Siempre...

Hace tanto tiempo que no tenía tu cabeza en mi regazo. Poder juguetear con tu cabello libremente. O bueno, lo poco que ha quedado de él. El tiempo es implacable. Nos acaba, nos extingue y transforma. Pero tú siempre has permanecido aquí.

Has caminado a mi lado durante tanto tiempo que mis pies ya se han olvidado desde cuando siguen tus pasos acompasados que aderezan a los mios.

Tus manos. Esos remansos de paz y tranquilidad que durante años fueron tormenta de deseo ardiente y búsqueda infinita. ahora las tomo. Siento tu calor. Repaso nuevamente como tantas veces la superficie de tus palmas. Tus callos siguen ahí como evidencia de tu esfuerzo y trabajo de años y años de entrega y dedicación, de paciencia y constancia. ¡Qué fortaleza la tuya!. Siempre me has sostenido cuando he caído. Siempre tu brazo solícito, tu fuerza y tu hombro para llorar.

Tu rostro tan bello. Ya lleno de arrugas y resquicios de las luchas que has librado ante la vida y la muerte. Esas comisuras en tus labios que acentuan tu adorable sonrisa llena de misterio y secretos. Veo tus ojos cerrados. Tus pestañas antes tupidas, ahora casí irsutas y solitarias ocultan ese mirar tan sereno, profundo, tan silencioso y eterno. Siempre ocultando esa chispa de vida y de furica existencia.

Quisiera que me abrazaras. Sentir otra vez tus brazos fuertes y afables. Aquellos que me cargaron desde esa noche de bodas hasta ahora. Sentir esa cadena hecha con tus brazos que acepté feliz por ser tuya  para siempre. Esos brazos que han sido mi refugio y que siempre permitieron adormecerme en tu pecho desde el cual emana ese calor y esa entrega que es solo para mi.

Tu pecho. ¿te dije alguna vez que es la parte que más me gusta de ti?. Bueno. tus manos y tus ojos. eso lo sabes. Pero tu pecho es algo especial. Siempre pensé que había una llave para poder acceder a él. Por eso siempre te acariciaba con la intención de ver si encontraba una cerradura por la cual pudiera yo colarme para que ya jamás me sacaras de ahí. No necesité esa cerradura. Tu corazón siempre ha estado abierto para mi y ha sido solo mio.

¿Que más podía pedir en esta vida? un hombre como tú: excelente padre, gran trabajador, responsable, honesto, entregado, respetuoso. "Hombres como él ya no hay" decía mi madre. Ahora que lo veo tuvo mucha razón. Hombres como tu ya no hay. Espero que nuerstras hijas encuentren a alguien parecido a ti pues has sido un gran ejemplo para ellas. ¿qué más podía esperar?

Inevitable perderme en tus labios.  Siempre han sido adictivos para mi. Sentir su humedad, su ternura y solitud. esa calidez de años, ese sabor embriagante y seductor que me estremece aún a pesar del paso de los años. Mis dedos otra vez tocan tus labios en un afán por evitar que digas algo. Basta con un silencio.

Aquí estás y siempre has sido mio... Siempre.

Ya vienen por tí. Te ves bien de traje. Siempre te lo dije. Ahora yaces aquí en mi regazo descansando en paz. Me acabas de abandonar y emprendes tu último viaje. Te me adelantaste. Te has ido sin mi. "Me voy para allanar el camino para que, dado el momento,  llegues fácilmente hasta mí" dirías ahora si pudieras hablarme. Pero ya no estás. Comienzas a perder tu calor y tu candor.

Ya vienen por tí. Ahora te levantan y te colocan en ese féretro que será tu última morada. Me acerco a tí. Mi cuerpo grita y ansía llorar. No lo hago. No es lo que hubieras querido. Te beso en la frente. y al oido solamente te susurro aquella palabra que selló nuestra promesa eterna: SIEMPRE...


Miénteme...



Miénteme.

Dime que aún me amas, que aún sientes esa emoción de tenerme en tus brazos. Que mis labios aún te estremecen y tus sueños siguen atados a los míos.

Hazme sentir que aún te estremeces cuando estoy cerca.  Piensas en mí y en mi voz. En ese devenir de mis manos sobre tu piel y tus recuerdos. Que aprecias mi compañía y mis pasos al bajar por las escaleras para abrirte la puerta cada día que llegas a casa cansado después de luchar por la vida.

Dime que me amas y que has permanecido conmigo durante tantos años por mi y no por nuestros hijos que he criado con tanto esmero como si fuera lo más sagrado de nuestro hogar.

Miénteme.

Susúrrame palabras de amor al oído como ese río fresco que alguna vez me ilusionó hasta el cansancio y humedeció mi piel en las noches llenas de sutilezas y deseos, de furias y balanceos.  Deja que te vea de frente, que dibuje en tu piel arrugada una sonrisa llena de alegría y plenitud.

Tómame de la mano y condúceme por ese pasadizo hacia la luz que nos ilumina en cada instante que pasa y se detiene, juguetea y se llena de sombras y contrastes. Esa luz que nos ha acompañado por esta travesía llamada destino y vida.

Dime que soy tu vida, que no puedes vivir sin mí ni mis labios, que ansías mis manos y mi cuerpo a pesar de estar ya cansina y marchita, silenciosa y meditabunda. Recuérdame el porqué decidí vivir a tu lado a cada instante dejando todo atrás sin importar nada más que el estar juntos por siempre. Forjar un destino y cambiar el mundo.

Miénteme.

Confiésame que te gusta como te preparo la comida todos y cada uno de los días de tu vida. Que sonríes feliz de saber que sigo a tu lado y llena de detalles que me hacen recordar lo especial que soy para tí. Que Dios nos puso en el mismo camino para que lo anduviéramos juntos y compartiéramos las penas y las alegrías, el hambre y la abundancia, lo próspero y lo adverso, la salud y la enfermedad, el agua y el vino, la sangre y el sudor, los días y sus noches, las estrellas y las mareas de luna llena.

En secreto, al oído, platícame de los secretos del mar y tus deseos de perderte en las olas  junto a mi cobijados por la espuma plañidera y seductora. Llenos de arena y deseo,  de sol y palmeras, silencios y quebrantos, lleno de tí y de mí, llenos de todo. Hazme saber con una mirada que todos estos años han sido maravillosos a mi lado y que ya no imaginas otra vida que no fuera el estar a mi lado por siempre.

Espero que tus palabras suenen sinceras como si fueran las letras tejidas de tantos libros olvidados llenos de ilusiones y propuestas, cargados de poesía y prosa literata con noches de vino tinto y faroles diáfanos iluminando los callejones románticos y silenciosos donde ansiábamos entregarnos a cada instante hasta alcanzar la eternidad.

Miénteme hasta el cansancio, pero miénteme.

Y si me mientes, prometo olvidar tus golpes y desaires, tus indiferencias y tus amarguras. Tu alcohol en las venas y tus gritos, tus vejaciones e infidelidades. Prometo olvidar todos esos momentos abrumadores y silenciar mis agobiantes vacíos.

Miénteme. Por lo que más quieras, miénteme...


Un encuentro inesperado...



Tomas tu bolsa y te levantas de la mesa. La música sigue sonando y te diriges hacia la novia. Es tu amiga la que se acaba de casar. La abrazas y te despides, le deseas lo mejor para esa nueva etapa en su vida. Sabes que es el comienzo de una larga travesía. Luego, te diriges hacia la puerta. te disculpas por que te tienes que retirar. -Los niños - dices. Luego de un abrazo, te tomas de la mano de tu esposo y te diriges hacia la puerta de salida. Estás contenta. Hacía tanto que no salías a una boda. -Es como si uno se volviera a casar viendo a los novios- te había dicho él cuando llegaron a la iglesia. Sientes esas ganas de quedarte. Hace tanto tiempo que no tienen tiempo para ustedes que quisieras quedarte un rato más. Pero los niños reclaman tu presencia. Piensas que todo el esfuerzo en arreglarte y vestirte fue demasiado para tan poco tiempo en la boda. Él lo compensa antes de llegar al estacionamiento diciéndote que te ves radiante. -Es tan lindo- piensas.

Te quedas esperando en la recepción. Él te dice que irá por el auto para que no camines hasta donde lo dejó. Te paseas impaciente. Tomas el celular en un intento por llamar a casa y preguntar cómo están los niños. Te contienes, es mejor llamar del auto, ya que estés cerca.

De pronto sientes en la espalda una mirada. No la ves pero la sientes. Comienza jugueteando en tu cabello y luego se desliza por tu espalda hasta detenerse en tu cintura, te acaricia. Es extraña pero misteriosamente te gusta, no te ofende. La mirada prosigue su camino, se regocija en tu cintura sutilmente, luego se pasea por tus glúteos y se desparrama por tus muslos, tus pantorrillas y termina en tus tobillos. Ha sido tan rápido que apenas has tenido tiempo de pensar. Escuchas una sutil risa femenina que rompe con el encanto de la mirada persistente y provocativa.

Volteas a ver disimuladamente quién viene. La risa es el pretexto perfecto para voltear a ver y saber quién te ha visto así.

Cuando te has dado vuelta, ves una pareja que está muy cerca. Reconoces inmediatamente al que te vio así.

Es él. Tu corazón se detiene. Tu respiración se entrecorta. El estómago se convierte en un nudo imposible. Las piernas que durante tanto tiempo han sido tu orgullo y vanidad por su constitución y su silueta gracias a tantos años de ballet ahora parecen un manojo de varas de nardo a punto de hacerte caer.  Han tomado el control tus nervios. El labio superior te tiembla imperceptiblemente y tus manos de pronto comienzan a sudar copiosamente.

Tu logras esbozar una sonrisa patética y forzada. Quieres aparentar indiferencia y sorpresa pero es tan impredecible el encuentro que no puedes articular palabra. Ahora descubres porqué te vio así y su mirada -secretamente- en vez de ofenderte te halagó.

Ella viene con unas copas de más. No se percata de tu nombre ni aparenta hacer ninguna conexión con él cuando te la presenta. Es su esposa. Tratas de serenarte. De tomar el control de la situación. Sonríes y le diriges un frívolo pero disimulado -gusto en conocerte-. La vuelves a ver bien. A pesar de ser una mujer guapa y atractiva se te hace horripilante, una arpía que no lo merece. Se te hace muy poca cosa para él. -Es lo mejor que pudo conseguir después de mí-. Te consuelas. Han pasado casi 18 años desde que le llamaste un día, escudada en un teléfono, para decirle que ya no querías seguir con él. Después de tanto tiempo sigues preguntándote por que decidiste eso.

Te habías olvidado de él, pero en ese momento teniéndolo enfrente tu cuerpo te traicionó. Quieres recuperar el control pero es una vorágine de sensaciones la que recorre tu cuerpo. Sonríes nerviosamente, empiezas a hablar sin sentido. Le preguntas si es amigo del novio o de la novia. Él responde que del novio y luego te pregunta a tí de regreso. Respondes que eres amiga de la novia. Sonríe. Entiendes esa sonrisa que no veías desde tanto tiempo. Sabes lo que significa. Es su risa de complicidad. Piensas que con eso te dice que es una ironía de la vida, su mejor amigo con tu mejor amiga si lograron hacer una vida. Este pensamiento viaja como rayo en tu mente. Ansías que algo te saque ya de esa situación. No puedes resistir más.

Ella ríe, se sorprende de la familiaridad, quizás intuya algo. Maliciosamente te pregunta si vienes sola. -Estoy esperando a mi esposo que fue por el auto- Mencionas, -ya nos vamos por que los niños aún no se duermen-. Dices esto sin convicción pero con el afán de que él sepa que estás casada ya y con hijos. -Que bien- dice ella. -Nosotros seguimos disfrutando de nuestra vida de pareja- y voltea a verlo a él con una mirada que se te antoja forzada y provocativa a la vez. -Quizás falsa- piensas. Cuando lo ves a él alcanzas a ver un destello de nerviosismo, de duda. No sabes lo que piensa. Es un instante. sonríe nerviosamente. Se hace un silencio incómodo.

Escuchas que al fin llega tu esposo en el auto. Agradeces a los cielos que por fin aparezca y termine ya esta situación. Él baja del auto. Lo último que esperas. Baja a saludar. Quizás baja por que te ha visto platicando con una pareja, quizás es por que intuye con quién platicas. Se acerca y no te queda más remedio que presentarlo. Parece no percatarse a quién le presentas. Tiende la mano franca y esboza su sonrisa de vendedor que utiliza en la oficina. No detectas que esté tenso. Él responde afablemente. Tal vez de más. Ella sonríe coquetamente. Se acerca a saludarlo de beso. Te incomoda su atrevimientoconversación hace que te saque del trance en que te encuentras. -Vámonos por que ya es tarde-.  Es una frase que te sabe a gloria. A huida con pies polvorosos. A retirada con honores. Sin confrontación.

Te despides de ella primero en lo que tu esposo se despide de él. Te acercas a ella y finges un beso. Ella hace lo mismo. Sientes el rechazo, y la mala vibra. Su aroma se te hacer repugnante. Sonríes al separarte. Sabes que le caíste muy mal desde el principio aunque aún no sepa porqué. Te percatas de tu error, pero es demasiado tarde. Si te despediste de ella así tendrás que despedirte de él. Habría sido mejor que solo te subieras al coche y te despidieras agitando la mano como una reina de belleza. Demasiado tarde. El protocolo indica que tienes que acercarte a él y despedirte de beso. Su cuerpo otra vez cerca de tí.

Te estremeces. Te acercas a él y procuras que sea lo más rápido posible. Pero cuando te vas acercando el tiempo se detiene, el espacio se dilata. El mundo deja de girar y en tu vientre sientes una chispa que descarga toda su energía cimbrándote en el piso. Sientes su mejilla otra vez, sus labios en tu piel. Arden.

Un escalofrío recorre tu piel, tu mejilla es el epicentro de las ondas que recorren tu cuerpo estremeciéndolo, despertando tus poros y tus sentidos, provocando a tus nervios. Logras reaccionar y separarte de su cuerpo, evitar su fuerza gravitacional. No puedes resistir la tentación de verlo a los ojos por última vez. Sabes que no debes hacerlo. Que debes evitarlo a toda costa pero fallas en el intento. Ahí están. Toda esa furia y pasión. Todo él en esa mirada. En ese brillo que siempre te hizo sucumbir.

Ves que su voz se quiebra. Quiere decir algo ininteligible, casi como un susurro. Tu oído se agudiza. Tus ojos se posan en sus labios para ver si puedes descifrar que quiere decir. Lo ha dicho ya. No escuchaste. Solo ves el brillo de sus labios. La carne que se abre e invita. Recuerdas sus besos, la tersura y textura. Entreabres los labios. Más que por voluntad por autonomía de los mismos. No sabes que decir. La chispa sigue ahí.

De pronto haces tierra. Tu esposo te agarra de la mano y escuchas su voz. -Es hora de irnos-. Volteas y te encuentras con su mirada distraída. No se da cuenta de lo que ha pasado. Mejor así. Que no sepa nada. Que ese momento se pierda en el olvido. Se escape de la memoria.

Subes al auto. Aún sientes su mirada. Su deseo por retenerte. Escuchas la voz de ella que dice con cierta sorna -Hasta luego-. Suena como una sentencia. Como un destino sellado. ves hacia el frente. Tu esposo arranca el auto. Te sientes desgarrada. Llena de dudas. El auto comienza a moverse. Quieres voltear. Lo evitas a toda costa. Sigues sintiendo esa mirada fija que te invita a voltear.

No resistes. Le diriges una mirada en un instante. Sabes que él entendió.

El auto se aleja por siempre y tu en él.


La aventura del siglo...


Hoy cruzaste la calle. Venías con esa soltura del cuerpo y el alma que solo tu conoces. Caminaste por entre los autos para llegar a la acera de enfrente. Entre la gente y las vitrinas que se te presentaban de frente de pronto sentiste que llegó un destello. Un impulso que te empujó hacia atrás en el tiempo y la memoria.

Sentiste el vértigo de los recuerdos y las sensaciones olvidadas, largamente aletargadas. Te remontaste muchos años atrás hacia esa bella ciudad llena de artistas y sueños, suspiros albergados por tantos enamorados y soñadores que ahí convergieron. Regresaste por un instante a esa ciudad y sus ríos. A esos espacios y recovecos de adoquines desgastados por tantos y tantos viajeros que han andado y desandado por ahí.

Recordaste esa sensación de incertidumbre, de deseo y culpabilidad. Sabías que te habías quedado de ver con él ahí. Pero también sabías que era prohibido. O al menos eso imaginabas. Tus tabus de mujer tradicional te repetían que no debías estar ahí con él. Sabías que corrías el riesgo de que algo ocurriera, algo que tu cuerpo deseaba pero tu razón, tan obstinada como tú, se resistía con todos los argumentos que tu madre te inculcó tan conscientemente por años. Esa red semántica y argumentativa de discursos entremezclados en tu piel de manera tan intrincada que evitaban a toda costa que tú te entregaras. Sabías que tus impulsos regían tus deseos, tu razón disparaba alarmas que hacían que entraras en una vorágine de dudas y negativas.

Trastabillaste al subir a la banqueta. Recordaste que años atrás lo habías hecho igual. Parece que aún cargas con esa duda en tus pasos que buscan contener tu sensualidad despertada en aquellos tiempos.

Llegaste hasta él. Lo viste como si fuera la primera vez que lo veías. En ese momento lo dejaste de ver con camaradería y comenzaste a verlo como hombre. Como ese hombre que quisieras para tí, para tus sueños. Algo había pasado. Algo se había desplazado dentro de tí que hacía que tu cuerpo y tu sonrisa se transformara. Los ojos te brillaran y buscaras cualquier pretexto para humedecer tus labios y acentuar ese tono carmín que los hacía ver más atractivos. Quisiste secretamente que te besara. Que en ese momento te tomara de la cintura y te besara ahí. Sin miedos ni fantasías. Solo esa realidad que les contenía y nada más.

Suspiraste. Trataste de evocar su aroma. Querías inundarte de él, sentir ese estremecimiento que partía de tus rodillas haciéndolas temblar hasta tus ojos que le hacían brillar y parpadear. Tus ojos en ese momento produjeron nuevamente ese brillo que se reflejó en los ojos de él. Parecía que habías logrado vislumbrar su alma esquiva y oculta tras sus ojos verdes.

Volviste a sonreír. Quisiste lanzar al aire nuevamente esa misma sonrisa que le diste a él un siglo atrás. Deseabas que él la volviera a tener, guardarla nuevamente entre sus manos para luego convertirla en un suspiro apasionado y entrecortado.

Volteaste a ver. Querías redescubrir ese callejón por el que se perdieron un día. Te esforzabas por hallar la entrada hacia ese pequeño hotel que los albergó. Entre los puestos y las vitrinas te figuraste ese callejón silencioso y romántico por el que habían paseado tomados de la mano para luego llegar a esa guarida disfrazada de refugio para el amor.

Tus manos temblaron. Por un instante te recordaste recorriendo su cuerpo con las yemas de tus dedos. El sudor aperlado en tu piel, tu cabello despeinado, el cansancio feliz, esa dulce melancolía, sutil y silenciosa.

Caminaste más rápido. Tenías ese mismo paso apresurado y ansioso por llegar esa tarde al café en donde se habían quedado de ver. Ansiabas estar otra vez con él. Escuchar su plática. Discurrir en temas ociosos y a veces profundos. Ver su sonrisa, tomarle las manos, perderse en sus labios.

Sabías que eso era extraño, fuera de lo común. Era algo que jamás habías pensado que serías capaz de hacer. Era una locura. Sin embargo ahí estabas, sola con tu deseo y tus sueños para encontrarte con él. ese instante nada existía, nada te detenía. Eras solamente tu con él.

En tus ojos comenzó a aparecer una lágrima. Primero discreta, silenciosa, tímida que titilaba en tu párpado. Luego, apareció otra con más carácter y determinación. Más voluntariosa que desplazó a la primera hasta arrojarla al abismo de tu mejilla. tus ojos se llenaron de lágrimas como una tarde lluviosa de abril. La melancolía te inundaba, se paseaba en tu cintura y luego se detenía en tus labios para luego revolcarse en tu pubis que se estremecía con esa hambre que extraña y sucumbe.

Tu mente comenzó entonces a reaccionar. Te comenzó a bombardear con preguntas y dudas, con recuerdos y sensaciones, con inseguridades.

¿Y si me hubiera quedado con él?, ¿y si mi destino me hubiera atado a él y no a otro?, ¿Cómo hubiera sido mi vida?, ¿se mantendría esa ansiedad del uno por el otro?, ¿Hubiera sido más feliz que ahora?, ¿Aún despertaría en él el deseo si lo viera hoy después de tanto tiempo? ¿Fué amor o solo deseo? 

Lloraste con el alma, con el cuerpo, en silencio.

Para ti fue una gran aventura, la aventura que duraría un siglo solamente, pero siempre estaría en ti esa pregunta en el aire:

¿Y si hubiera sido él para siempre?



¿Qué más puedo pedir?

Llegó a casa cansado. En el buzón estaba una carta con su nombre escrito a mano. Ya nadie escribía a mano ni rotulaba los sobres como antes, llenos de colores prismacolor y calcomanías alusivas con mensajes francamente irrisorios "te extraño", "nunca me olvides", "eres especial".

Su extrañeza se acentuó cuando vió el matasellos fechado 15 años antes. ¿será posible que esa carta hubiera tardado 15 años en llegar? Ese día se cumplían exactamente los 15 años de haber sido enviada. un 14 de abril.

Palpó el sobre. sintió la textura. Estaba tan acostumbrado a los emails que se sorprendió recibir aquel sobre ya amarillento por tanto tiempo de permanecer guardado. Tuvo el lejano impulso de olerlo recordando que en los viejos tiempos se acostumbraba a perfumar las cartas. Su mente trató de resistirse para evitar esa sensación de aroma a viejo y guardado producto del polvo acumulado, pero misteriosamente dentro de ese sobre se ocultaba un sutil y suave aroma que lo inundó. Se estremecíó. su memoria se esforzaba al máximo para evocar el sentimiento que le provocaba ese aroma, pero sus recuerdos se resistían y se ocultaban tras la muralla de la razón para evitar emerger de súbito y provocar un acceso emotivo.

Volteó la carta para ver el remitente.  Solo estaban escritas las letras: PMAC. ¿PMAC?... ¿PMAC? ¿quién era PMAC?... luego recordó su significado: Por muy amable conducto. Un convencionalismo de años antes para agradecer a aquella persona que llevaba esa carta hacia su destinatario. En el sobre no había rastro de su autor. Sin embargo, entró a casa intrigado por el contenido de aquel sobre. ¿Quién le agradecería al cartero que llevara una carta hasta su destino? eso ya no era para nada usual, de hecho eran aspectos que ya se habían olvidado por completo y las nuevas generaciones desconocían.

Se dirigió a la cocina, se preparó un café apresuradamente. La sensación de volver a recibir una carta escrita a mano le inquietaba de sobremanera. Esa pulcritud en la letra, en los decorados, los rituales literarios y artesanales que iluminaban esas cartas.

Quiso abrir el sobre. Por un instante tuvo el impulso de romperlo pro un costado. Había olvidado que esos sobres no se rompían, se abrían con un abrecartas. Pero él no tenía uno desde hacía años. Decidió pues usar un cuchillo de la cocina. Un pequeño sacrilegio que bien podía ser disculpado dentro del ritual extirpatorio. El aroma del café recién hecho lo alertó más. Decidió poner algo de música para leer la carta que aún no había sido extraída de ese sobre ya rasgado.

Buscó entre un baúl lleno de recuerdos un casette con música de antaño y lo colocó en el minicomponente que aún tenía el deck para tocar casettes. Estaba todo empolvado. Tuvo la impresión de que ya no serviría después de tantos años y tantos CD´s y Mp3´s tocados. La cinta comenzó a girar lentamente con un siseo provocado por los carretes, la música parecía jabonosa y lastimera, con sonido antiguo y distante, -¡que comparación con la fidelidad de la música de ahora!- pensó. Le subió el volúmen y la música se hizo más clara al igual que sus recuerdos. Aún no podía dilucidar quién sería la remitente de dicha carta.

Se dirigió nuevamente a la cocina. La luz que entraba por la ventana se escurría por los muebles de una forma diáfana, los sonídos de la calle se habían alejado y ahora solo escuchaba el murmullo de aquella música que lo mecía entre los recuerdos y los suspiros llenos de sensaciones y temblores.

Abrió lentamente el sobre y extrajo unas hojas de papel perfectamente dobladas. Aún se percibía la textura de aquellos delicados dedos que habían cruzado de un lado de la hoja al otro lado presionándolo para dejar un pliegue y darle ese carácter de misterio y tesoro a esas hojas llenas de palabras y de sueños.  Conforme iba desdoblando esas hojas, el sutil aroma que había percibido en el sobre ahora se hacía presente de una forma contundente y evidente. Suspiró. Quería llenarse de todas las partículas de ese aroma para que no se le escapara ninguna, y así evitar que se fugara por otro lado y se llevara sus recuerdos.

Al fin, las hojas estuvieron abiertas. Sus ojos también. Pudo ver su nombre en el encabezado, con letras grandes, resaltadas y remarcadas en esa esquina superior izquierda y esos dos puntos que eran el inicio de una confesión.

 Ayer estuvimos juntos, ¿qué más puedo pedir? tus labios han sido mios y se han quedado prendados de mi y de mis sueños. Eres ese hombre con el que he soñado toda mi vida, en las noches de luna llena y los días sin sol. Eres ese instante preciso, el silencio perpetuo, el ser que llena mi alma y mi destino. ¿qué más puedo pedir?. Ayer fuiste mío por primera vez, le llené de tí y de tu cuerpo, conocí tu espíritu y tus más recónditos secretos. ¿qué más puedo pedir?

Hoy desperté aún oliendo a tí. Llena de tu aroma y vestida con tus besos. Aún colgaba de mi cintura la cabalgadura de tus caderas,  el ímpetu de tus deseos, el ardor de tus manos y el brillo de tus ojos. Abrí los brazos para recibír la luz del día como la debe recibir Dios todas las mañanas: lleno de júbilo por un nuevo día enardecido de sueños y deseos.

Mi calma eres tú, mi remanso de alegría y felicidad. Mi sueño perfecto, aquél caballero gallardo de sueños medievales.

 ¿Esto será para siempre? ¿serás siempre este caballero gallardo? ¿seguirás siendo siempre así?, ¿seguirás siendo esa lumbrera al paso de los años cuando mi carne esté flácida y abatida?, ¿seguirás con ese despertar intenso y salvaje después de que nazcan los niños? ¿o trabajes hasta el cansancio y la falta de dinero sea un tema recurrente?

¿Existirá el amor eterno? ¿o la cotidianeidad se encargará de destruirlo?, ¿la rutina, el cansancio, el aburrimiento? ¿seguirás adelante conmigo a pesar de que pierda mi belleza?, ¿ seguirás amándome a pesar de que mis misterios sean develados por completo y no haya ya nada más que descubrir? ¿podrás resistir los embates del tiempo y el tedio? ¿seguirás estremeciéndote por mi cuando mis manos estén arrugadas y llenas de manchas?, ¿inundado de recuerdos y de añoranzas? ¿seguirás pensando en mí cuando la cotidianeidad nos alcance y los sueños se hayan marchitado o trastocado en ritmos de supervivencia?

¿podrás seguir? ¿podrás mantenerte vivo en el tiempo sin que nada empañe y abata nuestros deseos y sentimientos? ¿podrás comprender que ya no seré la misma con los años y seré diferente cada día aunque siga siendo la misma? ¿soportarás mis desplantes, cansancios, enojos, tristezas, derrumbes, dolores, desprecios, silencios, lágrimas e indiferencias?

¿seguirás en esencia siendo tu sin perderte en el camino? ¿sin perder el rumbo?, ¿mantenerte firme en tus promesas de ayer?

Quizás son demasiadas preguntas sin respuesta después de una noche romántica y entregada. Quizás son solo mis sueños aprendidos y estructurados por mi madre que se siente rota y agobiada por su amor eterno perdido y vituperado. Ese amor eterno que perdió o quízás solo soñó y nunca tuvo. Ahora me pregunto yo y te pregunto a ti:

¿podrás resistir a pesar de todo?

Luego, vió la firma. Se estremeció hasta el alma. No supo que decir, no supo que responder. ¿porqué había tardado esa carta 15 años en llegar? ¿de dónde provenía? ¿quién la había enviado?

Sus ojos se nublaron, se llenaron de ese fluir sutil que emana desde el corazón y que recorre las mejillas para luego estrellarse contra el piso. Ese remanso de tranquilidad se convirtió en un rio y luego en un mar hasta desembocar en un huracán. Las lágrimas y el llanto no se pudieron contener y después de 15 años, su alma lloró.

¿Cómo está hoy tu corazón?

De pequeña comenzó mi gusto por la cocina. Ese místico misterio de la combinación de los sabores y los aromas. De los hechizos en calderos humeantes y pócimas secretas, recetas misteriosas que se aprendían con observar a la matrona que sabía los rituales de la comida.

- Mi niña, la cocina es para enamorar los corazones, consentir las almas, llenar las barrigas -

Me decía Juanita. Así era, así aprendí que la cocina no era un lugar para acudir a llenar el estómago, sino a reencontrar las almas a través de los alimentos. Esa bendición que nos da la tierra, llena de sabores y misterios para que podamos vivir y disfrutar. La comida es el vehículo para llegar a la felicidad.

- Barriga llena corazón contento mi niña, corazón contento -

Por eso Juanita, cuando llegaba todos los días a la cocina me preguntaba:

- ¿Cómo está hoy tu corazón?-

- Triste - Le respondía.

- No importa mi niña, ahorita lo ponemos feliz -

 Y se ponía a cocinar para mi, por que siempre se debe cocinar para alguien más. La comida no sabe bien si es solo para que uno coma, para que uno se alimente. No. La cocina es para compartir, para disfrutar y abrir las almas a través de esos alimentos que se comparten, se consagran al corazón y el alma.

Fabiana era callada. Su silencio provenía de la costumbre propia de la tierra indígena.
 -Sólo se habla lo necesario mi niña. Es como los sabores, no deben hablar de más. Escucha con tu nariz lo que te quieren decir, lo que te platican. ¿que te dice un caldo de pollo?, ¿y el puchero de res?, ¿que te platican mi niña? ¿que quieres que digan? ¿que te gustaría que pasara en las almas de los que coman esto? -

Así descubría que la comida hablaba y que había que escucharla. Aprendí que la comida es un rito al cual se debe honrar todos los días. Es lo que nos mantiene vivos y en comunión con la naturaleza.

Juanita era la que iba al mercado, a veces me dejaba acompañarla. Tomaba las verduras entre sus manos, fuertes y curtidas, con una delicadeza propia de una doncella. Las olía, las escuchaba y luego, silenciosamente las colocaba en la canasta que poco a poco incrementaba su colorido y algarabía. Luego regresábamos a la casa solamente para ver como preparaban los alimentos junto con Fabiana.

Mis padres me regañaban. No era propio de una niña burguesa estar en la cocina con las criadas. Pensaban que aprendería cosas malas y perdería mis buenas costumbres. Sus temores se cumplieron. Aprendí a cocinar no como gran señora sino como empleada doméstica. Aprendí que el sazón no es de recetario sino de corazón y tanteo. De probar y saborear, de conocer los sabores que se juntan, se emparejan, entonan, rechazan. Aprendí que se cocina con el alma y el humor.

Ese humor que determina el platillo a cocinar en el día. Los días de enojo se le dedican a los platillos de sabores fuertes, contundentes, las carnes magras, cortes de res acompañados con vino español. Cuando una despierta con ese ánimo sensual de despertar los sentidos, entonces se cocina con romero, eneldo, perejil y berenjena. Para alegrar el día, nada como las salsas y las ensaladas con sus divertidos contrastes y colores. El amor sabe a pasta, a mariscos. La tristeza a helado de vainilla, café exprés, y unos granos de café.

Mi madre quiso enseñarme la alta cocina. El maridaje del vino con el platillo de alta cocina. De chef de alcurnia. Me dijo que el vino determina el platillo a servir. - primero el vino, luego el menú -  pero nada me salía bien. Odiaba los recetarios rígidos, estructurados que no dejaban nada a la imaginación.

Aprendí a seducir por los sentidos. Primero el aroma que despide la comida, luego la vista, lo brillante y atractivo, la seducción del color y tersura, las texturas y los contornos, y por último el gusto. Esa explosión de sabores, sensaciones, aromas y placeres del paladar.

Juanita y Fabiana fueron mis maestras en el arte de la cocina. Mi madre por más que se empecinó en enseñarme la alta cocina y las recetas selectas de chefs elegantes y llenos de cordones azules, nada les pude aprender. eran tan aburridos, estructurados que me robaban mi libertad. Juanita y Fabiana me habían echado a perder con su cocina indígena e instintiva.

Un día Juanita y Fabiana pidieron permiso para irse a su pueblo. Eran los festejos de San Caralampio el santo patrono. Se habían comprado un vestido lindo que era producto de meses de ahorro. La emoción y excitación era latente en sus semblantes y en su cocina. Los platillos previos a su partida eran alegres, crispantes, intensos, brillantes y por que no, un verdadero manjar que alegraba el corazón.

Nunca había visto a mi padre cerrar los ojos al comer en casa, ese día, por primera vez, lo vi y quedé cautivada por lo que habían logrado Juanita y Fabiana. Hacer que un hombre cerrara los ojos y soñara feliz con ese simple bocado. Amé a mi padre por mostrarme que era una forma de llegar a su corazón. Terminando de comer corrí con Juanita y Fabiana y les pedí que me enseñaran a cocinar.

- Tu ya sabes mi niña, solo escucha lo que dicen tus platillos, escucha tu corazón. Así jamás la comida sabrá mal.-

- ¡Pero aún no se bien! ¡Por favor Juanita enséñame!-

- Está bien mi niña, regresando del pueblo te enseñaré-

Juanita y Fabiana partieron un jueves a su pueblo prometiendo regresar el domingo por la tarde. Había mucho que hacer en casa para el lunes que habrían invitados a comer.

El sábado, en plena fiesta de San Caralampio del rincón se presentó la guerrilla. Dispararon contra todo el pueblo. Las mataron ahí. Quedaron tiradas en la tierra, sus manos curtidas y fuertes se abrieron por siempre y abrazaron la muerte sin ningún pudor regresando a esa tierra que tanto amaban y que santificaban con cada platillo y cada manjar que preparaban.

Me quedé con lo poco que aprendí a mis 9 años. Quisiera que hoy probaran algo que lo que cocino. Aunque a veces, en las tardes agobiantes y distraídas, aún las escucho a lo lejos decirme:

- ¿Cómo está hoy tu corazón?-