Un encuentro con el olvido...

Reinaldo había regresado otra vez a ese pueblo del cual salió 23 años antes. Había tomado la decisión de regresar a sus orígenes y redescubrir su sentido. Más bien, regresó para la reunión con sus excompañeros que tan insistentemente lo habían localizado e invitado a ese reencuentro escolar.

Llegó por la noche. Apenas y reconoció el rumbo por el que accedió. La entrada al pueblo habìa sido transformada y ahora se entraba por un boulevar bien iluminado y con semàforos. Recordaba que 23 años antes la carretera se diluía en la avenida principal franqueado por puestos donde se ofrecìan diferentes productos. Ahora ya nada de eso existía.

Las calles parecían una dimensión alterna a la que había habitado años atrás. La gente era distinta, se movía distinto. El ronroneo de las voces algunas veces alteradas, otras suavizadas le parecían un lenguaje extraño que poco se parecía a ese dialécto que había hablado antes. La dimensíón desconocida. Pensaba. Mezclando el pasado con el presente.

Recorrió la avenída principal con pasos llenos de recuerdos abultados, obesos de la falta de movimiento en el tiempo. Los aromas se filtraban por las rendijas de la memoria haciendole evocar personas y momentos. Era una lluvia de historias que se aglutinaban en la piel, en los ojos y los labios. Una cascada de memorias y quebrantos, de secretos y pasados.

Llegó al centro de la ciudad. Reconoció ese kiosko donde acostumbraba por las tardes escuchar la música del grupo local que amenizaba el ambiente para darle ese carácter ambivalente: pueblerino pero emotivo. Ahora solo encontró la música proveniente de un amplificador de jóvenes con música estridente y cacofónica. Aún sentía que, a pesar de todo ese ruido podía escuchar los sonidos del grupo "Majestic".

Caminó dos cuadras más. Se estremeció. Se había topado con su peor temor. Confrontarse con su pasado. Ahí estaba. Frente a esa puerta de madera café. Hacía tanto tiempo que había cerrado esa puerta y no había regresado que ahora que la tenía enfrente veía que no había cambiado en nada. Seguía inmutable, atemporal, estoica.

Se estremeció. Por un instante dudó en tocar. Sabía que le esperaban. Pero aún así se resistía a entrar en esa dimensión fincada en el pasado. Era una miríada de recuerdos y emociones que se aglutinaban para emerger en cualquier momento.

Se armó de valor. Ya había pasado tanto tiempo que debería poder confrontar ese miedo. Tocó la puerta. Un eterno instante disparó su ansiedad. Esa angustia por ese retorno al pasado resurgió. Las manos le sudaron. La boca se le secó. Sus piernas acentuaron su temblor manifestando su incomodidad ante la situación.

La puerta se abrió lentamente. Ahí estaba su madre esperándolo. La vió de golpe. Se dió cuenta que el tiempo había hecho estragos en esa figura tan próxima y suya. Ya no era esa mujer fuerte y autoritaria, ahora estaba cansina y marchita. Aún así, la chispa en sus ojos la vistió iluminando su rostro que enmarcaba una sonrisa infinita, llena de orgullo y emoción. Las lágrimas no pudieron reprimirse ni controlarse. Ella solo alcanzó a decir: -hijo mio, bienvenido a casa-.

Reinaldo se conmocionó. Todos los sentimientos reprimidos y olvidados de pronto surgieron inundandolo de corrientes emocionales que oscilotrepidaban en su corazón. Se acercó a su madre y la abrazó como siempre, como nunca.

Entró después de los abrazos y las lágrimas, de las sonrisas llenas de esperanza. Su madre le tenía preparada la comida que tanto le gustaba. Llegó su padre, la emotividad fue evidente. Habìa entrado en contacto con esa vida olvidada, tan lejana que le parecía haber vivido dos vidas. Una de ellas diluida en el pasado que ahora se manifestaba de manera evidente.

Después de comer decidió ir a su habitación. Las emociones seguían fluyendo, agobiándolo. Abrió la puerta y se entró.

La habitación comenzó a girar. Parecía que las paredes, al descubrirlo, reptaban por retenerlo para reprocharle su olvido. Ese olvido cargado de soledad y añoranza. Estaba todo intacto. Parecía que el tiempo se había detenido el día en que había partido. La recámara estaba impecable, aún albergaba parte de su historia y recuerdos.

Comenzó a abrir sus cajones. descubríó viejos tesoros llenos de significados, emociones aletargadas, sensaciones perdidas, misterios sin develar.

Entre sus papeles encontró una pequeña nota. Se estremeció hasta el alma. La hoja se veía ya amarillenta por el tiempo transcurrido. pero aún así se leían claramente las palabras escritas. Esas palabras que había leído tantas veces y que se habían convertido en un mantra en su vida.

Era una carta de ella. Había querido olvidar todo, pero ahora que decubría nuevamente ese papel su cuerpo tembló, la carne trémula de tantos recovecos y solitudes.

Acarició las letras como intentando volver a conectarse con ella y sus recuerdos. Buscó en su escondite secreto la foto que tenía. La encontró. ahi había permanecido durante años esperando a que él volviera nuevamente a sacarla de ese  lugar de olvido.

Observó el retrato desgastado por todas sus miradas en el tiempo y que luego cayeron en el olvido. ahí estaba ella viéndolo fijamente, de frente como tantas veces. Lo veía en la distancia, en el tiempo, con esa intensidad tan llena de sensaciones y secretos. Pasó sus dedos -como tantas veces- sobre sus labios para evocar en los suyos esos besos olvidados. Sus manos percibieron la textura de su piel, ansiosa, nerviosa.

El aire comenzó a enrarecerse, parecía más denso y diáfano. Los sonidos apagados, lejanos, distantes. una lágrima recorrió su mejilla. luego otra. Comenzó a temblar incontrolablemente. Acabó sentado en la cama sollozando como tantas noches lo había hecho cuando ella se había ido.

Los recuerdos se arrastraban lastimosamente hasta llegar a él. Querían reclamarle el olvido y los quebrantos, buscaban volver a insertarse en él como esas heridas supurantes de nunca cierran. Replicarse, mutar en otras historias que se multiplicaran hasta el infinito plagadas de repeticiones y memorias. Querían insertarse en su piel, en sus labios y sus memorias. volver a ser ese peso y ese significado de existencia.

De pronto se dió cuenta que había muerto, ya no era él el que estaba ahí. Era otro que había llegado a recoger los vestigios de lo que había sido 23 años antes. había ido a expiar su pasado y sus recuerdos, removiéndolos y despidiéndose de ellos para decirles que tenía que seguir, caminar ligero y ya sin historias olvidadas.

Dejó pues que esos recuerdos treparan a su cuerpo para darse cuenta que ya no tenían cabida ahí. Se despidió de ellos y salió de ahí para siempre...

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