tu esposo se despide de él. Te acercas a ella y finges un beso. Ella hace lo mismo. Sientes el rechazo, y la mala vibra. Su aroma se te hacer repugnante. Sonríes al separarte. Sabes que le caíste muy mal desde el principio aunque aún no sepa porqué. Te percatas de tu error, pero es demasiado tarde. Si te despediste de ella así tendrás que despedirte de él. Habría sido mejor que solo te subieras al coche y te despidieras agitando la mano como una reina de belleza. Demasiado tarde. El protocolo indica que tienes que acercarte a él y despedirte de beso. Su cuerpo otra vez cerca de tí.

Te estremeces. Te acercas a él y procuras que sea lo más rápido posible. Pero cuando te vas acercando el tiempo se detiene, el espacio se dilata. El mundo deja de girar y en tu vientre sientes una chispa que descarga toda su energía cimbrándote en el piso. Sientes su mejilla otra vez, sus labios en tu piel. Arden.

Un escalofrío recorre tu piel, tu mejilla es el epicentro de las ondas que recorren tu cuerpo estremeciéndolo, despertando tus poros y tus sentidos, provocando a tus nervios. Logras reaccionar y separarte de su cuerpo, evitar su fuerza gravitacional. No puedes resistir la tentación de verlo a los ojos por última vez. Sabes que no debes hacerlo. Que debes evitarlo a toda costa pero fallas en el intento. Ahí están. Toda esa furia y pasión. Todo él en esa mirada. En ese brillo que siempre te hizo sucumbir.

Ves que su voz se quiebra. Quiere decir algo ininteligible, casi como un susurro. Tu oído se agudiza. Tus ojos se posan en sus labios para ver si puedes descifrar que quiere decir. Lo ha dicho ya. No escuchaste. Solo ves el brillo de sus labios. La carne que se abre e invita. Recuerdas sus besos, la tersura y textura. Entreabres los labios. Más que por voluntad por autonomía de los mismos. No sabes que decir. La chispa sigue ahí.

De pronto haces tierra. Tu esposo te agarra de la mano y escuchas su voz. -Es hora de irnos-. Volteas y te encuentras con su mirada distraída. No se da cuenta de lo que ha pasado. Mejor así. Que no sepa nada. Que ese momento se pierda en el olvido. Se escape de la memoria.

Subes al auto. Aún sientes su mirada. Su deseo por retenerte. Escuchas la voz de ella que dice con cierta sorna -Hasta luego-. Suena como una sentencia. Como un destino sellado. ves hacia el frente. Tu esposo arranca el auto. Te sientes desgarrada. Llena de dudas. El auto comienza a moverse. Quieres voltear. Lo evitas a toda costa. Sigues sintiendo esa mirada fija que te invita a voltear.

No resistes. Le diriges una mirada en un instante. Sabes que él entendió.

El auto se aleja por siempre y tu en él.


La aventura del siglo...


Hoy cruzaste la calle. Venías con esa soltura del cuerpo y el alma que solo tu conoces. Caminaste por entre los autos para llegar a la acera de enfrente. Entre la gente y las vitrinas que se te presentaban de frente de pronto sentiste que llegó un destello. Un impulso que te empujó hacia atrás en el tiempo y la memoria.

Sentiste el vértigo de los recuerdos y las sensaciones olvidadas, largamente aletargadas. Te remontaste muchos años atrás hacia esa bella ciudad llena de artistas y sueños, suspiros albergados por tantos enamorados y soñadores que ahí convergieron. Regresaste por un instante a esa ciudad y sus ríos. A esos espacios y recovecos de adoquines desgastados por tantos y tantos viajeros que han andado y desandado por ahí.

Recordaste esa sensación de incertidumbre, de deseo y culpabilidad. Sabías que te habías quedado de ver con él ahí. Pero también sabías que era prohibido. O al menos eso imaginabas. Tus tabus de mujer tradicional te repetían que no debías estar ahí con él. Sabías que corrías el riesgo de que algo ocurriera, algo que tu cuerpo deseaba pero tu razón, tan obstinada como tú, se resistía con todos los argumentos que tu madre te inculcó tan conscientemente por años. Esa red semántica y argumentativa de discursos entremezclados en tu piel de manera tan intrincada que evitaban a toda costa que tú te entregaras. Sabías que tus impulsos regían tus deseos, tu razón disparaba alarmas que hacían que entraras en una vorágine de dudas y negativas.

Trastabillaste al subir a la banqueta. Recordaste que años atrás lo habías hecho igual. Parece que aún cargas con esa duda en tus pasos que buscan contener tu sensualidad despertada en aquellos tiempos.

Llegaste hasta él. Lo viste como si fuera la primera vez que lo veías. En ese momento lo dejaste de ver con camaradería y comenzaste a verlo como hombre. Como ese hombre que quisieras para tí, para tus sueños. Algo había pasado. Algo se había desplazado dentro de tí que hacía que tu cuerpo y tu sonrisa se transformara. Los ojos te brillaran y buscaras cualquier pretexto para humedecer tus labios y acentuar ese tono carmín que los hacía ver más atractivos. Quisiste secretamente que te besara. Que en ese momento te tomara de la cintura y te besara ahí. Sin miedos ni fantasías. Solo esa realidad que les contenía y nada más.

Suspiraste. Trataste de evocar su aroma. Querías inundarte de él, sentir ese estremecimiento que partía de tus rodillas haciéndolas temblar hasta tus ojos que le hacían brillar y parpadear. Tus ojos en ese momento produjeron nuevamente ese brillo que se reflejó en los ojos de él. Parecía que habías logrado vislumbrar su alma esquiva y oculta tras sus ojos verdes.

Volviste a sonreír. Quisiste lanzar al aire nuevamente esa misma sonrisa que le diste a él un siglo atrás. Deseabas que él la volviera a tener, guardarla nuevamente entre sus manos para luego convertirla en un suspiro apasionado y entrecortado.

Volteaste a ver. Querías redescubrir ese callejón por el que se perdieron un día. Te esforzabas por hallar la entrada hacia ese pequeño hotel que los albergó. Entre los puestos y las vitrinas te figuraste ese callejón silencioso y romántico por el que habían paseado tomados de la mano para luego llegar a esa guarida disfrazada de refugio para el amor.

Tus manos temblaron. Por un instante te recordaste recorriendo su cuerpo con las yemas de tus dedos. El sudor aperlado en tu piel, tu cabello despeinado, el cansancio feliz, esa dulce melancolía, sutil y silenciosa.

Caminaste más rápido. Tenías ese mismo paso apresurado y ansioso por llegar esa tarde al café en donde se habían quedado de ver. Ansiabas estar otra vez con él. Escuchar su plática. Discurrir en temas ociosos y a veces profundos. Ver su sonrisa, tomarle las manos, perderse en sus labios.

Sabías que eso era extraño, fuera de lo común. Era algo que jamás habías pensado que serías capaz de hacer. Era una locura. Sin embargo ahí estabas, sola con tu deseo y tus sueños para encontrarte con él. ese instante nada existía, nada te detenía. Eras solamente tu con él.

En tus ojos comenzó a aparecer una lágrima. Primero discreta, silenciosa, tímida que titilaba en tu párpado. Luego, apareció otra con más carácter y determinación. Más voluntariosa que desplazó a la primera hasta arrojarla al abismo de tu mejilla. tus ojos se llenaron de lágrimas como una tarde lluviosa de abril. La melancolía te inundaba, se paseaba en tu cintura y luego se detenía en tus labios para luego revolcarse en tu pubis que se estremecía con esa hambre que extraña y sucumbe.

Tu mente comenzó entonces a reaccionar. Te comenzó a bombardear con preguntas y dudas, con recuerdos y sensaciones, con inseguridades.

¿Y si me hubiera quedado con él?, ¿y si mi destino me hubiera atado a él y no a otro?, ¿Cómo hubiera sido mi vida?, ¿se mantendría esa ansiedad del uno por el otro?, ¿Hubiera sido más feliz que ahora?, ¿Aún despertaría en él el deseo si lo viera hoy después de tanto tiempo? ¿Fué amor o solo deseo? 

Lloraste con el alma, con el cuerpo, en silencio.

Para ti fue una gran aventura, la aventura que duraría un siglo solamente, pero siempre estaría en ti esa pregunta en el aire:

¿Y si hubiera sido él para siempre?



¿Qué más puedo pedir?

Llegó a casa cansado. En el buzón estaba una carta con su nombre escrito a mano. Ya nadie escribía a mano ni rotulaba los sobres como antes, llenos de colores prismacolor y calcomanías alusivas con mensajes francamente irrisorios "te extraño", "nunca me olvides", "eres especial".

Su extrañeza se acentuó cuando vió el matasellos fechado 15 años antes. ¿será posible que esa carta hubiera tardado 15 años en llegar? Ese día se cumplían exactamente los 15 años de haber sido enviada. un 14 de abril.

Palpó el sobre. sintió la textura. Estaba tan acostumbrado a los emails que se sorprendió recibir aquel sobre ya amarillento por tanto tiempo de permanecer guardado. Tuvo el lejano impulso de olerlo recordando que en los viejos tiempos se acostumbraba a perfumar las cartas. Su mente trató de resistirse para evitar esa sensación de aroma a viejo y guardado producto del polvo acumulado, pero misteriosamente dentro de ese sobre se ocultaba un sutil y suave aroma que lo inundó. Se estremecíó. su memoria se esforzaba al máximo para evocar el sentimiento que le provocaba ese aroma, pero sus recuerdos se resistían y se ocultaban tras la muralla de la razón para evitar emerger de súbito y provocar un acceso emotivo.

Volteó la carta para ver el remitente.  Solo estaban escritas las letras: PMAC. ¿PMAC?... ¿PMAC? ¿quién era PMAC?... luego recordó su significado: Por muy amable conducto. Un convencionalismo de años antes para agradecer a aquella persona que llevaba esa carta hacia su destinatario. En el sobre no había rastro de su autor. Sin embargo, entró a casa intrigado por el contenido de aquel sobre. ¿Quién le agradecería al cartero que llevara una carta hasta su destino? eso ya no era para nada usual, de hecho eran aspectos que ya se habían olvidado por completo y las nuevas generaciones desconocían.

Se dirigió a la cocina, se preparó un café apresuradamente. La sensación de volver a recibir una carta escrita a mano le inquietaba de sobremanera. Esa pulcritud en la letra, en los decorados, los rituales literarios y artesanales que iluminaban esas cartas.

Quiso abrir el sobre. Por un instante tuvo el impulso de romperlo pro un costado. Había olvidado que esos sobres no se rompían, se abrían con un abrecartas. Pero él no tenía uno desde hacía años. Decidió pues usar un cuchillo de la cocina. Un pequeño sacrilegio que bien podía ser disculpado dentro del ritual extirpatorio. El aroma del café recién hecho lo alertó más. Decidió poner algo de música para leer la carta que aún no había sido extraída de ese sobre ya rasgado.

Buscó entre un baúl lleno de recuerdos un casette con música de antaño y lo colocó en el minicomponente que aún tenía el deck para tocar casettes. Estaba todo empolvado. Tuvo la impresión de que ya no serviría después de tantos años y tantos CD´s y Mp3´s tocados. La cinta comenzó a girar lentamente con un siseo provocado por los carretes, la música parecía jabonosa y lastimera, con sonido antiguo y distante, -¡que comparación con la fidelidad de la música de ahora!- pensó. Le subió el volúmen y la música se hizo más clara al igual que sus recuerdos. Aún no podía dilucidar quién sería la remitente de dicha carta.

Se dirigió nuevamente a la cocina. La luz que entraba por la ventana se escurría por los muebles de una forma diáfana, los sonídos de la calle se habían alejado y ahora solo escuchaba el murmullo de aquella música que lo mecía entre los recuerdos y los suspiros llenos de sensaciones y temblores.

Abrió lentamente el sobre y extrajo unas hojas de papel perfectamente dobladas. Aún se percibía la textura de aquellos delicados dedos que habían cruzado de un lado de la hoja al otro lado presionándolo para dejar un pliegue y darle ese carácter de misterio y tesoro a esas hojas llenas de palabras y de sueños.  Conforme iba desdoblando esas hojas, el sutil aroma que había percibido en el sobre ahora se hacía presente de una forma contundente y evidente. Suspiró. Quería llenarse de todas las partículas de ese aroma para que no se le escapara ninguna, y así evitar que se fugara por otro lado y se llevara sus recuerdos.

Al fin, las hojas estuvieron abiertas. Sus ojos también. Pudo ver su nombre en el encabezado, con letras grandes, resaltadas y remarcadas en esa esquina superior izquierda y esos dos puntos que eran el inicio de una confesión.

 Ayer estuvimos juntos, ¿qué más puedo pedir? tus labios han sido mios y se han quedado prendados de mi y de mis sueños. Eres ese hombre con el que he soñado toda mi vida, en las noches de luna llena y los días sin sol. Eres ese instante preciso, el silencio perpetuo, el ser que llena mi alma y mi destino. ¿qué más puedo pedir?. Ayer fuiste mío por primera vez, le llené de tí y de tu cuerpo, conocí tu espíritu y tus más recónditos secretos. ¿qué más puedo pedir?

Hoy desperté aún oliendo a tí. Llena de tu aroma y vestida con tus besos. Aún colgaba de mi cintura la cabalgadura de tus caderas,  el ímpetu de tus deseos, el ardor de tus manos y el brillo de tus ojos. Abrí los brazos para recibír la luz del día como la debe recibir Dios todas las mañanas: lleno de júbilo por un nuevo día enardecido de sueños y deseos.

Mi calma eres tú, mi remanso de alegría y felicidad. Mi sueño perfecto, aquél caballero gallardo de sueños medievales.

 ¿Esto será para siempre? ¿serás siempre este caballero gallardo? ¿seguirás siendo siempre así?, ¿seguirás siendo esa lumbrera al paso de los años cuando mi carne esté flácida y abatida?, ¿seguirás con ese despertar intenso y salvaje después de que nazcan los niños? ¿o trabajes hasta el cansancio y la falta de dinero sea un tema recurrente?

¿Existirá el amor eterno? ¿o la cotidianeidad se encargará de destruirlo?, ¿la rutina, el cansancio, el aburrimiento? ¿seguirás adelante conmigo a pesar de que pierda mi belleza?, ¿ seguirás amándome a pesar de que mis misterios sean develados por completo y no haya ya nada más que descubrir? ¿podrás resistir los embates del tiempo y el tedio? ¿seguirás estremeciéndote por mi cuando mis manos estén arrugadas y llenas de manchas?, ¿inundado de recuerdos y de añoranzas? ¿seguirás pensando en mí cuando la cotidianeidad nos alcance y los sueños se hayan marchitado o trastocado en ritmos de supervivencia?

¿podrás seguir? ¿podrás mantenerte vivo en el tiempo sin que nada empañe y abata nuestros deseos y sentimientos? ¿podrás comprender que ya no seré la misma con los años y seré diferente cada día aunque siga siendo la misma? ¿soportarás mis desplantes, cansancios, enojos, tristezas, derrumbes, dolores, desprecios, silencios, lágrimas e indiferencias?

¿seguirás en esencia siendo tu sin perderte en el camino? ¿sin perder el rumbo?, ¿mantenerte firme en tus promesas de ayer?

Quizás son demasiadas preguntas sin respuesta después de una noche romántica y entregada. Quizás son solo mis sueños aprendidos y estructurados por mi madre que se siente rota y agobiada por su amor eterno perdido y vituperado. Ese amor eterno que perdió o quízás solo soñó y nunca tuvo. Ahora me pregunto yo y te pregunto a ti:

¿podrás resistir a pesar de todo?

Luego, vió la firma. Se estremeció hasta el alma. No supo que decir, no supo que responder. ¿porqué había tardado esa carta 15 años en llegar? ¿de dónde provenía? ¿quién la había enviado?

Sus ojos se nublaron, se llenaron de ese fluir sutil que emana desde el corazón y que recorre las mejillas para luego estrellarse contra el piso. Ese remanso de tranquilidad se convirtió en un rio y luego en un mar hasta desembocar en un huracán. Las lágrimas y el llanto no se pudieron contener y después de 15 años, su alma lloró.

¿Cómo está hoy tu corazón?

De pequeña comenzó mi gusto por la cocina. Ese místico misterio de la combinación de los sabores y los aromas. De los hechizos en calderos humeantes y pócimas secretas, recetas misteriosas que se aprendían con observar a la matrona que sabía los rituales de la comida.

- Mi niña, la cocina es para enamorar los corazones, consentir las almas, llenar las barrigas -

Me decía Juanita. Así era, así aprendí que la cocina no era un lugar para acudir a llenar el estómago, sino a reencontrar las almas a través de los alimentos. Esa bendición que nos da la tierra, llena de sabores y misterios para que podamos vivir y disfrutar. La comida es el vehículo para llegar a la felicidad.

- Barriga llena corazón contento mi niña, corazón contento -

Por eso Juanita, cuando llegaba todos los días a la cocina me preguntaba:

- ¿Cómo está hoy tu corazón?-

- Triste - Le respondía.

- No importa mi niña, ahorita lo ponemos feliz -

 Y se ponía a cocinar para mi, por que siempre se debe cocinar para alguien más. La comida no sabe bien si es solo para que uno coma, para que uno se alimente. No. La cocina es para compartir, para disfrutar y abrir las almas a través de esos alimentos que se comparten, se consagran al corazón y el alma.

Fabiana era callada. Su silencio provenía de la costumbre propia de la tierra indígena.
 -Sólo se habla lo necesario mi niña. Es como los sabores, no deben hablar de más. Escucha con tu nariz lo que te quieren decir, lo que te platican. ¿que te dice un caldo de pollo?, ¿y el puchero de res?, ¿que te platican mi niña? ¿que quieres que digan? ¿que te gustaría que pasara en las almas de los que coman esto? -

Así descubría que la comida hablaba y que había que escucharla. Aprendí que la comida es un rito al cual se debe honrar todos los días. Es lo que nos mantiene vivos y en comunión con la naturaleza.

Juanita era la que iba al mercado, a veces me dejaba acompañarla. Tomaba las verduras entre sus manos, fuertes y curtidas, con una delicadeza propia de una doncella. Las olía, las escuchaba y luego, silenciosamente las colocaba en la canasta que poco a poco incrementaba su colorido y algarabía. Luego regresábamos a la casa solamente para ver como preparaban los alimentos junto con Fabiana.

Mis padres me regañaban. No era propio de una niña burguesa estar en la cocina con las criadas. Pensaban que aprendería cosas malas y perdería mis buenas costumbres. Sus temores se cumplieron. Aprendí a cocinar no como gran señora sino como empleada doméstica. Aprendí que el sazón no es de recetario sino de corazón y tanteo. De probar y saborear, de conocer los sabores que se juntan, se emparejan, entonan, rechazan. Aprendí que se cocina con el alma y el humor.

Ese humor que determina el platillo a cocinar en el día. Los días de enojo se le dedican a los platillos de sabores fuertes, contundentes, las carnes magras, cortes de res acompañados con vino español. Cuando una despierta con ese ánimo sensual de despertar los sentidos, entonces se cocina con romero, eneldo, perejil y berenjena. Para alegrar el día, nada como las salsas y las ensaladas con sus divertidos contrastes y colores. El amor sabe a pasta, a mariscos. La tristeza a helado de vainilla, café exprés, y unos granos de café.

Mi madre quiso enseñarme la alta cocina. El maridaje del vino con el platillo de alta cocina. De chef de alcurnia. Me dijo que el vino determina el platillo a servir. - primero el vino, luego el menú -  pero nada me salía bien. Odiaba los recetarios rígidos, estructurados que no dejaban nada a la imaginación.

Aprendí a seducir por los sentidos. Primero el aroma que despide la comida, luego la vista, lo brillante y atractivo, la seducción del color y tersura, las texturas y los contornos, y por último el gusto. Esa explosión de sabores, sensaciones, aromas y placeres del paladar.

Juanita y Fabiana fueron mis maestras en el arte de la cocina. Mi madre por más que se empecinó en enseñarme la alta cocina y las recetas selectas de chefs elegantes y llenos de cordones azules, nada les pude aprender. eran tan aburridos, estructurados que me robaban mi libertad. Juanita y Fabiana me habían echado a perder con su cocina indígena e instintiva.

Un día Juanita y Fabiana pidieron permiso para irse a su pueblo. Eran los festejos de San Caralampio el santo patrono. Se habían comprado un vestido lindo que era producto de meses de ahorro. La emoción y excitación era latente en sus semblantes y en su cocina. Los platillos previos a su partida eran alegres, crispantes, intensos, brillantes y por que no, un verdadero manjar que alegraba el corazón.

Nunca había visto a mi padre cerrar los ojos al comer en casa, ese día, por primera vez, lo vi y quedé cautivada por lo que habían logrado Juanita y Fabiana. Hacer que un hombre cerrara los ojos y soñara feliz con ese simple bocado. Amé a mi padre por mostrarme que era una forma de llegar a su corazón. Terminando de comer corrí con Juanita y Fabiana y les pedí que me enseñaran a cocinar.

- Tu ya sabes mi niña, solo escucha lo que dicen tus platillos, escucha tu corazón. Así jamás la comida sabrá mal.-

- ¡Pero aún no se bien! ¡Por favor Juanita enséñame!-

- Está bien mi niña, regresando del pueblo te enseñaré-

Juanita y Fabiana partieron un jueves a su pueblo prometiendo regresar el domingo por la tarde. Había mucho que hacer en casa para el lunes que habrían invitados a comer.

El sábado, en plena fiesta de San Caralampio del rincón se presentó la guerrilla. Dispararon contra todo el pueblo. Las mataron ahí. Quedaron tiradas en la tierra, sus manos curtidas y fuertes se abrieron por siempre y abrazaron la muerte sin ningún pudor regresando a esa tierra que tanto amaban y que santificaban con cada platillo y cada manjar que preparaban.

Me quedé con lo poco que aprendí a mis 9 años. Quisiera que hoy probaran algo que lo que cocino. Aunque a veces, en las tardes agobiantes y distraídas, aún las escucho a lo lejos decirme:

- ¿Cómo está hoy tu corazón?-

El abuelo ha muerto...

El abuelo ha muerto.

La abuela le ha dicho el último adiós a aquél hombre que la acompañó por tanto tiempo, que fue su sombra por toda su vida. Ahora ya nada quedaba. Ya nada sería lo que había sido antes.

La abuela recordaba su pasión. Ese afán por hacer las cosas perfectas. su obsesión por la colección de timbres que con tanto celo había albergado ahora permanecía ahí sin más, sin esas manos que la habían construido se antojaba vacío y sin sentido.

La abuela se dirigió hacia la ventana. La lluvia sutil que caía le daba un aire melancólico y diáfano al ambiente y acentuaba el vacío que sentía la abuela ante la pérdida de aquel hombre eterno.

Sintió nostalgia.

Llegó a su mente una palabra: “El cajón azul“

Observando la ventana comenzaron a llegar esos recuerdos en forma de oleadas. Su cuerpo decrépito se estremeció. sintió ese hormigueo olvidado y aletargado. Su piel se erizó. -Cerró los ojos.- Sus labios se entreabrieron instintivamente. En los ojos apareció ese velo extraño de añoranza pero del cual se escapa un destello de emoción. Los pulmones se expandieron para albergar más aire y luego arrojarlo por las fosas nasales como un barrido emocional que trataba de evocar esos instantes de pasión.

Su cuerpo volvió a estremecerse.

Una leve sonrisa comenzó a dibujarse en los labios. Era una sonrisa de recuerdo y de secreto, de misterio y de silencio. La lluvia seguía cayendo rítmicamente. Las gotas cubrían el piso como un manto acuoso y volátil desafiando las leyes de la probabilidad y generando un caos visual que generaba destellos y pirámides liquidas a cada impacto del agua sobre la superficie.

La abuela extendió sus sensaciones hacia esa superficie que se veía estimulada por la caída de la lluvia. Parecía que su cuerpo era ese piso sobre el cual caían todas las gotas de lluvia y le regocijaban despertando cada uno de los poros de su piel ante los impactos que se sucedían de forma rítmica y constante.

Suspiró hondamente.

Su mano se posó suavemente sobre su pecho. Ahora su corazón trataba de desbordarse, había perdido el ritmo monótono de las gotas de lluvia y ahora tenía su propio ritmo producido por esa sensación largamente olvidada que ahora se manifestaba nuevamente después de tantos años olvidados.

Trató de evocar esa figura en la lluvia, escuchar nuevamente esas palabras que le susurraban al oído y la desarmaban, la violentaban.

- Eres una dulce hada que se posa en mis sueños - escuchó de pronto de entre los sonidos que se producían en la lluvia.

- Ya deliro - Pensó. Pero en el fondo se dio cuenta que eran las palabras que necesitaba escuchar en ese momento.

La abuela guardaba un gran secreto. Ese secreto tenía ya 40 años de permanecer oculto. Ese secreto tenía nombre y sensaciones, tenía mapas corporales y silencios, suspiros y delirios. Ese secreto era la que la había mantenido siempre al lado del abuelo y la había hecho ser mejor mujer. Si. La abuela había tenido un amante.

No es que no amara al abuelo, no es que no hubiera sido el hombre de su vida ni tampoco fuera un hombre malo, sino que en algún momento de su vida había necesitado algo más que eso. Se había perdido la pasión y el deseo. Era esa necesidad obsesiva de cambiar, de experimentar, de desechar y renovar. Pensó. Todo se tiraba, caducaba, debía ser cambiado, reemplazado. -El amor acaba- decía la canción. Y en ese momento la situación con el abuelo no era de lo mejor,  es decir, era buena pero carecía de esa pasión que siempre buscaba la abuela.

- Era esa bendita necesidad de buscar más, de tener pasión, de vivir intensamente, incendiarse, entregarse, vivir, experimentar, arder, vibrar. - Pensó.

Con el abuelo las cosas habían marchado bien. era un excelente hombre pero la fuerza de la costumbre y la monotonía habían agotado la pasión y el deseo.  Ahora todo era rutina.

De pronto lo conoció. No esperaba sentir lo que había sentido en ese momento. Era como si tuviera un mapa de su piel, una brújula que lo guiaba por su cuerpo y sabía amar, sabía como incendiarla. Sus palabras parecían una llama que recorría su cuerpo desde sus oídos. Ella quiso aferrarse a él, a lo que vivía en esos momentos. Pero sabía que las cosas no podrían ser más que en ese contexto.

Lo que más disfrutaba la abuela era poder platicar y explayarse. Dejar que su cuerpo fuera recorrido, aprender a erotizar y ser erotizada. Dejar atrás los tabúes y los miedos y simplemente ser. Escuchaba ese discurrir de palabras y voces, de significados y sueños absorta y ansiosa de sentidos.

un día el le dijo:

- Debes aprender a reciclar el amor, a reinventarlo, reutilizarlo, redefinirlo y redescubrirlo. Crees que el amor debe ser desechable cono todos esos productos que compras, que usas y luego tiras. piensas que el amor no puede ser eterno por que se contrapone con la idea de tu vida inmediata, instantánea y evanescente. El amor se reconstruye y redefine, se replantea y redescubre-

- ¿Qué quieres de mi?- Preguntó la abuela. -A veces creo que  estás conmigo por que solo te quieres acostar y pasar un rato pero nada más- Espetó.

Él le respondió:

- Tu crees que el amor está relacionado con el sexo pero te equivocas. Crees que cuando tu esposo ya no te hace el amor es que ya no te quiere. Un amante no es aquél con el que engañas, el amante su nombre lo dice: ama. Tu esposo puede ser tu amante, un amigo puede ser tu amante, cualquiera puede ser amante por que ama lo que tiene, ama lo que eres y lo que sientes. Un amante no es solo una connotación sexual, un amante es alguien que te ama o que tu amas. Tu crees que por que estoy aquí contigo y no te digo que te amo entonces te engaño y te engañas. ¿por que esperas en esta relación amor total? Por que es un tabú que rompes, es un paradigma que tienes y que la sociedad se ha encargado de construir. Conmigo vienes a escapar de tu rutina, de tu hastío, ¿por qué entonces quieres hablar de amor eterno? ¿tratas de disimular la culpa que sientes por que tu cuerpo reacciona instintivamente y crees que debes sentir amor por eso?, ¿te enojas conmigo por que yo no me siento culpable como tú? Quizás llegaste aquí buscando respuestas pero lo que encontraste son preguntas. ¿qué tantos tabúes tienes?, ¿que paradigmas te conforman?¿que tan dispuesta estás para encontrarte y encontrar a los demás?, ¿hasta donde estás dispuesta a llegar para descubrirte?.-

La abuela aún saboreaba esas palabras. Él le había quitado un gran velo en los ojos. Le había hecho darse cuenta de que tenía grandes miedos y frustraciones, grandes ataduras y apegos.

-Debes aprender a verte a ti misma, a redescubrirte y reinventarte constantemente, reconstruirte permanentemente para evitar el tedio y la rutina pues solamente tu lo construyes. Te quejas de que tu esposo es aburrido, apacible y estático. ¿y tu que haces al respecto? ¿te sientas a esperar a que cambie?¿ a que se de cuenta?. Eso es lo que te han enseñado, que la mujer espera y el hombre decide... No. Tu elige y decide sobre tu cuerpo, sobre tu placer. Yo no soy nadie. no soy nada más que ese catalizador que necesitas para cambiar y darte cuenta de lo que tienes y lo que eres, yo solo soy el vehículo para que tu te descubras y te valores, te reencuentres. Yo no hablo de amor, hablo de encuentro, de guía y de sendero. ¿por que me quieres hablar de amor?-

Esta fue la última conversación que tuvieron. Ella no se atrevió a volver a estar otra vez con él, ese descubrimiento la había aterrado, la había desnudado emocionalmente. Guardaría por siempre el recuerdo de aquel hombre que le hizo darse cuenta de que su vida no era la rutina ni el tedio, sino el reinventarse y reciclar el amor. Y si. Había guardado todo lo que era él en un cajón azul imaginario al cual acudir cuando se sentía sola y necesitaba escapar de la rutina. Él le había dado sabor a la vida, le había dado una experiencia y un recuerdo, la había marcado de por vida y le había dejado sueños y experiencias en un gran cajón azul.

¿y el abuelo?

La abuela no había querido indagar, saber nada sobre el abuelo y sus dudas. Bastante tenía con las suyas.  Pero ahora que ya no estaba le asaltaban las dudas ¿habrá el abuelo conocido a alguien que le despertara sus dudas?, ¿le develara sus miedos? o él habría podido separar el cuerpo del corazón y retozado con alguien más?.

La abuela prefirió no saber. Era mejor. Que cada uno guardara en su recuerdo sus propias experiencias y sentidos. Al fin y al cabo habían permanecido juntos casi 50 años...