En esta casa no hay fantasmas...

¿Quién te dijo que aquí habían fantasmas?. Eso solo te lo dijeron para asustarte. Si saben bien que eres re miedoso. ¿te acuerdas la vez que te espantaron saliendo del tapanco?. Era el méndigo de Ramiro que te estaba esperando atrás de la puerta con esa chamarra vieja y roída de tu abuelo que usaba cuando iba de cacería. Estaba manchada de sangre de todos los animales que cargaba para la casa luego de haberlos matado. Me enojaba tanto que lo hiciera. Pobres animalitos, que culpa tenían de cruzarse en su camino, indefensos ante esa escopeta que tenía tu abuelo. Los agujereaba toditos. Y luego yo tenía que quitarles todas las postas para limpiarlos y prepararle unos bistecs agujereados y cargados de esquirlas de plomo. Algunos dicen que se envenenó con eso. Yo creo que no. Más bien la sangre se le hizo pesada por comer tantas almendras, ya sabes que le encantaban. Él creía que no sabía la razón de su afición. Pero le recordaba el sabor de la piel de la sirvienta que tuvimos por muchos años. Ella usaba crema almendrada cuando se veía con tu abuelo. Luego de que los descubrí y la corrí de la casa comenzó esa afición. Las saboreaba una a una. Más de una vez lo descubrí cerrando los ojos y viendo hacia la ventana para ver si la veía regresar. Nunca entendí esa relación, así que decidí que era mejor que no existiera.


¿Sigues con miedo? Si serás… En mis tiempos si había porque tener miedo. Mi abuelo me contaba de un personaje que se llamaba El sombrerudo. Andaba a caballo por los bosques y los parajes entre la niebla y las penumbras.

Cuando uno andaba caminando ya tarde y la niebla aparecía bajando por las montañas como si estuviera acariciando las ramas para que no vieras más y te sintieras perdido, corrías el riesgo de que se apareciera. Te quedabas sentado esperando a que pasara la noche rogándole a dios que no te hallara. Pero si te encontraba hacía que te mearas del miedo.

Dicen que era un fulano de la época de las revoluciones. Siempre andaba armado con su pistola al cinto, espuelas relucientes y un enorme sombrero negro. La cadencia de la cabalgadura de su caballo era muy peculiar, similar al golpeteo de los tambores a la distancia. Infundía miedo por su porte y velocidad para disparar de manera certera entre las cejas de todos los que se le ponían enfrente. Un día se robó a una chamaca en un rancho. Dicen que era muy bella, de cabellos negros y rizados, pies ligeros, vientre de paloma, ojos fieros y carácter fuerte. Quizás esto fue lo que le hizo desearla. El prometido organizó una búsqueda infructuosa. Meses después ella misma regresó por su pie a casa solo para informarles a sus padres y a su abatido prometido que se casaría con el fulano que la había raptado. Fue tanta la decepción del novio al saber que ella lo había dejado de amar que la asesinó en ese momento y luego fue en búsqueda de aquél fugitivo. Semanas después le dio alcance en esa cañada y lo acribilló junto con siete de sus hombres. Dicen que quedó aún con los ojos abiertos y en la muñeca llevaba anudado el pañuelo bordado con el nombre de ella. Ahora es un alma en pena que vaga por el bosque durante las noches obscuras en las que ni la luna se quiere asomar. Lo regresaron del infierno para que se pudiera vengar, pero el novio que lo asesinó, una vez que había cumplido su cometido se ahorcó, así que como ya se había regresado pues no le quedó más remedio que andar de aquí para allá a ver en qué momento le volvían a abrir las puertas del infierno para colarse y desaparecer de esta tierra.

Una vez que veníamos de la sierra con tu abuelo nos cayó la noche. Las velas se apagaron y yo temblaba de miedo. Me apretujaba al cuerpo de tu abuelo que temblaba igual que el mío pero él me decía que me hiciera para el otro lado. Que tenía miedo porque era vieja y andaba haciéndole caso a los chismes de lavanderas sobre ese aparecido. Sin embargo apresuró el paso. Azuzó a los caballos que jalaban la carreta para que llegáramos lo más pronto posible. La niebla comenzó a descender. Los caballos se inquietaron y ya no querían avanzar. Presentían que algo se acercaba. Se alebrestaron. Tu abuelo empuñó y desenfundó su pistola. En mi columna sentí un jalón espantoso y un millón de hormigas que trepaban por mi espalda para jalarme del cuello y pararme los pelos de punta. Quise gritar pero al saber si los caballos se espantaban más con mis gritos y tu abuelo me bajaba de la carreta por miedosa.

De pronto escuchamos unas herraduras golpeteando el camino, eran como si llegaran con el viento el sonido de tambores que iban y venían desde muy lejos. De la niebla emergió una sombra con forma de jinete. No se veía bien por lo negro de la noche, pero su negrura era mayor. Se movía como un alma en pena que arrastra la obscuridad. Tu abuelo peló los ojos y preguntó que quién vivía pero nadie respondió. Yo podía ver la figura del caballo fuerte y con los ojos rojos de fuego del infierno, el jinete altivo y gallardo, y un enorme sombrero que le cubría el rostro y lo hacía verse más terrorífico. Sentí que algo caliente me escurría por las piernas y que salía de mi cintura. Era puritito miedo el que sentía y que se me salía como meada. Tu abuelo no aguantó más el miedo y comenzó a disparar a la sombra. Pero el sombrerudo ni se movía. Nos seguía observando sin inmutarse. Las balas del revolver se acabaron, pero tu abuelo seguía jalando del gatillo desesperadamente.

Los caballos por puro miedo o por alguna orden dicha entre todo el ruido y los gritos de pavor que salían de mi garganta comenzaron la loca carrera por el camino pedregoso. Yo brincaba al pasar por tantas piedras y tu abuelo controlaba a los caballos como podía ante tantos brincos que daba la carreta. Llegamos en un santiamén al rancho pero a mí se me hizo eterno el camino para llegar a la casa. Brincamos de la carreta a la puerta y nos encerramos, corrimos la tranca. Los caballos se quedaron amarrados hasta el otro día. Tu abuelo aferrado a su pistola sin balas y yo con el crucifijo encajado entre las manos, sangrando y rezando hasta el cansancio.

Al otro día tu abuelo se levantó como si nada. Salió a desensillar a los caballos y a hacer el día normal. Jamás hablamos sobre lo ocurrido esa noche. Quizás porque fue ese único momento en que conocí el miedo y tu abuelo no había podido protegerme porque se había quedado paralizado del pavor que sintió esa noche.

Eso si eran historias de miedo de las de antes. Pero en esta casa no hay nada. Jamás vi nada en todo este tiempo. Ni aparecidos ni espantos, es más, ni siquiera el alma de ninguno de los animalitos que mató tu abuelo para comer.

¿ya estás más tranquilo mijo?... ¿ya?... Mira, yo a veces lo veo así. Lo peor que me pudiera pasar es que se me apareciera tu abuelo. Si se me aparece es por que descubrió que Juanita, la muchacha de la que estaba enamorado, esa la del aroma de almendras, no regresó por que se murió un buen día y no porque la corrí de la casa.

Lo que tu abuelo nunca supo es que al día siguiente fui a buscar a Juanita al mercado. Ahí la encontré y le dije que nos viéramos una hora más tarde en el río, lejos de la gente para que no murmuraran. Nos vimos más delante de la presa. Ahí me dijo que tu abuelo la amaba y que no sabía cómo decirme que me dejaría. Que ya tenían todo listo para irse del rancho esa noche y que me dejaría para siempre. Yo le pregunté que porque creía ella que tu abuelo me quería dejar y ella me respondió que porque no sabía ser mujer como ella. Eso me enfureció de sobremanera. No sé porqué pero tomé una piedra del piso y le rajé la cabeza. Ella se agarraba como queriendo detener la sangre que salía a borbotones, pero volví a golpearla y luego la arrojé a las piedras esperando que todo mundo dijera que se había caído. Pero al día siguiente nadie dijo nada ni a las semanas siguientes. Se la había tragado la tierra… o los coyotes que rondaban por ahí cerca. No lo sé. Lo que si se es que tu abuelo pensó siempre que ella lo había abandonado y que se había ido por miedo a que el no quisiera irse. A veces lo veía viendo hacia la ventana esperando a ver su silueta a lo lejos diciéndole que corriera hasta ella.

Tu abuelo, ya muy entrado en años, en uno de esos días, me dijo que veía a lo lejos la silueta de Juanita llamándolo. Ya no podía caminar, pero me pedía que lo llevara en su silla de ruedas. Yo solo veía el viejo fresno que se movía con el viento suavemente. Pero él me decía que la veía ahí llamándolo. No le creí. Le dije que estaba ya chocheando. A la media hora, cuando le llevé su atole, estaba con los ojos abiertos viendo a la distancia. Pero ya no estaba. Ya se había muerto. Ahora no se si hubiera sido bueno que lo llevara hasta allá. Quizás fue el miedo de que cuando llegara allá Juanita le dijera por qué no había llegado esa tarde para irse con él.

¡Hay hijo! Yo ya contándote historias de fantasmas y yo diciéndote que no hay en esta casa. Es en serio. Desde que he vivido aquí no ha habido ninguno, nadie vendrá a molestarte. Estos fantasmas que te platico son mis fantasmas nada más… esos me los llevaré a la tumba ahora que me regrese a dormir antes de que amanezca. No vaya ser que se den cuenta que me escapo por las noches desde el día en que … desde el día en que… ¿morí?...

No hijo no hay fantasmas ¡en serio! Te lo prometo…

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