Entonces. ¿por qué te casaste?

- Entonces... ¿por qué te casaste? -

- La verdad, por que tenía un pene muy grande. -

En 22 años de terapeuta había deducido que muchas mujeres se casaban por una razón así, pero esta vez lo había confirmado con la honestidad de Silvia. Era inaudito que las mujeres no se dieran cuenta de que se casaban muchas veces por el placer prohibido de la adolescencia y la juventud. Pero luego, al confundir placer con amor, creían que si existía sexo era por que había amor.

-¿Y cómo te sientes al respecto?, ¿qué piensas de eso?-

- La verdad hablé sin pensar, quizás algo dentro de mi se expresó. Pero ahora que lo veo creo que así es. Todo comenzó cuando era una niña que jugaba a ser mujer. Mis padres me inculcaron que la mujer es pasiva y que el sexo es malo, o algo prohibido. Quizás algo sucio. Me llamó tanto la atención sus prohibiciones que en la primera oportunidad que tuve los espié. Querìa saber porqué era oculto y secreto. Vi a mi madre desnuda y transformada en un animal erótico cabalgando en la cintura de mi padre. La veía despeinada en un vaivén frenético, arqueada. Mi padre acostado, sosténiéndola y jadeando de placer. De pronto, esa explosión inmensa. Y luego. El cansancio y la paz.

No podía comprender porqué me prohibian a mi ese placer, esa levedad. Mis padres lo hacían y se expresaban, pero a mi me lo prohibian. El día que le pregunté a mi madre sobre el sexo y el placer se horrorizó. Luego, le confesé que los había visto. Se quedó en silencio apabullada. En un estado catatónico, incapaz de articular palabra.

A los quince días estaba ingresando a la escuela de monjas. Pensaron que ahí encontraría todo el sosiego que necesitaba, o quizás ellos encontrarían toda la intimidad que requerían para undirse en sus juegos de placer.

Contrario a lo que todos imaginan, la escuela de monjas no era un lugar en donde las estudiantes se comportan correctamente. Ahí aprendí a tocarme, a descubrir que mi cuerpo reacciona ante las caricias, ante los deseos. Imaginé que arder en el infierno bien podía ser el arder de placer frotándome como animal en celo entre las piernas. Pero aún así, sabiendo que era sacrilegio, sabiendo que tambien las monjas lo hacían a escondidas a pesar de ser prohibido, me entregué una y otra vez al placer de autodescubrirme. Pensé que no necesitaba más... hasta que lo conocí.-

Silvia hizo una prolongada pausa. Suspiró profundamente. Parecía que buscaba asimilar las palabras que acababa de proferir de manera subconsciente y que al hacerlas manifiestas éstas tomaban forma y se materializaban en su realidad. 

-¿Y eso cómo te cambió?-

- Lo conocí un mes de septiembre. Era guapo y atractivo. Tenía una energía extraña, animálica, magnética. Por más que buscaba evadirla o resistirme, él me atrapaba y me atraía. Fué cuestión de días. Sucumbí una noche en la parte trasera de su auto. Al principio me sentí invadida, molesta, incómoda. Algo cedió, se desgarró. Y después comencé a sentir un placer indescriptible, inmenso. Por primera vez en mi vida exploté como nunca antes lo había hecho. Acudió a mi mente la imagen de mi madre cabalgando en mi padre y supe entonces el porqué de esa transformación. Descubrí el placer prohibido, supe porqué habían expulsado a Eva junto con Adán del paraíso. Me enamoré perdidamente de él. Me aferré apasionadamente, me entregué en cuerpo y alma. Dos años después nos casamos pensando que este placer infinito de amor, pasión y entrega sería por siempre... pero me equivoqué.

-¿Por qué dices que te equivocaste?

Silvia se revolvió nerviosamente en el diván. Sentía molestia evidente por lo incisiva de la pregunta. Buscó las palabras ahora que su corazón estaba tan abierto.

- Porque pensé que Ulises era solo para mi. Qué esa energía y magnetismo era por lo que yo era. Con el tiempo me di cuenta que no era así. Era un hombre que disfrutaba estar con las mujeres. Era un macho semental. Las mujeres lo buscaban,  acosaban, se le frotaban deseosas de que él las poseyera.

Al principio quise negar que eso sucedía, luego,  quise ser indiferente. Pero entre más indiferente era ante sus conquistas, Ulises era más atrevido y estaba con más mujeres. Yo no podía hacer nada, hasta que un buen día le lancé un ultimatum: o me era fiel o me iría de ahí... él se rió, pero comenzó a ser más discreto por un tiempo. Hasta que volvió a ser un descarado. Poco podía hacer: o me resignaba o me iba. -

- ¿y qué decidiste?-

- Decidí abandonarlo. Decirle que no podía seguir con mi vida así, tomé una maleta vieja, coloqué mis cosas y me fuí...-

-¿y qué pasó entonces?-

- Me dí cuenta que no lo amaba, que en realidad, solo estaba ahí con él por su forma de hacer el amor, de hacerme sentir mujer, pero nada más. Descubrí que solamente estaba enamorada de su pene.

Ahora vivo con Javier. Él es un gran hombre. Como el que siempre soñé: tierno, cariñoso, amable, entregado. Pero no tiene el pene de Ulises. Así, que, de vez en cuando me dejo llevar, busco a Ulises, me entrego y disfruto de su pene. Me hace sentir completa y satisfecha al satisfacer mi parte sexual -

-¿Y eso como te hace sentir?-

- No lo sé, nunca lo he pensado... no lo sé. Quizás culpable por enamorarme de una parte de alguien más que no es la del hombre que amo, pero, ¿eso se puede? ¿No es una codependencia? ¿está mal sentir placer?

- No lo sé, mejor dímelo tú-

- Ahora que lo pienso...-

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