La aventura del siglo...


Hoy cruzaste la calle. Venías con esa soltura del cuerpo y el alma que solo tu conoces. Caminaste por entre los autos para llegar a la acera de enfrente. Entre la gente y las vitrinas que se te presentaban de frente de pronto sentiste que llegó un destello. Un impulso que te empujó hacia atrás en el tiempo y la memoria.

Sentiste el vértigo de los recuerdos y las sensaciones olvidadas, largamente aletargadas. Te remontaste muchos años atrás hacia esa bella ciudad llena de artistas y sueños, suspiros albergados por tantos enamorados y soñadores que ahí convergieron. Regresaste por un instante a esa ciudad y sus ríos. A esos espacios y recovecos de adoquines desgastados por tantos y tantos viajeros que han andado y desandado por ahí.

Recordaste esa sensación de incertidumbre, de deseo y culpabilidad. Sabías que te habías quedado de ver con él ahí. Pero también sabías que era prohibido. O al menos eso imaginabas. Tus tabus de mujer tradicional te repetían que no debías estar ahí con él. Sabías que corrías el riesgo de que algo ocurriera, algo que tu cuerpo deseaba pero tu razón, tan obstinada como tú, se resistía con todos los argumentos que tu madre te inculcó tan conscientemente por años. Esa red semántica y argumentativa de discursos entremezclados en tu piel de manera tan intrincada que evitaban a toda costa que tú te entregaras. Sabías que tus impulsos regían tus deseos, tu razón disparaba alarmas que hacían que entraras en una vorágine de dudas y negativas.

Trastabillaste al subir a la banqueta. Recordaste que años atrás lo habías hecho igual. Parece que aún cargas con esa duda en tus pasos que buscan contener tu sensualidad despertada en aquellos tiempos.

Llegaste hasta él. Lo viste como si fuera la primera vez que lo veías. En ese momento lo dejaste de ver con camaradería y comenzaste a verlo como hombre. Como ese hombre que quisieras para tí, para tus sueños. Algo había pasado. Algo se había desplazado dentro de tí que hacía que tu cuerpo y tu sonrisa se transformara. Los ojos te brillaran y buscaras cualquier pretexto para humedecer tus labios y acentuar ese tono carmín que los hacía ver más atractivos. Quisiste secretamente que te besara. Que en ese momento te tomara de la cintura y te besara ahí. Sin miedos ni fantasías. Solo esa realidad que les contenía y nada más.

Suspiraste. Trataste de evocar su aroma. Querías inundarte de él, sentir ese estremecimiento que partía de tus rodillas haciéndolas temblar hasta tus ojos que le hacían brillar y parpadear. Tus ojos en ese momento produjeron nuevamente ese brillo que se reflejó en los ojos de él. Parecía que habías logrado vislumbrar su alma esquiva y oculta tras sus ojos verdes.

Volviste a sonreír. Quisiste lanzar al aire nuevamente esa misma sonrisa que le diste a él un siglo atrás. Deseabas que él la volviera a tener, guardarla nuevamente entre sus manos para luego convertirla en un suspiro apasionado y entrecortado.

Volteaste a ver. Querías redescubrir ese callejón por el que se perdieron un día. Te esforzabas por hallar la entrada hacia ese pequeño hotel que los albergó. Entre los puestos y las vitrinas te figuraste ese callejón silencioso y romántico por el que habían paseado tomados de la mano para luego llegar a esa guarida disfrazada de refugio para el amor.

Tus manos temblaron. Por un instante te recordaste recorriendo su cuerpo con las yemas de tus dedos. El sudor aperlado en tu piel, tu cabello despeinado, el cansancio feliz, esa dulce melancolía, sutil y silenciosa.

Caminaste más rápido. Tenías ese mismo paso apresurado y ansioso por llegar esa tarde al café en donde se habían quedado de ver. Ansiabas estar otra vez con él. Escuchar su plática. Discurrir en temas ociosos y a veces profundos. Ver su sonrisa, tomarle las manos, perderse en sus labios.

Sabías que eso era extraño, fuera de lo común. Era algo que jamás habías pensado que serías capaz de hacer. Era una locura. Sin embargo ahí estabas, sola con tu deseo y tus sueños para encontrarte con él. ese instante nada existía, nada te detenía. Eras solamente tu con él.

En tus ojos comenzó a aparecer una lágrima. Primero discreta, silenciosa, tímida que titilaba en tu párpado. Luego, apareció otra con más carácter y determinación. Más voluntariosa que desplazó a la primera hasta arrojarla al abismo de tu mejilla. tus ojos se llenaron de lágrimas como una tarde lluviosa de abril. La melancolía te inundaba, se paseaba en tu cintura y luego se detenía en tus labios para luego revolcarse en tu pubis que se estremecía con esa hambre que extraña y sucumbe.

Tu mente comenzó entonces a reaccionar. Te comenzó a bombardear con preguntas y dudas, con recuerdos y sensaciones, con inseguridades.

¿Y si me hubiera quedado con él?, ¿y si mi destino me hubiera atado a él y no a otro?, ¿Cómo hubiera sido mi vida?, ¿se mantendría esa ansiedad del uno por el otro?, ¿Hubiera sido más feliz que ahora?, ¿Aún despertaría en él el deseo si lo viera hoy después de tanto tiempo? ¿Fué amor o solo deseo? 

Lloraste con el alma, con el cuerpo, en silencio.

Para ti fue una gran aventura, la aventura que duraría un siglo solamente, pero siempre estaría en ti esa pregunta en el aire:

¿Y si hubiera sido él para siempre?



1 comentario:

Anónimo dijo...

Señor Escritor: Usted siempre con sus cuentos; que de cierta manera despiertan la memoria del ser; sacude y estremece. Si, si pudiese llamarle cuento a su historia, porque creo firmemente, que cuenta la historia de alguien que se perdio en el tiempo con sus sueños e ilusiones. Dejeme decirle que el de hoy, honestamente me impacto; porque conozco a alguien, que postpuso un viaje; ya que tenia el temor de encontrarse con un viejo amor. Por los mismo, por tabus, como usted le llama y por la moralidad que se impregna en el ser humano. Felicitaciones, siempre logra su proposito. Siga escribiendo, no se cuantos seguidores tendra en su blog, pero creo que tiene un potencial que deberia de explotar mas.