Narcisa y Goldmundo...

Lejos del bullicio citadino observaba las luces a la distancia. Esos destellos de lontananza se acentuaban a cada aspiración del humo que se desprendía de ese cigarro lentamente consumido entre sus dedos. Sus pensamientos deambulaban discurriendo suavemente para poder asimilar lo que acababa de suceder. En su mirada se veía esa melancolía disrruptiva y provocativa que a Goldmundo tanto le provocaba.

Sentada y con las piernas recogidas, Narcisa se acariciaba suavemente las piernas. Su piel aún estaba húmeda. Sus piernas temblaban suavemente. Sentía que goteaba por todo el cuerpo mojando las sábanas que apenas la acogían y disimulaban su desnudez.

Goldmundo seguía acostado y con los ojos cerrados parecía dormitar, o quizás era una forma de procesar lo que acababa de suceder. Solo se escuchaba el murmullo de un grillo solitario en algún lugar del exterior.

Narcisa cerró los ojos lentamente. Suspiró hondo, profundo y apesadumbrado. Sentía los labios resecos.  La garganta le quemaba, el cuerpo le dolía, pero misteriosamente también tenía una sensación de extrema paz, estaba llena de una melancólica languidez. Su mente seguía divagando entre flashazos del pasado y el presente.

Sus párpados se abrieron lentamente para ver a un Goldmundo despreocupado y con una minúscula y cínica sonrisa con tintes de satisfacción. La culpa la asaltó de pronto. Se llenó de dudas, miedos, culpas históricas y culturales. Una oleada de desesperanza la invadió. Se sintió ultrajada, usada. Se había dejado llevar por aquél hombre que había logrado vencer todas sus resistencias para no caer... y sin embargo, por primera vez en su vida, había caído. su deseo había sido exacerbado de tal manera que su razón la había abandonado y su cuerpo, lleno de lujuria y de deseo, se había entregado sin condición.

-¿Cómo había pasado?- Se enojó consigo misma. -Soy una gran estúpida- se reprendió. - ¿Cómo pudo pasar?... me siento como...una gran puta... si, eso soy. Una gran puta-  Una lágrima pugnó por salir y recorrer su mejilla. La penumbra le arrancó un destello a esa solitaria gota de agua al emerger de ese remolino de sentimientos.

Suspiró nuevamente. Goldmundo parecía confiado y seguro, sin preocupación alguna. Se rascó la entrepierna descaradamente. -Es tan... primitivo... tan... corriente... tan imbécil... un neanderthal ¿Cómo?, ¿Cómo pudo ser?-

La melancolía la invadió. Su cuerpo parecía no responderle. Su mente quería seguir en ese estado de trance brutal pero su cuerpo reaccionaba de otra manera, se estremecía, renacía, pedía más. Quería volver a entregarse. Quería volver a desgarrarse y arder una vez más. Su mente se confundía ante ese sensual lardor que sentía nuevamente.

Las sensaciones la invadieron nuevamente con el solo recuerdo de lo que había ocurrido hacía unos cuantos minutos. Su cuerpo quería más, exigía y parecía estar dispuesto a traicionar su razón y sus prejuicios. Su cuerpo rogaba por volverse a entregar, ella se resistía lo más que podía.

Empezó a respirar más agitadamente, una embriaguez extraña se posesionó de ella, ansiosa por ese vaivén que la volvió loca, que le despertó los sentidos y agudizó las sensaciones incendiando su piel. Un hormigueo le recorrió las piernas hasta depositarse en ese vórtice que parecía querer absorber todo. Llenarse completamente de Goldmundo. Deliberaba entre lo que debía hacer y lo que quería hacer.

Sus manos se aferraban fuertemente a las sábanas en un intento inútil por defenderse y crear un escudo que la separara del deseo por Goldmundo que se mostraba displicente e indiferente.

Le había conocido semanas antes y le había llamado la atención su imagen seria y experimentada. Poco tiempo después se dio cuenta que era irresistible para ella. Su seguridad, ese erotismo que desprendía su voz y la calidez de sus manos poco a poco fueron mermando sus defensas. Días antes le había susurrado al oído que la deseaba. Jamás un hombre había sido tan atrevido y le había dicho algo así mezclado con un aliento afrodisiaco que se escurrió desde su oído hasta sus labios haciéndolos henchirse en un instante.

Su instinto le decía que estaba frente a un hombre experimentado. Conocedor de los secretos y de los deseos, de los misterios de la lujuria y el placer. Su razón le decía que se alejara, que no sucumbiera ante ese canto sensual y erótico. Pero parecía que siempre quería un poquito más, solo un poquito más. Al principio pensaba que podría controlarlo, que podría resistir. Pero poco a poco, lentamente, sin darse cuenta, comenzó a enredarse y dejarse seducir por esos tentáculos del deseo que ahora ya la habían hecho perderse en sus brazos. Ahora Goldmundo era una adicción sin control.

Narcisa se había logrado mantener inmaculada gracias a una férrea educación religiosa y familiar. Sus padres, orgullosos de su virtud y su elegancia hacían gala de su seriedad y ecuanimidad. Ahora sentía que los había defraudado. Su pecado original, ese vórtice como origen de su perdición, como símbolo de su razón, se había rebelado contra ella y sus principios para hacerla sentir mujer de verdad.

Narcisa ahora era otra, ahora había fluido sobre sus sentidos y había cruzado esa línea que separa a la niña de la mujer. Se sentía perdida por ese deseo que la incendiaba otra vez. Quería que Goldmundo la poseyera, la tomara y venciera todas sus resistencias, que la forzara para que así tuviera el pretexto de que se había resistido pero que Goldmundo con su fuerza, la había vencido y la había poseído. Quería que la tomara, que le hiciera el amor sin que ella pudiera defenderse, sin que ella pudiera ofrecer suficiente  resistencia. Quería entregarse sin entregarse, dejarse llevar nadando contra corriente, ser deseada para poder desear.

Sus labios temblaban, el oído se le agudizaba, sus sensaciones entraban en estados de múltiples dimensiones. No quería moverse para que el monstruo de mujer que llevaba adentro, ese monstruo animálico no tomara control de su cuerpo y la arrojara sobre el cuerpo de Goldmundo para hacer el amor una vez más.

Sus dientes mordieron el labio inferior. Dudaba. Se estremecía. su cuerpo se tensó decidido a actuar, su razón era ese delgado hilo que la mantenía en vilo en ese precipicio al cual cada vez estaba más cerca de arrojarse sin condición.

A lo lejos, las luces destellaban y la luna, como un gran disco, estaba dispuesta a menguar una vez más.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Señor Escritor!!!!! Usted si que con sus letras conmueve definitivamente, otra vez!!! en esta ocasion le cofienso, pense, "este hombre parece brujo, cuenta realidades"... (son bromas) Pero fue porque su historia se parecia tanto a una real que me contaron "porai" que llamo mucho mi atencion. Es un deleite leerle; espero sinceramente y de corazon que su blog alcanze la fama que tanto merece.