1988 Diciembre 13

Quizás lo más atípico de ese día había sido que, como 12 de diciembre, todos en la casa habían salido menos yo. Me había quedado en casa después de un altercado con mi papá. La pared del pasillo que conduce a la cocina tenía una mancha por el paso y el tiempo. Mi papá había sacado una brocha y había pintado sobre esa mancha tratándola de disimular, pero ésta había quedado peor. Le reclamé.

- Si no te gusta, entonces píntala tú- Me espetó luego de decirle que se notaba el resane.

Le tomé la palabra. Agarré el bote de pintura, una brocha y me puse a pintar todo el pasillo. Por la tarde me había dado cuenta que había terminado y seguía con ese impulso por seguir pintando. Me seguí literalmente hasta la cocina. Mis padres habían salido a una comida y mis hermanos estaban en algún lugar. Mi hermano prodigio había exentado todos sus exámenes por lo cual había regresado días antes de que terminaran las clases y estaba con sus amigos divirtiéndose.

Por la noche, al llegar mis padres a casa, se sorprendieron al ver todo pintado. No me percaté del estremecimiento extraño de mi papá al entrar en ese pasillo y ver todo pintado por mi. Yo tenía 16 años.

Eran las nueve de la noche. Había terminado por ese día y me disponía a cenar. Curiosamente mi papá quiso acompañarme. Estuvo conmigo en lo que me preparé unos “huevos al albañil“. mis favoritos en esa época. Pacientemente estuvo en el comedor en lo que yo terminaba de cocinar y me acompañó a cenar. Poco recuerdo de esa conversación. Quizás rondó sobre la pintura y mis malas calificaciones. Yo no era tan prodigio como mi hermano mayor, el primogénito... el favorito.

Al terminar, nos fuimos a acostar. En el umbral de las escaleras me despedí de él. El me miró extraño, como distante, absorto en un mundo alterno. El brillo en sus ojos era opaco, quizás apesumbrado. Luego me besó y me dijo casi como un suspiro, casi como un suplicio:

- Gracias Paquito, Gracias hijo. Que dios te bendiga-

Sonreí. Lo abracé y le di un beso. Dos días antes había estado en mi cuarto hablando conmigo sobre mis dos materias reprobadas, después de haber hablado conmigo, bajó diciendo casi las mismas palabras:

- Gracias hijo, gracias por estas calificaciones-

Pero ahora el tono era distinto, lejano, displaciente, reconfortante en sí. Para mí era como una brisa fresca después de la tormenta de mis calificaciones y desempeño fallido en la preparatoria.

Me subí a dormir. Mi hermano ya estaba casi dormido. Mi hermana había subido enojada con mi papá. Aún no recuerdo porqué.

......

7:19 am Diciembre 13, 1988

Mi hermana entra a mi habitación. Misteriosamente la percibo antes de despertar. Siento como llega con paso vacilante, bloqueada, ausente. Se para en el umbral de mi cuarto, abre la puerta y dice casi como una sentencia abyecta:

-Mi papá se murió-

Mi cuerpo reacciona antes que yo, brinco de la cama aún dormido. El tiempo se expande, veo el salto de mi hermano al mismo tiempo que el mío, veo como danza y arroja la cobija al suelo aún con la cara de extrañamiento igual que la mía. Solo alcanzamos a decir:

-¿Dónde está?

Señala hacia las escaleras. Los dos nos precipitamos. Procuraba ir más lento que mi hermano, no quería llegar o más bien quería que él llegara primero. El pasillo se me hizo eterno, infranqueable. Corrí lo más rápido que pude detrás de mi hermano sin darnos cuenta que dejábamos atrás a una niña de catorce años  estupefacta y en estado catatónico.

En esos segundos que tardamos en llegar comencé a escuchar el llanto de mi madre. Pero, en sí,  no era llanto, era una especie de aullido profundo, desgarrador, aterrador. No entendía que pasaba, quería despertar de esa espantosa pesadilla.

Mi hermano fué el primero en llegar. Cuando mi madre escuchó que llegábamos le gritó que fuera por un doctor, que corriera. Mi hermano se dió la vuelta y salió disparado por las llaves para llevarse el auto. Mi hermana había salido por la puerta principal armada con su mochila y su gran pesar convencida de que debía ir a la escuela a como diera lugar. se había ido caminando como autómata, desconectada de la realidad que estaba viviendo.

En un instante me dí cuenta que estaba solo con mi mamá. Tenía que confrontarme. Saber que había pasado.

Encontré a mi madre llorando desconsolada, deshecha. Mi padre al lado sentado junto a ella. Veía a mi madre sosteniendo a mi padre, trataba con su bata verde de enjugarle el rostro como si de Cristo bajado de la cruz se tratara después de la pasión. Lo más impactante fué ver el rostro de mi padre y sus ojos aún abiertos. Su mirada fija en mí emanaba un destello extraño, sus pupilas parecían brillar misteriosamente. Su rostro emanaba paz y su boca esbozaba una misteriosa sonrisa que me recuerda a la enigmática sonrisa de la Gioconda de Miguel Ángel. Todo su rostro parecía decirme: “No pasa nada, todo está bien, todo estará bien“. Por un momento pensé que mi madre exageraba. Que mi papá estaba bien y que nada había pasado. Hasta que tomé conciencia de la situación y los hechos. Todo había pasado. Nada había que hacer.

Tocaban la puerta insistentemente. Eran dos empleados que debían entrar a las siete de la mañana. Eran siete treinta y no les habían abierto la puerta. Salí corriendo. Abrí la puerta. Eran el chofer y el ayudante de una de las rutas de distribución. Les dije secamente:

-Mi papá está muerto ayúdenme por favor-. Su rostro se transformó, se pusieron lívidos. Entraron conmigo para llevar a mi papá a su recámara. Lo cargaron, yo le sostuve la cabeza todo el trayecto para que no se lastimara. Lo acostaron en su cuarto, en su cama. Ahí en donde había dormido por la noche y aún permanecía el calor de su cuerpo.

A los pocos minutos llegó mi hermano con un médico, luego, no se de donde, llegó otro. Revisaron signos vitales, analizaron la situación. El doctor solamente dijo:

- Lo siento mucho, no hay nada que hacer-

El mundo se derrumbó. No sabía que pensar, que sentir o decidir. Me acordé de mi hermana. Salí de la casa y me fuí a la escuela por ella. Toqué la puerta principal. Cuando me abrieron y me vieron con ese rostro desencajado y abatido no me detuvieron ni preguntaron nada. Entré directamente a su salón y le dije secamente sin importarme que estuviera a media clase:

- Agarra tus cosas, nos vamos a la casa.- Nadie me impidió que me la llevara, nadie supo que decir. Aún siento ese silencio sepulcral y la tensión en ese salón durante esos instantes en los que mi hermana recogió sus cosas y salimos de ahí. No supe si le hablé o le expliqué algo o nada en el camino de regreso a ese hogar golpeado. Son imágenes brumosas.

Al llegar a casa ya habían llegado los de la funeraria. Habían llevado un cajón de metal color gris Oxford. Nos indicaron que debían llevarse ya a mi papá, tenían que prepararlo para el funeral. Nos dijeron que nos despidiéramos. Mi hermana lo besó en la frente, le acarició el rostro llorando inconsolablemente, luego mi hermano lo besó en la mejilla, mi mamá me dijo que me despidiera. Yo dije que no, que él se había despedido de mí la noche anterior, Ya no necesitaba hacerlo. Mi madre lo besó como nunca había visto hacerlo, con una ternura desmedida, como esa alma que se desgarra y mutila para siempre y que ahora debía enfrentar ese destino de andar sola por el mundo. Ella tenía solo 42 años.

Llegaron amigos, compadres, familiares. Mi mamá sacó el traje de gala de mi papá. Decidió que ella lo cambiaría. Sola, ahí, con su tristeza y su soledad, a puerta cerrada con piedra y lodo, arrastrando su alma mutilada, cambió a mi papá para que se viera presentable. Era su último acto de esposa entregada, leal y amorosa. Cuando la puerta se abrió el rostro de mi madre se había convertido en piedra. Les pidió a esos hombres extraños que ya entraran por él. Ya nos habíamos despedido. ya no había nada más que hacer. Vi como lo colocaban en el féretro. Como su cuerpo complaciente se acomodaba en su nueva morada forrada de tela blanca que acentuaba la blancura de su camisa y contrastaba con el mórbido y sepulcral negro del traje que portaría por toda la eternidad.

Y luego, el torbellino de sensaciones, desesperanzas, abrazos, pésames, tristezas, dolor y amargura. La funeraria lúgubre, sobria y anodina que se vestía con cada funeral para darle cierta identidad absurda y vacía. La gente iba y venía. Abrazos, café, pan, incomprensión, dudas y rumores.

La noche cayó de golpe arrastrando las estrellas como un manto disculpante. La gente poco a poco comenzó a irse. Poco quedaba. Esa sería la última noche que pasaría con mi papá. Yo durmiendo en una silla a su lado, él, descansando ya en la eternidad de ese féretro coronado con un crucifijo de un Jesús doliente.

Al otro día, la misa y el funeral. Sus compadres y amigos se turnaban para cargar el féretro. Caminamos por toda la avenida en una procesión silenciosa e incomprensible para muchos. Incomprensible quizás para casi todos hasta el panteón.

Llegamos a la fosa. Ahí el último adiós. Tocar el féretro como si con esto hubiera podido tocarlo a él y decirle con mi esencia que estaba ahí, que no se fuera. Quería acomodarme en ese féretro junto con él,  para sentirme protegido y valioso. Solo pude aventar un poco de tierra encima y luego ver como desaparecía detrás de paladas de tierra para no volverlo a ver jamás.


Así es como sucede la última noche de mi infancia, así es como comienza el primer día de mi vida adulta.

El limbo...

Sangraba lentamente. Esa herida era aparentemente inofensiva pero la sangre seguía fluyendo sin control. El pequeño riachuelo de color rojo brillante destellaba con la luz diáfana que incidía por un costado de la habitación.

Regina se había acostumbrado a ese lento fluir de su sangre. Parecía que ese era su estigma. Sangrar permanentemente por esa herida. Los doctores nada habían podido hacer. Curaciones, vendajes, compresas. De nada había servido. Un médico más radical había probado detener el sangrado con un método poco convencional tratando de cerrar la herida a través de una quemadura. Pero ni así había dejado de sangrar.

Los médicos no se explicaban porqué esa herida no cerraba y seguía fluyendo. Comenzaba a inquietar a los médicos investigadores y los médicos de la medicina alternativa. Aunque a estos últimos, las explicaciones de las heridas del alma parecían más convincentes. 

Un sanador llamado Don Román decía que esa sangre provenía del alma, quizás del corazón sangrante. Hasta que no curara su corazón, esa herida no dejaría de fluir. Se había acercado a Regina para tratar de curar esa herida desde el alma. Sus manos parecían energetizadas, magnetizadas por la energía que fluía por esas palmas que surcaban en el aire como si de mandalas reconstruidos y expresados en el aire se trataran.

Ese día Regina estaba agotada. Don Román se había ido hacía pocas horas y el alivio que había sentido con su presencia ahora se desvanecía en el aire. Se sentía devastada. Trataba de repetir el mantra que le había enseñado para sanar: “Om mani padme hum“. Lo repetía incansablemente para reconstituir su cuerpo y su herida, pero de nada servía. Buscaba desesperadamente librarse de esa maldición estigmática pero parecía que nada funcionaba. Estaba consciente del daño que le hacía pero no hacía nada por salir de ahí. Estaba atorada. 

Quizás el tiempo curaría la herida, solo era cuestión de que secara y se formara la costra. Pero ésta seguía sangrando y supurando lentamente. Parecía que esa herida se agrandaba en vez de secar, se iba haciendo más y más grande y Regina apenas y se percataba del problema que implicaba que esa herida creciera. Hasta que descubrió que la gasa que utilizaba para cubrir su herida ya no era lo suficientemente grande. En ese momento se sintió deseseperanzada, abatida por que esa herida en vez de secar crecía. 

-¿Cuando dejará de sangrar?- preguntaba a Don Román. 

-Cuando tú así lo decidas.- le respondía. -esa herida no es del cuerpo, es del alma.- y Regina se resignaba a seguir sangrando. 

Cierto día, Regina despertó a causa de la luz que le pegaba en el rostro proveniente de la ventana. Quería seguir durmiendo pero ese destello le impedía mantener los ojos cerrados. Era como si el mundo le incitara a despertar y le conminaba a arriesgarse y luchar. 

Había decidido ese día dejar de sangrar. Estaba convencida que así sería. Nada lo impediría. Estaba harta de sufrir y de los vendajes, de las costumbres y las resignaciones. 

Abrió lentamente los ojos, el ambiente estaba muy diáfano e irreal. Parecía esa imagen sacada de los trazos de la niebla matutina aderezados con sueños irreales y surrealistas. Quiso moverse pero parecía que todo el espacio había cambiado. Sentía que flotaba en esa atmósfera amorfa y reticente. Decidió entonces incorporarse. 

Sorpresivamente ahí estaba Don Román sentado en uno de los baúles de la habitación. Regina se estremeció. ¿Cómo pudo entrar si ella no había abierto la puerta?

Don Román sonrió, Sabía lo que cruzaba por la mente de Regina. 

-Ya se que te parece bastante extraño que esté aquí, pero es  necesario que me presente en este lugar. Bienvenida al limbo.-

Regina, al escuchar estas palabras tomó conciencia del lugar en el que estaba. En realidad no estaba en su habitación, sino en un lugar extraño pero a la vez misteriosamente conocido. Habían cosas muy familiares y conocidas y no sabía porqué.

- Este lugar se te hace conocido debido a que tu lo has construido con tus sueños olvidados. Con todos aquellos elementos que te han conformado y de uno u otra manera has olvidado. Aquí estás tu realmente, la que tu eres. Lejos de todos los paradigmas y las creencias. Aquí estás tu misma con tu ser. -

- Pero ¿Cómo llegué aquí?-

- Pronto lo sabrás, lo importante es que te des cuenta de quién eres y de lo que estás hecha. Sangras porque así lo quieres, sangras porque así lo eliges. Tu sabes que es lo que te duele y lo que te molesta, lo que te inquieta y lastima. Pero debes verlo, debes confrontarlo con tu realidad. Manifestarlo en este lugar aquí y ahora si es que estás dispuesta a liberarte de tu sufrimiento. Tu eliges. Nadie más, no eres víctima más que de ti misma. Nadie te hace nada, tu te haces todo y lo has hecho siempre con las decisiones que has tomado y las elecciones que has hecho. -

- Don Román, ya no quiero sufrir, quiero seguir adelante. -

- Perfecto. Te presento entonces a tu sufrimiento. Aquí está. Lo puedes ver de frente.-

En el aire comenzó a materializarse una figura que poco a poco dejó su condición diáfana para definir sus contornos e identidad. Regina al verse de frente con esa persona se estremeció hasta el tuétano. Su cuerpo se contrajo de golpe. Su estómago formó un vacío inconmensurable, la boca se le secó, las palabras se detuvieron en conjunto con su corazón. Se petrificó.

Don Román habló entonces:

- ¿Qué harás ahora?, ¿Qué harás? ¿volverás a huir como siempre?, ¿Te esconderás y lamerás tus heridas sintiéndote víctima y sintiendo compasión de tu destino? ¡Aquí está frente a ti! ¡Qué vas a hacer!-

Regina temblaba incontrolablemente. Los ojos abiertos y desorbitados. Las manos retorcidas en un gesto de súplica y desesperación. Escuchaba a lo lejos la voz de don Román gritándole cada vez más fuerte. Ella se estremecía. Lloraba, sollozaba, trataba de gritar pero la garganta estaba cerrada.

Don Román tomaba del brazo a la figura que la veía amenazante, desafiante, cada vez más crecida ante su empequeñecimiento y parálisis. Seguía gritando y azuzando a esa figura frente a ella.

Regína quería gritarle que desapareciera, que porqué le hacía eso, que tuviera piedad. La figura crecía cada vez más. Estaba desesperada, abatida, sentía que la sangre que tenía en la herida fluía cada vez más rápido, cada vez más fuerte. Su vida se iba en ese fluir de su sangre. No sabía si el alma se le iría por tantas lágrimas o tanta sangre. Ya nada tenía que perder, su vida se iría ahí de pronto. Se abandonó, se dejó llevar. Respiró hondamente.

Volvió a escuchar ese grito atronador que surcaba el aire y taladraba sus oídos:

- ¿Qué vas a hacer ahora?-

Regina se incorporó, sus músculos se tensaron, su fuego interno comenzó a incendiarla, a recorrer toda su piel hasta llegar a sus ojos que se iluminaron y brillaron con una luz destellante. Sus puños se cerraron. Desde el estómago surgió una voz poderosa y profunda, clara y firme que simplemente dijo:

- ¡Luchar!-

En ese instante. La figura se atemorizó. Se diluyó. Jamás pensó que ella se confrontaría. nunca imaginó que encontraría esa  furia y valor para enfrentarle. Y de pronto se esfumó...

Regina seguía plantada. Resollando aún, cuando Don Román se acercó y la tocó suavemente. Apenas sintió esa mano amistosa se desarticuló. Comenzó a llorar profusamente. Había vencido. Lo había logrado... y luego cerró los ojos para caer en un estado volátil e inconsciente.

Cuando despertó se dió cuenta que la herida, por primera vez en muchos años, había dejado de sangrar. Ahora era momento de comenzar a sanar y volver a vivir...

Entonces. ¿por qué te casaste?

- Entonces... ¿por qué te casaste? -

- La verdad, por que tenía un pene muy grande. -

En 22 años de terapeuta había deducido que muchas mujeres se casaban por una razón así, pero esta vez lo había confirmado con la honestidad de Silvia. Era inaudito que las mujeres no se dieran cuenta de que se casaban muchas veces por el placer prohibido de la adolescencia y la juventud. Pero luego, al confundir placer con amor, creían que si existía sexo era por que había amor.

-¿Y cómo te sientes al respecto?, ¿qué piensas de eso?-

- La verdad hablé sin pensar, quizás algo dentro de mi se expresó. Pero ahora que lo veo creo que así es. Todo comenzó cuando era una niña que jugaba a ser mujer. Mis padres me inculcaron que la mujer es pasiva y que el sexo es malo, o algo prohibido. Quizás algo sucio. Me llamó tanto la atención sus prohibiciones que en la primera oportunidad que tuve los espié. Querìa saber porqué era oculto y secreto. Vi a mi madre desnuda y transformada en un animal erótico cabalgando en la cintura de mi padre. La veía despeinada en un vaivén frenético, arqueada. Mi padre acostado, sosténiéndola y jadeando de placer. De pronto, esa explosión inmensa. Y luego. El cansancio y la paz.

No podía comprender porqué me prohibian a mi ese placer, esa levedad. Mis padres lo hacían y se expresaban, pero a mi me lo prohibian. El día que le pregunté a mi madre sobre el sexo y el placer se horrorizó. Luego, le confesé que los había visto. Se quedó en silencio apabullada. En un estado catatónico, incapaz de articular palabra.

A los quince días estaba ingresando a la escuela de monjas. Pensaron que ahí encontraría todo el sosiego que necesitaba, o quizás ellos encontrarían toda la intimidad que requerían para undirse en sus juegos de placer.

Contrario a lo que todos imaginan, la escuela de monjas no era un lugar en donde las estudiantes se comportan correctamente. Ahí aprendí a tocarme, a descubrir que mi cuerpo reacciona ante las caricias, ante los deseos. Imaginé que arder en el infierno bien podía ser el arder de placer frotándome como animal en celo entre las piernas. Pero aún así, sabiendo que era sacrilegio, sabiendo que tambien las monjas lo hacían a escondidas a pesar de ser prohibido, me entregué una y otra vez al placer de autodescubrirme. Pensé que no necesitaba más... hasta que lo conocí.-

Silvia hizo una prolongada pausa. Suspiró profundamente. Parecía que buscaba asimilar las palabras que acababa de proferir de manera subconsciente y que al hacerlas manifiestas éstas tomaban forma y se materializaban en su realidad. 

-¿Y eso cómo te cambió?-

- Lo conocí un mes de septiembre. Era guapo y atractivo. Tenía una energía extraña, animálica, magnética. Por más que buscaba evadirla o resistirme, él me atrapaba y me atraía. Fué cuestión de días. Sucumbí una noche en la parte trasera de su auto. Al principio me sentí invadida, molesta, incómoda. Algo cedió, se desgarró. Y después comencé a sentir un placer indescriptible, inmenso. Por primera vez en mi vida exploté como nunca antes lo había hecho. Acudió a mi mente la imagen de mi madre cabalgando en mi padre y supe entonces el porqué de esa transformación. Descubrí el placer prohibido, supe porqué habían expulsado a Eva junto con Adán del paraíso. Me enamoré perdidamente de él. Me aferré apasionadamente, me entregué en cuerpo y alma. Dos años después nos casamos pensando que este placer infinito de amor, pasión y entrega sería por siempre... pero me equivoqué.

-¿Por qué dices que te equivocaste?

Silvia se revolvió nerviosamente en el diván. Sentía molestia evidente por lo incisiva de la pregunta. Buscó las palabras ahora que su corazón estaba tan abierto.

- Porque pensé que Ulises era solo para mi. Qué esa energía y magnetismo era por lo que yo era. Con el tiempo me di cuenta que no era así. Era un hombre que disfrutaba estar con las mujeres. Era un macho semental. Las mujeres lo buscaban,  acosaban, se le frotaban deseosas de que él las poseyera.

Al principio quise negar que eso sucedía, luego,  quise ser indiferente. Pero entre más indiferente era ante sus conquistas, Ulises era más atrevido y estaba con más mujeres. Yo no podía hacer nada, hasta que un buen día le lancé un ultimatum: o me era fiel o me iría de ahí... él se rió, pero comenzó a ser más discreto por un tiempo. Hasta que volvió a ser un descarado. Poco podía hacer: o me resignaba o me iba. -

- ¿y qué decidiste?-

- Decidí abandonarlo. Decirle que no podía seguir con mi vida así, tomé una maleta vieja, coloqué mis cosas y me fuí...-

-¿y qué pasó entonces?-

- Me dí cuenta que no lo amaba, que en realidad, solo estaba ahí con él por su forma de hacer el amor, de hacerme sentir mujer, pero nada más. Descubrí que solamente estaba enamorada de su pene.

Ahora vivo con Javier. Él es un gran hombre. Como el que siempre soñé: tierno, cariñoso, amable, entregado. Pero no tiene el pene de Ulises. Así, que, de vez en cuando me dejo llevar, busco a Ulises, me entrego y disfruto de su pene. Me hace sentir completa y satisfecha al satisfacer mi parte sexual -

-¿Y eso como te hace sentir?-

- No lo sé, nunca lo he pensado... no lo sé. Quizás culpable por enamorarme de una parte de alguien más que no es la del hombre que amo, pero, ¿eso se puede? ¿No es una codependencia? ¿está mal sentir placer?

- No lo sé, mejor dímelo tú-

- Ahora que lo pienso...-