El limbo...

Sangraba lentamente. Esa herida era aparentemente inofensiva pero la sangre seguía fluyendo sin control. El pequeño riachuelo de color rojo brillante destellaba con la luz diáfana que incidía por un costado de la habitación.

Regina se había acostumbrado a ese lento fluir de su sangre. Parecía que ese era su estigma. Sangrar permanentemente por esa herida. Los doctores nada habían podido hacer. Curaciones, vendajes, compresas. De nada había servido. Un médico más radical había probado detener el sangrado con un método poco convencional tratando de cerrar la herida a través de una quemadura. Pero ni así había dejado de sangrar.

Los médicos no se explicaban porqué esa herida no cerraba y seguía fluyendo. Comenzaba a inquietar a los médicos investigadores y los médicos de la medicina alternativa. Aunque a estos últimos, las explicaciones de las heridas del alma parecían más convincentes. 

Un sanador llamado Don Román decía que esa sangre provenía del alma, quizás del corazón sangrante. Hasta que no curara su corazón, esa herida no dejaría de fluir. Se había acercado a Regina para tratar de curar esa herida desde el alma. Sus manos parecían energetizadas, magnetizadas por la energía que fluía por esas palmas que surcaban en el aire como si de mandalas reconstruidos y expresados en el aire se trataran.

Ese día Regina estaba agotada. Don Román se había ido hacía pocas horas y el alivio que había sentido con su presencia ahora se desvanecía en el aire. Se sentía devastada. Trataba de repetir el mantra que le había enseñado para sanar: “Om mani padme hum“. Lo repetía incansablemente para reconstituir su cuerpo y su herida, pero de nada servía. Buscaba desesperadamente librarse de esa maldición estigmática pero parecía que nada funcionaba. Estaba consciente del daño que le hacía pero no hacía nada por salir de ahí. Estaba atorada. 

Quizás el tiempo curaría la herida, solo era cuestión de que secara y se formara la costra. Pero ésta seguía sangrando y supurando lentamente. Parecía que esa herida se agrandaba en vez de secar, se iba haciendo más y más grande y Regina apenas y se percataba del problema que implicaba que esa herida creciera. Hasta que descubrió que la gasa que utilizaba para cubrir su herida ya no era lo suficientemente grande. En ese momento se sintió deseseperanzada, abatida por que esa herida en vez de secar crecía. 

-¿Cuando dejará de sangrar?- preguntaba a Don Román. 

-Cuando tú así lo decidas.- le respondía. -esa herida no es del cuerpo, es del alma.- y Regina se resignaba a seguir sangrando. 

Cierto día, Regina despertó a causa de la luz que le pegaba en el rostro proveniente de la ventana. Quería seguir durmiendo pero ese destello le impedía mantener los ojos cerrados. Era como si el mundo le incitara a despertar y le conminaba a arriesgarse y luchar. 

Había decidido ese día dejar de sangrar. Estaba convencida que así sería. Nada lo impediría. Estaba harta de sufrir y de los vendajes, de las costumbres y las resignaciones. 

Abrió lentamente los ojos, el ambiente estaba muy diáfano e irreal. Parecía esa imagen sacada de los trazos de la niebla matutina aderezados con sueños irreales y surrealistas. Quiso moverse pero parecía que todo el espacio había cambiado. Sentía que flotaba en esa atmósfera amorfa y reticente. Decidió entonces incorporarse. 

Sorpresivamente ahí estaba Don Román sentado en uno de los baúles de la habitación. Regina se estremeció. ¿Cómo pudo entrar si ella no había abierto la puerta?

Don Román sonrió, Sabía lo que cruzaba por la mente de Regina. 

-Ya se que te parece bastante extraño que esté aquí, pero es  necesario que me presente en este lugar. Bienvenida al limbo.-

Regina, al escuchar estas palabras tomó conciencia del lugar en el que estaba. En realidad no estaba en su habitación, sino en un lugar extraño pero a la vez misteriosamente conocido. Habían cosas muy familiares y conocidas y no sabía porqué.

- Este lugar se te hace conocido debido a que tu lo has construido con tus sueños olvidados. Con todos aquellos elementos que te han conformado y de uno u otra manera has olvidado. Aquí estás tu realmente, la que tu eres. Lejos de todos los paradigmas y las creencias. Aquí estás tu misma con tu ser. -

- Pero ¿Cómo llegué aquí?-

- Pronto lo sabrás, lo importante es que te des cuenta de quién eres y de lo que estás hecha. Sangras porque así lo quieres, sangras porque así lo eliges. Tu sabes que es lo que te duele y lo que te molesta, lo que te inquieta y lastima. Pero debes verlo, debes confrontarlo con tu realidad. Manifestarlo en este lugar aquí y ahora si es que estás dispuesta a liberarte de tu sufrimiento. Tu eliges. Nadie más, no eres víctima más que de ti misma. Nadie te hace nada, tu te haces todo y lo has hecho siempre con las decisiones que has tomado y las elecciones que has hecho. -

- Don Román, ya no quiero sufrir, quiero seguir adelante. -

- Perfecto. Te presento entonces a tu sufrimiento. Aquí está. Lo puedes ver de frente.-

En el aire comenzó a materializarse una figura que poco a poco dejó su condición diáfana para definir sus contornos e identidad. Regina al verse de frente con esa persona se estremeció hasta el tuétano. Su cuerpo se contrajo de golpe. Su estómago formó un vacío inconmensurable, la boca se le secó, las palabras se detuvieron en conjunto con su corazón. Se petrificó.

Don Román habló entonces:

- ¿Qué harás ahora?, ¿Qué harás? ¿volverás a huir como siempre?, ¿Te esconderás y lamerás tus heridas sintiéndote víctima y sintiendo compasión de tu destino? ¡Aquí está frente a ti! ¡Qué vas a hacer!-

Regina temblaba incontrolablemente. Los ojos abiertos y desorbitados. Las manos retorcidas en un gesto de súplica y desesperación. Escuchaba a lo lejos la voz de don Román gritándole cada vez más fuerte. Ella se estremecía. Lloraba, sollozaba, trataba de gritar pero la garganta estaba cerrada.

Don Román tomaba del brazo a la figura que la veía amenazante, desafiante, cada vez más crecida ante su empequeñecimiento y parálisis. Seguía gritando y azuzando a esa figura frente a ella.

Regína quería gritarle que desapareciera, que porqué le hacía eso, que tuviera piedad. La figura crecía cada vez más. Estaba desesperada, abatida, sentía que la sangre que tenía en la herida fluía cada vez más rápido, cada vez más fuerte. Su vida se iba en ese fluir de su sangre. No sabía si el alma se le iría por tantas lágrimas o tanta sangre. Ya nada tenía que perder, su vida se iría ahí de pronto. Se abandonó, se dejó llevar. Respiró hondamente.

Volvió a escuchar ese grito atronador que surcaba el aire y taladraba sus oídos:

- ¿Qué vas a hacer ahora?-

Regina se incorporó, sus músculos se tensaron, su fuego interno comenzó a incendiarla, a recorrer toda su piel hasta llegar a sus ojos que se iluminaron y brillaron con una luz destellante. Sus puños se cerraron. Desde el estómago surgió una voz poderosa y profunda, clara y firme que simplemente dijo:

- ¡Luchar!-

En ese instante. La figura se atemorizó. Se diluyó. Jamás pensó que ella se confrontaría. nunca imaginó que encontraría esa  furia y valor para enfrentarle. Y de pronto se esfumó...

Regina seguía plantada. Resollando aún, cuando Don Román se acercó y la tocó suavemente. Apenas sintió esa mano amistosa se desarticuló. Comenzó a llorar profusamente. Había vencido. Lo había logrado... y luego cerró los ojos para caer en un estado volátil e inconsciente.

Cuando despertó se dió cuenta que la herida, por primera vez en muchos años, había dejado de sangrar. Ahora era momento de comenzar a sanar y volver a vivir...

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