La promesa eterna...



Estaba ansioso.

Las manos le sudaban. Se paseaba nervioso pero discretamente por el pasillo. Su mirada fija en esa puerta eléctrica que se abría y cerraba a intervalos irregulares. Las puertas de vidrio tenían una cubierta translucida que evitaba ver al interior de la sala.

Observaba a todas las personas que pasaban por el umbral de ese par de puertas que lo separaban de ella.

Hacía más de 40 años que no se habían visto, pero se habían hecho una promesa eterna. Esas de las que jamás se pueden olvidar ni incumplir. Algún día se encontrarían nuevamente y por fin permanecerían juntos por siempre.

Sus manos se aferraban a ese ramo de flores. Eran exactamente las mismas flores que muchos lustros atrás en un callejón le había entregado junto con un pequeño cuadernillo de poemas de amor.

Él ya cumplía 78 en octubre. Le llevaba 4 años, pero a esa edad ya no importaba. El tiempo se había detenido y en su estómago sentía esas mariposas extrañas e inquietas que sintió alguna vez a los 16 cuando la vió por primera vez en la ventana de su casa al pasar repartiendo los periódicos del domingo.  No es que necesitara repartirlos pero le gustaba llevarle noticias a las personas. Historias verdaderas aunque fueran crudas.

Sus piernas temblaban imperceptiblemente. Se sentía incómodo en ese traje. Se había esmerado de sobremanera en verse bien, recortado los pocos cabellos a los lados. Se había puesto un poco de perfume del que sabía que a ella le enloquecía. Le había costado mucho trabajo encontrarlo pues ya no se fabricaba. De todas maneras había acudido a una vieja tienda de perfumes de fórmula y había conseguido que le replicaran ese aroma de más 60 años atrás cuando ella había fijado por primera vez sus ojos en él.

-Qué bien hueles- fue lo que le dijo por primera vez y a él esas palabras le parecieron una sinfonía angelical. Su tono, extraño y con ritmo diferente le había parecido una eufonía sin igual. No sabía bien si se había enamorado primero de sus ojos o de su voz. Ese brillo en sus ojos tan extraño y místico. Tan profundo y sin igual.

Su corazón latía aceleradamente.

-Esperemos que no sea que al marcapasos se le haya acabado la pila- pensó.

Hacía tantos años que no latía así ese corazón marchito, enjuto, albergado en ese tórax decrépito que en algún momento fué un portento de fortaleza y el espacio en donde ella lloró inconsolablemente tantas veces cuando partía.

Las manos artríticas, el cabello ralo y escaso. La dentadura postiza, la mirada cansina y difuminada por los años,  el andar errático, las operaciones y cicatrices, los sueños perdidos, la ropa olorosa a naftalina, antigua y fuera de moda, las arrugas y los años, los recuerdos y los olvidos, las sensaciones entumidas y los sentimientos olvidados. Nada de esto importaba ya. Ahí estaba. ansioso, nervioso como en su adolescencia, esperando a que ella por fin apareciera por esa puerta.

La puerta se volvió a abrir, pero ella no apareció.

Sin querer se humedeció los labios. Quizás buscando un resquicio de la sensación de los labios de ella, de su tersura y su candidez. De esa pasión que ella dejó impresa en sus labios para sellarlos por siempre. Sus brazos temblaron con esa inquietud por sentir nuevamente la fortaleza, de que aún podía sostenerla, cargarla hasta la habitación nupcial perdida para hacerle el amor por siempre.  Sus brazos, esos brazos que estuvieron siempre dispuestos a luchar por ella, a defenderla y protegerla, ahora temblaban, se estremecían en su decrepitud en un intento por mostrar algo de la fortaleza perdida en el tiempo.

Su sexo se arremolinó entre sus piernas. Se sorprendió. Era esa emoción por volverla a ver. Su cuerpo reaccionaba, lo volvía joven nuevamente, lo llenaba de vigor y de ilusión, de esperanza, ilusión perpetua.

Nuevamente vió el reloj. Debió haber llegado desde hacía ya 15 minutos pero no aparecía. Su ansiedad se acentuaba, su necesidad de verla nuevamente y abrazarla se le hacía eterna. Quería tomarla de las manos para no soltarla jamás. Estaba dispuesto a no dejarla ir nunca más. Ahora permanecería a su lado por siempre. Así lo había decidido. Sería por siempre.

La puerta se abrió.

Ahí estaba ella al fin.

El féretro estaba siendo cargado por cuatro de sus hijos a los cuales se les hizo por demás extraño aquel anciano con ojos de miel que sonrió con brillos de luna cuando puso las flores en la parte superior. No supieron que decir cuando acarició la superficie con una delicadeza sin igual. Y después de un instante siguieron su camino hacia la iglesia y luego hacia el panteón.

No quisieron detenerse al escuchar las palabras de ese viejo decrépito cuando pasaron junto a él. Prefirieron ignorar sus murmullos y sus emociones argumentando senilidad y locura.

Aún el anciano seguía repitiendo como un mantra eterno:

-Amor, aquí estoy. Aquí estoy al fin vuelvo a verte otra vez...-

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