En el mar...


Había estado paseando por la playa. Le encantaba caminar por la arena. Llenarse de esa sensación táctil de minúsculas partículas acariciando la planta de los pies. Sentir en el rostro esa brisa húmeda y fresca con aroma de sal,  ese ardor que produce el sol, la resequedad en los labios, el sudor aperlado que brota de la piel como manifestación de ese placer que produce estar cerca del mar.

La tarde caía suavemente como un manto sobre las olas que se mecían en un vaivén ronroneante e hipnotizador. Había poca gente alrededor y ella caminaba por unos escollos que se asomaban por entre los montículos de arena. El sol le daba de frente y la obligaba a entrecerrar los ojos dándole esa sensación de pintura surrealista al paisaje que tenía enfrente.

El mar susurraba con su voz monótona y sutil acariciando la arena con su espuma brillante, vestido con un manto lleno de miríadas de luces que incidían en su superficie haciendo un juego multicolor de destellos que seducían a todo aquél que le prestara atención.

Ella caminaba despreocupadamente entre la arena casi como una autómata sin voluntad que se deja llevar por sus instintos hacia cualquier lugar. La marea comenzaba a subir lentamente como presagio de la aparición de esa luna brillante y enigmática que lograba despertar las pasiones de más de uno y los quebrantos de otros.

Sus sentidos se encontraban aletargados por ese resplandeciente y sutil calor que produce el sol instantes antes de tocar la línea del horizonte para ocultarse por la noche y descansar. Ella solo escuchaba ese vaivén, sentía el calor, veía una pintura surrealista y respiraba ese aroma a sal y a humedad.

Una grieta la sacó de su estado cuasicatatónico. Estaba atrapada. Había caído y ahora solo sobresalía su tronco y la cabeza. No había nadie a su alrededor. Trató de enfocar la mirada pero no podía ver nada pues tenía el sol de frente. Las manos le dolían, las piernas estaban entumecidas. No sabía bien que había pasado, solo sentía que se encontraba atrapada.

Luchó primero por soltarse, pero estaba bien afianzada. Parecía que no podía liberarse tan facilmente. Se esforzó nuevamente, se agitó, revolvió, pero seguía firmemente aferrada. Poco pudo hacer.

El sol terminó por caer y la luna que en otras ocasiones sería una complice romántica ahora se erguía como un negro presagio con toda su penumbra. Junto con la luna llegaba lentamente la marea.

Al principio, cuando llegó el agua a su cuerpo lo sintió como un bálsamo ante el ardor del sol y la incomodidad de la posición en la que se encontraba. Las manos se refrescaron y se manifestaron nuevamente con un dolor permanente y entumecedor. No podía mover las manos, ¿pues como había caído? no sabía. Solo sabía que estaba atrapada.

La marea comenzó a subir. Primero le cubrió la cintura, luego, con cada merejada, su cuerpo iba cubriéndose más. La desesperación a cada instante se hacía más latente en su estado de ánimo. Luchaba por soltarse, se esforzaba, se motivaba, pero nada parecía suficiente. Estaba firmemente anclada en ese lugar.

Comenzó a gritar, a pedir auxilio, pero nadie escuchaba. No había nadie cerca.

El agua ya había llegado a los hombros. Se desesperó. ¿cuánto tiempo tardaría?. Siempre había pensado que una de las últimas formas en las que le gustaría morir era ahogada o quemada. Ahora, ese temor de la posibilidad de morir ahogada se le presentaba cada vez más real. Había decidido luchar hasta el final, pero a veces flaqueaba y se daba por vencida. Su cabeza trabajaba a velocidad impensable tratando de encontrar una solución y preparándose hasta las últimas consecuencias para sobrevivir ante esa situación.

De entre las sombras pudo vislumbrar una luz que se movía. Gritó desesperada para que la encontraran. Efectivamente, un hombre fornido paseaba por ahí y la divisó. Corrió hasta donde estaba para ayudarla.

Ella sintió un gran alivio. ¡Por fin alguien estaba ahí para ayudarla!

Aquél hombre le preguntó que como estaba y cómo había caido ahí. Ella poco pudo explicar, solo pudo decirle que estaba atorada en esa grieta y que las manos las tenía entumidas. No las podía mover.

Él metió las manos al agua para tratar de tocar y entender en donde se encontraba atorada. Pudo percibir que ella estaba parada en una fosa muy justa y que los brazos estaban atorados en esa fosa. no podía descifrar en donde estaban sus manos pues las piedras impedían que llegara hasta ellas.

Trató de tirar de ella a través del tronco pero ella gritó de dolor. ¡Mis manos! ¡Se destrozan! ¡Me duelen! ¡Todo mi cuerpo!

La marea subía a cada instante y el agua ya le llegaba a la quijada. Ella trataba de mantener la cabeza alta para evitar que el agua entrara por la nariz y la boca. Él desesperado trataba de sacarla a como diera lugar pero no encontraba la forma de liberarla.

Las olas cada vez crecían y golpeaban el rostro de ella que ya presentaba un gesto de terror y desesperación. Comenzaba a atragantarse con el agua de mar. ¡No me dejes! ¡Por favor no me dejes! le gritaba a ese hombre que estaba ahí tratando por todos los medios de liberarla.

La siguiente ola tiró la lámpara y los dejó en la obscuridad. Aún sentía las manos de aquél hombre que luchaba frenéticamente por liberarla. Ella se revolvía en ese mar de espuma y agua que tanto amaba y que ahora se presentaba como su tumba.

De pronto ella entró en un estado de aceptación. De resignación. Había luchado tanto, había sufrido tanto que quizás fuera el momento adecuado para dejarse llevar, para saber que la vida pasa y se acaba, que ya nada importa más que vivir cada instante con la mayor intensidad...

Como si fuera un corcho de una botella de champagne salió disparada hacia la superficie... y comenzó a tratar de nadar. Aquél hombre la tomó de los hombros y la levantó para llevarla a la orilla.

¡Se había salvado por segundos!. Tosía frenéticamente en un esfuerzo de su cuerpo por expulsar toda el agua de sal que había tragado y ahora le quemaba las vías respiratorias y a cada tosido venía una aspiración desesperada por aspirar y llenar sus pulmones de aire para sentir que había sobrevivido. Estaba llorando y estremeciéndose le agradeció a ese hombre que a pesar de todo, había estado ahí intentando contra todas las probabilidades, salvarla.

Al otro día ella volvíó a aquél lugar para ver en dónde había sido el accidente y cómo se había podido liberar. Cuando llegó a la grieta la observó. No era muy onda ni tampoco tan estrecha como ella creía. La revisó detenidamente y luego se aventuró a introducirse en ella. Se dió cuenta que áunque parecía estrecha ella estaba comodamente parada ahí. No entendía por que la noche anterior se sentía atrapada. Luego, bajó las manos, y palpó lo que había abajo. Se estremeció.

Solo habían dos piedras en forma de agarraderas en las cuales ella había estado sujeta...

Y fue cuando escuchó la voz de aquél hombre que había tratado de liberarla la noche anterior:

-Así es. No había nada que te sujetara ahí abajo más que tus miedos. Eras tú sujeta firmemente a esa piedra la que impedía que tu misma salieras y vivieras. Nadie más que tú eras la que querías morir, perderte en ese lugar, desaparecer. Yo no te saqué de ahí por que tu no querías salir por más que lo intentaba.

Lo triste es que solo cuando decidiste morir y dejar de luchar, te soltaste y pudiste sobrevivir. No fué por conciencia, ni por el ánimo de sobrevivir, sino por ese abandono a tu vida, el desprecio de lo que eres y sientes. Anda, ahora sal de ahí y deja que otro caiga aquí, a ver si el siguiente se da cuenta de que puede salir fácilmente si decide vivir sin miedo.-