El adiós...



La pluma dejaba de correr fluidamente por el papel. Su mano adolorída seguía empujando en movimientos concéntricos el cincel que se arrastraba emanando la sangre que se escurría como tinta. Las hojas absorbían ese fluido negro ansiosas por retener su huella perenne, por ser marcadas para la eternidad. Los símbolos se entremezclaban en misterios develables solo por aquellos ojos elegidos que desentrañaban los significados a través de el descifrar todas aquellas palabras que conmvían.

El escritor había acabado por fin esa obra que había iniciado algún momento. Había parido todas esas palabras con el sudor y las lágrimas que involucran el alma y los recuerdos. Los fantasmas se habían transmutado en personajes que se reinventaban y se representaban a si mismos susurrando sus historias a aquel que sabía escucharlos y convertirlos en palabras.

La historia al fin se manifestaba. Ese círculo se había cerrado de manera definitiva con el final que lograba hilar el inicio y todo el desarrollo. El escritor se sentía exhausto, vacío, silencioso y triste.

Si. Triste por que esa obra en la que había sido el orquestador y artífice terminaba y el telón se cerraba para no volverse a abrir jamás. Los personajes se habían silenciado para siempre, atrapados en el libro, en esa obra que se sellaba con un punto final. Ahora dejaban de existir en el mundo de las ideas y de los sueños de un solitario para manifestarse solamente por aquél que leyera la obra y buscara revivirlos en su imaginación.

El vacío que dejó el final del libro para el escritor fue una mezcla de satisfacción y melancolía. Melancolía por esos personajes con los que convivió y se adueñó de sus sueños y sus desvelos, formaron parte de su insmonio y de sus misterios. Nadie conoció mejor a los personajes que el escritor, nadie extrañará y añorará más a esos fantasmas que su propio creador. Nadie sufrirá más con los personajes y se estremecerá más que el propio escritor ante esa obra.

Los círculos con el tiempo deben convertirse en espirales. En esas formas ascendentes que aceleran con la inercia para elevarse y tomar fuerza. Llegar a otras latitudes. Volar sobre otros abismos.




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Este blog inició un mes de septiembre de 2008 con la intenciòn de iniciarme formalmente en el mundo de las letras. De exponerlas a la corriente de los sueños liquidos del mundo virtual para ver si podían soldificarse y resistir los embates de lo anodino y vacìo. De este blog surge una Maestrìa en Estudios Humanìsticos con especialidad en Literatura que he concluido en Diciembre del 2011 y una novela llamada "Ana y las mil noches". Ademàs dos proyectos literarios que pronto verán la luz.

En IdeaUno experimenté el nanocuento, la poesía, el cuento, el texto y el ensayo. Siempre apegado a ese manifiesto literario que definió este blog como eje rector de cada una de mis palabras y me permitió evaluar el alcance de mis palabras. Algunas anècdotas, ficciones, fricciones y sueños se manifestaron en este proyecto.

Este es el último post de IdeaUno que dejarà de ser esa primer idea. El inicio. Ese origen de la formalidad aunque mis letras iniciaron muchos años antes.

IdeaUno representa mi inicio formal de las letras. Y de la misma manera en que un círculo se escinde para convertirse en espiral y tomar fuerza para acelerar y ascender, de esta misma manera escindo este círculo del  blog para convertirlo en espiral y llegar más alto.

Agradezco a las más de 15,000 personas que leyeron más de 20,000 veces algo que escribí. Estas personas provinieron de más de 30 paises en los 5 continentes. Agradezco infinitamente los comentarios y las sugerencias, así como los mensajes de ánimo y apoyo.

La mano se ha cansado y los personajes deben descansar para darle cabida a muchos más.

Este blog dejará de existir el 31 de julio del 2012.

Maktub. "Lo que está escrito está escrito".



Gracias, gracias, gracias.
Francisco Enrique Lopez Rojas.

Un encuentro con el diablo...

Ese día había ido a que le leyeran el Tarot. No es que creyera en eso pero estaba tan desesperado que decidió que cualquier alternativa o respuesta podría servirle. Sin embargo, al llegar a ese lugar extraño y un poco fantasmagórico comenzó a dudar de su decisión. Las cortinas rojas, el lugar lúgubre y el olor a incienso hizo que tuviera náuseas. Estaba a punto de salir de ahí cuando apareció la adivina que le ordenó que pasara y se sentara. Casi como un autómata retornó y tomó asiento enfrente de una mesa cubierta con un mantel viejo, raído y sin brillo. Se veía que el uso que se le había dado era por demás intensivo. -Quizás ya es tiempo de que lo cambien para dar un toque de novedad.- Sonrió para sus adentros.

La adivina pareció leerle los pensamientos. -El mantel no debe ser cambiado por que en él han convergido los destinos de miles de almas que han venido para que se les lean las cartas y las manos. Aquí está plasmado, en ese uso, el destino de todos los que han acudido a mí.-

Se estremeció. Instantes después regresó a él ese sentimiento irónico. -Seguro que hice alguna mueca y ella la detectó- Sin embargo ya estaba ahí, decidió entonces continuar. Al fin y al cabo ya no tenía nada que perder. La adivina le pidió que extendiera la mano izquierda. La extendió con cierto recelo.

La adivina recorrió los surcos de su mano con los dedos artríticos. Sentía como las yemas se enterraban en su palma, un extraño hormigueo acompañaba ese recorrido de los dedos de la adivina por toda la superficie.

Acto seguido, sin pronunciar palabra, la adivina lo soltó y sacó un atado de Tarot. Lo vió fijamente a los ojos sin parpadear. Sintió un escalofrío que le recorrió todo el cuerpo. Por un instante dejó de respirar. La mirada de la adivina iba más allá de la simple observación, era un escrutinio profundo que le tocó el alma. Parecía que la adivina veía más allá de lo que él quería que viera. Se sentía desnudo.

La adivina colocó varias cartas sobre la mesa sin emitir ningún comentario. Acto seguido las quedó viendo fijamente como si abriera un portal hacia el más allá. Él dudó por un momento. Su mente seguía burlándose de lo que estaba sucediendo diciéndole que la mujer que tenía enfrente no era más que una anciana decrépita tratando de sobrevivir a causa de los incautos que acudían a ella para saber algo de su pasado o su futuro. Sin embargo, estaba pegado a esa silla. La adivina ejercía un especie de hechizo hipnotizante sobre su cuerpo que se negaba a responder.

La adivina entonces habló: - tus cartas son extrañas, jamás había visto una combinación así. Pero depende de ti que quieras saber lo que te depara-

Sonrió para sus adentros. -seguramente esto es para poder facilitar el cobro posterior de la sesión. Es para impresionarme.- Su razón presurosa salió en su auxilio para que pudiera retomar el control. Con voz firme y envalentonado le respondió: - Quiero saber, a eso vine. No tengo miedo.-

Con mirada dubitativa y esquiva, tratando de escoger sus palabras, la adivina suavemente le habló: -Tú no veniste aquí para saber tu futuro, viniste aquí para encontrar respuestas. Crees que todo puede resolverse con palabras o con la razón, pero te diré algo muy sencillo, tu enojo y tu frustración no se curará con palabras, aunque creas que un psicólogo te lo resolverá. Tus cartas son muy claras, tu destino está marcado. La respuesta que buscas no será simple, ni siquiera se si podrás enfrentarlo. La única manera en que podrás encontrar lo que quieres saber es que te enfrentes a algo escalofriante y quizás no resistas. Tienes que enfrentarte al diablo. Verlo de frente, preguntarle que quiere. Solamente si logras verlo de frente, sin morirte de miedo, y preguntarle claramente, Él, te responderá. Esto dicen tus cartas, tienes una cita con el diablo. Nada podrá evitar que te lo encuentres. Más te vale que estés preparado, por que nada te librará de su poder y su furia. Solo tu podrás. ¿podrás?...- hizo una larga pausa esperando alguna reacción de él pero al darse cuenta que no había causado tanto impacto decidió continuar: -El diablo puede tomar cualquier forma, cualquier figura, puede ser cualquiera. Solo, ten cuidado.-

Por un instante se sintió aliviado, Pensó que le diría que habían 2 mujeres en su vida, una rubia y otra morena, o que tenía problemas de dinero, amor o mal de ojo. El diablo... bueno, siendo ateo eso no sería posible. Una leve sonrisa logró escaparse de su labio. La adivina pareció no detectarlo.

-Tu encuentro será terrible, una vez más te lo digo. Nada de lo que te imaginas te habrá preparado para lo que estás a punto de experimentar. Te deseo lo mejor, y ojalá que sobrevivas. Si es así, te pido que regreses. No conozco a nadie que haya sobrevivido. y... no me pagues. No quiero tu dinero. Mis cartas no valen nada frente a un condenado. -

Se levantó de su sitio. La mirada de la anciana era de una profunda lástima, esa mirada de las personas que saben que vestán viendo a alguien que pronto va a  morir, esa que tienen los que acompañan a los condenados y los sentenciados. No se despidió y se dirigió a la puerta. Quería salir lo más rápido de ahí. Tenía un gran sentido de urgencia por escapar, su cuerpo se movía más rápido que su razón con esa intención de poder sobrevivir. Su angustia se había incrementado significativamente. Quizás creyó erróneamente que la adivina aliviaría su angustia pero no fué así, solo la acentuó. Ese sentimiento de tristeza y abatimiento lo había acompañado ya desde hacía varios meses y no encontraba la manera de liberarse de él. No sabía que era lo que lo producía pero seguía ahí latente.

Llegó a su casa, se cambió. cenó algo ligero y luego se dirigió al cuarto de baño. Recordó que el foco se había fundido dos días atrás y había olvidado comprar un repuesto esa mañana cuando pasó por la tienda de la esquina. Se reprochó su olvido, -es la depresión- se justificó.

Frente al espejo, en penumbras comenzó a lavarse los dientes. Al escupir el agua para enjuagarse la boca sintió de pronto que la temperatura descendió drásticamente. Al levantarse para secarse la boca observó aterrorizado frente al espejo una figura deforme y retorcida. Los ojos vacíos y fríos. Una sonrisa despectiva y agresiva. El aire lo abandonó. Quiso gritar pero no articuló palabra alguna. Lo que veía en el espejo era horripilante. La adivina se lo había advertido pero nada lo había preparado para un encuentro así. Era la figura de un hombre, los ojos eran dos órbitas negras y profundas, los labios estaban descarnados e intentaban sostener esa sonrisa de desprecio. Su cuerpo se negaba a moverse, quería correr despavorido, huir de ese lugar, pero estaba petrificado, firmemente sujetado en ese lugar. Nada podía permitir que escapara de ese encuentro. Sintió de pronto la muerte. Era como una energía que se había sujetado a sus pies. Trepaba por sus piernas absorbiendo su halo vital. Sentía como se le iba la vida a cada instante y nada podía evitar que la muerte se lo llevara lentamente.

Tenía los ojos fijos en esa imagen proyectada en el espejo, parecía hablarle, retarlo, provocarlo mientras la muerte reptaba por su piel y avanzaba rápidamente por su cuerpo. Sabía que su objetivo era llegar al corazón. Cuando la muerte llegara ahí todo estaba perdido, nada podría hacer para evitar tener ese deceso doloroso y horripilante.

Recordó a la adivina, sus últimas palabras... -Solamente si logras verlo de frente, no morirte de miedo, y preguntarle claramente, Él, te responderá...-

Sabía que tenía solamente una oportunidad. Si lograba articular la pregunta podría alejar al diablo y a la muerte al mismo tiempo. Su boca seca no podía articular palabra, parecía atorada en ese grito no dado. La muerte ya estaba en su estómago, sentía los tirones y el estómago revuelto, los pulmones absorbían aire de manera alarmante, era un estertor de muerte. Su mecanismo de supervivencia logró sobreponerse y permitió que hablara en el último momento.

-¿Qué quieres de mi?-

El diablo soltó una estruendosa carcajada. La muerte se detuvo de súbito sin retroceder. La risa era espantosa, delirante en cierta manera. Apenas y podía respirar del terror que sentía. Escuchó una voz ronca, rasposa como una lengua que se arrastraba sobre su cuello y le taladraba los oídos. Era la voz del diablo que le hablaba.

-¿Qué quiero de ti?. Quiero todo de ti. Tus sueños y tus deseos, tus aspiraciones y alegrías, tu futuro. Quiero controlarte y hacerte creer que eres libre, que piensas por ti mismo y decides, susurrarte que Dios existe, decirte que creces y avanzas, que eres exitoso y conocido, casi famoso, atractivo, intenso, divertido, quiero hacerte sentir que eres especial y único, Que nadie es como tú, quiero que creas que encuentras la felicidad. Eso quiero de ti.

-¿Por tí no soy feliz?- preguntò nuevamente.

- Si. Por mi no eres feliz. Por que eres mío. Lo que te falta yo lo tengo. te he hecho creer que nada es suficiente, que estás incompleto, que algo te falta siempre para alcanzar esa felicidad infinita. ¿no me ves en los comerciales?, ¿en esa fàbrica de sueños que se llama publicidad?. Así me valgo de todo eso para fabricar mundos ilusorios, te muestro lo que te hace falta, lo que no tienes, asi te vuelves consciente de que necesitas más para ser feliz, acumular todas esas cosas que son inservibles. Y para cuando te das cuenta que todo eso no era la felicidad, es demasiado tarde, la muerte ya está sobre ti y apenas y tienes tiempo para arrepentirte de lo que no hiciste. Así es. todo es una ilusión. ¿decepcionado?. Esta es la realidad. Agradece que tuviste el valor para preguntarme, por eso te respondo. Nada de lo que tienes vale, nada de lo que tienes importa. pero seguramente tu mentecita retorcida volverá a insistir en que te falta algo, estás vacío y nada puede llenarte. Y ahí, cuando tu vocecita te diga que no es suficiente y quieras más, ahí es donde volveré a colarme y jugar con tus deseos y tus sueños. No eres nada si nada tienes. -

Una enorme tristeza comenzó a inundarlo. El diablo ya no parecía tan amenazante después de esas palabras. La muerte se escurrió lentamente por sus piernas simulando un líquido caliente y agrio. Quiso ver más de cerca al diablo, saber que habìa sobrevivido a su presencia, observar los detalles de su rostro. Sobrevino un estremecimiento mayor. El horror fué indescriptible. El rostro del diablo poco a poco comenzó a reconstruirse hasta verse a sí mismo.

El diablo estaba ahí, detrás de su rostro, oculto en su reflejo, el diablo era el mismo y nadie más.

Narcisa y Goldmundo...

Lejos del bullicio citadino observaba las luces a la distancia. Esos destellos de lontananza se acentuaban a cada aspiración del humo que se desprendía de ese cigarro lentamente consumido entre sus dedos. Sus pensamientos deambulaban discurriendo suavemente para poder asimilar lo que acababa de suceder. En su mirada se veía esa melancolía disrruptiva y provocativa que a Goldmundo tanto le provocaba.

Sentada y con las piernas recogidas, Narcisa se acariciaba suavemente las piernas. Su piel aún estaba húmeda. Sus piernas temblaban suavemente. Sentía que goteaba por todo el cuerpo mojando las sábanas que apenas la acogían y disimulaban su desnudez.

Goldmundo seguía acostado y con los ojos cerrados parecía dormitar, o quizás era una forma de procesar lo que acababa de suceder. Solo se escuchaba el murmullo de un grillo solitario en algún lugar del exterior.

Narcisa cerró los ojos lentamente. Suspiró hondo, profundo y apesadumbrado. Sentía los labios resecos.  La garganta le quemaba, el cuerpo le dolía, pero misteriosamente también tenía una sensación de extrema paz, estaba llena de una melancólica languidez. Su mente seguía divagando entre flashazos del pasado y el presente.

Sus párpados se abrieron lentamente para ver a un Goldmundo despreocupado y con una minúscula y cínica sonrisa con tintes de satisfacción. La culpa la asaltó de pronto. Se llenó de dudas, miedos, culpas históricas y culturales. Una oleada de desesperanza la invadió. Se sintió ultrajada, usada. Se había dejado llevar por aquél hombre que había logrado vencer todas sus resistencias para no caer... y sin embargo, por primera vez en su vida, había caído. su deseo había sido exacerbado de tal manera que su razón la había abandonado y su cuerpo, lleno de lujuria y de deseo, se había entregado sin condición.

-¿Cómo había pasado?- Se enojó consigo misma. -Soy una gran estúpida- se reprendió. - ¿Cómo pudo pasar?... me siento como...una gran puta... si, eso soy. Una gran puta-  Una lágrima pugnó por salir y recorrer su mejilla. La penumbra le arrancó un destello a esa solitaria gota de agua al emerger de ese remolino de sentimientos.

Suspiró nuevamente. Goldmundo parecía confiado y seguro, sin preocupación alguna. Se rascó la entrepierna descaradamente. -Es tan... primitivo... tan... corriente... tan imbécil... un neanderthal ¿Cómo?, ¿Cómo pudo ser?-

La melancolía la invadió. Su cuerpo parecía no responderle. Su mente quería seguir en ese estado de trance brutal pero su cuerpo reaccionaba de otra manera, se estremecía, renacía, pedía más. Quería volver a entregarse. Quería volver a desgarrarse y arder una vez más. Su mente se confundía ante ese sensual lardor que sentía nuevamente.

Las sensaciones la invadieron nuevamente con el solo recuerdo de lo que había ocurrido hacía unos cuantos minutos. Su cuerpo quería más, exigía y parecía estar dispuesto a traicionar su razón y sus prejuicios. Su cuerpo rogaba por volverse a entregar, ella se resistía lo más que podía.

Empezó a respirar más agitadamente, una embriaguez extraña se posesionó de ella, ansiosa por ese vaivén que la volvió loca, que le despertó los sentidos y agudizó las sensaciones incendiando su piel. Un hormigueo le recorrió las piernas hasta depositarse en ese vórtice que parecía querer absorber todo. Llenarse completamente de Goldmundo. Deliberaba entre lo que debía hacer y lo que quería hacer.

Sus manos se aferraban fuertemente a las sábanas en un intento inútil por defenderse y crear un escudo que la separara del deseo por Goldmundo que se mostraba displicente e indiferente.

Le había conocido semanas antes y le había llamado la atención su imagen seria y experimentada. Poco tiempo después se dio cuenta que era irresistible para ella. Su seguridad, ese erotismo que desprendía su voz y la calidez de sus manos poco a poco fueron mermando sus defensas. Días antes le había susurrado al oído que la deseaba. Jamás un hombre había sido tan atrevido y le había dicho algo así mezclado con un aliento afrodisiaco que se escurrió desde su oído hasta sus labios haciéndolos henchirse en un instante.

Su instinto le decía que estaba frente a un hombre experimentado. Conocedor de los secretos y de los deseos, de los misterios de la lujuria y el placer. Su razón le decía que se alejara, que no sucumbiera ante ese canto sensual y erótico. Pero parecía que siempre quería un poquito más, solo un poquito más. Al principio pensaba que podría controlarlo, que podría resistir. Pero poco a poco, lentamente, sin darse cuenta, comenzó a enredarse y dejarse seducir por esos tentáculos del deseo que ahora ya la habían hecho perderse en sus brazos. Ahora Goldmundo era una adicción sin control.

Narcisa se había logrado mantener inmaculada gracias a una férrea educación religiosa y familiar. Sus padres, orgullosos de su virtud y su elegancia hacían gala de su seriedad y ecuanimidad. Ahora sentía que los había defraudado. Su pecado original, ese vórtice como origen de su perdición, como símbolo de su razón, se había rebelado contra ella y sus principios para hacerla sentir mujer de verdad.

Narcisa ahora era otra, ahora había fluido sobre sus sentidos y había cruzado esa línea que separa a la niña de la mujer. Se sentía perdida por ese deseo que la incendiaba otra vez. Quería que Goldmundo la poseyera, la tomara y venciera todas sus resistencias, que la forzara para que así tuviera el pretexto de que se había resistido pero que Goldmundo con su fuerza, la había vencido y la había poseído. Quería que la tomara, que le hiciera el amor sin que ella pudiera defenderse, sin que ella pudiera ofrecer suficiente  resistencia. Quería entregarse sin entregarse, dejarse llevar nadando contra corriente, ser deseada para poder desear.

Sus labios temblaban, el oído se le agudizaba, sus sensaciones entraban en estados de múltiples dimensiones. No quería moverse para que el monstruo de mujer que llevaba adentro, ese monstruo animálico no tomara control de su cuerpo y la arrojara sobre el cuerpo de Goldmundo para hacer el amor una vez más.

Sus dientes mordieron el labio inferior. Dudaba. Se estremecía. su cuerpo se tensó decidido a actuar, su razón era ese delgado hilo que la mantenía en vilo en ese precipicio al cual cada vez estaba más cerca de arrojarse sin condición.

A lo lejos, las luces destellaban y la luna, como un gran disco, estaba dispuesta a menguar una vez más.

Soyuz

Nuestro perro, un pequinés llamado Dumbo nos había acompañado a mi hermano y a mi a comprar unas paletas de zarzamora. Él tenía 8 años, yo apenas 6 pero ya deambulábamos tranquilamente por las calles de la ciudad acompañados de ese pequeño perro de color miel.

Al regresar de haber comprado nuestras paletas vimos que Dumbo se metió a una casa que se encontraba abierta. Ninguno de los dos nos atrevimos a entrar para sacarlo. Comenzamos a chiflarle y a gritarle para que saliera.

De pronto escuchamos un gruñido furioso... pensamos que Dumbo había encontrado un gato o perseguía algo pues escuchábamos ciertos sonidos producidos por las uñas de un perro que corría apresuradamente.
Nosotros tratando de evitar que Dumbo estuviera haciendo destrozos en casa ajena nos sentimos nerviosos y comenzamos a gritar más fuerte.

En un instante, de manera surrealista, apareció un enorme boxer café con Dumbo entre los dientes. Lo agitaba furiosamente. Lo mordía en el piso, lo levantaba y lo volvía a agitar, para volverlo a azotar contra el suelo. Mi pobre perro se defendía como podía, chillaba, se agazapaba. Mi hermano y yo no sabíamos que hacer. Estábamos desesperados.  Paralizados ante la imponente brutalidad del perro que descargaba toda su furia con nuestro pequeño pequinés.

Recordé que tenía una pequeña navaja como llavero, decidí usarla. Saqué la hoja pequeña y reluciente decidido a defender a mi perro. Mi hermano me vio sorprendido ante mi respuesta. Quise acercarme pero el perro se agitaba furioso, podía ser mordido también. Al final, decidí arrojarle la navaja. De nada sirvió.

Durante instantes que parecían eternos mi hermano y yo presenciamos de forma dantesca como un perro furioso destrozaba a nuestro Dumbo.

La dueña del perro, sabiendo de la furia del animal salió presurosa y le arrojó un balde de agua caliente con jabón. Solo así, el perro soltó de sus fauces a Dumbo. Una vez que lo liberó, la señora nos indicó que tomáramos a nuestro perro y nos fuéramos pues el perro seguía furioso.

Mi hermano levantó a un Dumbo moribundo. Mis padres se lo habían regalado tres años antes. Lo llevamos a casa. Sangraba profusamente. corrimos lo más rápido que pudimos. Mi madre lo curó y cuidó pacientemente hasta que se recuperó. Pero jamás volvimos a sacarlo a la calle. Habíamos aprendido la lección.

Un año después mis papás me regalaron un maltés. Decidimos llamarlo Soyuz. Quizás por recordar el primer satélite ruso en el espacio, o quizás por que como era macho no se podía llamar Laika. Dumbo era de mi hermano. Soyuz entonces se había convertido en mi perro. Alegremente me recibía todos los días al llegar de la escuela.

Las vacaciones llegaron y con ellas mis primas. La dinámica de la casa había cambiado. Entre ires y venires buscábamos los momentos precisos para salir a la calle.

Mi mamá tuvo que ir con mi abuela y sus hermanas a misa, mi papá se encontraba en la fábrica. Teníamos prohibido salir. Sin embargo, como travesura, decidimos ir a la tienda de la esquina. Salieron mis primas, yo, atrás de ellas. Dejé la puerta abierta pues venía una de mis primas más pequeñas atrás de mí. Crucé la calle... Escuché un grito cuando llegué a la otra banqueta. Vi a mis primas que regresaban, me manoteaban, me hablaban.

Me volví en dirección de la puerta de entrada. Mi prima lloraba. Me acerqué. En la canaleta de la calle estaba Soyuz. La camioneta que se alejaba lo había atropellado impunemente cuando mi perro había salido atrás de mi para alcanzarme. Lo levanté lentamente. Sangraba profusamente de la boca. Apenas y se movía con un temblor casi imperceptible. Su pelaje blanco contrastaba con la sangre que escurría y se llevaba su vida. La columna estaba fracturada. Como pude lo metí a la casa. Mis primas regresaron. Comenzaron a llorar. La casa se convirtió en un caos. A mis escasos 7 años cargaba a mi perro moribundo.

A los pocos minutos me reconoció. Quiso lamerme la mano. Ya no pudo. Con un estremecimiento entrecortado y violento murió en mis brazos.

No sabía que hacer. Jamás había entendido lo que era la muerte y la pérdida, la pena y el dolor. Llamé desesperado a mi papá con la esperanza de que él supiera que hacer. Solo alcancé a decirle que lo habían atropellado.

Mi papá, sin saber a ciencia cierta que había pasado dejó el teléfono y literalmente corrió las 8 cuadras que separaban la fábrica de la casa en escasos minutos para llegar y enterarse... de que Soyuz había muerto.

Y si. Supo que hacer. Tomó a Soyuz, lo metió en una bolsa y desapareció con él para luego regresar con las manos vacías y decirme que ya había sido enterrado en algún lugar desconocido al cual, por supuesto que quise ir, pero jamás me dijo en donde lo enterró.

Actualización 23 de marzo 2012

Un día después de escribir este post circulaba en la noche por una de las avenidas de Santa Rosa Jaureguí. Alcancé a ver un pequeño maltés color blanco que tenía  un suéter verde caminando despreocupadamente por la calle. Parecía estar acostumbrado a caminar debajo de la banqueta como un perro callejero. Recordé lo que había escrito. En cuestión de segundos apareció una camioneta en sentido contrario, venía despacio, el perrito se descuidó. La camioneta lo atropelló. El perrito chilló y salió corriendo con una pata lastimada. No pude detenerme para ayudarlo. Seguí viendo como renqueaba y chillaba hasta desaparecer detrás de unos autos.


Al regresar por la misma calle 15 minutos después, en sentido contrario, lo encontré. Estaba sobre la banqueta, sangrando profusamente y lamiéndose la herida. Tenía estallamiento de vísceras. Era cuestión de minutos para que falleciera. 


Ahí, a su alrededor, estaba una pareja indecisa sin saber que hacer. No era de ellos pero lo habían encontrado. Ella quería ayudarlo, él la veía con duda y estaba apresurándola pues se notaba que no quería involucrarse. 


Más tarde volví a pasar por ahí. Solo quedaba la mancha de sangre en la banqueta como recuerdo de ese pequeño y alegre maltés que horas antes había sido atropellado por una camioneta. 


Nuevamente reviví esa angustia y esa tristeza de ver lo que no vi ese día, el cómo atropellaban a mi perro. Mi pequeño Soyuz...



Un día cualquiera...


Piensas y te debates. Te inquietas. Parece que el sol que te pega en el rostro te invita a seguir. Estás ahí sin hacer nada, sin cambiar. No es que estés cómodo, es que te has acostumbrado a estar ahí doliente, rumiante, ausente.

La mirada perdida, la sonrisa estudiada. ¿Qué puede pasar en el mundo en donde nada pasa y todo pasa?, ¿es así?. ¿sin nada que mueva o altere, cambie o se transforme?.

Estás perdido. Te buscas sin el ánimo real de encontrarte. Es tan difícil encontrarse cuando toda tu vida y tu mundo se han encargado de conformarte. ¿esencia? ¿esa es la palabra? Si. esa es. Tu esencia parece recargada sobre el espacio olvidado de tu alma. El mundo ha sido construido a través de necesidades. Esas palancas de deseos y satisfactores que hacen que el mundo se mueva, se transforme y avance. No quise usar la palabra evoluciona por que creo que es demasiado grande para explicar el pírrico desarrollo del ser humano. Y ahí estás. Tan indiferente. Como un espectador que apenas y se percata de lo que sucede frente a sus ojos. Esa alegría y explosión de vida y de cambio perpetuo. No. Prefieres encerrarte en esa concha protectora. En esa aparente estabilidad con un equilibrio raquítico.

Cierras los ojos por un momento. No quieres ver el sol que de manera intermitente te ilumina el rostro y luego se oculta tras las sombras. A veces sientes que el tiempo pasa impelido por una prisa mayor a la que tu tienes por existir. Parece que te empuja, te obliga a cambiar de sitio.

Los colores brillantes que se mueven frente a tí de manera errática e impredecible te sacan de tus cabilaciones. Te gusta ahondar en tus profundidades, perderte en desvaríos multitudinarios, ver sin ver, estar sin estar. Proceder a la desconexión de la realidad para no sentir aunque fuera un poquito. Tienes el corazón tan comprimido que apenas y sientes una punzada cuando ves tu reflejo en ese vidrio que tienes frente a ti como ese escaparate de la vida. Los movimientos intermitentes que se mezclan con ese vaivén en el que estás metido. una circularidad agobiante, apabullante, reiterativa.

Escuchas voces, gente que entra y sale, te empuja, te obliga a cambiar de sitio, pero tu permaneces incólumne, estoico, procuras moverte con esa masa informe que se mueve y se desplaza bajo ciertos principios incomprensibles para las leyes del caos y la probabilidad.

Los olores se entremezclan, perfuman los espacios, los apestan y enmancipan, los develan. Tu. Sigues ahí. Absorto y perdido en el tiempo y el espacio. ¿hasta cuando pararás?, ¿hasta cuando dirás basta? ¿habrá algùn momento en el que tomarás valor para hacerlo?

Dentro de todo ese barullo y ese ruido que se escucha diáfano y borroso, la voz clara y sonora que te llega de golpe y te saca de tu trance:

"Próxima estación: Cuicuilco"... luego tres tonos intermitentes... la puerta se abre... y tu bajas para continuar tu camino en la realidad...

Luces de Bohemia para Elisa...


La tarde lluviosa y melancólica es apenas iluminada por esa repetición de faroles que de forma diáfana ahuyentan los espacios de los que buscan, adueñarse a cualquier precio, las sombras que vienen acompañadas por la noche.

Mi cuerpo entumecido y temblante del viento que recorre sin piedad los contornos y los resquicios poco cubiertos. Cobijado con esa gabardina que aparenta ser más una capa que un cobertor, camino apresuradamente por la banqueta tratando de resguardarme de la lluvia que se precipita indolente hacia la tierra con más prisa que ansia.


Las luces tenues y los movimientos de los autos apenas y dan puntos de referencia para guiarse entre las banquetas y los transeúntes que se aprestan para llegar a algún lugar de resguardo.

Levanto la vista y de pronto me estremezco. Ahí estás saliendo de la academia, cargando en una mochila tus cuadernos y libros. Brincas de un lado a otro esquivando los charcos del agua. Llega a mi mente esa canción de antaño que habla de patosos caminares. Durante años jamás había entendido esa frase hasta que te ví saltar de un lado al otro con los talones para evitar que el agua entre por la punta de tus zapatos. Una descarga recorre mi cuerpo al ver tu silueta tambaleante y tu cabello humedecido que pregona entre esa lluvia diluvial el refugio del deseo contenido.

Escucho detrás de mi a alguien que me llama por mi nombre: ¡Julian!... ¡Julián!... hago caso omiso como si no escuchara esas palabras. Puedo perder la concentración de este momento mágico de verte saltar entre los charcos como un ángel que toca apenas el suelo para caminar.

Tu piel blanca contrasta con las sombras que al verte quieren recorrer tu silueta para jugar con los contrastes y las luces para hacerte más reluciente y relumbrante. Volteas a ver fugazmente hacia atrás. Apenas y me ves. Veo tu sonrisa juvenil, esos dientes que rememoran luces de bohemia destellan con su aparición y distraen a las sombras que se quedan sorprendidas ante tus labios fulgurantes.

Apresuro el paso, quiero darte alcance. Esta vez doña Inés se volverá nuevamente don Juan. Ahora, con el tiempo, a sabiendas del final, aún nervioso, me pregunto: ¿Dónde?, ¿cómo? Y ¿cuándo? Se ataca a una puberta en flor. Vaya. Otra vez esa sensación de un dejavú. Algo ya vivido. ¿O es otra vez esa canción que regresa a mi nuevamente?. Me muevo apresuradamente tratando de adivinar tu próximo movimiento. Vas tan rápido que apenas y puedo mantener el paso, la ligereza se pierde con la edad, es esa pesadez propia de los años que buscan siempre mantenernos con los pies en la tierra olvidando así como es el volar por los sueños.

El corazón se me desborda, palpita desenfrenado. No se si es la juventud que regresa a mi o ese preámbulo de un infarto por la agitación de tratar de alcanzarte. Mi cuerpo ya húmedo se rebela, se estremece, más por el temor a tener un resfriado que por el deseo genuino de claudicar.

Vuelves a voltear hacia atrás, ahora te percatas de que estoy ahí. Tus ojos destellan misteriosamente. Pierdo por un momento el piso, resbalo. No esperaba algo así. Trato de recuperar la compostura dignamente, volteo a verte nuevamente pero has continuado tu paso apresurado. Aún resplandece en mi mente ese destello de tus ojos. Parece que te diriges a un café.

Nuestra loca carrera parece más una danza acompasada que una persecución, esa interminable cacería del coyote para atrapar al correcaminos que nunca puede alcanzar pero que perpetuamente, impelido por el instinto, busca atraparlo con el simple fin de poseerlo.

Veo que entras al Starbucks. Te sacudes la ropa. Llego yo minutos atrás de ti, sonríes, me abres la puerta y me dices: -¿Porqué no me invitas un café?-

Llegamos a la barra. Mi cabeza aún destila agua. Me miras fijamente con esa mirada misteriosa de las mujeres que dicen todo y no dicen nada, ansiando escudriñar mis pensamientos y mis motivaciones, aunque claro está, eso ya lo sabes o al menos lo intuyes. Pides un capuchino, yo, un chocolate caliente. Mi cuerpo me lo pide, es más, me lo exige. Pago sin chistar. Tú desinhibida caminas hasta un sillón desocupado y te sientas esperando que yo haga lo mismo.

Me siento. Sonríes misteriosamente. Yo, lastimosamente trato de esbozar también una sonrisa que siento falsa pues durante años he fingido la frívola sonrisa de negocios y amabilidades propias de los empresarios y las oficinas. Sorbes un trago de café sin quitarme los ojos de encima. Quisiera encender un cigarro para sentirme más seguro. Recuerdo que ya años atrás dejé de fumar por lo que me siento atrapado frente a ti. Por fin rompes el silencio y decides hablar.

Hablas fluidamente sobre tu día y tus exámenes, me platicas de Jessica, tu mejor amiga y su propensión por los hombres tatuados. Me preguntas si tengo algún tatuaje, antes de que te responda me pides que te lo enseñe. Me disculpo, no tengo ninguno. Luego me pides que te platique algo. Me quedo mudo. Nada puedo platicarte más que las tribulaciones aburridas del trabajo. Prefiero hablar de la lluvia y del café. Trato como un loco en la cornisa, algo de equilibrio para mi y dignidad ante mi sorpresa de sentirme fuera de lugar. Creí que con el tiempo y la sabiduría que dan los años, podría manejar una situación así. Me doy cuenta que no, me intimidas, me sorprende tu seguridad y desenvolvimiento. Tu sonrisa y afabilidad. Frente a ti parezco un ser huraño y anacoreta.

Terminas tu café. Sonríes maliciosamente. Muerdes el borde del vaso de café de manera coqueta y divertida. No dejas de verme. Me estremece esa fijeza de mirada y esa seguridad. Se desbordan los minutos de ese escote que deja entrever tus pechos diminutos. Pienso, siento, reacciono.

-Son las siete y en mi casa cenan a las diez, ¿quieres quedarte aquí o salir a nadar como un pez?-

Estupefacto. Paralizado. No supe que decir. Me quedé absorto en esos ojos, perdido en mis tribulaciones. En las cosas de la oficina, en el día a día, en los pagos y las deudas, en mi jefe y la renta, la letra del auto, el resfriado que podría darme, en los $750 que traía en la cartera y si me alcanzarían para ir a un motel o tendría que pasar al cajero por más dinero, ¿una farmacia?, ¿qué se hace en estos casos?...¿Me estará diciendo algo o simple y sencillamente quiere que me vaya?, ¿no estaré demasiado viejo para ella?, ¿no se sentirá mal al ver un cuerpo ya curtido y pasado de tiempo, con las carnes flácidas y resecas? ¿Tendrá más de 18 años? ¿no podría tener un problema legal?, ¿y si quiere un riñón? ¿no me irá a asaltar?... ¿tendrá un cómplice?... ¿será así de fácil que se acueste con cualquiera?...

Así en vez de ser Luces de Bohemia para Elisa, se tornó todo en Luces de Nostalgia mi… Nada. Nada me había preparado para eso ni para la ola de sentimientos que vendrían después…


Hércules...

incredible-hercules-20080129025233654_640w.jpgSiempre creí que era hijo de dioses. Me decían que mi padre era Zeus y mi madre, una reina llamada Alcmenea. Crecí en un mundo seguro y predestinado. Lleno de comodidades. Estudié en las mejores universidades y siempre, a mi alrededor, era loable mi gran fuerza y mi energía en todas las cosas que emprendía.

Llegué a esta tierra para triunfar, para ser ese héroe de todos los sueños de los padres y de los padres de los padres. La imagen perfecta de los logros y de una vida ideal, propia de un integrante del Olimpo. Lleno de reconocimientos, logros y destacando en todas las empresas que emprendía.

Al terminar la universidad, con las expectativas puestas en mi y en mi futuro, decidí entonces luchar contra centauros e hidras. Necesitaba practicar, ser el mejor, luchar hasta vencer. Poco a poco fui avanzando en el camino de los logros, cada vez mayores los desafíos, los retos, las metas alcanzadas.

Conocí a Mégara. Esa princesa que logró conquistarme, mostrarme que no todo es fuerza y bestialidad. Inició pues comenzar una vida estable. Propia de los sueños construidos por generaciones y sociedades vigentes y posmodernas.

La vida comenzó discurriendo pues, con esa algarabía propia de los sueños y las realidades... Hasta que Hades desató a los titanes...

Día a día comenzó la lucha interminable. Los desafíos, las victorias y los fracasos. Por la noche, al volver a casa, cansado, abatido, pensando que una vez más los titanes habían sido vencidos, llegaban a mi las pesadillas, los quebrantos, los deseos poco a poco mancillados de que fuera ese día la última lucha final para poder al fin descansar. Pero los titanes por la noche volvían a recuperarse, fortalecerse, incólumes y listos para la siguiente batalla.

Al principio la costumbre y la rutina aletargaron el desafío, la lucha interminable. Pero el tiempo pasa y es inexorable. El cansancio es latente, el desgaste presente, la rutina agobiante. Las manos cansinas, los ojos llorosos, las piernas temblantes.

Lo que me consuela por las noches es pensar en Prometeo. Ese pobre iluso que lucha todos los días por tratar de llevar el fuego a los suyos aún a costa suya. A pesar de ese esfuerzo, él está encadenado sin poderse mover. Una gran águila se alimenta de sus entrañas siempre y sin piedad. Prometeo entrega su vida y su cuerpo para poderle dejar algo a su descendencia... Aunque sea solamente el fuego y algo de saber...

Yo no puedo tanto. Prometeo piensa que es un titán, yo creo ser un semidiós. Aún así, trato de vivir mi vida lo mejor que puedo, luchar contra los titanes todos los días, regresar a casa abatido y cansado.

La vida pasa, se va. Se escurre por entre los calendarios intermitentes que marcan los días y me recuerdan que los días pasan y se quedan. Cronos, es inexorable y pronto, el señor Hades lanzará su último desafío. El Tártaro pues, comenzará a recibir todas esas almas de Prometeos y Hércules que han sido seducidos por las promesas y los sueños inalcanzables de una posición en el Olimpo. Caronte sonreirá complaciente cuando nos vea llegar sin nada más que una moneda para poder cruzar el río de las almas, sin nada más que unos cuantos centavos logrados con una vida de sacrificios y luchas interminables. Creíamos ser titanes y semidioses... Sonreirá pues sabrá que no éramos más que simples mortales soñando en alcanzar el Olimpo.

¿En realidad podremos alcanzar el Olimpo? ¿Pertenecer a esa raza de dioses inalcanzables, acomodados, con sus realidades y futuros solucionados? ¿Ser de esos elegidos que solo poseen lo mejor y lo más deseado? ¿O seguiremos luchando hasta el cansancio sin lograr avanzar más que unos cuantos metros en la montaña para alcanzar el Olimpo?

¿Hasta cuando nos daremos cuenta que la vida mortal tiene sus encantos, sus ninfas y nereidas, sus sirenas y sus sueños? ¿hasta cuando seguiremos con ese sueño falso y siempre perseguido de los dioses del Olimpo?

Los titanes no tienen fin, los cíclopes siempre regresan, se restituyen, las hidras se refuerzan, son esquivas y dañinas. Y el tiempo pasa, la lucha sigue, y seguimos perdidos en ese deseo por llegar a ese lugar que jamás alcanzaremos. Y ya viejos y abatidos, aburridos de tantos titanes y luchas perdidas, nos daremos cuenta que ese Olimpo era solamente una ilusión social, un paradigma cultural. Esa imagen ya borrosa por nuestros ojos llenos de miopía se difuminará junto con nuestros sueños e ímpetus por querer ser alguien en un mundo sin sentido.

Algunos se conformarán con un Pegaso volador, criado y cuidado con esmero, como ese símbolo de haber alcanzado algo y creer que se puede volar por encima de los demás que se arrastran lastimosamente hacia la lucha con los titanes. Quizás algunos logren ver un poco más allá gracias a sus caballos alados. Pero su cansancio y el tiempo se encargarán de demostrarles que de nada sirvió llegar hasta ahí.

Veremos a muchos Prometeos tratando de construir algo y legar algo a su descendencia para que puedan continuar con esa lucha eterna y quizás, algún día, los nietos de los nietos, si luchan sin cesar, alguno pueda escapar de la maldición de ser humano y llegue a las puertas del Olimpo para ser recibido con beneplácito por la corte real de Zeus. Mientras tanto, generaciones y generaciones de Prometeos y de Hercules lucharán sin cesar para poder avanzar un poco más y dejar esa posición a su descendencia.

Hoy al menos, yo quiero detenerme y pensar. Darme cuenta que no poseo una vida Hercúlea, soy humano y nada más. Me han hecho creer que soy hijo de Zeus, que puedo vencer a los titanes para poder al Olimpo llegar. Ahora ya no se si es verdad...

Epifanía de una prostituta

La noche era fría. Las piernas le dolían de tanto estar parada en esa esquina con ese vestido tan corto y escotado. Acababa de apagar con la suela de su zapatilla el último cigarro. Trataba de resguardarse del viento frívolo que le recorría el cuerpo sutil pero insistentemente colgándose de su silueta como una capa roída y ligera ante el silencio de la noche.

Sus labios rojos develaban su candor olvidado. Ese carmesí simulado de los labios arrugados de tantos desagrados ante esos clientes que iban y venían pero que jamás se quedaban. Estaba cansada. Pero no cansada por la noche, sino cansada por tantas noches de tenerse que parar en la misma esquina bajo ese farol diáfano que descargaba sobre ella de forma cenital esa luz mortecina y misteriosa que la hacía verse oculta, distante y provocativa.

Aquellas poses de modelo aprendidas de la televisión ya no funcionaban con los transeúntes ni tampoco con los automovilistas que apenas y se percataban de esa figura aparentemente esbelta disimulada en ese rincón olvidado por Dios.

Su cuerpo, antaño formado por sinuosas curvas y contornos ahora eran ocupados por rellenos y rebases de carnes flácidas y abultadas, -como tamal mal amarrado- se apretujaba en ese vestido desgastado por tantos vaivenes al suelo, o en el mejor de los casos, en el sillón o encima de la cama que era testigo mudo de esas noches anodinas y vacías, tristes y carnales.

Zulema. Ese nombre artístico que había recibido como don divino de aquella matrona que la introdujo en los azares y placeres de los bajos mundos de arrabal y candomblé, ahora sonaba aburrido y sin ese brillo lustroso de las voces ardientes de deseo y lujuria ante un micrófono que anunciaba su aparición en una pista de baile matizada con luces de colores, sonidos estruendosos y fanfárricos, anunciantes de su pronto acto de sensualidad desbordante y candente ante la cadencia y sutileza de la música reverberante con la energía erotizada y animálica de los ahí presentes.

Aún, en las noches cálidas y serenas de verano podía escuchar entre sueños las voces de aquellos hombres desconocidos para ella, que pronunciaban su nombre como una manera de enaltecerla y ensalsarla hasta la locura desbordante de lujuria laberíntica y poseedora de todo lo carnal.

Cerró los ojos. Trató de evocar ese instante preciso en que Walter le había propuesto matrimonio y ella lo había rechazado. Se arrepentía enormemente. Su consuelo: dos días después Walter había fallecido en una pelea de cantina acuchillado por un militar. Le había truncado la vida a ambos. Quizás ese fue el inicio de su caída, el principio de la decadencia.

Ahora, cansada y aburrida, sin brillo y cargando a cuestas un gran pasado, una pregunta le rondaba desde el fondo de su corazón: -“Y al final ¿valió la pena esta vida?“-

Sus piernas comenzaron a temblar. El estómago se endureció suavemente, su respiración se detuvo. Los ojos comenzaron a incrementar su brillo ante el inminente surgimiento de las lágrimas que comenzaron a brotar. -¿Ha valido esta vida?, ¿Ha servido de algo?-

Un auto lujoso y potente se aproximó rápidamente hacia donde estaba ella. Sintió de pronto un impulso atroz por arrojarse a ese auto y sentir el golpe lleno y seco sobre su cuerpo. Terminar de una vez por todas con ese sufrimiento tan insoportable, ante el vacío de su vida absurda y sin sentido. Por un instante pudo vislumbrar de golpe, todos los rostros de aquellos hombres que habían compartido su lecho. Pudo verlos a todos y cada uno de ellos. Desnudos. Inseguros. Temerosos. Aparentando liviandad y desenfreno... Pero más allá de esas figuras reconocibles y desconocidas pudo ver sus historias, sus vacíos y sus miedos, sus tristezas y sus melancolías, sus frustraciones, dolores, carencias y represiones...

La luz que caía tristemente sobre su cuerpo comenzó a cambiar de intensidad, esa luz, en vez de ser absorbida por el cuerpo de Zulema, era reflejada cada vez más intensamente, la luz se desdoblaba y se convertía en un manto que emanaba una luz brillante y dirigida. Una energía recorría el cuerpo de Zulema de forma continua y cada vez más presente. Sus ojos se abrieron, se hicieron más claros y vivaces. Un impulso lento pero inexorable comenzó a determinar la dirección que debían tomar sus labios para esbozar una gran sonrisa. En ese preciso instante se dio cuenta que ella había trascendido a todos esos seres que la habían acompañado, se dio cuenta de que siempre había estado acompañada, había compartido instantes con una infinidad de seres igual de vacíos y tristes que ella. Pero que al final, cada uno de ellos había dejado su historia a su lado. Ella recolectaba esas miserias, las aquilataba como diamantes en bruto. Escuchaba miedos, confesiones, deseos prohibidos. Ella se había transformado en tantas mujeres, en tantos deseos y tantos sueños que al final del tiempo, ella estaba más llena de historias y deseos que nadie más.

Quizás las mujeres de aquellos hombres furtivos solo tendrían un hombre en su vida. Un hombre aburrido y cansado, abatido y melancólico. Ella tenía uno o dos distintos en una noche. Se llenaba de ellos, de sus sueños y sus deseos.

Ella, que creía que estaba vacía y sin sentido, de pronto se dio cuenta que estaba más llena que nunca. Llena de deseos y voluptuosidades. Sabía lo que era ser deseada todas y cada una de las noches de su vida. Sabía lo que era transformarse en esa mujer que muchas quisieran pero que muy pocas se atrevían a serlo. Se llenó de personajes actuados en la cama como una gran actriz que sabe adueñarse de un personaje e improvisar, tuvo veinte mil nombres, fue Mata Hari, Scherezada, Mónica Lewinski, Xaviera Hollander, Pretty Woman y hasta la princesa Diana. Fue todas y ninguna, fue amante y virgen, hermana y prima, cuñada y amiga, madre e hija, fue olvido y recuerdo, novia puritana y amante furtiva, fue cielo e infierno.

Su vida pasó en un instante. Descubrió que tenía un propósito en específico, una misión que cumplir y que ahora, en ese preciso momento, había sido iluminada. Había descubierto que al fin podía descansar. Había terminado con su misión y ya podía entonces detenerse y sentirse satisfecha con su vida.

Si. Su vida había valido la pena vivirse.


...................


A pesar de que la ambulancia tardó menos de 10 minutos en llegar al lugar del accidente Zulema ya había fallecido. El conductor seguía en shock balbuceando con un sonsonete aterrador: “ella... ella simplemente brincó sobre el auto.... brillaba como una gran luciérnaga... como si tuviera luz propia...“

Los 13 minutos...

Abres los ojos de golpe. Volteas a ver el despertador pensando en que otra vez éste no sonó o inconscientemente lo apagaste. Llevas días o quizás meses sin poder dormir bien. Sientes ese golpe del corazón. ese despertar violento, casí brutal a la realidad. Ves el reloj...aún tienes 13 minutos. Cierras los ojos para aprovechar ese mínimo tiempo para descansar. La alarma aún no ha sonado.

Volteas a ver a tu lado. Ahí está tu pareja durmiendo. Cierras los ojos otra vez y suspiras. Tu mente comienza a funcionar o quizás está funcionando desde antes de que despertaras... sientes un cansancio inmenso que te invade todo el cuerpo. Te das cuenta que tu mente no ha dejado de funcionar desde hace tanto tiempo que tu cuerpo te reclama un poco de paz. La rutina es tan agobiante que sientes que ya no puedes más. Tarde o temprano te quebrarás y no podrás seguir.

Quieres silenciar tu mente. Dejar de pensar por un momento, al fin y al cabo solo tienes 13 minutos antes de levantarte. Pero tu mente se rebela, no te lo permite. Te resistes, intentas obligarte a no pensar en nada. Pero tu mente es indomable. Ahora comienza a proyectarte una serie de visiones de tu realidad.

Sientes a tu pareja al lado. Dudas. Te cuestionas si esa persona de al lado era lo que esperabas. Era ese ideal que habías construido. Suspiras. No. No lo es. Quizás no es lo que creíste que debías tener pero ahí está a tu lado. Con todos sus defectos y todos sus quebrantos. Te das cuenta que es lo que tienes, que es lo que te tocó. Nada puedes hacer más que aceptarlo. Una sensación desagradable se manifiesta en tu estómago. Te rebelas. Sabes que si no estuvieras de acuerdo ya te hubieras ido de ahí. Pero no. Algo pasa. Algo sucede que te mantiene en ese lugar con esa persona. ¿te resignas? ¿lo aceptas?... te consuelas. Buscas en tu pasado algún resquicio de amor que te haga sentir aunque sea un poquito. Para así no perderte un poquito más. La tristeza comienza a reptar por tus piernas... quieres evitarlo. Quieres detener el avance inexorable de esa sensación brutal...

Piensas en tus hijos. En esos seres que forman parte de ti. Sabes que los amas. Pero quizás, solo quizás, en un chispazo de locura piensas que talvez era mejor que los hubieras tenido con otra persona. Pero... no fue así. Esa es tu realidad, esa es tu verdad. ¿porqué sigues entonces ahí? ¿no es algo que construiste con tus decisiones? ¿porqué lamentarse ahora?

Tu pareja se mueve, se da la vuelta. Sabes que pronto se despertará. Ves de reojo el reloj. Te quedan 7 minutos. Piensas en el amor puro y entregado de la adolescencia. Crees que es algo que perdiste, que ya no volverá. Crees que así deberían ser todos los días de tu vida: pintados de colores, llenos de emociones desbordantes y sonrisas perpetuas... -"En el Shangri-la"- pensarás y luego sentirás ese leve movimiento del labio que en complicidad contigo manifestará estar de acuerdo con tu ironía. Pero sentirás instántes después que la tristeza avanza sobre tu cuerpo más rápido pues quiere alcanzar tus ojos para desbordarse en forma de lágrimas. ¿porqué no pueden ser así tus días? ¿como esas películas de felicidad eterna y amores intensos como las que te gustan?. Te das cuenta que tu realidad es otra. Pero...eso lo decidiste tu ¿verdad?. ¿entonces porqué no es tu ideal? ¿te engañaron? ¿alguien te mintió? ¿te drogaron?... No. Es solamente responsabilidad tuya. Tus decisiones.

Te das la vuelta. Te angustias. Sientes una gran opresión en el pecho. Quieres gritar. Ahogas tu grito. Uno más de miles que no han escapado. ¿Porqué entonces sigues ahí? ¿qué es lo que has hecho?... Te das cuenta de que tu pareja puede tener los mismos sentimientos y resentimientos que tú. La misma culpa y el mismo dolor. La misma resignación...

Surca por tu rostro una lágrima... la tristeza te ha alcanzado al fin... Te resignas... Pronto los niños se despertarán y comenzará la revolución. No tienes tiempo para ti, para tus sueños, para todo lo grandioso que pensaste que serías y crees que ya jamás lo serás...

Tu corazón late más fuerte, con más furia... parece que se quiere desbordar, que se romperá... Se abre una sutil ventana. Tu mente se silencia por unos instantes. Hay una luz fuerte que te ilumina...Tu corazón no se iba a romper ni se desbocaba. Queria hablarte. Decirte algo sin palabras. Sin lógica.

40 segundos antes de que suene el despertador te estremeces. Has tenido una revelación. Te das cuenta que tu corazón es más fuerte de lo que creías. Te decides. Te propones cambiar tu vida, tu entorno, tu realidad. Depende de ti y de nadie más. Decides transformarte, cambiarte, reinventarte. Solo depende de tí. El mundo no está en tu contra. Solo tienes que aceptar que esta es tu realidad y que cambiando tu cambiará tu realidad. Aceptas que el amor no existe, lo construyes y edificas con el tiempo para que exista y sea fuerte...

Suena el despertador... Por primera vez en muchos años te entusiasma que inicie un nuevo día y tu ser partícipe de él...