Romina

Romina era mi novia, bueno, no habíamos tocado el tema pero un buen día todo había comenzado con una serie de besos extraños y algo apesadumbrados. Quizás producto del rompimiento reciente con su novio. Era de constitución robusta, no rolliza como jamón industrializado, sino más bien de huesos fuertes y gruesos, le encantaba usar tacones altos, cuestión que le generaba una postura forzada hacia adelante y le dañaba la rodilla izquierda. Pero eso no era impedimento para seguir usando dichas zapatillas.  Al verla llegar simulaba una mole de robustez que se inclinaba para adelante en un vaivén extraño y algo simiesco. Sin embargo, ahí estaba yo involucrado sino sentimentalmente, al menos corpóreamente.

Tenía la peculiaridad de hablar fluidamente y entre frase y frase intercalar ciertas palabras dignas de un trailero trasnochado, sin embargo, esa intermitencia de frases con palabras altisonantes acompañadas de risas y ademanes hechos con las manos le daba cierto aire grácil y cómico imposible de no ser admirado además de gozar con sus ocurrencias.

No era agraciada físicamente, más bien formábamos una pareja extraña y dispareja, quizás por eso más bien no parecíamos pareja sino amigos discordantes y dispares. No podíamos pues decir propiamente que seríamos novios ni que nuestra relación tendría esos tintes de pasión, enamoramiento ni melancolía. Sino más bien era una amistad llena de derechos y honestidades, de claridades y confidencias.

La había conocido por casualidad en la escuela, estaba apesumbrada por que tenía que entregar un trabajo y no podía imprimir, la red estaba saturada. Yo por casualidad pasé por ahí y me decidí a ayudarla, reconfigurando la impresora las hojas comenzaron a salir y ella pudo imprimir su trabajo. Agradecida horas más tarde me invitó un café. Accedí por compromiso. Me agradó su compañía, quizás por que sufría de la misma soledad que ella, quizás por que al menos su plática rompía con el esquema tradicional al que estaba acostumbrado.

Con el paso de los días comenzamos a frecuentarnos, realmente sin ningún interés al respecto, pero de pronto, ya estábamos involucrados. No hablábamos de amor ni de promesas, no habían susurros ni sueños, solamente esa alegría propia del deseo por compartir algo, aunque fueramos nosotros mismos.

Cierto día llegó a su casa Manuel, un amigo muy cercano a ella. Mis instintos me indicaron que había una chispa contenida en ellos. La sonrisa de ella y la caida de ojos eran evidencia de que se veía atraída por él. Buscaba a cualquier momento el pretexto para poder tocarlo o rozarlo. Él respondía contenidamente, si bien por que yo estaba presente o por que ella era demasiado evidente que le hacía sentirse incómodo. Esta danza duró aproximadamente dos horas en la cual me convertí en un expectador de un cortejo en el que me veía involucrado sin querer.

Con motivos tan contundentes mis celos comenzaron a incrementarse, pero ¿si éramos prójimos por que me molestaba?, no habíamos hablado de amor ni tampoco hecho promesas ni compromisos. En mi crecía como un pequeño tumor que tomaba velocidad y decisión esa sensación de celos y la necesidad de defender lo que presuntamente me pertenecía.

Al partir Manuel, no sin antes despedirse ella con una coquetería que yo no conocía, cerré la puerta y con toda la seguridad y la razón asistíéndome me dispuse a hablar con ella.

- Por lo que veo este Manuel te gusta, ¿pero que te pasa?, ¿como te atreves a coquetearle enfrente de mi? ¡Es una falta de respeto!, ¡Te exijo que la próxima vez no te le acerques!, es más, no quiero que le hables!- dije contundentemente esperando una reacción al menos de sorpresa, de negativa o al menos de sumisión... algo que fué contrariamente a todo lo que yo esperaba. Ella sonriente y segura de si misma comenzó a reírse con una estruendosa carcajada.

La furia se apoderó de mi, un sentimiento de enojo me llenó desde la base del estómago e inundó mi pecho y rostro. Mis colores debieron pasar del verde al morado de inmediato, tenía unas ganas desorbitadas de tomarla de los hombros y hacerla reaccionar, quería que me viera a los ojos y me dijera el por qué se burlaba de mi de esa manera. Me quedé mudo. Ella notó mi coraje y turbación, se tranquilizó un poco y comenzó a hablar:

- No te enojes, no tienes por que enojarte, pero esa es tu decisión. Pero antes de que sigas reclamándome algo te voy a decir dos cosas: primero, no veo por que tengas que estar celoso, si alguien quiere estar contigo lo estará, si no quiere estar contigo nada podrás hacer para retener a esa persona, no depende de ti, sino de su corazón. Así que hoy estoy contigo por que quiero estarlo, el día que ya no quiera estar contigo seré la primera en decírtelo, no te engañaré ni nada, soy demasiado honesta como para hacerte ver algo que no es. El día en que deje de interesarme en tí serás el primero en saberlo. Segundo, ¿por que eres tan inseguro? ¿crees que no eres lo suficientemente hombre ni lo suficientemente interesante o atractivo para conquistar y retener a una mujer como yo?, ¿tanto dudas de ti?-

Esto me cayó como un balde de agua helada. No supe que decir. Me había desarmado y desarticulado todos mis argumentos machistas en un minuto. Había pisoteado y hecho polvo mi orgullo y mi integridad. Quedé en completo silencio. Jamás me habían dicho algo así ni me habían dado un golpe tan bajo. Me quedé anonadado.

Después de unos instantes comencé a darme cuenta que nada me pertenecía, ella no me pertenecía, tampoco su corazón ni sus sentimientos, que lo único que yo poseía era mis sentimientos hacia ella y nada más... Aprendí entonces a dejarme llevar, a fluir y a desapegarme a las personas pues éstas están cuando deben estar y estarán mientras quieran o así lo decidan, y si no entonces partirán sin que pueda evitarlo...

Una carcajada llegó de súbito desde el fondo de mi alma, y comencé a reir junto con ella, reí y reí como nunca lo había hecho... por fin había comprendido que el amor es desapego y no posesión. Una de las mejores lecciones que he tenido.

-

No hay comentarios: