Un encuentro con el diablo...

Ese día había ido a que le leyeran el Tarot. No es que creyera en eso pero estaba tan desesperado que decidió que cualquier alternativa o respuesta podría servirle. Sin embargo, al llegar a ese lugar extraño y un poco fantasmagórico comenzó a dudar de su decisión. Las cortinas rojas, el lugar lúgubre y el olor a incienso hizo que tuviera náuseas. Estaba a punto de salir de ahí cuando apareció la adivina que le ordenó que pasara y se sentara. Casi como un autómata retornó y tomó asiento enfrente de una mesa cubierta con un mantel viejo, raído y sin brillo. Se veía que el uso que se le había dado era por demás intensivo. -Quizás ya es tiempo de que lo cambien para dar un toque de novedad.- Sonrió para sus adentros.

La adivina pareció leerle los pensamientos. -El mantel no debe ser cambiado por que en él han convergido los destinos de miles de almas que han venido para que se les lean las cartas y las manos. Aquí está plasmado, en ese uso, el destino de todos los que han acudido a mí.-

Se estremeció. Instantes después regresó a él ese sentimiento irónico. -Seguro que hice alguna mueca y ella la detectó- Sin embargo ya estaba ahí, decidió entonces continuar. Al fin y al cabo ya no tenía nada que perder. La adivina le pidió que extendiera la mano izquierda. La extendió con cierto recelo.

La adivina recorrió los surcos de su mano con los dedos artríticos. Sentía como las yemas se enterraban en su palma, un extraño hormigueo acompañaba ese recorrido de los dedos de la adivina por toda la superficie.

Acto seguido, sin pronunciar palabra, la adivina lo soltó y sacó un atado de Tarot. Lo vió fijamente a los ojos sin parpadear. Sintió un escalofrío que le recorrió todo el cuerpo. Por un instante dejó de respirar. La mirada de la adivina iba más allá de la simple observación, era un escrutinio profundo que le tocó el alma. Parecía que la adivina veía más allá de lo que él quería que viera. Se sentía desnudo.

La adivina colocó varias cartas sobre la mesa sin emitir ningún comentario. Acto seguido las quedó viendo fijamente como si abriera un portal hacia el más allá. Él dudó por un momento. Su mente seguía burlándose de lo que estaba sucediendo diciéndole que la mujer que tenía enfrente no era más que una anciana decrépita tratando de sobrevivir a causa de los incautos que acudían a ella para saber algo de su pasado o su futuro. Sin embargo, estaba pegado a esa silla. La adivina ejercía un especie de hechizo hipnotizante sobre su cuerpo que se negaba a responder.

La adivina entonces habló: - tus cartas son extrañas, jamás había visto una combinación así. Pero depende de ti que quieras saber lo que te depara-

Sonrió para sus adentros. -seguramente esto es para poder facilitar el cobro posterior de la sesión. Es para impresionarme.- Su razón presurosa salió en su auxilio para que pudiera retomar el control. Con voz firme y envalentonado le respondió: - Quiero saber, a eso vine. No tengo miedo.-

Con mirada dubitativa y esquiva, tratando de escoger sus palabras, la adivina suavemente le habló: -Tú no veniste aquí para saber tu futuro, viniste aquí para encontrar respuestas. Crees que todo puede resolverse con palabras o con la razón, pero te diré algo muy sencillo, tu enojo y tu frustración no se curará con palabras, aunque creas que un psicólogo te lo resolverá. Tus cartas son muy claras, tu destino está marcado. La respuesta que buscas no será simple, ni siquiera se si podrás enfrentarlo. La única manera en que podrás encontrar lo que quieres saber es que te enfrentes a algo escalofriante y quizás no resistas. Tienes que enfrentarte al diablo. Verlo de frente, preguntarle que quiere. Solamente si logras verlo de frente, sin morirte de miedo, y preguntarle claramente, Él, te responderá. Esto dicen tus cartas, tienes una cita con el diablo. Nada podrá evitar que te lo encuentres. Más te vale que estés preparado, por que nada te librará de su poder y su furia. Solo tu podrás. ¿podrás?...- hizo una larga pausa esperando alguna reacción de él pero al darse cuenta que no había causado tanto impacto decidió continuar: -El diablo puede tomar cualquier forma, cualquier figura, puede ser cualquiera. Solo, ten cuidado.-

Por un instante se sintió aliviado, Pensó que le diría que habían 2 mujeres en su vida, una rubia y otra morena, o que tenía problemas de dinero, amor o mal de ojo. El diablo... bueno, siendo ateo eso no sería posible. Una leve sonrisa logró escaparse de su labio. La adivina pareció no detectarlo.

-Tu encuentro será terrible, una vez más te lo digo. Nada de lo que te imaginas te habrá preparado para lo que estás a punto de experimentar. Te deseo lo mejor, y ojalá que sobrevivas. Si es así, te pido que regreses. No conozco a nadie que haya sobrevivido. y... no me pagues. No quiero tu dinero. Mis cartas no valen nada frente a un condenado. -

Se levantó de su sitio. La mirada de la anciana era de una profunda lástima, esa mirada de las personas que saben que vestán viendo a alguien que pronto va a  morir, esa que tienen los que acompañan a los condenados y los sentenciados. No se despidió y se dirigió a la puerta. Quería salir lo más rápido de ahí. Tenía un gran sentido de urgencia por escapar, su cuerpo se movía más rápido que su razón con esa intención de poder sobrevivir. Su angustia se había incrementado significativamente. Quizás creyó erróneamente que la adivina aliviaría su angustia pero no fué así, solo la acentuó. Ese sentimiento de tristeza y abatimiento lo había acompañado ya desde hacía varios meses y no encontraba la manera de liberarse de él. No sabía que era lo que lo producía pero seguía ahí latente.

Llegó a su casa, se cambió. cenó algo ligero y luego se dirigió al cuarto de baño. Recordó que el foco se había fundido dos días atrás y había olvidado comprar un repuesto esa mañana cuando pasó por la tienda de la esquina. Se reprochó su olvido, -es la depresión- se justificó.

Frente al espejo, en penumbras comenzó a lavarse los dientes. Al escupir el agua para enjuagarse la boca sintió de pronto que la temperatura descendió drásticamente. Al levantarse para secarse la boca observó aterrorizado frente al espejo una figura deforme y retorcida. Los ojos vacíos y fríos. Una sonrisa despectiva y agresiva. El aire lo abandonó. Quiso gritar pero no articuló palabra alguna. Lo que veía en el espejo era horripilante. La adivina se lo había advertido pero nada lo había preparado para un encuentro así. Era la figura de un hombre, los ojos eran dos órbitas negras y profundas, los labios estaban descarnados e intentaban sostener esa sonrisa de desprecio. Su cuerpo se negaba a moverse, quería correr despavorido, huir de ese lugar, pero estaba petrificado, firmemente sujetado en ese lugar. Nada podía permitir que escapara de ese encuentro. Sintió de pronto la muerte. Era como una energía que se había sujetado a sus pies. Trepaba por sus piernas absorbiendo su halo vital. Sentía como se le iba la vida a cada instante y nada podía evitar que la muerte se lo llevara lentamente.

Tenía los ojos fijos en esa imagen proyectada en el espejo, parecía hablarle, retarlo, provocarlo mientras la muerte reptaba por su piel y avanzaba rápidamente por su cuerpo. Sabía que su objetivo era llegar al corazón. Cuando la muerte llegara ahí todo estaba perdido, nada podría hacer para evitar tener ese deceso doloroso y horripilante.

Recordó a la adivina, sus últimas palabras... -Solamente si logras verlo de frente, no morirte de miedo, y preguntarle claramente, Él, te responderá...-

Sabía que tenía solamente una oportunidad. Si lograba articular la pregunta podría alejar al diablo y a la muerte al mismo tiempo. Su boca seca no podía articular palabra, parecía atorada en ese grito no dado. La muerte ya estaba en su estómago, sentía los tirones y el estómago revuelto, los pulmones absorbían aire de manera alarmante, era un estertor de muerte. Su mecanismo de supervivencia logró sobreponerse y permitió que hablara en el último momento.

-¿Qué quieres de mi?-

El diablo soltó una estruendosa carcajada. La muerte se detuvo de súbito sin retroceder. La risa era espantosa, delirante en cierta manera. Apenas y podía respirar del terror que sentía. Escuchó una voz ronca, rasposa como una lengua que se arrastraba sobre su cuello y le taladraba los oídos. Era la voz del diablo que le hablaba.

-¿Qué quiero de ti?. Quiero todo de ti. Tus sueños y tus deseos, tus aspiraciones y alegrías, tu futuro. Quiero controlarte y hacerte creer que eres libre, que piensas por ti mismo y decides, susurrarte que Dios existe, decirte que creces y avanzas, que eres exitoso y conocido, casi famoso, atractivo, intenso, divertido, quiero hacerte sentir que eres especial y único, Que nadie es como tú, quiero que creas que encuentras la felicidad. Eso quiero de ti.

-¿Por tí no soy feliz?- preguntò nuevamente.

- Si. Por mi no eres feliz. Por que eres mío. Lo que te falta yo lo tengo. te he hecho creer que nada es suficiente, que estás incompleto, que algo te falta siempre para alcanzar esa felicidad infinita. ¿no me ves en los comerciales?, ¿en esa fàbrica de sueños que se llama publicidad?. Así me valgo de todo eso para fabricar mundos ilusorios, te muestro lo que te hace falta, lo que no tienes, asi te vuelves consciente de que necesitas más para ser feliz, acumular todas esas cosas que son inservibles. Y para cuando te das cuenta que todo eso no era la felicidad, es demasiado tarde, la muerte ya está sobre ti y apenas y tienes tiempo para arrepentirte de lo que no hiciste. Así es. todo es una ilusión. ¿decepcionado?. Esta es la realidad. Agradece que tuviste el valor para preguntarme, por eso te respondo. Nada de lo que tienes vale, nada de lo que tienes importa. pero seguramente tu mentecita retorcida volverá a insistir en que te falta algo, estás vacío y nada puede llenarte. Y ahí, cuando tu vocecita te diga que no es suficiente y quieras más, ahí es donde volveré a colarme y jugar con tus deseos y tus sueños. No eres nada si nada tienes. -

Una enorme tristeza comenzó a inundarlo. El diablo ya no parecía tan amenazante después de esas palabras. La muerte se escurrió lentamente por sus piernas simulando un líquido caliente y agrio. Quiso ver más de cerca al diablo, saber que habìa sobrevivido a su presencia, observar los detalles de su rostro. Sobrevino un estremecimiento mayor. El horror fué indescriptible. El rostro del diablo poco a poco comenzó a reconstruirse hasta verse a sí mismo.

El diablo estaba ahí, detrás de su rostro, oculto en su reflejo, el diablo era el mismo y nadie más.

1 comentario:

Javier Robledo Molina dijo...

Qué buena historia amigo mío, gran reflexión, saludos.