Luces de Bohemia para Elisa...


La tarde lluviosa y melancólica es apenas iluminada por esa repetición de faroles que de forma diáfana ahuyentan los espacios de los que buscan, adueñarse a cualquier precio, las sombras que vienen acompañadas por la noche.

Mi cuerpo entumecido y temblante del viento que recorre sin piedad los contornos y los resquicios poco cubiertos. Cobijado con esa gabardina que aparenta ser más una capa que un cobertor, camino apresuradamente por la banqueta tratando de resguardarme de la lluvia que se precipita indolente hacia la tierra con más prisa que ansia.


Las luces tenues y los movimientos de los autos apenas y dan puntos de referencia para guiarse entre las banquetas y los transeúntes que se aprestan para llegar a algún lugar de resguardo.

Levanto la vista y de pronto me estremezco. Ahí estás saliendo de la academia, cargando en una mochila tus cuadernos y libros. Brincas de un lado a otro esquivando los charcos del agua. Llega a mi mente esa canción de antaño que habla de patosos caminares. Durante años jamás había entendido esa frase hasta que te ví saltar de un lado al otro con los talones para evitar que el agua entre por la punta de tus zapatos. Una descarga recorre mi cuerpo al ver tu silueta tambaleante y tu cabello humedecido que pregona entre esa lluvia diluvial el refugio del deseo contenido.

Escucho detrás de mi a alguien que me llama por mi nombre: ¡Julian!... ¡Julián!... hago caso omiso como si no escuchara esas palabras. Puedo perder la concentración de este momento mágico de verte saltar entre los charcos como un ángel que toca apenas el suelo para caminar.

Tu piel blanca contrasta con las sombras que al verte quieren recorrer tu silueta para jugar con los contrastes y las luces para hacerte más reluciente y relumbrante. Volteas a ver fugazmente hacia atrás. Apenas y me ves. Veo tu sonrisa juvenil, esos dientes que rememoran luces de bohemia destellan con su aparición y distraen a las sombras que se quedan sorprendidas ante tus labios fulgurantes.

Apresuro el paso, quiero darte alcance. Esta vez doña Inés se volverá nuevamente don Juan. Ahora, con el tiempo, a sabiendas del final, aún nervioso, me pregunto: ¿Dónde?, ¿cómo? Y ¿cuándo? Se ataca a una puberta en flor. Vaya. Otra vez esa sensación de un dejavú. Algo ya vivido. ¿O es otra vez esa canción que regresa a mi nuevamente?. Me muevo apresuradamente tratando de adivinar tu próximo movimiento. Vas tan rápido que apenas y puedo mantener el paso, la ligereza se pierde con la edad, es esa pesadez propia de los años que buscan siempre mantenernos con los pies en la tierra olvidando así como es el volar por los sueños.

El corazón se me desborda, palpita desenfrenado. No se si es la juventud que regresa a mi o ese preámbulo de un infarto por la agitación de tratar de alcanzarte. Mi cuerpo ya húmedo se rebela, se estremece, más por el temor a tener un resfriado que por el deseo genuino de claudicar.

Vuelves a voltear hacia atrás, ahora te percatas de que estoy ahí. Tus ojos destellan misteriosamente. Pierdo por un momento el piso, resbalo. No esperaba algo así. Trato de recuperar la compostura dignamente, volteo a verte nuevamente pero has continuado tu paso apresurado. Aún resplandece en mi mente ese destello de tus ojos. Parece que te diriges a un café.

Nuestra loca carrera parece más una danza acompasada que una persecución, esa interminable cacería del coyote para atrapar al correcaminos que nunca puede alcanzar pero que perpetuamente, impelido por el instinto, busca atraparlo con el simple fin de poseerlo.

Veo que entras al Starbucks. Te sacudes la ropa. Llego yo minutos atrás de ti, sonríes, me abres la puerta y me dices: -¿Porqué no me invitas un café?-

Llegamos a la barra. Mi cabeza aún destila agua. Me miras fijamente con esa mirada misteriosa de las mujeres que dicen todo y no dicen nada, ansiando escudriñar mis pensamientos y mis motivaciones, aunque claro está, eso ya lo sabes o al menos lo intuyes. Pides un capuchino, yo, un chocolate caliente. Mi cuerpo me lo pide, es más, me lo exige. Pago sin chistar. Tú desinhibida caminas hasta un sillón desocupado y te sientas esperando que yo haga lo mismo.

Me siento. Sonríes misteriosamente. Yo, lastimosamente trato de esbozar también una sonrisa que siento falsa pues durante años he fingido la frívola sonrisa de negocios y amabilidades propias de los empresarios y las oficinas. Sorbes un trago de café sin quitarme los ojos de encima. Quisiera encender un cigarro para sentirme más seguro. Recuerdo que ya años atrás dejé de fumar por lo que me siento atrapado frente a ti. Por fin rompes el silencio y decides hablar.

Hablas fluidamente sobre tu día y tus exámenes, me platicas de Jessica, tu mejor amiga y su propensión por los hombres tatuados. Me preguntas si tengo algún tatuaje, antes de que te responda me pides que te lo enseñe. Me disculpo, no tengo ninguno. Luego me pides que te platique algo. Me quedo mudo. Nada puedo platicarte más que las tribulaciones aburridas del trabajo. Prefiero hablar de la lluvia y del café. Trato como un loco en la cornisa, algo de equilibrio para mi y dignidad ante mi sorpresa de sentirme fuera de lugar. Creí que con el tiempo y la sabiduría que dan los años, podría manejar una situación así. Me doy cuenta que no, me intimidas, me sorprende tu seguridad y desenvolvimiento. Tu sonrisa y afabilidad. Frente a ti parezco un ser huraño y anacoreta.

Terminas tu café. Sonríes maliciosamente. Muerdes el borde del vaso de café de manera coqueta y divertida. No dejas de verme. Me estremece esa fijeza de mirada y esa seguridad. Se desbordan los minutos de ese escote que deja entrever tus pechos diminutos. Pienso, siento, reacciono.

-Son las siete y en mi casa cenan a las diez, ¿quieres quedarte aquí o salir a nadar como un pez?-

Estupefacto. Paralizado. No supe que decir. Me quedé absorto en esos ojos, perdido en mis tribulaciones. En las cosas de la oficina, en el día a día, en los pagos y las deudas, en mi jefe y la renta, la letra del auto, el resfriado que podría darme, en los $750 que traía en la cartera y si me alcanzarían para ir a un motel o tendría que pasar al cajero por más dinero, ¿una farmacia?, ¿qué se hace en estos casos?...¿Me estará diciendo algo o simple y sencillamente quiere que me vaya?, ¿no estaré demasiado viejo para ella?, ¿no se sentirá mal al ver un cuerpo ya curtido y pasado de tiempo, con las carnes flácidas y resecas? ¿Tendrá más de 18 años? ¿no podría tener un problema legal?, ¿y si quiere un riñón? ¿no me irá a asaltar?... ¿tendrá un cómplice?... ¿será así de fácil que se acueste con cualquiera?...

Así en vez de ser Luces de Bohemia para Elisa, se tornó todo en Luces de Nostalgia mi… Nada. Nada me había preparado para eso ni para la ola de sentimientos que vendrían después…


Hércules...

incredible-hercules-20080129025233654_640w.jpgSiempre creí que era hijo de dioses. Me decían que mi padre era Zeus y mi madre, una reina llamada Alcmenea. Crecí en un mundo seguro y predestinado. Lleno de comodidades. Estudié en las mejores universidades y siempre, a mi alrededor, era loable mi gran fuerza y mi energía en todas las cosas que emprendía.

Llegué a esta tierra para triunfar, para ser ese héroe de todos los sueños de los padres y de los padres de los padres. La imagen perfecta de los logros y de una vida ideal, propia de un integrante del Olimpo. Lleno de reconocimientos, logros y destacando en todas las empresas que emprendía.

Al terminar la universidad, con las expectativas puestas en mi y en mi futuro, decidí entonces luchar contra centauros e hidras. Necesitaba practicar, ser el mejor, luchar hasta vencer. Poco a poco fui avanzando en el camino de los logros, cada vez mayores los desafíos, los retos, las metas alcanzadas.

Conocí a Mégara. Esa princesa que logró conquistarme, mostrarme que no todo es fuerza y bestialidad. Inició pues comenzar una vida estable. Propia de los sueños construidos por generaciones y sociedades vigentes y posmodernas.

La vida comenzó discurriendo pues, con esa algarabía propia de los sueños y las realidades... Hasta que Hades desató a los titanes...

Día a día comenzó la lucha interminable. Los desafíos, las victorias y los fracasos. Por la noche, al volver a casa, cansado, abatido, pensando que una vez más los titanes habían sido vencidos, llegaban a mi las pesadillas, los quebrantos, los deseos poco a poco mancillados de que fuera ese día la última lucha final para poder al fin descansar. Pero los titanes por la noche volvían a recuperarse, fortalecerse, incólumes y listos para la siguiente batalla.

Al principio la costumbre y la rutina aletargaron el desafío, la lucha interminable. Pero el tiempo pasa y es inexorable. El cansancio es latente, el desgaste presente, la rutina agobiante. Las manos cansinas, los ojos llorosos, las piernas temblantes.

Lo que me consuela por las noches es pensar en Prometeo. Ese pobre iluso que lucha todos los días por tratar de llevar el fuego a los suyos aún a costa suya. A pesar de ese esfuerzo, él está encadenado sin poderse mover. Una gran águila se alimenta de sus entrañas siempre y sin piedad. Prometeo entrega su vida y su cuerpo para poderle dejar algo a su descendencia... Aunque sea solamente el fuego y algo de saber...

Yo no puedo tanto. Prometeo piensa que es un titán, yo creo ser un semidiós. Aún así, trato de vivir mi vida lo mejor que puedo, luchar contra los titanes todos los días, regresar a casa abatido y cansado.

La vida pasa, se va. Se escurre por entre los calendarios intermitentes que marcan los días y me recuerdan que los días pasan y se quedan. Cronos, es inexorable y pronto, el señor Hades lanzará su último desafío. El Tártaro pues, comenzará a recibir todas esas almas de Prometeos y Hércules que han sido seducidos por las promesas y los sueños inalcanzables de una posición en el Olimpo. Caronte sonreirá complaciente cuando nos vea llegar sin nada más que una moneda para poder cruzar el río de las almas, sin nada más que unos cuantos centavos logrados con una vida de sacrificios y luchas interminables. Creíamos ser titanes y semidioses... Sonreirá pues sabrá que no éramos más que simples mortales soñando en alcanzar el Olimpo.

¿En realidad podremos alcanzar el Olimpo? ¿Pertenecer a esa raza de dioses inalcanzables, acomodados, con sus realidades y futuros solucionados? ¿Ser de esos elegidos que solo poseen lo mejor y lo más deseado? ¿O seguiremos luchando hasta el cansancio sin lograr avanzar más que unos cuantos metros en la montaña para alcanzar el Olimpo?

¿Hasta cuando nos daremos cuenta que la vida mortal tiene sus encantos, sus ninfas y nereidas, sus sirenas y sus sueños? ¿hasta cuando seguiremos con ese sueño falso y siempre perseguido de los dioses del Olimpo?

Los titanes no tienen fin, los cíclopes siempre regresan, se restituyen, las hidras se refuerzan, son esquivas y dañinas. Y el tiempo pasa, la lucha sigue, y seguimos perdidos en ese deseo por llegar a ese lugar que jamás alcanzaremos. Y ya viejos y abatidos, aburridos de tantos titanes y luchas perdidas, nos daremos cuenta que ese Olimpo era solamente una ilusión social, un paradigma cultural. Esa imagen ya borrosa por nuestros ojos llenos de miopía se difuminará junto con nuestros sueños e ímpetus por querer ser alguien en un mundo sin sentido.

Algunos se conformarán con un Pegaso volador, criado y cuidado con esmero, como ese símbolo de haber alcanzado algo y creer que se puede volar por encima de los demás que se arrastran lastimosamente hacia la lucha con los titanes. Quizás algunos logren ver un poco más allá gracias a sus caballos alados. Pero su cansancio y el tiempo se encargarán de demostrarles que de nada sirvió llegar hasta ahí.

Veremos a muchos Prometeos tratando de construir algo y legar algo a su descendencia para que puedan continuar con esa lucha eterna y quizás, algún día, los nietos de los nietos, si luchan sin cesar, alguno pueda escapar de la maldición de ser humano y llegue a las puertas del Olimpo para ser recibido con beneplácito por la corte real de Zeus. Mientras tanto, generaciones y generaciones de Prometeos y de Hercules lucharán sin cesar para poder avanzar un poco más y dejar esa posición a su descendencia.

Hoy al menos, yo quiero detenerme y pensar. Darme cuenta que no poseo una vida Hercúlea, soy humano y nada más. Me han hecho creer que soy hijo de Zeus, que puedo vencer a los titanes para poder al Olimpo llegar. Ahora ya no se si es verdad...

Epifanía de una prostituta

La noche era fría. Las piernas le dolían de tanto estar parada en esa esquina con ese vestido tan corto y escotado. Acababa de apagar con la suela de su zapatilla el último cigarro. Trataba de resguardarse del viento frívolo que le recorría el cuerpo sutil pero insistentemente colgándose de su silueta como una capa roída y ligera ante el silencio de la noche.

Sus labios rojos develaban su candor olvidado. Ese carmesí simulado de los labios arrugados de tantos desagrados ante esos clientes que iban y venían pero que jamás se quedaban. Estaba cansada. Pero no cansada por la noche, sino cansada por tantas noches de tenerse que parar en la misma esquina bajo ese farol diáfano que descargaba sobre ella de forma cenital esa luz mortecina y misteriosa que la hacía verse oculta, distante y provocativa.

Aquellas poses de modelo aprendidas de la televisión ya no funcionaban con los transeúntes ni tampoco con los automovilistas que apenas y se percataban de esa figura aparentemente esbelta disimulada en ese rincón olvidado por Dios.

Su cuerpo, antaño formado por sinuosas curvas y contornos ahora eran ocupados por rellenos y rebases de carnes flácidas y abultadas, -como tamal mal amarrado- se apretujaba en ese vestido desgastado por tantos vaivenes al suelo, o en el mejor de los casos, en el sillón o encima de la cama que era testigo mudo de esas noches anodinas y vacías, tristes y carnales.

Zulema. Ese nombre artístico que había recibido como don divino de aquella matrona que la introdujo en los azares y placeres de los bajos mundos de arrabal y candomblé, ahora sonaba aburrido y sin ese brillo lustroso de las voces ardientes de deseo y lujuria ante un micrófono que anunciaba su aparición en una pista de baile matizada con luces de colores, sonidos estruendosos y fanfárricos, anunciantes de su pronto acto de sensualidad desbordante y candente ante la cadencia y sutileza de la música reverberante con la energía erotizada y animálica de los ahí presentes.

Aún, en las noches cálidas y serenas de verano podía escuchar entre sueños las voces de aquellos hombres desconocidos para ella, que pronunciaban su nombre como una manera de enaltecerla y ensalsarla hasta la locura desbordante de lujuria laberíntica y poseedora de todo lo carnal.

Cerró los ojos. Trató de evocar ese instante preciso en que Walter le había propuesto matrimonio y ella lo había rechazado. Se arrepentía enormemente. Su consuelo: dos días después Walter había fallecido en una pelea de cantina acuchillado por un militar. Le había truncado la vida a ambos. Quizás ese fue el inicio de su caída, el principio de la decadencia.

Ahora, cansada y aburrida, sin brillo y cargando a cuestas un gran pasado, una pregunta le rondaba desde el fondo de su corazón: -“Y al final ¿valió la pena esta vida?“-

Sus piernas comenzaron a temblar. El estómago se endureció suavemente, su respiración se detuvo. Los ojos comenzaron a incrementar su brillo ante el inminente surgimiento de las lágrimas que comenzaron a brotar. -¿Ha valido esta vida?, ¿Ha servido de algo?-

Un auto lujoso y potente se aproximó rápidamente hacia donde estaba ella. Sintió de pronto un impulso atroz por arrojarse a ese auto y sentir el golpe lleno y seco sobre su cuerpo. Terminar de una vez por todas con ese sufrimiento tan insoportable, ante el vacío de su vida absurda y sin sentido. Por un instante pudo vislumbrar de golpe, todos los rostros de aquellos hombres que habían compartido su lecho. Pudo verlos a todos y cada uno de ellos. Desnudos. Inseguros. Temerosos. Aparentando liviandad y desenfreno... Pero más allá de esas figuras reconocibles y desconocidas pudo ver sus historias, sus vacíos y sus miedos, sus tristezas y sus melancolías, sus frustraciones, dolores, carencias y represiones...

La luz que caía tristemente sobre su cuerpo comenzó a cambiar de intensidad, esa luz, en vez de ser absorbida por el cuerpo de Zulema, era reflejada cada vez más intensamente, la luz se desdoblaba y se convertía en un manto que emanaba una luz brillante y dirigida. Una energía recorría el cuerpo de Zulema de forma continua y cada vez más presente. Sus ojos se abrieron, se hicieron más claros y vivaces. Un impulso lento pero inexorable comenzó a determinar la dirección que debían tomar sus labios para esbozar una gran sonrisa. En ese preciso instante se dio cuenta que ella había trascendido a todos esos seres que la habían acompañado, se dio cuenta de que siempre había estado acompañada, había compartido instantes con una infinidad de seres igual de vacíos y tristes que ella. Pero que al final, cada uno de ellos había dejado su historia a su lado. Ella recolectaba esas miserias, las aquilataba como diamantes en bruto. Escuchaba miedos, confesiones, deseos prohibidos. Ella se había transformado en tantas mujeres, en tantos deseos y tantos sueños que al final del tiempo, ella estaba más llena de historias y deseos que nadie más.

Quizás las mujeres de aquellos hombres furtivos solo tendrían un hombre en su vida. Un hombre aburrido y cansado, abatido y melancólico. Ella tenía uno o dos distintos en una noche. Se llenaba de ellos, de sus sueños y sus deseos.

Ella, que creía que estaba vacía y sin sentido, de pronto se dio cuenta que estaba más llena que nunca. Llena de deseos y voluptuosidades. Sabía lo que era ser deseada todas y cada una de las noches de su vida. Sabía lo que era transformarse en esa mujer que muchas quisieran pero que muy pocas se atrevían a serlo. Se llenó de personajes actuados en la cama como una gran actriz que sabe adueñarse de un personaje e improvisar, tuvo veinte mil nombres, fue Mata Hari, Scherezada, Mónica Lewinski, Xaviera Hollander, Pretty Woman y hasta la princesa Diana. Fue todas y ninguna, fue amante y virgen, hermana y prima, cuñada y amiga, madre e hija, fue olvido y recuerdo, novia puritana y amante furtiva, fue cielo e infierno.

Su vida pasó en un instante. Descubrió que tenía un propósito en específico, una misión que cumplir y que ahora, en ese preciso momento, había sido iluminada. Había descubierto que al fin podía descansar. Había terminado con su misión y ya podía entonces detenerse y sentirse satisfecha con su vida.

Si. Su vida había valido la pena vivirse.


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A pesar de que la ambulancia tardó menos de 10 minutos en llegar al lugar del accidente Zulema ya había fallecido. El conductor seguía en shock balbuceando con un sonsonete aterrador: “ella... ella simplemente brincó sobre el auto.... brillaba como una gran luciérnaga... como si tuviera luz propia...“