Epifanía de una prostituta

La noche era fría. Las piernas le dolían de tanto estar parada en esa esquina con ese vestido tan corto y escotado. Acababa de apagar con la suela de su zapatilla el último cigarro. Trataba de resguardarse del viento frívolo que le recorría el cuerpo sutil pero insistentemente colgándose de su silueta como una capa roída y ligera ante el silencio de la noche.

Sus labios rojos develaban su candor olvidado. Ese carmesí simulado de los labios arrugados de tantos desagrados ante esos clientes que iban y venían pero que jamás se quedaban. Estaba cansada. Pero no cansada por la noche, sino cansada por tantas noches de tenerse que parar en la misma esquina bajo ese farol diáfano que descargaba sobre ella de forma cenital esa luz mortecina y misteriosa que la hacía verse oculta, distante y provocativa.

Aquellas poses de modelo aprendidas de la televisión ya no funcionaban con los transeúntes ni tampoco con los automovilistas que apenas y se percataban de esa figura aparentemente esbelta disimulada en ese rincón olvidado por Dios.

Su cuerpo, antaño formado por sinuosas curvas y contornos ahora eran ocupados por rellenos y rebases de carnes flácidas y abultadas, -como tamal mal amarrado- se apretujaba en ese vestido desgastado por tantos vaivenes al suelo, o en el mejor de los casos, en el sillón o encima de la cama que era testigo mudo de esas noches anodinas y vacías, tristes y carnales.

Zulema. Ese nombre artístico que había recibido como don divino de aquella matrona que la introdujo en los azares y placeres de los bajos mundos de arrabal y candomblé, ahora sonaba aburrido y sin ese brillo lustroso de las voces ardientes de deseo y lujuria ante un micrófono que anunciaba su aparición en una pista de baile matizada con luces de colores, sonidos estruendosos y fanfárricos, anunciantes de su pronto acto de sensualidad desbordante y candente ante la cadencia y sutileza de la música reverberante con la energía erotizada y animálica de los ahí presentes.

Aún, en las noches cálidas y serenas de verano podía escuchar entre sueños las voces de aquellos hombres desconocidos para ella, que pronunciaban su nombre como una manera de enaltecerla y ensalsarla hasta la locura desbordante de lujuria laberíntica y poseedora de todo lo carnal.

Cerró los ojos. Trató de evocar ese instante preciso en que Walter le había propuesto matrimonio y ella lo había rechazado. Se arrepentía enormemente. Su consuelo: dos días después Walter había fallecido en una pelea de cantina acuchillado por un militar. Le había truncado la vida a ambos. Quizás ese fue el inicio de su caída, el principio de la decadencia.

Ahora, cansada y aburrida, sin brillo y cargando a cuestas un gran pasado, una pregunta le rondaba desde el fondo de su corazón: -“Y al final ¿valió la pena esta vida?“-

Sus piernas comenzaron a temblar. El estómago se endureció suavemente, su respiración se detuvo. Los ojos comenzaron a incrementar su brillo ante el inminente surgimiento de las lágrimas que comenzaron a brotar. -¿Ha valido esta vida?, ¿Ha servido de algo?-

Un auto lujoso y potente se aproximó rápidamente hacia donde estaba ella. Sintió de pronto un impulso atroz por arrojarse a ese auto y sentir el golpe lleno y seco sobre su cuerpo. Terminar de una vez por todas con ese sufrimiento tan insoportable, ante el vacío de su vida absurda y sin sentido. Por un instante pudo vislumbrar de golpe, todos los rostros de aquellos hombres que habían compartido su lecho. Pudo verlos a todos y cada uno de ellos. Desnudos. Inseguros. Temerosos. Aparentando liviandad y desenfreno... Pero más allá de esas figuras reconocibles y desconocidas pudo ver sus historias, sus vacíos y sus miedos, sus tristezas y sus melancolías, sus frustraciones, dolores, carencias y represiones...

La luz que caía tristemente sobre su cuerpo comenzó a cambiar de intensidad, esa luz, en vez de ser absorbida por el cuerpo de Zulema, era reflejada cada vez más intensamente, la luz se desdoblaba y se convertía en un manto que emanaba una luz brillante y dirigida. Una energía recorría el cuerpo de Zulema de forma continua y cada vez más presente. Sus ojos se abrieron, se hicieron más claros y vivaces. Un impulso lento pero inexorable comenzó a determinar la dirección que debían tomar sus labios para esbozar una gran sonrisa. En ese preciso instante se dio cuenta que ella había trascendido a todos esos seres que la habían acompañado, se dio cuenta de que siempre había estado acompañada, había compartido instantes con una infinidad de seres igual de vacíos y tristes que ella. Pero que al final, cada uno de ellos había dejado su historia a su lado. Ella recolectaba esas miserias, las aquilataba como diamantes en bruto. Escuchaba miedos, confesiones, deseos prohibidos. Ella se había transformado en tantas mujeres, en tantos deseos y tantos sueños que al final del tiempo, ella estaba más llena de historias y deseos que nadie más.

Quizás las mujeres de aquellos hombres furtivos solo tendrían un hombre en su vida. Un hombre aburrido y cansado, abatido y melancólico. Ella tenía uno o dos distintos en una noche. Se llenaba de ellos, de sus sueños y sus deseos.

Ella, que creía que estaba vacía y sin sentido, de pronto se dio cuenta que estaba más llena que nunca. Llena de deseos y voluptuosidades. Sabía lo que era ser deseada todas y cada una de las noches de su vida. Sabía lo que era transformarse en esa mujer que muchas quisieran pero que muy pocas se atrevían a serlo. Se llenó de personajes actuados en la cama como una gran actriz que sabe adueñarse de un personaje e improvisar, tuvo veinte mil nombres, fue Mata Hari, Scherezada, Mónica Lewinski, Xaviera Hollander, Pretty Woman y hasta la princesa Diana. Fue todas y ninguna, fue amante y virgen, hermana y prima, cuñada y amiga, madre e hija, fue olvido y recuerdo, novia puritana y amante furtiva, fue cielo e infierno.

Su vida pasó en un instante. Descubrió que tenía un propósito en específico, una misión que cumplir y que ahora, en ese preciso momento, había sido iluminada. Había descubierto que al fin podía descansar. Había terminado con su misión y ya podía entonces detenerse y sentirse satisfecha con su vida.

Si. Su vida había valido la pena vivirse.


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A pesar de que la ambulancia tardó menos de 10 minutos en llegar al lugar del accidente Zulema ya había fallecido. El conductor seguía en shock balbuceando con un sonsonete aterrador: “ella... ella simplemente brincó sobre el auto.... brillaba como una gran luciérnaga... como si tuviera luz propia...“

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